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Edgelit

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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Apr 16, 2009

Boring Home/OLPL/novel/continuación (9 y final)


62

WUNDERKAMMER

Cuando mi padre murió, después de una

imperiosa agonía que desvarió todo el tiempo entre

el sentimentalismo y el miedo, Ipatria y yo pudimos

entrar por fin a su habitación. Hacía medio siglo

que mi padre gentilmente nos lo impedía.

Por supuesto, allí dentro no encontramos tesoro

alguno, como secretamente hubiera sido nuestra

ilusión. Tan sólo vimos papel periódico. Cajas.

Cajones. Contenedores. Mi padre, también en

secreto, en las últimas cinco décadas se dedicó a

recopilarlos. Titulares de la prensa plana, recortados

de su nicho de texto original. Ése había sido su

hobby, redescubríamos ahora: su manera de

hibernar cuando se aburría de sobrevivir en familia,

en una realidad no tan doméstica como

domesticada a los ojos de él.

Por supuesto, todo esto lo sospechábamos desde

mucho antes de su enfermedad, por el cada vez más

intenso tráfico en uno y otro sentido: papá

importaba publicaciones hacia su habitación,

mientras hacia afuera exportaba los residuos de

tanta tonta recortería. En los últimos tiempos, no

podía ser más evidente su clandestinaje.

Ipatria y yo decidimos quemarlos. A los

titulares de la prensa plana, combustionando uno a

uno en la azotea del edificio. Aquellos ripios ya no

tenían, para nuestra generación, ni siquiera un valor

documental. Esas líneas discontinuas eran la

prehistoria analfabeta del mundo. Tedium vitae

reconcentrado, mímesis mala: una parodia no tan

simpática como patética, cuyo mejor destino sería

su conversión en ceniza, peste y vapor de agua.

De vez en cuando leíamos alguna tira en voz

alta, antes de echarla a la pequeña fogata. Lo

hacíamos como quien se empeña en descubrir una

joya de diamante o al menos de amianto: alguna

frase que se resistiera a nuestra pulsión de pasarla

por el fuego, pirómanos improvisados. Pero nada.

Dentro de aquella hojarasca era imposible salvar

nada. De hecho, los recortes no eran más que

tópicos típicos al peor estilo periodístico de:

—La Habana es la mayor galería –Ipatria.

—Atraso pudiera beneficiar –yo.

—Construcción y voluntad ahora se parecen –

Ipatria.

—Combustible para avanzar hacia el futuro –

yo.

—La Habana habla alemán –Ipatria.

—Vuelo terrestre nacional –yo.

—Crean un programa audiovisual de lenguaje

de señas –Ipatria.

—Estrellas saldrán por el día –yo.

—Tres F cosechan papa –Ipatria.

—Isla perfecta para el arte –yo.

—Un país enteramente pedagógico –Ipatria.

—Aprender con monedas –yo.

—No existe un país que haya dejado una huella

tan grande –Ipatria.

—Remeros con buenos planes –yo.

—¿Debe Cuba bombardear a Estados Unidos?

–Ipatria.

—Presentará Cuba Resolución para

determinación de la muerte –yo.

—Pólipos del endometrio –Ipatria.

—Inseminarán vaquitas en miniatura –yo.

—Los cuenteros mentirosos son gente de bien –

Ipatria.

—¿Y los cubanos dónde están? –yo.

—Una ciudad para ciegos –Ipatria.

—La Habana contada por sus fotos –yo.

—En Cuba la mayor manada de leones en

cautiverio del mundo –Ipatria.

—Llueve menos en Cuba que 46 años atrás –

yo.

—El difícil arte de convencer –Ipatria.

—Un pelotero, una científica y un trovador

tuvieron algo en común –yo.

—Socióloga, karateca y campeona –Ipatria.

—¿Cuba Postcastro? –yo.

—Inclinación positiva de la Copa Cuba –

Ipatria.

—El récord de lo absurdo está vencido –yo.

—Un monumento para el rascacielos pinareño

–Ipatria.

—Cuba, firme y de completo uniforme –yo.

—Teatro para todos los tiempos –Ipatria.

—El protagonismo para los protagonistas –yo.

—Tiempo de receso –Ipatria.

Y así, entre otras menudencias por el estilo. Por

el hastío. Todas tranquilamente trocables en

dióxido de carbono y vapor de agua: titulares

transparentes, ingrávidos, más gaseosos que

graciosos, como el supuesto sentido de aquella

galería curada por mi padre durante cincuenta años.

En cualquier caso, Ipatria y yo no supimos

hallar ni media joya atesorada en su medieval

cámara de las maravillas.

O cualquiera sea el nombre del acto paterno de

narrar por corte y compilación.

Acaso también ahora por cremación.

63

HISTORIA PORTÁTIL DE LA

LITERATURA CUBANA

1

Ipatria piensa que evitar la ficción es lo

mínimo para no hacer el ridículo. A propósito del

canon local, carraspea, y garrapatea en su diario:

Cualquier raicilla de ficción es suficiente para

que retoñe ese rastrojo estético que los peritos

llaman una "literatura mayor".

2

El campo labrado se hundía en el cañón de la

montaña y lindaba con un maniguazo tupido

donde el marabú se enlazaba con el limón y el

limón con el almácigo y el almácigo con la

enredadera y la enredadera con la marihuana y la

marihuana con el cigüelón y el cigüelón con el

cafeto y el cafeto con el marabú. El trillo roto a

filo de machete enlazaba el campo de labranza

con la casa del capitán: una casita pulcra de

mampostería obrera, a medio kilómetro de

Condado.

Escupió. Miró la tierra coagulada de rojo

sobre el escupitajo. Miró sus botas de

octogenario: aún nuevas, sin estrenar, frente a sus

descomunales pies desnudos de capitán. Y tocó

entonces el filo de su machete. Lo acarició, se lo

pasó con cuidado por el cuello y sintió el

cosquilleo de su mala circulación, liberada ahora

por el tajo epidérmico. Todavía aquel acero

cortante era un Collin, el muy condenado, pensó:

con el gallo y las siglas del que fraguó su metal.

La sangre brotó muda como una fuente de

alivio y el capitán descalzo no hizo nada para

evitarlo. Se reclinó en el taburete. Cerró los ojos.

