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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Jun 12, 2008

SAMUEL BECKETT


SAMUEL BECKETT:
POEMAS
1937-1939

Vienen

otras y las mismas

con cada una es diferente

y lo mismo

con cada una la ausencia de amor es diferente

con cada una la ausencia de amor es la misma

1947-1949

Bueno bueno es un país
donde el olvido donde pesa el olvido
suavemente sobre mundos sin nombre
ahí callan la cabeza la cabeza es muda
y se sabe no no se sabe nada
muere el canto de las bocas muertas
hizo su viaje sobre la arena
no hay nada que llorar

mi soledad la conozco bueno la conozco mal
tengo tiempo eso es lo que me digo tengo tiempo
pero qué tiempo hueso ávido el tiempo del perro
del cielo que palidece sin cesar mi grano de cielo
del rayo que asciende ocelado temblando
de las micras de los años en tinieblas

quieren que vaya de A a B no puedo
no puedo salir estoy en un país sin huellas
sí sí es una cosa hermosa la que tienen ahí una cosa
muy hermosa
qué es no me hagan más preguntas
espiral polvo de instantes qué es lo mismo
la calma el amor el odio la calma la calma

Jun 11, 2008

La sociedad abierta y sus enemigos


La sociedad abierta y sus enemigos (1939)

Karl Popper (1902-1994)

El Filósofo Rey

El contraste entre la concepción platónica y la socrática es mayor todavía de lo que parecería desprenderse de nuestro análisis. Platón siguió los pasos de Sócrates en su definición del filósofo. “ ¿A quiénes llaman verdaderos filósofos?” A aquellos que aman la verdad, leemos en La República. Pero el propio Platón no se atiene totalmente a la verdad al efectuar esta afirmación. En efecto, dista mucho de creer realmente en ella y así, declara lisa y llanamente en otros lugares que es regio privilegio del soberano hacer pleno uso de las mentiras y el engaño: “Si hay alguien con derecho a mentir, éste sólo puede ser el gobernante de la ciudad, a fin de engañar a sus enemigos y a sus propios conciudadanos en beneficio de la comunidad; pero ningún otro debe gozar de este privilegio”.

“Para el beneficio de la comunidad”, dice Platón. Nuevamente se ve aquí que el principio de la utilidad colectiva constituye la consideración ética fundamental.

La moralidad totalitaria lo gobierna todo, incluso la definición, la Idea, del filósofo. Casi no hace falta agregar que, por el mismo principio de conveniencia política, los súbditos están obligados a decir la verdad. “Si el gobernante sorprende a alguien en una mentira… entonces lo castigará, por fomentar una práctica que lesiona y pone en peligro a la ciudad…”. Sólo en este último sentido, ligeramente inesperado, se muestran los gobernantes platónicos –los filósofos reyes- amantes de la verdad.

I

Platón ilustra esa aplicación del principio de la utilidad colectiva al problema de la veracidad con el ejemplo del médico. Dicho ejemplo ha sido bien elegido, pues a Platón le gusta equiparar su misión política a la de un salvador o médico del cuerpo enfermo de la sociedad. Aparte de esto, el papel que le asigna a la medicina arroja luz sobre el carácter totalitario de la ciudad platónica, donde el interés estatal domina la vida del ciudadano, desde el acoplamiento de sus padres hasta su tumba. Platón ve en la medicina una forma de política o, como él mismo dice, “considera a Esculapio, dios de la medicina, como un político”. El arte de la medicina -nos explica- no debe tener por objeto la prolongación de la vida, sino, tan sólo, el interés del estado. “En todas las comunidades correctamente gobernadas, cada individuo tiene una labor particular asignada dentro del estado. ES si obligación cumplir con esta tarea y a nadie le sobra tiempo para pasarse la vida enfermando y curando”. En consecuencia, el médico “ no tiene derecho a atender a un hombre incapaz de cumplir con sus obligaciones ordinarias, pues un hombre tal es inútil por sí mismo y para el estado”. Añade a esto la consideración de que un hombre de ese tipo bien podría tener “hijos igualmente enfermos, probablemente”, que también podrían convertirse en una carga para el estado. (En sus últimos años, pese a su odio cada vez mayor hacia el individualismo, Platón se refiere a la medicina con un enfoque de carácter más personalista. Así, se queja de los médicos que tratan a los ciudadanos libres como si fuesen esclavos, “impartiendo sus órdenes como un tirano cuya voluntad es ley, y pasando luego, apresuradamente, a tratar al siguiente paciente-esclavo”, y reclama mayor gentileza y paciencia en el tratamiento médico, por lo menos para con aquellos que no son esclavos.) En cuanto al uso de las mentiras y el engaño, Platón sugiere que éstos son “útiles sólo a manera de remedio”; pero el gobernante de un estado, insiste Platón, no debe comportarse como algunos de esos “médicos corrientes” que carecen de la valentía necesaria para administrar remedios drásticos. El filósofo rey, amante de la verdad en su calidad de filósofo, debe, como rey, ser “más valiente”, puesto que ha de tener la determinación suficiente “para administrar buenas dosis de mentiras y decepciones…” en beneficio de los súbditos, se apresura a añadir Platón. Lo cual significa, como ya sabemos, y volvemos a comprobar aquí a través de la referencia que hace Platón a la medicina, “en beneficio del estado”. Kant observó cierta vez, con espíritu totalmente distinto, que la frase “la veracidad es la mejor política” podía ser, en verdad, cuestionable, en cuanto que el valor de la frase “la veracidad mejor que la política”, se encuentra más allá de toda discusión.

Valoración de la Profecía de Marx

Los argumentos en que reposa la profecía histórica de Marx carecen de validez. Su ingeniosa tentativa de extraer conclusiones proféticas de la observación de las tendencias económicas contemporáneas fracasó lamentablemente. Y la razón de este fracaso no reside en una posible insuficiencia de la base empírica del argumento. El análisis sociológico y económico marxista de la sociedad contemporánea puede haber sido algo unilateral pero, pese a esta tendencia, es excelente en la medida en que involucra una descripción de los hechos. La razón del fracaso de Marx como profeta reside enteramente en la pobreza del historicismo como tal, en el simple hecho de que aun cuando observemos lo que hoy parece ser una inclinación histórica, no podemos saber si mañana habrá de tener o no la misma apariencia.

Debemos admitir que Marx vio muchas cosas en su justa magnitud. Si consideramos únicamente su profecía de que el sistema del capitalismo sin trabas –tal como él lo conocía- no habría de durar mucho tiempo, mientras que sus defensores pensaban que duraría eternamente, tendremos que reconocer que Marx estaba en lo cierto. También tenía razón al afirmar que sería la “lucha de clases”, la asociación de los trabajadores, la que habría de provocar la transformación del sistema económico en otro nuevo y mejor. Pero lo que no podemos admitir es que Marx haya predicho con el nombre de socialismo, el advenimiento del nuevo sistema: el intervencionismo. La verdad es que no tuvo la menor sospecha de lo que deparaba el futuro. Lo que él llamó “socialismo” era profundamente distinto a cualquier forma de intervencionismo, aun de la forma rusa, pues creía firmemente en que la inminente transformación habría de quitar influencia del estado, tanto política como económica en tanto que el intervencionismo la ha acrecentado en todas partes.

Puesto que he venido criticando a Marx y, hasta cierto punto, alabando el intervencionismo democrático gradual… quisiera dejar bien aclarado que admiro la esperanza de Marx de un decrecimiento de la influencia estatal. Indudablemente, el más grave peligro del intervencionismo –especialmente de cualquier intervención directa- es el de conducir el aumento del poder estatal y la burocracia. La mayoría de los intervencionistas hacen caso omiso de ello o cierran los ojos ante la evidencia, lo cual agrava aún más este peligro. Sin embargo, creo que una vez que se lo encare abiertamente, será posible dominarlo, pues se trata, una vez más, de un mero problema de tecnología social y de inteligencia social gradual. Pero es importante frenarlo a tiempo, pues constituye una seria amenaza para la democracia. No sólo debemos planificar para la seguridad, sino también para la libertad; si no por otra razón, porque la libertad es lo único que puede asegurar la seguridad…

Pero si se tienen en cuenta todas esas exitosas e importantes predicciones, ¿puede hablarse de la pobreza del historicismo? Si las predicciones históricas de Marx se han cumplido, aunque más no sea parcialmente, no es posible descartar su método a la ligera. Sin embargo, un examen más minucioso de los aciertos de Marx nos demuestra que no fue en modo alguno su método historicista el que lo condujo al éxito, sino siempre lo métodos del análisis institucional. Vemos, pues, que no es un análisis historicista sino típicamente institucional el que lleva a la conclusión de que los capitalistas se ven forzados por la competencia a aumentar la productividad. Y también institucional es el análisis en que Marx basa su teoría del ciclo económico y del excedente de población. Y hasta la teoría de la lucha de clases es institucional, pues forma parte del mecanismo mediante el cual se controla la distribución de la riqueza y también la del poder, mecanismo que hace posible los acuerdos colectivos en el sentido más lato de la expresión. En ningún punto de estos análisis desempeñan el menor papel las “leyes del desarrollo histórico”, las etapas, períodos, o tendencias historicistas típicas. Por otra parte, ninguna de las más ambiciosas conclusiones historicistas de Marx, ninguna de sus “inexorables leyes del desarrollo” ni sus “etapas de la historia por las cuales hay que pasar forzosamente”, se han cumplido en la realidad. Marx acertó sólo en la medida en que analizó las instituciones y sus funciones. Y también es cierto lo contrario: ninguna de sus profecías históricas más ambiciosas y de mayores alcances cae dentro del radio del análisis institucional. Dondequiera que se intente apoyarlas mediante un análisis de ese tipo, la conclusión carece de validez. En realidad, si se las compara con los elevados patrones de Marx, las profecías más altas se desenvuelven sobre un plano intelectual más bien bajo. No sólo contienen un alto grado de pensamiento emocional, sino que carecen también de imaginación política. En término generales, Marx compartió la creencia de los industrialistas progresistas, de los “burgueses” de su tiempo, en la ley del progreso. Pero este ingenuo optimismo historicista, de Hegel y Comte, De Marx y Mill, no es menos supersticioso que el historicismo pesimista de un Platón o un Spengler. Y no puede ser éste peor bagaje para un profeta, puesto que debe poner riendas a su imaginación histórica. En realidad es necesario reconocer como uno de los principios de toda concepción política libre de prejuicios que en los asuntos humanos todo es posible, y, más específicamente, que no debe excluirse ningún proceso concebible sobre la base de que viola la pretendida tendencia del progreso humano o cualquiera de las otras leyes de la “naturaleza humana”. “El hecho del progreso” –nos dice H.A.L.Fisher- “está escrito con letras claras e inconfundibles en la página de la historia, pero el progreso no es una ley de la naturaleza. El terreno ganado por una generación puede perderlo la siguiente”.

De acuerdo con el principio de que todo es posible, conviene señalar que las profecías de Marx podrían haber resultado ciertas. Una fe como el optimismo progresista del siglo XIX puede constituir una poderosa fuerza política y ayudar a producir lo que predice. De este modo, no se debe considerar corroborada una teoría y atribuirle carácter científico por el hecho de que se hayan cumplido sus predicciones. Muchas veces estas presuntas corroboraciones no son sino consecuencia de su carácter religioso y de la fuerza de la fe mística que ha sido capaz de inspirar a los hombres. Y en el marxismo, en particular, el elemento religioso es inconfundible. En la hora de su mayor miseria y degradación, las predicciones de Marx dieron a los trabajadores una fe inconmovible en su misión y en el gran futuro que su movimiento estaba elaborando para la humanidad.

Volviendo la vista al curso de los acontecimientos desde 1864 hasta 1930, creo que de no ser por el hecho algo accidental de que Marx no alentó a las investigaciones en el campo de la tecnología social, los problemas europeos se habrían desarrollado bajo la influencia de esta religión profética, hacia un socialismo de tipo no colectivista. Una preparación acabada para la parte de los marxistas rusos, como así también de los de Europa central, podría haber conducido a un éxito inconfundible, convenciendo a todos los amigos de la sociedad abierta. Sin embargo, esto no hubiera sido la corroboración de una profecía científica. Sólo habría sido el resultado de un movimiento religioso, el resultado de la fe en el humanitarismo, combinada con el uso crítico de nuestra razón con el fin de transformar el mundo.

Pero las cosas siguieron un curso diferente. El elemento profético del credo marxista predominó en las mentes de sus adeptos. Hizo a un lado todo lo demás, desterrando el poder del juicio frío y crítico y destruyendo la creencia de que es posible cambiar el mundo por medio de la razón. Todo lo que quedó de la enseñanza de Marx fue la filosofía oracular de Hegel, que, ajo el atavío marxista, hoy amenaza paralizar la lucha por la sociedad abierta.

En el fondo de todo esto yace una verdadera dificultad. Si bien está perfectamente claro… que el político debe limitarse a luchar contra los males, en lugar de combatir por valores “positivos” o “superiores” tales como la felicidad, etc., el maestro se encuentra, en principio, en una posición diferente. Aunque no debe importar su escala de valores “superiores” a sus alumnos, debe tratar, ciertamente, de estimular su interés por estos valores. Debe, en una palabra, cuidar el espíritu de sus alumnos. (Cuando Sócrates les decía a sus amigos que cuidasen de su espíritu, él estaba cuidándolos a ellos). Existe, pues, algo así como un elemento romántico o estético en la educación, que de ningún modo debe participar de la política. Pero si bien esto es cierto en su principio, difícilmente podría aplicarse a nuestro sistema educacional, pues presupone una relación de amistad entre maestro y discípulo, que… puede llegar a su término por decisión de cualquiera de las partes. (Sócrates elegía a sus amigos y ellos lo elegían a él). El número mismo de sus alumnos hace todo esto completamente imposible en nuestras escuelas. En consecuencia, toda tentativa de imponer valores superiores no sólo resulta infructuosa sino que –debemos insistir en ello- tiende a producir un efecto perjudicial mucho más concreto y público que el perseguido originalmente. Y debemos reconocer que el principio de que aquellos confiados a nuestro cuidado deben ser preservados, ante todo, de cualquier daño, debe ser tan fundamental en la educación como en la medicina. “No hagamos daño” (y, por lo tanto, “demos a la juventud lo que necesita con mayor urgencia para independizarse de nosotros y estar en condiciones de elegir por sí misma”): he ahí un valioso objetivo para nuestro sistema educacional, cuya consecución, pese a lo modesto que parece, es sin embargo bastante remota. En su lugar, están de moda los objetivos “superiores”, típicamente románticos y carentes de sentido, tales como, por ejemplo, el “pleno desarrollo de la personalidad”.