Estiró sus pies de bestia noble y exhausta. Aquel

acero nunca le había fallado, pensó: un acero

coagulado del mismo rojo que la tierra sobre su

escupitajo. Un Collin justiciero al punto de lo

criminal, capaz de tajasear lo mismo la mano

asesina de un bandido que la tráquea octogenaria

de un capitán.

3

Para Ipatria la traqueotomía es un "túnel entre

texturas irreconciliables", un "poro de diálisis

contra el vacío de la ficción", un "cortocircuito

de lo verosímil que abole las fronteras de la

verdad". Y así mismo, con aire de monje

franciscano y entre comillas, deja constancia

escrita en su diario de estas teorías a medias.

4

El acero recién cortado es suave, ásperamente

resbaloso al tacto, como una callosidad en la

lengua de un león. Esa mañana el hornero se

había quitado los guantes. Prefería palanquear a

mano. Era un torete mulato, recónditamente

chino, de violenta mansedumbre en cada gesto y

mirada.

Fue sólo un instante. Una visión fugaz. Un

resbalón al rozar el alero del transformador. El

vapor coagulado en la atmósfera del taller,

incluida su piel sudada de macho magnífico,

provocó un rayo en los cables de la 220, y esa

descarga mortal se encargó de ahorrarle

patetismo a la escena. Apenas se notó un olor a

cuero tatuado al rojo vivo: eran los vapores

chamuscados de aquel hombre bueno y bestial.

Después del torbellino de ayes y el correcorre

ya inútil, el proceso termodinámico siguió

indetenible en su maquinalidad, convirtiendo el

líquido gris en una pasta aceroplasmática que

escupía fogonazos débiles, incomparables, y

millones de chispas hacia lo alto: fuego fatuo de

volatinería chinesca con que el horno se despedía

esa mañana de su más fiel hornero.

5

Ipatria se pone las gafas de sol (o de

soldador) y se acerca al micrófono. Pronuncia un

discurso en la Academia sobre la ficción en tanto

fracción: limalla que se proyecta y perfora la

garganta y la córnea del metamorfoseado lector.

Entonces oye los aplausos y deja que un

funcionario muy triste le imponga la letra K,

acaso como estigma ante su condición de

Miembro.

6

La casa decía por fuera Boarding Home, pero

yo sabía que sería mi tumba. Era uno de esos

tugurios a donde van a inmolarse los

deshauciados de ojos fríos y mansos como el

acero, mejillas secas, piel con rosales de pústulas

y boca sin dientes: viejos puestos a morir lejos de

su familia, tulliditos políticos de la patria, artistas

y escritores tan prolíficos como frustrados,

prostitutas y homosexuales que entristecieron de

tanto mentir, mierda cubanoamericana venida a

mierda, presidiarios cogidos fuera de cárcel,

gente sin amor y perdedores kafkianos de toda

ralea social. Un verdadero fresco de nuestra

subnacionalidad.

Llegué al Boarding Home hace años, entre

turulato y tarado, huyendo de la amorfa cultura

cubana, de la vulgar música cubana, de la

64

envidiosa pintura cubana, del tedio de la radio

cubana, del complot de la televisión cubana, de la

ñoñería del cine cubano, del triunfal deporte

cubano, de la barroca historia y la barrueca

discursofía cubana. Y no es Cuba, por supuesto,

soy yo: me siento un exiliado total. Sobro de

todas partes, ya no quepo en ninguna palabra o

silencio. Cuba no ha sido más que mi

circunstancia clínica terminal.

A los 15 años me sabía al dedillo a

Hemingway, Proust, Nietzsche y Martí: yo

disfrutaba de mi estúpida voracidad. Luego me

volví loco en los 60´s y todavía hoy veo diablos

con uniforme y oigo voces en una lengua verde

de sintaxis militar. Dejé de leer. Me fui de Cuba

con tal de irme de mí y llegué a América, donde

logré recluirme en esta casa que, diga lo que diga

por fuera, yo sé que será mi tumba. Pero no me

quejo ni me arrepiento, simplemente me narro

mientras hojeo al azar revisticas literarias Made

in USA, como The Revolution Evening Post. Es

un alivio saberme fuera de la maquinaria.

Debería estar agradecido por darme cuenta de

todo con suficiente ecuanimidad. Con esa misma

ausencia de estilo ojalá pueda alguien narrarme

ahora.

7

Ipatria cree que el deseo de ficcionar es

perverso, pero no implica carencia edípica

alguna: no hay trauma, sino puro placer. Al

cerrar el manualito de difusión sicoanalítica, una

idea persiste: No hay otro closet que el watercloset,

no hay otro closet que el water-closet. Y

ya es sabido que de ahí no se sacan cosas: por ahí

sólo se descargan los detritus domésticos antes de

que implosionen la casa. Esto último no lo anota.

8

En familia. La mesa de comedor recostada a

la luna del espejo. Los comensales sentados sin

barrera visible a cada lado del vidrio: los vivos

aquí y los muertos allá. Lo importante es

conservar la familia en pleno sentada, asentada.

Vivos y muertos son igualmente incapaces de

distinguir quién es quién, dónde radica la

realidad y dónde su invertido reflejo. Familiares

y fantasmas, personajes y pesadillas: a la hora de

la cena todos convergen entre la mesa llana y el

espejo oval.

Parece una película mortecina. Cada día la

misma secuencia de movimientos nebulosos y su

parsimonia represiva: tedio mudo y escandaloso,

agorero e ignorante. Entonces sobreviene el

milagro, la fulminante descarga o machetazo

argumental que desequilibra la descripción. De

pronto un comensal (vivo o muerto) se pone de

pie y, atravesando el vidrio invisible, extiende su

fuente de ensalada a un segundo comensal

(muerto o vivo) que con gusto la acepta del otro

lado.

El gesto constituye una flagrante violación

del contrato. Acaso todo un complot: el estallido

de la tan largamente anunciada revolución

familiar. En cualquier variante, a partir de ahora

el resto de los comensales no logra una cena en

paz. Saben que las fronteras están muy frágiles a

cada lado del vidrio. Saben que en algún

momento les tocará a ellos la fuente de la

ensalada. Saben que entonces tendrán que elegir

entre extender o aceptar. Y ese no ignorar en

familia los aterra o atora, según las dimensiones

traqueales de cada cual.

9

Ipatria cree que el deseo de ficcionar sí es

perverso, pero no le debe nada al deber. Antes

bien, el deber sería su tumba (además de, por

supuesto, la cuna de todo realismo social). Y por

esta vez se ahorra humildemente las comillas:

Ipatria ha abandonado su diario para practicar

esas modas endémicas de la autocensura y el

síndrome de Bartleby.

10

Fue al varentierra tapiado bajo los rastrojos

cardosos. Se asomó y vio a su caballo entiesado,

robado hacía ya dos años, todavía de pie, tan

inerte. Entonces dio un paso adentro y le gritó a

aquella momia:

—¡Caballo!

Y el caballo, estremecido entre la obediencia

y la rebelión, se desmoronó en una cortina fósil

de polvo.

11

Ipatria abre la boca y se mira con un espejo

estomatológico. En días divertidos la imagen le

devuelve esta visión: la ficción como nacimiento

o big-bang (aom). En días difíciles, el espejo

refleja sólo la biología cariada de sus dientes

deciduos: la ficción como accidente galáctico sin

sobrevivientes o big-boeing (aborto ab ovo). Al

cerrar la boca, sin querer muerde el vidrio y

sangra. Entonces Ipatria escupe esquirlas de

cuarzo y coágulos y, mientras hace gárgaras de

miel con epinefrina, reflexiona sobre las

consecuencias hemorrágicas de elegir entre uno u

otro tipo de ficción.

65

12

La mano premonitoria de la criada separó los

tules del mosquitero por miliunésima vez. Hurgó

dentro a ciegas, tanteando el bulto y apretándolo

como si fuera una esponja y no un bebito de

cinco meses. Le abrió la bata y sólo entonces se

atrevió a contemplar aquella masa epicena en

todo su retórico horror: volutas de ronchas que

raspaban como una lima, labios de un violento

violeta, ojos de vidrio tras los párpados crispados

de par en par, tórax inmóvil y hundido, piel de

mármol ya a punto de congelación, penecillo

erecto en un rictus, pulso cero, y cierto rigor

mortis medio fétido y medio fetal.

En ese momento, las doce de la noche del

primer aguacero de octubre, se apagaron las luces

de las casas de los oficiales y se encendieron las

postas fijas del campamento. Justo cuando las

linternas de la ronda militar se convertían en

monstruos errantes entre la ventisca y los

charcos, la mano de la criada se retiró a su propio

rostro para santiguarse bajo unas greñas de

espanto, incapaz de articular el grito coagulado

en su tráquea octogenaria: alarido árido como

toda aliteración. Era inútil: a pesar de su desvelo,

ella había llegado tarde en aquella competencia

contra Dios. Ahora la criatura dejada a su cargo

en la cunita paradisiaca, por primera vez en cinco

meses de asma, descansaba ya para siempre de la

tortura sinusoide de su propia respiración. El

bebé no había muerto: Dios lo había liberado a

tiempo de su novela vital.

13

De entrepierna en entrepierna, Ipatria trata de

redactar unos consejillos prácticos para cada

situación ficciogenital. Su faena no es fácil: sobre

todo si se quiere evitar el lenguaje manido y la

ramplonería del pensar común. En este punto

decide recuperar su diario pues ya se siente

estilista otra vez. La escritura está en todo, anota

como subtítulo antes de entrar de plano en la

materia genitoficcional.

14

El sexo está en todo. Un hombre privado de

mujer acaba por descubrir en otro lo que echa de

menos: eso que, aún en sueños, le hace bullir la

sangre, amasando sus pensamientos en un

mazacote hincado por su aguijón viril. El sexo

está en todo: es un recluso más de la galera. El

sexo está percudido en un par de calcetines sin

dueño. En una rata domesticada por la paciencia

célibe de algún interno. En las cajetillas de

cigarros autografiadas con citas apócrifas de

Hermes Trismegisto y Allan Kardec. En la locura

colectiva del penal, que pasa por una violencia

excitante y repulsiva de gestos que pasan, a su

vez, por el cuerpo de un hombre hacinado entre

hombres. El sexo está en cada una de las

represivas palabras del Reglamento del Reo, y en

cada uno de los exultantes silencios de la

madrugada cubana en prisión. El sexo está en

todo, pero el penado 2506 se resistía a su influjo.

Por eso, entre otras barbaries a lo largo y

estrecho de una década en prisión, hasta los

guardias lo llamaban ahora El Incorruptible.

Entonces sobrevino el azar: un nuevo ingreso

en el patio, casi un niño. Tenía dieciocho años,

facciones de ángel de la perdición, pelo amarillo

muy corto, y un lunar en una tetilla: la del

corazón. Fue tanto el vicio lascivo en las miradas

que, para protegerlo al menos en un inicio, el jefe

de galera ordenó ubicarlo en el camastro vecino

del Incorruptible: aquel torete mulato,

recónditamente oriental, de mansa bestialidad en

cada uno de sus gestos nobles y exhaustos. Esa

misma noche, bien pasadas las doce, el 2506

despertó al joven ingreso con un susurro de boca

a boca:

—No temas –le dijo–: te voy a matar. No

duele y es por tu bien –y con una de sus manazas

le cubrió completamente la rubia cabeza, y con la

otra inmovilizó los coletazos de aquel frágil

adolescente aún no decidido del todo a vivir.

En una década de internamiento, no era la

primera vez que el Incorruptible lo hacía. Se

consideraba un justiciero providencial. Nadie lo

sospechaba, pero nadie como él sufría los

horrores patrios que caen sobre una aparición

angélica en el infierno de la galera. Era por su

bien, estaba convencido: ¿por el bien de quién?

Entonces el penado 2506 volvió a tenderse

bocabajo sobre el camastro y metió ambas manos

en el monte negro de su pubis proteico. Así se

dormía desde pequeño, aunque él nunca había

sido pequeño. Y, como cada noche en que su

misericordia había tenido que intervenir, la lona

estaba ahora a punto de reventarse bajo el

pinchazo abstinente de su aguijón viril.