Bajo la influencia de estas ideas románticas, el individualismo sigue siendo identificado todavía con el egoísmo –a la manera de Platón- y el altruismo con el colectivismo (es colectivo). Pero esto nos obstruye incluso el camino hacia una formulación precisa del problema principal, a saber, cómo obtener una sana apreciación de la propia importancia en relación con los demás individuos. Puesto que sentimos, con razón, que debemos aspirar a algo más fuera de nosotros mismos, algo a lo cual podamos dedicarnos y sacrificarnos, concluimos que ese algo debe ser el ente colectivo con su “misión histórica”. Se nos aconseja, pues, que realicemos sacrificios y, al mismo tiempo, se nos asegura que de este modo haremos un excelente negocio. Se proclama, en efecto, que debemos sacrificarnos pues de esta forma obtendremos honor y fama; habremos de convertirnos en “protagonistas”, en los héroes de la historia; a costa de un pequeño riesgo, obtendremos grandes recompensas. He ahí la dudosa moralidad de un período en que sólo contaba una minúscula minoría y en que a nadie le preocupaba el “vulgo”. Es la moralidad de aquellos que, en su carácter de aristócratas políticos o intelectuales, tenían cierta probabilidad de pasar a los libros de historia. No puede ser, en modo alguno, la moralidad de aquellos que están de parte de la justicia y del igualitarismo, pues la fama histórica no puede ser justa y sólo la pueden alcanzar unos pocos. A la innumerable masa de hombres que tienen iguales o mayores méritos, siempre les aguardará el olvido.

Quizá deba admitirse que la ética de Heráclito, la doctrina de que la mayor recompensa es aquella que sólo la posteridad es capaz de brindar, puede ser ligeramente superior, quizá, en cierto sentido, a una doctrina ética que nos enseñe a buscar la recompensa en el presente inmediato. Pero no es eso lo que necesitamos. Lo que necesitamos es una ética que desdeñe todo éxito y toda recompensa. Y no hace falta inventar esta ética: en efecto, no es nueva y ya la enseño hace mucho tiempo el cristianismo, por lo menos en sus comienzos. Y la enseña también, en nuestros días, la cooperación científica e industrial. Afortunadamente, la romántica moralidad historicista de la fama parece hallarse en decadencia; así lo demuestra, en todo caso, el Soldado Desconocido. Comenzamos a comprender por fin que el sacrificio puede significar tanto o más aún, cuando se lo hace anónimamente. Y nuestra educación ética debe basarse en este convencimiento. Se nos debe enseñar a hacer nuestro trabajo, a sacrificarnos por él y a no encontrar halago en la alabanza o en la ausencia de culpa. (El hecho de que todos necesitemos algo de estímulos, esperanzas, lisonjas y aun de culpas, es otra cuestión completamente distinta). Debemos encontrarnos justificados por nuestra tarea, por lo que nosotros mismos hacemos, y no por un ficticio “significado de la historia”.

Las características generales de la dictadura totalitaria


Las características generales de la dictadura totalitaria (1954)

Carl Friedrich y Zbnigniew Brezezinski

Los regímenes totalitarios son autocracias. Cuando se dice de ellos que son tiranías, despotismos o absolutismos se denuncia el rasgo fundamental de tales regímenes, porque todas estas palabras tienen un fuerte matiz despectivo. Cuando se autodenominan “democracias”, que califican con el adjetivo de “populares”, no contradicen estas acusaciones, salvo en que tratan de sugerir que son buenos o dignos de encomio. Si se examina el significado que los totalitaristas adjudican a la expresión “democracia popular”, se verá que con ello denotan un tipo de autocracia. Los líderes del pueblo, identificados con los líderes del partido gobernante, tienen la última palabra. Sus resoluciones, una vez decididas y aclamadas en una reunión del partido, tienen carácter definitivo. Trátese de una norma, de una opinión, de una medida o de cualquier otro acto de gobierno, ello son el autokrator, el dirigente que sólo depende de sí mismo.

La dictadura totalitaria es, en cierto sentido, la adaptación de la autocracia a la sociedad industrial del siglo XX.

Así pues, por lo que hace a su característica falta de responsabilidad ante otras instancias, la dictadura totalitaria se parece a formas más antiguas de autocracia. Pero, según nuestra opinión, la dictadura totalitaria constituye, históricamente, una innovación y es sui generis. Hemos llegado asimismo a la conclusión de que las dictaduras totalitarias fascistas y comunistas se asemejan o, en todo caso, se parecen más entre sí que a cualquier otro sistema de gobierno, incluidas las fórmulas más antiguas de autocracia. Estas dos tesis se vinculan estrechamente y deben ser examinadas conjuntamente. Se vinculan también con una tercera, la de que la forma acabaría adoptando la dictadura totalitaria en la realidad no se corresponden exactamente con las intenciones de quienes la crearon –Mussolini hablaba de ella, aunque dándole un sentido distinto- sino que ha sido el resultado de las condiciones políticas en que se encontraron los democráticos y sus dirigentes. Antes de examinar estas proposiciones es preciso considerar una teoría muy difundida acerca del totalitarismo.

Se trata de una teoría que gira en torno a los esfuerzos del régimen por remodelar y transformar a los seres humanos bajo su control a una imagen de su ideología. Como tal, se la puede considerar una teoría ideológica o antropológica del totalitarismo.

Sostiene que la “esencia” del totalitarismo debe buscarse en el control total que ese régimen ejerce sobre la vida diaria de sus ciudadanos; más concretamente, del control que ejerce no sólo sobre sus actividades, sino también sobre sus pensamientos y actitudes. “El criterio particular del gobierno totalitario es la violación rastrera del hombre mediante la perversión de sus pensamientos y de su vida social”, ha escrito unos de los mayores exponentes de esta opinión. “El gobierno totalitario –añadía- es la idea, convertida en acción política, de que el mundo y la vida social son ilimitadamente transformables”. En comparación con esta “esencia”, la organización y los métodos, se afirma, son criterios de importancia secundaria. Hay que poner una serie de objeciones a esa teoría. La primera es puramente pragmática. En tanto se trate de lograr un control total, la intención de los totalitarismos está ciertamente destinada al fracaso: es imposible alcanzar tal control, ni siquiera sobre los afiliados y cuadros del propio partido, y mucho menos sobre la población en general. Los procedimientos generados por este deseo de control total, esta “pasión por la unanimidad” como la denominaremos mas adelante en este análisis, son altamente significativos, han evolucionado a lo largo del tiempo y han variado grandemente en las distintas etapas. Tal vez hayan sido los comunistas chinos los que, con sus métodos de control del pensamiento, los hayan llevado más lejos, pero también fueron diferentes bajo Lenin y Stalin, bajo Hitler y Mussolini. Aparte de esta objeción pragmática, sin embargo, surge también una de índole completamente comparativa e histórica, porque tal preocupación de cariz ideológico por el hombre total, tal intención de control completo, también ha caracterizado a otros regímenes del pasado, especialmente los teocráticos, como los de puritanos y musulmanes. También ha encontrado expresión en algunos de los más elevados sistemas filosóficos, sobre todo el de Platón, quien aboga, por cierto, en La República, Critón o del Estado y Las Leyes, por el control total en interés del buen orden de la comunidad política. Esto, a su vez, ha llevado a una profunda y desgraciada interpretación totalitarista de Platón: era un autoritario, favorable a la autocracia de los sabios. La confusión ha ocasionado luego una mala interpretación de ciertas formas de gobierno tiránico de la antigüedad clásica, a las que se considera “totalitarias”, sobre la base de que, por ejemplo, en Esparta “la vida y la actividad de la población entera estaban continuamente sujetas a una estrecha regimentación estatal”. Finalmente, habría que definir como totalitario el orden del monasterio medieval, porque se caracterizaba por ese esquema de control total. En realidad, muchos gobiernos “primitivos” parecen también ser totalitarios, debido a su estrecho control sobre todos los participantes. La verdadera diferencia específica, la innovación de los regímenes totalitarios, es la organización y los métodos que se han desarrollado y que aplican con ayuda de los modernos artificios de la técnica con el fin de resucitar aquel control total al servicio de un movimiento de motivaciones ideológicas, cuyo objetivo es la destrucción y la reconstrucción totales de una sociedad de masas. Por eso es de desear el uso del vocablo “totalismo” para designar el fenómeno mucho más general que se acaba de reseñar, como ha propuesto recientemente un minucioso analista de los métodos chinos de control del pensamiento.

La dictadura totalitaria surge entonces como un sistema de gobierno destinado a realizar intenciones totalistas en unas condiciones políticas y técnicas modernas, como un tipo nuevo de autocracia. La declarada intención de crear el “hombre nuevo”, según muchas informaciones, ha dado resultados significativos donde el régimen ha durado lo suficiente como en Rusia. En opinión de una autoridad reconocida, “los rasgos más atractivos de los rusos, su naturalidad y candor, son los que más han sufrido”. Este autor considera que ello constituye “una transformación profunda y aparentemente permanente”, a la vez que “pasmosa”. En pocas palabras, la tendencia al control total, pese a que nunca logra tal control, produce efectos humanos altamente significativos…

Antes de abordar, sin embargo, estas características comunes, existe otra diferencia que solían poner de relieve muchos de los que deseaban “negociar” con Hitler o que admiraban a Mussolini y, por ello, argüían que, lejos de ser absolutamente iguales a la dictadura comunista, los regímenes fascistas tenían que ser considerados en realidad como formas autoritarias de gobierno constitucional. Es cierto que en la Italia fascista sobrevivieron más formas de las anteriores sociedad liberal y constitucional que en Rusia o en China comunista. El prometedor político de la Duma se redujo a nada a consecuencia de la guerra y la desintegración del zarismo, mientras que el período de Kerensky fue demasiado breve y demasiado superficial para resultar significativo para el futuro. Análogamente, en China, el Kuomintang fracasó en el desarrollo de un orden constitucional eficaz, aunque se constituyeron varios consejos; despedazada por un localismo anárquico, epitomizado en el gobierno de los señores de la guerra. En los países satélites soviéticos, en cambio, siguen funcionando diversas supervivencias del pasado no totalitario. En Polonia, Checoslovaquia, Hungría y Yugoslavia encontramos instituciones tales como universidades, Iglesias y escuelas. Es factible que, si se estableciera una dictadura totalitaria en Gran Bretaña o en Francia, la situación fuera similar, y que allí seguirían actuando aún más instituciones de la era liberal, por lo menos durante un considerable período inicial. Es precisamente este argumento el que han anticipado algunos radicales británicos como Sydney y Beatrice Webb. La tendencia a sobrevivir de algunos fragmentos aislados del anterior estado de la sociedad ha constituido una importante fuente de interpretaciones erróneas de la sociedad totalitaria fascista, especialmente en el caso de Italia. En la década de 1920 se solía interpretar el totalitarismo alemán como una mera forma autoritaria de gobierno de la clase media, con trenes que funcionaban puntualmente y sin mendigos por las calles. En el caso de Alemania, esta interpretación errónea adoptó una forma ligeramente diferente. En los años treinta, diversos autores trataron de interpretar el totalitarismo alemán como “la fase final del capitalismo” o como un “imperialismo militarista”. Estas interpretaciones destacan la continuidad de la economía “capitalista”, cuyos líderes dominan el régimen. Los hechos, tal como los conocemos, no se corresponden con esta forma de ver el comunismo, era muy tentador definir la dictadura totalitaria de Hitler única y exclusivamente como una sociedad capitalista y, por ello, completamente opuesta a la “nueva civilización”, que estaba surgiendo en la Unión Soviética. Estas breves observaciones habrán indicado, es de esperar, por qué puede ser erróneo considerar las dictaduras totalitarias analizadas como exactamente iguales o básicamente diferentes. Por qué son básicamente semejantes es lo que queda por demostrar, y a este argumento clave pasamos ahora.

Las características o rasgos básicos comunes a las dictaduras totalitarias que sugerimos son seis. El “síndrome”, o modelo de rasgos interrelacionados, de la dictadura totalitaria se compone de una ideología, un partido único encabezado por un solo hombre, una policía terrorista, un monopolio de las comunicaciones, un monopolio de las armas y una economía de dirección centralizada. De éstos, los dos últimos se encuentran también en sistemas constitucionales: la Gran Bretaña socialista ha centralizado la dirección de la economía y todos los Estados modernos poseen el monopolio de las armas. El que estos dos elementos indiquen una “tendencia” hacia el totalitarismo es una cuestión que desarrollaremos en nuestro último capítulo. Estas seis características básicas que, a nuestro entender, constituyen el patrón o modelo distintivo de la dictadura totalitaria, forman un conjunto de rasgos que se entrelazan y apoyan mutuamente, como es habitual en los sistemas “orgánicos”. No se los debe considerar, por ende, aisladamente, ni hacer de ellos el punto focal de comparaciones del estilo “Cesar desarrolló una policía secreta terrorista, por lo tanto fue el primer dictador totalitario”, o “la Iglesia Católica aplicado el control ideológico del pensamiento, por lo tanto…”

Todas las dictaduras totalitarias poseen los siguientes rasgos:

1) Una elaborada ideología, consistente en un cuero de doctrina oficial que cubre todos los aspectos vitales de la existencia del hombre, a la cual se supone que se adhieren, por lo menos pasivamente, todos los que viven en esa sociedad; es característico que esta ideología apunte y se proyecte hacia un estado final perfecto de la humanidad: es decir, contiene una pretensión milenarista, basada en el rechazo radical de la sociedad existente y la conquista del mundo para la nueva sociedad.

2) Un partido de masas único, que suele dirigir un solo hombre, el “dictador”, integrado por un porcentaje relativamente pequeño de la población total (hasta un 10 por 100), con un núcleo activista apasionado e incuestionablemente entregado a la ideología y dispuesto a ayudar de todas las maneras posibles a promover su aceptación generalizada; dicho partido se halla organizado de manera jerárquica y oligárquica, y suele controlar la burocracia gubernamental o mantener una relación de simbiosis total con la misma.

3)Un sistema de terror, físico o psíquico, ejercido a través del control del partido y de la policía secreta, que apoya al partido pero también lo supervisa para sus líderes, y dirigido, por lo general, no sólo contra algunos “enemigos” señalables del régimen, sino contra ciertas clases de la población elegidas más o menos arbitrariamente; el terror, sea de la policía secreta o de las presiones sociales dirigidas por el partido se basa en un empleo sistemático de los métodos de la ciencia moderna y, más específicamente, de la psicología científica.

4) Un monopolio tecnológicamente condicionado y casi completo, por parte del partido y del gobierno, sobre el control de todos los medios de comunicación de masas, como la prensa, la radio y la cinematografía.

5) Un control, también condicionado tecnológicamente y casi completo, del uso efectivo de todas las armas de combate.

6) Un control y una dirección centralizados de toda la economía, a través de la coordinación burocrática de entidades corporativas antes independientes, que también suele incluir a la mayoría de las demás actividades de asociaciones o de grupos.