15

Ipatria le ha preguntado al hombre que lustra

sus zapatos si conocía la historia del hombre que

preguntó al hombre que lustraba sus zapatos si no

tenía miedo de sí. El hombre, viejo y prieto como

sus zapatos, lo miró sorprendido con un rencor

de enemigo infantil: en su cara la intuición de

cierto choteo intertextual que no va con él. Tras

66

un par de minutos al borde de las lágrimas o la

agresión, el zapatero le respondió:

—Yo no como mie´o, ¿y utté? –y recogió sus

cepillos y betunes para largarse precipitadamente

de allí, dejando a Ipatria plantado a mitad de

lustre, convirtiéndolo de hecho en el heredero de

aquel no menos viejo y prieto sillón.

Ahora Ipatria mira desde abajo a la clientela

en su trono, y le pregunta a cada cual si por

casualidad conoce la historia in crescendo del

hombre que preguntó al hombre que lustraba sus

zapatos si conocía la historia del hombre que

preguntó al hombre que lustraba sus zapatos si no

tenía miedo de sí.

16

Él pensaba morirse en el invierno de 1987.

Desde hacía meses tenía unas fiebres terribles,

alucinantes. Consultó a un médico y el

diagnóstico fue SIDA. Como cada día se sentía

peor, compró un pasaje a Miami, y decidió morir

cerca del mar: en una de sus playas albinas, entre

aburguesados poetas y blanquísimas mofetas de

la política posnacional. Pero todo lo que él deseó

en vida, acaso por un burocratismo diabólico, se

demoró. Incluida la muerte.

Allí, a ras de mar, él otra patria esperaba: la

de su locura, trágico mamotreto entre las aguas

del que cuenta el terror y el terror que ha de ser

contado. El hedor de un caballo muerto para él

fue siempre el mejor testimonio de la primavera:

su tétrico trabalenguas como colofón de una

historia armada al estilo de un carnaval o timo

colectivo de cachiporras, medallas oxidadas,

restos de esperma, naufragios de neumáticos

sobre la espuma, leprosorios, héroes y pueblos

devastados, centrales de reconcentración obrera,

épicas tradiciones de la traición y otras

superficiales-inconstantes-perezosas estafas de

difusión popular, donde Dios era un estruendo de

hojalata y Cuba una obligatoria ristra de mítines

y un tedioso velorio triunfal. Barroco barrueco.

De manera que él no murió en el invierno de

1987, sino tres diciembres quisquillosamente

exactos después, baleado y con la lengua afuera:

la lengua manipulando el paisaje ficticio de su

país; la lengua ensanchándose sin tiempo,

cubriendo el horizonte, supurando al cielo y

señalando lombrices; su lengua deslenguada de

ahorcado, colgándole de boca para afuera como

un rabioso rabo, como un pendenciero penecito

de niño solo y airado, más bien gris, hosco y

repulsivo hasta lo inoportuno, un niño que

proyecta el insulto de su cara redonda y sucia

ante la cara cuadrada y pulcra de la

revolucioncita mundial.

Con su muerte por lengua propia, él

consiguió fugarse incluso de él. Así enmudeció

su escritura de corre-corre, castañeteante,

ennegrecida y maldita, contaminada de virus,

bacterias, resoluciones, pastillas y propaganda,

asaltos, caries y cárceles, resentimientos,

espantos y pantanos, lepras y piojos incubados

con un odio fútil pero fértil, portentosos porteros

y notas de suicida que envejecieron antes de que

a sus cenizas las solvatara en una playa el NaCl

nacional. La suya fue una escrituragonía

hirviente y supurante que pateaba estatuas, a la

par que renunciaba a todo perdón o consuelo o

paraíso perdido. Lo suyo fue un furor

obscenamente moral de vivir manifestándose

como voluntad volátil y represiva representación.

Él escribía, en fin, como un santo nefando entre

sus fiebres terribles y alucinantes, iluminado por

los destellos sin párpados de los ojillos de las

ratas: con esa fatua claridad ancestral, ya casi

afásico de forzar tanto los fueros de la ficción.

Por supuesto, semejante testimonio inaudito

ha de ser inédito. Tal es nuestro homenaje

póstumo para con él: la ignominia de la

ignorancia es su más merecido altar. Por eso le

echamos tierra y marchamos grotescamente sobre

el mojoncito de arena que en ninguna caleta lo

cubre. Por eso coreamos esas aberrantes

resoluciones vigentes que todavía nos atañen a

todos. Por eso lo sepultamos insepulto bajo la

luna loca y la estrella más brillante que sale justo

antes del alba. Hemos apisonado bien los

cimientos de su sementerio y lo hemos dejado

descansar en pus. Tal vez él no pensaba resucitar

en el invierno de 2007, pero ahora es su

momento: nosotros ya somos libres, él nunca lo

fue.

17

Ipatria se queda dormido en la sala a oscuras

y sueña con la ficción como biografía anónima:

parching de fotogramas mal editados en una

suerte de biopics que no regala pero tampoco

disimula su cicatriz, sino que deja leer los

mecanismos quirúrgicos bajo el trapito estéril de

toda intervención o acaso invención técnica.

Después de los créditos y el copyright, a Ipatria

siempre lo despierta la misma acomodadora

mulatica, con su decimonónica cara de yosífui.

18

Hacia el oscurecer luminotécnico de un día de

noviembre de 1982, subiendo por la calle

67

Compostela en dirección al norte de la ciudad, un

travelling de cine seguía a una calesa de museo

tirada por dos mulas mal adiestradas para la

escena, sobre una de las cuales, según el guión,

cabalgaba un extra que sobreactuaba vilmente su

rol como calesero negro en "Cecilia Valdés".

El vestuario del conductor, las guarniciones

de la calesa y sus ornamentos de oropel,

mostraban a las claras que era más bien pobre la

producción cinematográfica que movía los hilos

de aquella ficción. Como también, por supuesto,

era excepcionalmente paupérrimo el concepto

mismo de filmación, pues de él chorreaban

cloacas de pleitesía y solemnidad ante el gran

relato fundador de lo que los peritos llamarían

una "novelística nacional".

Tal vez lo menos ridículo hubiera sido

encuadrarlo todo en un dolly-back: que desde el

mismo primer plano o párrafo de "Cecilia

Valdés" se vieran los rieles del travelling y los

camiones de luces y el papeleo de las scripts y el

boom metido en cámara al menor descuido y la

meriendita obrera de todo el staff y la repetidera

de escenas por la amnesia de los actores y la

medidera de foco con una cinta de costurera y el

claqueteo con tiza de cada toma y la aspaventosa

soledad general de su director (interpretado, por

ejemplo, por el extra negro de la calesa), y

entonces sí comenzaría a rodarse lo que los

peritos podrían llamar una "peliculística

nacional": ese delirio entre el deleite y el delito

que todavía ningún cirilo cinéfilo en Cuba rodó.

19

Ipatria no tolera los derivados de la

penicilina, pero sí la ficción que simula un

remake. Ipatria no hace rechazo a la noción de

una nación letrada como sucesivas capas de

cebolla sin corazón (mascarada en perpetuo

espionaje de xerografías, el making-of de un

make-up), pero sí reacciona a todo discurso que

no pueda traducirse con un diccionario de

bolsillo para turistas. Como una vez estuvo al

borde de la anafilaxis, en alergiteratura Ipatria

prefiere ahora un neo-habla que a ratos sea nohabla:

incluso así le parece clínicamente

peligroso experimentar en letra propia esta teoría.

20

—Trínquenme bien a ese hombre:

¡amárrenmelo ahí! Está loco: de atar, de matar.

Con su traje de lino podrido, calvo y sin dientes,

el índice imperativo en alto, regalando puchas de

flor de muerto a choferes y peatones: ¡no se

confíen! Lo ven mansito como gallo con

moquillo, con su donaire de loquito incivil, pero

puede pegar un brinco. No colabore con el orate

cubano: ¡amárrenmelo bien! ¡Qué loco y qué

malo este capitán! En plena luna nona ponerse a

pelear y correr y fajarse y matar sin importarle la

gente ni dios ni nada. ¡Cójanlo, atájenmelo ahí!

Patrón de falucho de cabotaje y contrabandista en

carraca del golfo: ¡miren estas manos, miren esta

cara! ¿Quién me lo amarra ahora, que voy

huyuyo con mi embrague de botero y no parqueo

más hasta Cuba y Desamparados...?

Era entretenida su retórica rota, pero allí

nadie quería oír a nadie disparatando a esa hora.

Mucho menos a él, con su traje de lino podrido,

calvo y sin dientes, el índice imperativo en alto, y

regalando puchas de flor de muerto a choferes y

peatones. No sería extraño que una de esas

madrugadas aquella algarabía insomne le costara

un coro de palos o la anagnórisis trapera de algún

puñal. Definitivamente, en aquel barrido barrio

ya estaban aburridos de cualquier vocabulario

con ínfulas de vocubalario, por más entretenido

que a primera voz pareciera.

23

En esos trenes interprovinciales de óptima

muerte, Ipatria ha coincidido sin saberlo con

ciertos teóricos del siglo XX acerca de la ficción

como un viaje: viraje del movimiento browniano

que tiende a cero y al infinito. Ipatria comienza a

dejar entonces frasecitas de reconciliación para

con su diario o "maquinita de guerra portátil":

microficción meganarrativa, gigantextografía

nanoscópica, alef maléfico, parto panóptico,

entre otros piropos conceptuales más o menos

apócrifos.

24

Bajo la empinada escalera del sótano de

nuestra antigua casa de Piazza Morgana, vi el

alef. O casi casi. El local era apenas más ancho

que los peldaños y, de niño, siempre se me

confundía con un pozo ciego: el poro de un pelo

por donde penetrar en mí mismo y recorrerme

por dentro. Allá abajo la única luz era un

bombillo neorrealista de veinte watts, y así era

imposible distinguir ninguna imagen fija entre

tanta transparencia y superposición: entonces

todo era muy fluido.

Fue tumbado de espaldas sobre aquellas

baldosas húmedas donde vi el descarnado tejido

de mi estómago infantil, cruzado por venas y

arterias, segregando sus jugos a la menor

provocación. Vi los duros tendones de mi mano

izquierda y el blanco íntimo de la espina dorsal,

68

estallando en el arcoiris monocromático de mi

cerebelo, tierno y palpitante en aquella década

fabulosa y fatua. Vi tímpanos con témpanos de

cerumen, mi rótula rota el primer día de clases,

estuve un prolongado verano en el mastoides y di

un oloroso safari por mi flora intestinal. Bebí de

vasos linfáticos en las parótidas. Esquivé el

escudo interno de mis pezones y me perdí en un

laberinto suicida que, en definitiva, no era Roma

ni Londres, sino La Habana. Cogí por la vena

porta y por atajos del mesenterio abiertos a

pliegues semilunares de opalescente luz. Me

asomé a la traqueotomía que no me hicieron a

tiempo. Vi el revestimiento externo de mis

dientes deciduos, de esmalte pálido y seda. Vi

aftas sin cura en la mucosa palatina,

incrustaciones pétreas en mi lengua de anciano, y

los cartílagos asexuados de mis cuerdas vocales

de adolescente. Vi glándulas rebosantes de

gelatina genital, puré de nieve en la punta

invaginada del glande, y un tumor necrosado en

la carne senilmente infante de mi corazón. Vi a

mis propios ganglios replicar el cromosoma

mortífero de un retrovirus de siglas aún por

clasificar. Vi un paro respiratorio y los aullidos

tragicómicos de mi hemoglobina cuando no pudo

quelar más oxígeno en sus átomos de hierro,

carbono y acero. Me vi morir por dentro y la

certeza de mi deceso biológico me liberó.

Conseguí lo que todo sistema político siempre ha

soñado en vano: ser libre completamente de mí,

sin culpas ni temores ni fronteras ni límites a la

hora de recorrer nuestra terrible y vergonzosa

soledad interior. Ver a priori la causa etiológica

de mi fallecimiento borró eones de búsqueda y

burla sin encontrar. La muerte me restauró por

fin a ese estado de fe prefetal que todo espíritu

intuye. No me quise marchar nunca de allí, pero

mi familia cayó en desgracia con el Estado y

rematamos todas nuestras propiedades al peor

postor o impostor.