En buena parte de lo que antecede, se cita la tecnología moderna como una condición importantísima para la invención del modelo totalitario. Este aspecto del totalitarismo es particularmente visible en el área del armamento y las comunicaciones, pero también interviene en el terrorismo de las policías secretas, que depende de las posibilidades técnicamente avanzadas de supervisión y control del movimiento de las personas. Por otra parte, una economía de dirección centralizada presupone mecanismos de información, catalogación y cálculo que sólo puede suministrar la tecnología moderna. En suma, cuatro de las seis características están condicionadas por la tecnología. Para apreciar lo que los avances tecnológicos significan en términos de control político, piénsese sólo en el terreno de los armamentos. La Constitución de los Estados Unidos (cuarta enmienda) garantiza a cada ciudadano el derecho de portar armas. En tiempos de los Minutemen, era éste un derecho muy importante, y la libertad del ciudadano la simbolizaba una pistola sobre un corazón, como acontece todavía en la suiza de hoy en día. Pero ¿quién podrá portar armas como un tanque, un bombardero, o un lanzallamas, por no mencionar la bomba atómica? El ciudadano como individuo, incluso como miembro de grupos mayores, está simplemente indefenso frente a la abrumadora superioridad tecnológica de quienes pueden concentrar en sus manos los medios para manejar las armas modernas, y con ello coaccionar físicamente el conjunto de los ciudadanos. Observaciones similares son aplicables al teléfono y el telégrafo, la prensa, la radio y la televisión, y así sucesivamente. Con pocas excepciones, el avance tecnológico tiende hacia organizaciones de tamaño cada vez mayor. En la perspectiva de estos cuatro rasgos, por ende, las sociedades totalitarias parecen meras exageraciones, y con todo exageraciones lógicas, del nivel tecnológico de la sociedad moderna.

Ni la ideología ni el partido tienen una relación significativa con el nivel de la tecnología. Existen, por supuesto, algunas conexiones, porque la conversión de las masas que continuamente buscan la propaganda totalitaria mediante el empleo efectivo del monopolio de las comunicaciones no podría darse sin ellas. Aquí puede acotarse que los comunistas chinos, careciendo de los medios de comunicaciones de masas, echaron mano del adoctrinamiento personal en grupos pequeños, lo cual, dicho sea de paso, les dio la oportunidad de sustituir a la familia por esos grupos y transferir a ellos la tradición filial. De hecho, consideran que este proceso representa la característica clave de su democracia popular.

La ideología y el partido están condicionados por la democracia moderna. Los mismos líderes totalitarios consideran sus sistemas como la culminación de la democracia, como la verdadera democracia que reemplaza a la democracia plutocrática de la burguesía.

Desde un punto de vista más objetivo, se diría que, por comparación con la democracia constitucional, son un tipo absolutista, y por ende, autocrático, de democracia. De ahí que puedan nacer de esta última, pervirtiéndola. No se trata sólo de Hitler, Mussolini y Lenin construyeran unos partidos típicos dentro de un contexto constitucional, si no democrático, sino que, además, la relación existente entre la preponderancia de la ideología y el papel que en los partidos democráticos desempeñan las plataformas y otras maneras de fijar los objetivos ideológicos es a todas luces evidente. Seguramente los partidos totalitarios evolucionaron hasta un modelo marcadamente autoritario en respuesta a la necesidad de convertirse en instrumentos efectivos de acción revolucionaria; pero, al mismo tiempo, sus dirigentes, empezando por Marx y Engels, se consideraban como la vanguardia del movimiento democrático de su época, y Stalin habló siempre de la sociedad totalitaria soviética como de la “democracia perfecta”; Hitler y Mussolini hicieron declaraciones parecidas. Tanto en la fraternidad universal del proletariado como con la comunidad nacional se aspiraba a reemplazar las divisiones clasistas de las sociedades pasadas por una armonía total: la sociedad sin clases de la tradición socialista.

Jun 10, 2008

cuento: Dis tortue, dors-tu nue?






Dis tortue, dors-tu nue?

por Lia Villares




Niebla en las mañanas,
hambre de claridad,
café y pan con compota
de ciruelas ácidas.
Adormecimiento del alma
en plácidos vecindarios.
Vidas marchando como si.

Adrienne Rich


B se levanta y va a la ducha. No cierra puertas ni corre cortinas. El agua chorrea vaporosa, pavorosa. Se inclina para abrir las persianas, la bata abierta.
–Dis-moi, ¿qué es lo mejor?
–¿Lo mejor y lo peor, como el poema de Bukowski?
–Para él eran las putas, la cerveza, lo peor el trabajo, las estaciones de policía, las terminales.
–A ver, lo mejor es bañarnos. Y el arroz con leche de tu mamá.
–Para mí, lo mejor es la luz.
Tu piel, los matices, lo que no llego a ver, lo que veo de más.


Antes y después las noches en la Cinemateca con Helmut Käutner. El curso de fotografía sólo-para-aficionados. Los capuchinos aguados y calientes en la mesita debajo del extractor de moscas. Trampa eléctrica para bichos. Estremeciéndonos con cada captura, sonido achicharrante incorporado. Sin cambiar de sitio, leyendo las caras cansadas, casi-nunca-alegres, de las gentes habituales. Muriéndonos de asco. Más. Las parejas detenidas frente al cristal, caras de-manos-cogidas buscando sitio, alguna mesa vacía para dos. El extrañamiento que siempre le recordaba el descrédito o ese asombro infantil por todo lo que se dibujara también alguna vez en su propio rostro. Jóvenes exhibidores de la cotidiana estupidez, una vaciedad propagada. El loco con su walkman moviendo la cabeza, o atento en la sala oscura, a la mano fugaz que se desliza por las paredes descascaradas de las escaleras de Wong Kar-Wai. Las meseras vomitando el aburrimiento dentro de las tazas. Un vómito de pena. De inapetencia y nulidad.


–¿Y qué más?
–El reverb y la sal de nitro, decía un amigo guitarrista. La ropa de hilo, sans doute. Leer a Bukowski en el inodoro. Escribir poemas sucios.
–Bob Dylan a medias: media noche y media botella de whisky para dos.
–Poemas de Tim Burton en el buzón de entrada.
–¿Lo mejor, j`insiste, no me incluye?
–Déjame ver... faltan los libros nuevos, hibernar debajo de las colchas, las pantuflas de Quito…
–Count Basie. Tu cuarto a las tres de la tarde, si fuera posible aislarlo del teléfono-Calle-guaguas.
–El té negro, chocolate con canela. Milord al acordeón, Edith por las bocinas.
–Ya me vas incluyendo.


Después y antes en las guaguas nocturnas, más llenas que la luna y los estómagos. Las ventanillas abiertas, empañadas del sudor colectivo. Quedarse viendo una gorda recostada a un muro gris, sucio. Un mínimo vestido color carne, la carne descubierta saliéndose de la poca seda ceñida. La(s) niña(s) de trece, sus vellos de nada detrás del cuello, la espalda, los hombros huesudos. Tirantes caídos de la blusa que apisona el anticipo de las aureolas demasiado adivinables. (De mirarla te erizas, cuando queda libre el asiento que ocupas rápido, para ser directa ven, ¿no quieres sentarte arriba de mí?, y no vacila: se recuesta, su liviandad cortándote el aliento.) Los pelos sueltos de manzanilla, o las cabecitas trenzadas. Las dos nos despeinábamos con el aire en nuestras caras a la velocidad de la noche. Sus miradas perdidas dentro de los muros que aún se sostenían, de escombro en escombro, buscando algún color inexistente, algún tono vivo en apariencia.
Más o menos, nunca tanto, mezclar un poco de aquello con lo demás como si fuera únicamente la elaboración de un casero arroz con leche, algo exclusivo, o nada.


Cuando estás aquí el contagio es irremediable. Lo sensato, irrazonable. El orden, el caos. Una lucidez pasmosa, sin dudas. Aunque a veces la ciudad es también parte de la casa, y de la cosa. Me visto con las telas más claras para salir a la Calle. Es mediodía y hace un calor de 31 grados. Apabullante, disparatado en febrero. Los días que empiezan con tales indicios anuncian roce anómalo, pero nada más pasa. Llego de nuevo. Intento llamar a B: el-móvil-que-usted-llama-está-apagado-o-fuera-del-área-de-cobertura. Aprovecho para revisar el correo. En mi boca se mezclan la leche y el queso y el pan y el tomate. Escucho a Bebel Gilberto, tanto tempo, dice la canción. Trago despacio. En el monitor se trasluce el ventanal con todo el cablerío de los postes eléctricos. Otra vez es casi de noche. Vuelvo a la Calle.


Salimos del Fresa y Chocolate con más de cinco cervezas cada uno -luego B dijo que por lo menos diez-, para buscar más dinero y terminar en el primer cuchitril tugurial a nuestro paso.
En la segunda cuadra desde el interior de un auto asoma una cabeza calva que nos grita. Reconozco vagamente a un antiguo amigo de la secundaria. Está mucho más gordo y veo que es el que va manejando, adentro hay dos muchachos más, desconocidos.
Enseguida estamos todos dentro, ventanillas subidas, pasándonos el porro en medio del humo y la guitarra de uno de ellos. A voz en cuello el último éxito de Gente d´ Zona.
Mírala, mírala cómo suda, cómo ella se desnuda, ella no sabe que a mí, se me partió la tuba… La letra es un misterio. Nos vamos contagiando lentas. B me mira y no veo ninguna expresión desesperada, no veo nada, sus ojos enrojecidos me traspasan, se van a través del cristal oscuro, no quiero cuidarla. No puedo ver.


Toda época para B había sido aburrida desde siempre, desde su conocimiento mudo de una ciudad desierta, más muerta cada vez. Siempre una prisa por dormir de nuevo, aunque despierta podía decirse que también dormía. Dormir de nuevo para perderlo todo. Más poquedad. Inanidad. Más nada.
Entre mis pies los bigotes, la cola despacio, la nariz húmeda. Mi gato tiene hambre. A veces más de cariño que de alimento. Me da frío. Lo cargo, pesa un poco, lo dejo sobre la alfombra. Me siento en el piso.
Yo también tengo hambre.
Anamnesia… ¿por qué no le pusiste Anaximandro, si querías algo insólito?
B duerme.


Nos bajamos y era un Rápido en el Vedado. El loco de la guitarra, que era además el que había estado manejando ahora, grita en la puerta a todos que llegó la música al cementerio.
El lugar está repleto a pesar de lo tarde. Yo quiero más cerveza, grito también. Nos adueñamos de la primera mesa y somos como seis. Le pregunto a B si está bien, si quiere ir al baño. Todos nos miran como intrusos pero enseguida vuelven a sus latas. Uno se acerca a la barra a pedir las cervezas y exigir a gritos que quiten la música estridente del estéreo para poner sabroso el ambiente. Acompaño a B. La puerta del baño no cierra, y tiene un hueco grande en el medio donde debía estar la cerradura. Delante hay tres hombres, lucen como trabajadores del sitio. Les pido permiso por las dos. Nos dejan pasar entre risotadas y dicen algo de remuneración, de pagarles por cuidar la puerta. Alternan sus ojos entre nosotras y el grupo que se ha posesionado de una mesa doble, el de la guitarra se acaba de parar encima y canta para mi asombro una vieja canción de la trova espirituana. Su galillo es más potente que tres estéreos juntos. Herminia esas frases que vertiste, no debieran verterlas las mujeres. Hago entrar a B y me quedo fuera cuidando. El calvo viene y me trae una cerveza, me pone en el bolsillo de la camisa dos chambelonas. De fresa, me dice, y se va de nuevo. B empuja la puerta, sale recogiéndose el pelo con un pellizco, y el gesto se ralentiza, se repite. En el rostro la inexpresión se vuelve más tranquila aún.
Delante de la mesa ahora un nuevo grupo de cinco o seis mujeres, atraídas por la música desde fuera, se menean y hacen coro al de la guitarra. El voltaje de lo que cantan va subiendo, hasta el techo, alguien se acerca para mandar a bajar el volumen, todo el mundo está muy contento, dice y él también parece estarlo, pero arriba hay un edificio y los vecinos pueden llamar a la policía por escándalo. Nadie hace caso, lejos de disiparse las voces crecen. Mi cerveza se termina y cojo la botella de ron Legendario que tengo cerca. Aclimatarse al lado de los tipos, estos tipos, no es tan difícil, después de todo, y me doy un buche largo. Le paso la botella a B, que la rechaza sin mirarme, divertida y a la vez enajenada.


Hubo días para no salir, para llegar a ninguna parte, para no-tener hambre o morirse de contracciones… días para pisar hormigas, recoger hojas, lavarse cara y manos en el agua amargácidulsalada de una fuente, darle arroz crudo a los pájaros más atrevidos… días para no-hacer, nada, hablar con nadie, dormir todas las horas, ponerse bajo la ducha, bajo la dicha, caer en los dos pies… días bajo-ningún-concepto.
Días en los que no fue posible despertar, escribir cartas, peinarse o escuchar, nada, cualquier cosa, cucarachas debajo de las maderas, polvo cayendo sobre los libros, palomas chocando contra los cristales. Días mosquiteros.
Hubo días para no necesitar, no poner caras, no –tener-que- decir, nada, ninguna salutación o despedida que dejar escrita en un papel-sobre-la-mesa. Días para romperse, perder cosas, encontrar piedras. Días para agotarse antes-de-tiempo, irritarse-en-vano, contestar puertas ni llamadas, ni a la pluma, ni al deseo. Días para ni siquiera. Días de retroceder, caminar más, correr loma arriba.


Otra vez en la Calle, arribabajo, volvíamos a rodar dentro del Nissan desmandado. Vi que B se empezaba a sentir mal. Vi lo mal que estaba. Más que pálida, lívida, impávida.
El calvo manejaba a descontrol. Le grité que parqueara, por encima del reproductor altísimo, para que B pudiera vomitar. Abrí la puerta y le incliné la cabeza agarrándola por el cuello, empezábamos a estar de nuevo en el lugar menos indicado. Situaciones límite. Era más alcohol de lo que podía soportar B, que con dos cervezas se mareaba. Conservar una mínima lucidez frente al caos aparente, un mínimo plano de organización. Esta había sido mi consigna luego de más de un par de ridículos memorables en lugares memorablemente públicos, cuando todavía el alcohol en grandes cantidades me producía vómitos. B lucía frágil, no ahora, siempre daba la impresión de algo quebradizo, bien detrás de su mirada insondable había esa debilidad de muñeca de trapo, de planta abandonada a decisión propia. Protección, compañía, palabras con un sentido demasiado ajeno y nada deseable. Si algo necesitara sería mantenerse solitaria, en pie, despierta, viva. Absorta en esto creí, me pareció haber creído, escuchar el sonido de una flauta oriental, sensual, dos notas largas separadas por la respiración extraña de B, inquietante, entrecortada, nerviosa. Alejada.
Ya no estaba al lado mío, me bajé lo más rápido que pude, una mano me agarró fuerte por el hombro y antes de darme cuenta otra me haló por detrás y me tuvo aguantada la cara por debajo de la nariz todo el tiempo del mundo, todo el tiempo de una vida humana.