Así perdí no sólo la empinada escalera del

sótano de nuestra antigua casa de Piazza

Morgana, sino que perdí de súbito al alef. O casi

casi. Porque todavía lo veo: en sueños, aquella

sucesión caótica de palabras ordenadas aún

resuena tan visceral en mí como medio siglo o tal

vez medio milenio atrás. Y yo sé que ese eco de

morgue ha sido, es y será mi más auténtica voz.

25

Ipatria alega que no sabe leer. Pasa su índice

derecho sobre un mural y, en plena posesión de

sus facultades lectivas, se declara analfabeto:

alega nunca haber leído leyendo (es una cita de

su diario), sino por inercia espontánea de

imitación (es otra cita de su diario). Entonces se

mira el índice derecho lleno de polvo y sus

huellas digitales le parecen un criptograma de

autoría criminal.

26

Una película de polvo lo cubría todo,

abrasándole la garganta. Sintió sed. Una sed de

persistencia asombrosa que le perforaba la

tráquea. Alrededor ya nada tenía color. Excepto

el calor, que era blanco: arenoso. Le picaban los

ojos. Nada se distinguía de nada, excepto aquella

nube fósil de polvo que lo asfixiaba.

—Diosito Jesús –susurró para nadie en un

rafagazo de ira–, los días de polvo se

adelantaron.

Y así le era imposible orientarse. Nunca

llegaría a ninguna parte. A la vuelta de una o dos

temporadas, con suerte alguien encontraría allí su

cadáver: huesos mudos y polvorosos. Sintió

pánico. La sed arreció. Hubiera gritado pidiendo

auxilio aunque fuera sólo para entretenerse, pero

las palabras se le pulverizaban a la mitad. La

desecación le cincelaba ahora la lengua y le ardía

hasta la memoria.

—Jesús Diosito –se atragantó–: un año tan

duro como el anterior.

Y rezó en silencio para lograr, si no en paz,

por lo menos descansar en polvo.

27

Ipatria fuma un cigarrillo sin filtro y se siente

en rapto. Cree descubrir en las volutas de

nicotina y CO2 una cortina de humo no tan

carcinógena como un perito podría pensar. Al

contrario, Ipatria fabula con fe que esa amorfa

atmósfera sería respirable lo suficiente como para

que en ella hasta un perito pudiera pensar. A

Ipatria todo esto le parece un storyboard

excelente para no podría definir todavía qué.

28

Diego habla con flores en la cabeza, como el

niño aquel que todavía parece: rey ridículo en su

jardín ñoño de tan cultural. David lo mira con

admiración ignorante de que Diego lo mira como

una promesa de pugilato viril. Diego es lúcido y

mayor. David es joven y bruto: sonríe como los

ángeles, pero no sabe escribir. Diego es un

trabalenguas no tan común como ya obsoleto.

David es el alias guerrillero de todo mártir

suburbano del clandestinaje en acción. Diego

ansía un último combate antes de retirarse con

sus memorias anales a una suerte de paz senil.

69

David quedará solo, habitando una década doble

y decadente. Diego siempre lo estuvo, aunque

hubiera sido el novio perfecto para David. Pero

ninguno de los dos toca al otro. No hay corazón

para tanto. El abrazo de utilería que se dan es

sólo un aceptable montaje de posproducción, casi

un efecto especial. Las flores de Diego se

marchitarán sin trauma ni dramaturgia en su

cabeza lúcida y mayor. David jovialmente ha de

embrutecer mucho más. Los dos sobreviven

apolíticamente a ras de los años dos mil,

inconclusos para sentencia los dos. El diálogo

entre consonantes D desembocó en definitiva en

un decepcionante desastre, pero es sólo por este

detalle que el argumento se salva de ser tan fofa

ficción.

29

Ipatria teclea titulares para un supuesto

periódico oficial de millonaria tirada. Le gusta

ese ejercicio de masividad ficcional. A veces deja

caer las manos sobre el teclado y entonces

tamborilea sólo caracteres al azar: jklnhasd

yga1424sas, por ejemplo. O: oiouwer125

jknsdbcsc tt!!!, también por ejemplo. E incluso: q

werty06498 uiop dyqw¢£¥ §®rl6988269.bijconsTatering

jhcawj mdf=>a sjos643d5438*(

nhiuw ‡‰Šil.7948625,aanGiftegedaan iffff

/iuhasod lu wef_^0309^_wiw^_1210_^du wjer71+

84qjdkln aiuh vernieliNgenwordt `k, que

ya le parece casi una aberración. Por si acaso,

Ipatria siempre se toma el cuidado de conservar

estos resultados "ad random": puzzle que en cada

juego de manos caídas nunca resulta igual. Así

viaja por impredecibles idiomas y refresca un

poco el hobby que ya de por sí practica para

refrescar: teclear titulares para un supuesto

periódico oficial de millonaria tirada como

ejercicio de masiva ficcionalidad.

30

En 1969, el agente secreto Pável A.

Sudoplátov se entrevistó con uno de los

narradores de la muerte de Trotski: su

protagonista Ramón Mercader, con quien se

reunió en la Unión de Escritores de la CCCP.

Allí, mientras deglutían carnes más o menos

estofadas en vodka, puntualizaron los detalles

más o menos ficticios que deberían considerarse,

si es que aquel luctuoso martes 20 de agosto de

1940 se iba por fin a narrar.