B teje y desteje sus trenzas en un hacer-deshacer hipnótico. La camisa masculina está manchada de pasta dental seca. Crayolas dispersas arriba de la cama.
Para llegar a lo absurdo, en medio de la muerte y la rutina reservadas para una cuidad desmantelada, es preciso matar toda sensibilidad. La sensibilidad es la esperanza.
B escribe con una crayola verde en la pared, encima de la cama. Tira el libro de donde copia al piso, se acuesta bocabajo. La habitación está en la semipenumbra roja de una lamparita. Persistir en la idea de tristeza absoluta es crónico. Cuánta esterilidad, pienso, esta extrañeza la sienten todos, mientras que el sufrimiento absurdo es individual.
Mi cuerpo-pecera, cuerpo-pereza, consumiéndose se torna interminable, pienso.
Improductiva espera de vistas de atardeceres en tu barrio. Rojo malva desparramándose en los ojos todavía húmedos, todo el intenso azul devenido en noche prematura.


No podía ver bien quién era nadie, al momento estaba tumbada al suelo, con las piernas agarradas por uno de ellos, penosamente logré mantener el forcejeo, mi garganta se deshacía en jirones de gritos apagados. Traté de mirar hacia donde B podría estar, pero me tenían aprisionada la cabeza entre dos brazos, que mis manos en la medida de lo posible arañaban y rasgaban, la piel, la tela y todo lo que encontrasen a su alcance. En este margen de movilidad cerrado, sólo pude oír esa respiración muda, ahogada de B.
De nada servía esperar algún otro sonido, su voz no emitió más nada, desapareció a mis oídos como toda ella a mi visibilidad. Casi inmóvil, sentí que me quitaban las sandalias y las tiraban al otro lado de la Calle. Nunca estuve en ningún vecindario más inmutable. Las casas parecían haber sido tragadas por la noche, hologramas en sustitución de las reales, las que pudieron serestar, allí, alguna vez. Todas las ventanas oscurecidas, nadie ahí estaba capacitado para asomarse, ver por lo menos, todo el mundo parecía haberse sumido en el sueño más aletargable. No podía imaginarme a B arriba del capó, con el calvo encima, o cualquier otro, no quería a pesar del ruido, de la evidencia sonora del metal, de los alaridos de todos. Querría haber estado más sola que nunca, que fuera yo la que estuviera debajo del tipo más asqueroso, que fuese yo la que prorrumpiera en esa especie de temblor sordo, horrible, esa sacudida trágica, mímica.
Querría haberlo soñado, podido predecirlo, estado lejos y alerta, consciente de la inevitabilidad. Ser la más incrédula, desconfiada, la más fuerte del mundo.
De algún modo haber tenido la oportunidad de estar preparada, prever la escena, demorarme mucho tiempo en asimilar la más remota posibilidad y darla por sentado.
Pisotear cualquier mínima comparación de estadísticas, cualquier confianza en la suerte eterna. Todas ellas, las mismas, repitiéndose, sometidas a la misma violencia las mismas noches, todas. Las ideas se perdieron como la respiración pasiva de B, como mis gritos histéricos, reprimidos, mis intentos de morder la mano que me tapaba la boca.
Cómo no sentir ningún quejido, ningún signo de nada.
En menos de un minuto aprendí a contener una rabia extraña, una furia desconocida, unas ganas destructoras. Aprendí el odio.
Si me hubiese sido posible el menor movimiento, le habría aplastado el cráneo a ese tipo con mis manos, ese que probablemente habría estado sentado a dos pupitres míos en la secundaria, que me hubiera vendido un helado la semana pasada, o fuese camillero del hospital donde muriera mi abuela. Todo el radio de visión que comprendían mis ojos empañados era la parte de abajo del carro, la tira roja que colgaba del tubo de escape y los pies de B, sus uñas también rojas. La mayor tortura era la impotencia, el sometimiento aturdidor de pesadilla, la desesperanza inmediata.
La tortuga tratando de ir más rápido en lo que el conejo merendaba. Causa perdida.
Habrían pasado objetivamente tres minutos, todo el tiempo del mundo, todo el tiempo de una vida humana, cuando la primera patrulla iluminó la Calle con luz larga.
Había doblado por la esquina sin darles tiempo a reaccionar, alguien probablemente y después de todo se había atrevido a llamar, a tener un ápice de responsabilidad en medio de la muerte silenciosa del barrio. El alivio profundo fue sofocando la ira profunda lentamente. En cuanto me sentí libre corrí hacia B, tumbada, abandonada por el tipo que ya tenía a los policías arriba cuando quiso mandarse a correr. La soltó y B se desplomó, cayó desmayada, inanimada. En el granito negro parecía un dummy roto, desvencijado.
Un policía se acercó. Trató de tranquilizarme y molestarme con preguntas estúpidas. Tendría unos cuarenta y los ojos serios, casi tristes. Quiso separarme de B cuando vio lo mal que respiraba, la tez transparente, pero no pude soltarla. Nos dejó así y se alejó de nuevo hacia la patrulla delante del Nissan. B pareció reanimarse, miró mis pies y se abrazó más a mi cuerpo. Pude sentir sus latidos perfectamente acompasados, respirar a su ritmo, nervioso pero apacible. Me alegré de su ser dicotómico en las peores circunstancias, por encima de cualquier cosa. Vi que no era más frágil que yo, quizás mi fuerza era menor incluso. Otra patrulla llegó en dos minutos a recogernos, nos enteramos de que no los tenían a todos, no se sabía cuántos eran. Hicimos la denuncia en la estación de Zapata, muy rápido, sin reparo, sin pensarlo nada, sin tener en cuenta el peligro de los tipos sueltos, que nos reconocerían en algún otro momento, que estarían al tanto de nosotras, sin sentirnos más liberadas que antes, sin quitarnos ningún peso de encima, más bien con algo de muerte. Tantos otros. Todos. Ahí afuera. Día tras día.
El calor de la mano de B en mi mano era más de lo que hubiese esperado hacia el final de la noche, al final del miedo. Este calor era lo menos ficcional, era un calor reparador, reconfortante, reconciliador con todas las cosas.
Nunca hablamos de esa noche, nunca tecleamos tampoco ningún punto final, nunca cerramos nada. Creo que preferimos esperar una coda pendiente, un tiempo perfecto, imposible, nunca le dije a B el sonido sensual de la flauta oriental, o la tira roja.
Casi al final nos dimos cuenta de lo lejanamente absurdo que podía ser darle vueltas a un pasado que podía acomodarse difuso en la memoria, como una mentira nunca dicha o nunca descubierta. La invención de una mente paranoica. Más nada.


–A ver, pones la boca en u y dices i, esa es la igrek, la y griega, así es como pronuncias la u, de tortue… Turtulutú-chapeau-pointu! Repite avec moi… Huele bien, tu pelo.
–Dis tortue, dors-tu nue ? Di tortuga, duermes desnuda. Di tortuga, duermes desnuda...
–Ya, deja, dime tú, ¿duermes desnuda?

tomado de SEX WORK ISSUE: "DOWNTOWN STREETS"

ía



“DOWNTOWN STREETS”

por Michelle Lampart

It was cold as ice

On the downtown streets

Standing in the corner

On the cold concrete

Standing in the corner

Looking like a fool

No money in my pocket

Not one trick to do

A car pulls up

And i open the door

He asked if I was a cop

I said no I`m a whore

He said how much

I told him a bill

He said get in

I live up the hill

I get in the car

Trying to look my best

When he pulled out

His blage and said

Your under arrest

Michelle Lampart

Jun 8, 2008

Medio minuto de silencio occidental


Taba: Astrágalo (hueso del talón) Lado de la tabla opuesto a la chuca. Juego que consiste en tirar al aire una taba de carnero, y en el cual se gana si al caer queda hacia arriba el lado llamado carne, se pierde si es el lado llamado culo, y no hay juego si son la taba o la chuca.