Lo primero es que Mercader, amante de los

perros y miembro mediocre del espionaje antitrotskista

en Latinoamérica, no contaba con ser él

mismo el motor actancial de la justicia obrera. Lo

segundo es que Mercader, su madre, Eitingon, la

mulata Caridad, y un equipo de cinco guerrilleros

suburbanos, planearon asaltar la vivienda de

Trotski una semana antes del acting. Pero, para

evitar excepciones morfológicas de mala suerte

(¡era martes 13!), este plot colectivo se desechó y

eligieron una táctica más personal. Lo tercero es

que, contrariamente a lo narrado en mil y un

mamotretos de historia, Mercader nunca cerró los

ojos para propinarle a Trotski su picacho en la

nuca: sencillamente falló porque estaba nervioso,

dado que en la escena del crimen jugaba el perro

de Trotski (este golpe en falso fue el gran fiasco

de la revolución proletaria mundial, ya que

Trotski, y no su perro, aulló entre torbellinos

tarantinescos de sangre, dejando así en visceral

evidencia la naturaleza dolorosamente humana

incluso de un traidor). Lo cuarto es que Trotski

habló antes de expirar: no culpó a nadie, pero sí

se lamentó de haber recibido su sentencia de

muerte mientras leía un artículo de arenga

archipanfletaria, redactado en español por el

propio Ramón Mercader, quien se lo llevó a

Trotski para que este se lo editara. Lo quinto es

que Mercader cayó en un rapto parecido al

pánico de ser interrogado por algún órgano de

seguridad y, aún portando una Browning cargada

con 15 tiros y una daga de marca Marat, no atinó

a rematar a su víctima sobre el buró: los escoltas

de Trotski enseguida se aparecieron en el local

(fumaban tabaco mientras leían un periódico

cubano en la habitación contigua) y noquearon

burocráticamente al espía que no ofreció

resistencia (en el juicio, este detalle salvó al

victimario de la pena capital). Lo sexto es que el

perro de Trotski lamió gentilmente el rostro en

coma de Ramón Mercader, aunque ningún

historiador ha recogido el nombre del can.

Tras tres tristes décadas de prisión, exilio y

olvido, almorzando desdentadamente en una

bandejilla de la Unión de Escritores de la CCCP,

el entrevistado dejó de chamuscar y por primera

vez miró de frente a su entrevistador.

—¿Quiere que le confiese lo peor? –cuenta el

agente secreto Pável A. Sudoplátov que en 1969

le contó Ramón Mercader–: tampoco ningún

editor se ha interesado nunca en publicar mi

artículo ajusticiador.

31

Ipatria asiste a una terapia de grupo donde se

reflexiona sobre las consecuencias catastróficas

de leer en el siglo XXI con demasiada tensión. Y

atención. Por supuesto, enseguida se aburre de

las monsergas kármasociológicas que les predica

70

un perito en siglo XXI. Sin suficiente

distanciamiento y mala intención, fue uno de los

escasos apuntes que Ipatria no borró de su diario

tras aquellas sesiones en un museo municipal, la

lectura es hoy un experiencia límite que pone en

la picota pública la cordura y la nuca de

cualquier lector.

32

Estoy hecho de versiones contradictorias de

mi entidad, de las grandes saguas donde me crié

a golpe de talismán y portento como un nudo en

la madera, de labradores y ruiseñores criollos de

importación, de cartas a la carta sin remitente ni

destinatario, de lomos deflecados de diccionarios,

de filos de compendios teologales, y de una

paciencia matemática para encuadrar sin

sufrimiento excesivo mi aire de cariada

curiosidad. Soy lengua del alba, carne

hambrienta y sangre de quimera: laberinto de mí

mismo cuya salida nunca busqué.

He tecleado sin vicio pero también sin

convicción, con pensamientos constantes en

torno a puntos inconstantes de lo real. Mi ficción

no conlleva placer ni oficio. He alentado ecos

interiores en tanto radista del soliloquio. Mi obra

salió culpable, lúcida, pesada, pensada, tonta,

inocente, indecente: bestia que regresa a destruir

la ciudad letrada con sus ansiedades y locuras,

sus rabias y fobias inexplicables, mientras el

desgano se la traga por las cuatro esquinas como

a una borrosa barra de pan pútreo, pétreo, patrio.

Escribí para dejar de lado un mundo idiota y

encerrarme en un búnker con periscopio a

inventariar la verdad: a inventarla. Aunque el

resultado sea un angurrioma de novelines

neblinosos y cuentería cubiche sin conclusión,

todo ya en fase terminal.

He sobrevivido a un tedio puntual. También a

fósiles con horribles caras de codicia, ojos de

águila y garras de león, sentados siempre en

oficinas ministeriales, despachos abogadiles,

laboratorios perversos, bancos del congreso,

aulas disciplinarias, tribunas como tribunales y

púlpitos púrpuras. En definitiva, he sobrevivido a

esta ciudad única y numerosa, múltiple e

indivisible, colonial y profuturista: Hanada

nuestra que estás entre el cieno y la finisterra,

entre lujos y habitaciones miserables, entre

fotutos de cacharros y quejidos de señoritas que

esperaban casarse con frenesí, entre conatos de

incendios y héroes mitad mentirosos y mitad

mártires, entre golpes de estado y murmuraciones

de gremio y esparadrapos de la amistad, entre

lechos revueltos y trenes quinqueniales de la

revolucioncita mundial, entre calcetines de marca

y lienzos dedicados por un genio alcóholico que

mea al público en su galería, entre boletines y

volantes, entre cuartillas en blanco y demás

trozos de cal caídos de la techumbre

infranacional, entre machetazos y accidentes

suicidas, entre asilos y exilios, entre las bestias y

el bodrio, entre el sabor del helado y el de mis

propias vísceras, entre familiares y enfermos y

demás parónimos parapléjicos: igual yo sólo

esperaba una hora sin hora para intuir justo eso

que no supe jamás.

Como un quíquiri de pelea fantasma, nunca

ningún espejo cubano me reflejó: en la finca de

los grandes cuadrúpedos testiculares, sólo

lamento no haber pinchado aún con más saña la

espuelita envenenada de nuestra insultante

insulsez insular.

33

Ipatria ha arrancado páginas de su diario

donde estigmatizaba a la ficción en tanto ciclo

cerrado, circo cínico, y cero clínico imposible de

empeorar o curar: la ficción como confetti y no

como confesión, como zigzagagueantes eses y no

como esencia, como traspiés a todo lo

trascendental, como fun antes que

fundamentalismo, como patogenia del pathos

(talar el telos y epatar sólo al epos), como plagio

o pliego palimpcestuoso sobre la plaga previa de

otra ficción.

También Ipatria ha anexado páginas a su

diario donde ensalza a la ficción en tanto ciclo

cerrado, circo cínico, y cero clínico imposible de

empeorar o curar: la ficción como confetti y no

como confesión, como zigzagagueantes eses y no

como esencia, como traspiés a todo lo

trascendental, como fun antes que

fundamentalismo, como patogenia del pathos

(talar el telos y epatar sólo al epos), como plagio

o pliego palimpcestuoso sobre la plaga previa de

otra ficción.

De manera que ahora Ipatria piensa que ya

sabe leer. Por eso se cubre la cabeza bajo un

almohadón de plumas y calla. Piensa que

deberían darle el Premio Nacional por tan

elocuente silencio. Algo que, por supuesto,

Ipatria no aceptaría. O en última instancia no iría

a recoger. O después lo devolvería en protesta

por... Y así hasta el infinito. Hasta que en algún

punto de sus matutinias mentales, Ipatria repasa

en off su monólogo portátil de la literatura

mundial:

—Hemingway escribía de pie: de ahí su

economía de estilo. Proust escribía acostado y de

71

ahí su pose lenta, memoriosa, prolija. Nietzsche

se exasperaba paseando y escribía como si le

mordiera el cuello a un caballo. De Martí es

mejor ni hablar. La mayor parte de los escritores

escriben ahora sentados: de ahí su magnífica

mediocridad. En ficción, como en todo lo fáctico,

hay que adoptar posiciones radicales: quod

scripsi is crisis, quod scripsi is crisis, quod scripsi

is crisis...

Y así hasta el infinito. Hasta que en algún

otro punto de sus matutinias mentales, Ipatria

saca la cabeza del almohadón de plumas y

carraspea. Ahora piensa en que no saber leer

hubiera sido lo mínimo para no hacer el ridículo

a propósito del canon local: para intuir qué evitar

y qué acatar con tal de que no retoñe ese rastrojo

estético que los peritos llaman una "literatura

mayor".

—Narres lo que narres te arrepentirás –Ipatria

garrapatea entonces en su diario, como un Séneca

sanaco a quien se le escapa con cada apunte la

raicilla secreta de una u otra ficción.

72

1

H

Habana

3

Li

Literatura

4

Be

Béisbol

11

Na

Nada

12

Mg

Música

Guajira

19

K

Kafka

20

Ca

Cuban-

American

21

Sc

Socioculturales

22

Ti

Tierra

23

V

Venceremos

24

Cr

Crisis

25

Mn

M.N.

26

Fe

Familia en el

Extranjero

27

Co

Comunidad

28

Ni

Nihilismo

29

Cu

Cultura

30

Zn

Zanjón

37

Rb

Rebelión

38

Sr

Seudorepública

39

Y

Isla

40

Zr

Zafra

41

Nb

Biblioteca

Nacional

42

Mo

Mesa

redonda

43

Tc

Tecnocracia

44

Ru

Rusia

45

Rh

Recursos

Humanos

46

Pd

Poder

47

Ag

Agricultura

48

Cd

Cadáver

55

Cs

Consigna

56

Ba

Baraguá

57*

La

Legalidad

72

Hf

Homofobia

73

Ta

Tribuna

Abierta

74

W

Washington

75

Re

Relaciones

Exteriores

76

Os

Orígenes

77

Ir

Irrealidad

78

Pt

Período de

Transición

79

Au

Autoridad

80

Hg

Hegemonía

87

Fr

Libertad

88

Ra

Resistencia

89**

Ac

Acción

104

Rf

Rastafari

105

Db

Debris

106

Sg

Sangre

107

Bh

Bomba de

Hidrógeno

108

Hs

Historia

109

Mt

Meteorología

5

B

Biotecnología

6

C

Cuba

7

N

Nación

8

O

Oposición

9

F

Fidelidad

10

Ne

Nueva

Era

13

Al

Alba

14

Si

Sistema

15

P

Política

16

S

Suicidio

17

Cl

Claudicación

18

Ar

Arte

31

Ga

Gusanos

32

Ge

Guerra

33

As

Antisocial

34

Se

Seguridad

del Estado

35

Br

Bolívar

36

Kr

Contrarrevolución

49

In

Intransigencia

50

Sn

Subversión

51

Sb

Síndrome

de Bartleby

52

Te

Terror

53

I

Imperialismo

54

Xe

Xenofobia

81

Tl

Tolerancia

82

Pb

Plebiscito

83

Bi

Batalla

de Ideas

84

Po

Policía

85

At

América

Latina

86

Rn

Renta

58

Ce

Consejo

de Estado

59

Pr

Propaganda

60

Nd

Navidades

61

Pm

Patria o

Muerte

62

Sm

Socialismo

o Muerte

63

Eu

Estados

Unidos

64

Gd

Dios

65

Tb

Tribunal

66

Dy

Diáspora

67

Ho

Holocausto

68

Er

Europa

69

Tm

Totalitarismo

70

Yb

Yerba

71

Lu

Lucha

urbana

90

Tk

Tokio

91

Pa

Parlamento

92

U

Utopía

93

Np

Nepotismo

94

Pu

Prostitución

95

Am

Atención

Médica

96

Cm

Comercio

97

Bk

Bloqueo

98

Cf

Conflagración

99

Es

Estudio

94

Fm

Fin de

milenio

101

Md

Medicina

102

No

Neoliberalismo

103

Lr

Lucha

rurual

TÁBULA HIPERIÓDICA DE LOS ELEMENTOS

Otra vez mi padre y su empeño loco de arreglar las palabras de manera que sirvan al menos para narrar.

*

**

2

He

Héroes

ÍNDICE

Decálogo del año cero / 2

Todas las noches la noche / 4

Necesidad de una guerra civil / 10

Lugar llamado Lilí / 12

Isla a mediodía / 19

Imitación de Ipatria / 21

Campos de girasoles para siempre / 24

Les choristes / 30

Ipatria, Alamar, un cóndor, la noche y yo / 31

Tokionoma / 38

Entre una Browning y la piedra lunar / 39

Cuban American Beauty / 44

Tao-Hoang-She-Kiang-Té / 53

Boring Home / 54

Wunderkammer / 63

Historia portátil de la literatura cubana / 64

Tábula hiperiódica de los elementos / 73

1

Boring Home.

Orlando Luis Pardo Lazo.

Ediciones Lawtonomar, 2009.

2


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"De soledad humana"

Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

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