¿Tiene tinta? Poco.
El día se acerca a hurtadillas como un leproso.
Dice Miller que Dios no ha muerto. Queda ósmosis en alguna parte. Todavía. Algo de articulación.
Y luego nuevamente este estar consigo mismo.
Estos mutismos.
Este ser acosado.
Me acuesto. La acción se repite ad infinitum.
Dos veces cuando más Gottfried Benn: pardo oscuro femenino (sucio) trastabilla sobre pardo oscuro (sucio) masculino:
Sujétame, tú, caigo. Estoy tan cansada en la nuca…
Para que sepas, también son días animales los que vivo. Soy otra hora de agua.
En las tardes mi párpado desdescansa como bosque y cielo.
Tomando té, comiendo arroz… mi tiempo llega con traje de panadero trasnochado en el doble turno.
Órgano táctil no. ¿Eres alegre, estás triste… eres triste, estás alegre?
Como volutas de polvo o ceniza esparcida las ideas no dejan trazo de traza.
Torrente de paso, tormenta desértica de sal. Aprovecho los pétalos para hacerme un iglú a la hora anciana, resplandor que no me ciega menos.
Aletargamiento estéril contemporáneo, me concedo medio minuto de silencio occidental.
Nada que hacer, nada que ver, en mis audífonos Charly es lo que está pasando.

(Sólo el silencio vigila al silencio)
Alguien se acerca y me dice lentamente que sea razonable, porque mis orejas son pequeñas y he de decirles una palabra sensata.
¡Yo no soy tu laberinto, puta!, grito manoteando para que me deje.
Mosca impertinente.
El sillón me suspende en la nada una fracción de tiempo congelado en delantal harinoso. Hacen el disparo y en la foto soy yo de cuatro años y medio sentada en un triciclo sepia. Sonriéndole a un vacío sepia. Delante un trolebús. Las vías de Santiago. Callejas. Dos motonetas ridículas esconden mis orejas.
La extinción de la doble percepción.
Es La película, de Beckett: Expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.
¿Ser es ser percibido, existir es dejarse percibir?
Dejo que el vaivén me balancee, me suspenda otra vez, dos veces cuando más, que el balance vaya y venga y vaya. Atrás. Adelante. Atrás.
Que no pap-pap-pare. Trastabillosamente.
Manoteo de nuevo, más ideas.
Lo espantoso es la percepción de mí a través de mí.
In-su-pri-mi-ble.
Bayamo bulevard desarticulado, sol de granito enmarmolado.
Sol de ultraviolencia. A pesar Bayamo frío y ficcional, Bayamo para los bayameses, corred.
Recopilo muestras al azar y cuando el cansancio es fuerte dejo de hacer.
Me acuesto, me concedo medio minuto de silencio occidental.
Duermo los días de celebración nacional como medida preventiva a una irritación profunda en el cuero cabelludo, mi epidermis tan sensible.
Duermo bastante, largamente. Cualquier esfuerzo productivo rechazado.
Después saco la cámara y convenzo a los fotofóbicos al sepia de su atraso ancestral, les digo al final alguna palabra sensata. Después de todo la preservación de sus almas es tan desdeñable como sus rostros envilecidos en plata y gelatina.
Suavizo mis manos, hidrato mi cuerpo con Agua de la Tierra, marca registrada.
Me lamo las manos y me revuelvo el pelo; le lamo las patas que sobresalen por fuera del frutero a mi gato y le revuelvo el lomo azuloso.
Desayunamos un aborto televisivo infantil dominical con música estruendosa.
El deterioro y los chirridos de una ciudad –escribo con tiza roja la puerta de mi balcón- corresponden al deterioro y los chirridos de sus pobladores.
Es imposible evitar –sigo escribiendo- que el afuera espeluznante roce adentro.
Alguien se acerca y me dice lentamente que tengo una tendencia pesimista hacia lo negativo. Le sonrío en mutis.
Sé razonable, Ariadna; me pregunta qué coño quiero hacer, en serio.
No se puede andar por ahí con mi desorientación generacional, con mi cansancio y mi sueño aletargado, mi esterilidad y mi propensión a la meditación, a la contemplación y a la masturbación.
(Tomando té, comiendo arroz)
Arrastrado las horas de días apostados, claro estaba Lezama cuando dijo que en La Habana acostumbramos a jugarnos los años y ganar su pérdida.
Basta, no soy tu laberinto, piérdete con los días, bórrate de la historia, mi mutis sonriente quiere decir que no quiero hacer nada, absolutamente en serio.
Yo soy lo que está pasando. Me acuesto.
Quiero jugar hasta la extenuación de todos mis huesos, hasta desencajarme el alma para el carajo. Cualquier cosa menos tener en cuenta donde estoy, todavía, respirando polvo por aire. Todo menos este asco matinal, este asco flaco de café quemado y alquitrán por los pulmones. Dentro y fuera los chirridos. Dentro y fuera. Los chirridos. Punto y polvo.
Para llegar al absurdo en medio de la muerte y la rutina reservadas a una ciudad desmantelada es preciso anular toda sensibilidad: la sensibilidad es la esperanza.
Bajo el volumen de mi radio, me levanto con la firme convicción de mis manos reducidas.

Juan Piñera me pasa por delante. Es su habitual caminata nocturna vedadiense. Corro a alcanzarle una de mis tarjetitas personalizadas con una frase de su tío Virgilio: Nada sostengo; nada me sostiene. Nuestra gran tristeza es no tener tristezas… Tuerce una sonrisa y asiente.
(Sempre avanti, avanti).
Y yo espero que en cambio me revele algún misterio o secreto fascinante oculto en su mirada impenetrable de maestro hechicero, alquimista de músicas insospechadas.
Pero no, merodeador nocturno fantasmal insomne como yo misma, se limita a mirarme con su estilo perturbador de ojos penetrantes, oscuros y cansados y yo me siento estúpida con mis dos trenzas debajo del gorro que cubre mis orejas pequeñas y ayuda a alejar los ruidos-sonidos musicales de la Calle.
Únicamente dice que me cuide, hay que tener cuidado por ahí, y se despide aconsejándome tal o más cual ruta de ómnibus urbano para la periferia hacia la que me dirijo a total y completa deshora.
Le saco la lengua y corro de nuevo alejándome mucho más de lo que quiero hasta perder el sentido.
Estado habanémico, tan loco, hechizamiento hebdomadario.
Confronta. Semáforo y tardanza, mastico título tras título.
Con su disfraz de panadero el tiempo insiste en perseguirme.
Trastabillando.
(Tarareo sin sentido, el ritmo acelerado: yo-tengo-un-cake-un-cake-con-merengue-y-tengo-miedo-que-le-metan-el-dedo-yo-soy-amigo-del-cocinero-que-me-da-la-harina-que-me-da-los-huevos… y no puedo pap-parar).
Se me acerca a hurtadillas como un leproso.
¿Queda ósmosis por ahí, en alguna parte? La voz de Miller ralentiza.
¿Algo de articulación?
Me suspendo en la nada un último momento.
Todavía.
Hay que expulsar a los animales, tapar el espejo, cubrir los muebles, arrancar la estampa, rasgar las fotos.
El eco de mi voz se distorsiona.
Mi cuerpo abandonado a la desmesura del accidente atómico, al accidente de la desmesura atómica, a la desmesura atómica del accidente…
Me es permitido concederme aún medio minuto.
Silencio.

CubaRaw

Luis Trápaga

El artista tiene en venta algunas de sus piezas. Para contactar directamente con él desde La Habana: telf. fijo: (053-7)833 6983
cell: +53 53600770 email: luistrapaga@gmail.com
para ver más de su obra visita su web

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Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

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