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Edgelit

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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

#VJCuba pond5

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Mar 2, 2009

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9

NECESIDAD DE UNA GUERRA CIVIL

1

Bastardo. Bestia. Binoculares. Binomio.

Bochorno. Borrasca. Broma. Bromuro. Borra.

Brisa. Bruma. Bramar. Bronca. Báscula. Bártulo.

Báculo. Vecindad. Viento. Veneno. Vino.

Vernáculo. Velocidad. Venéreo. Brillante. Vello.

Verdad. Breve. Brebaje. Vital. Vitral. Virus.

Víctima. Victimario. Vómito. Victoria. Vil.

Violación.

En verdad, sospecho que mi padre se ha vuelto

loco.

O cuando menos se ha convertido en un

diccionario al azar.

2

Padre salió en el noticiero estelar de la 3Dvisión.

Vestía de traje y corbata, y usaba un gentil

bigotico alón. Parecía un héroe de Hollywood en

1942, acaso un espía falso de la posguerra mundial.

Padre rió ante las cámaras de la 3D-visión. En

medio siglo, en casa nunca antes lo habíamos visto

reír. De pronto arrugó su papelería de noticias y

comunicados. Los amasó como si se tratara de una

bola de nieve o tal vez una hogaza de pan. Entonces

se inclinó otra vez sobre los micrófonos y por fin

pudo recuperar la voz:

—Díscolo. Dédalo. Demoniaco. Demolición.

Dado. Duda. Disonancia. Desinencia. Dos. Día.

Diablo. Disidente. Diente. Demencia. Demérito.

Dar. Don. Dinero. Domingo. Dominó. Dominio.

Doblegar. Déspota. Doblón. Determinismo.

Detonación. Detención. Diálisis. Diáspora.

Defenestración. Defecto. Defección. Déficit.

Defecación. Dolly. Di. Dios.

Y en este punto de su discurso la transmisión se

cortó. Sólo llovizna y rayas y un agudo pitido

ensordecedor.

Imágenes de relleno primero (un musical

editado en provincia); después el escudo oficial con

las siglas de la 3D-visión. Nada más. Eso fue todo

lo que quedó de mi padre tras medio siglo de

locución. Loco, locuaz. Y ni siquiera media

diplomática palabra de adiós.

Definitivamente, mi padre se está portando muy

extraño para sobrevivir en esta época y lugar.

—Seamos condescendientes con él, madre –

dije, aunque yo lo odiara desde el inicio.

En definitiva, hasta el odio se llega a extrañar.

3

Mentira. Mierda. Miedo. Miércoles.

Metamorfosis. Mata. Metafísica. Mutar. Mosca.

Mezquita. Música. Mulo. Malo. Meloso. Macho.

Mecha. Mancha. Mendicidad. Muérdago.

Murciélago. Microscopía. Militancia. Médico. Mil.

Mina. Minoría. Mueca. Mucama. Mucho. Musgo.

Máscara. Misterio. Mente. Menta. Ministerio.

Manto. Maternidad.

Entonces mi madre hizo crac y comenzó a

llorar. Buh, buh.

Sentada en solitario sobre el sofá, la vi soplarse

los mocos y beber sus lágrimas. Por un instante,

pensé pensar en ella como si fuera mi madre y no la

palabra madre:

—Pobre de tu padre, hijo –repetía,

inconsolable–. Hacía ya medio siglo que se sentía

muy mal.

—¡Basta! –le respondí.

Sus lloriqueos no me dejaban concentrarme en

lo caricaturesco de nuestra emergencia pasada en

vivo por la 3D-visión.

En fin. Sospecho que una de estas noches,

como de costumbre, me pedirá edípicamente que

yo la vuelva a abrazar.

4

Pinga. Prosa. Prisa. Procaz. Proclama. Presa.

Prostíbulo. Perdición. Policía. Política. Péndulo.

Perro. Pena. Paranoico. Pánico. Pendenciero.

Pendejo. Pináculo. Payaso. Parlamento.

Prohibición. Paz. Pez. Pis. Prójimo. Paso. Pose.

Peso. Programación. Pomo. Porno. Pogrom. Parto.

Papagayo. Papaya. Piyama. Pum.

Y pasada la medianoche:

—Tun tún.

—¿Quién es? –mi madre y yo al unísono.

—¡Ábranme la puerta o la tapa de los sesos, por

favor!

Era mi padre allá afuera. En otra de sus crisis

mitad laborales y mitad suicidas.

Abrimos. Horror.

Papá venía descalzo, en calzoncillos de pata.

Con la oreja izquierda en la mano derecha, como

quien muestra un trofeo deportivo o su documento

de identificación personal. Lucía mucho más joven

de lo que no era, y recitaba de memoria el primer

artículo de la constitución:

[CENSURADO SEGÚN EL ARTÍCULO 1

DE LA CONSTITUCIÓN: 1.- NO INVOCARÁS

EN VANO EL ARTÍCULO 1 DE ESTA

CONSTITUCIÓN.]

Mi madre alzó las manos al techo. O al cielo.

Rodó fuera del sofá y se arrodilló, rezando,

arrepentida de todo y a todos pidiendo perdón.

Ya era demasiado para mi estómago. Fui hasta

el 3D-visor y comencé a vomitar. Adentro.

Entonces volvieron la llovizna y las rayas y el

agudo pitido ensordecedor. Aunque, hasta donde

10

pude fijarme, el aparato permanecía con su única

tecla en OFF.

Mi padre pasó a la sala y se dejó caer de bruces

sobre el sofá. Madre finalmente se desmayó. Y en

la pantalla en blanco y negro apareció de la nada

otro locutor, limpiando mi vómito de su traje y

corbata, a la par que se alisaba con dos dedos su

gentil bigotico alón.

Se parecía a mi padre en la remota noche de su

estreno como locutor (Hollywood, 1942). Y parecía

estar narrando las noticias sobrantes de alguno de

los noticieros de la posguerra mundial.

Hablaba de héroes falsos y de cierto lamentable

altercado civil.

5

Tul. Tullido. Tramoya. Tara. Tácito. Techo.

Tártara. Tortura. Tibia. Tuétano. Tarado. Tétano.

Toxina. Trizas. Trozos. Tensión. Trazos. Trazas.

Torsión. Taxidermia. Termómetro. Termita.

Tabulación. Terco. Terreno. Terror. Te. Tilo. Tesis.

Tumefacción. Tradicional. Trampa. Trompada.

Traducción. Tentación. Tecnología. Traición.

Sospecho que esta noche en familia no será

nada entretenido sentarse a consumir noticias, los

tres de cara al escudo oficial con las tristes siglas de

la 3D-visión.

Nos ahogamos de aburrimiento. Y ninguna

agencia reporta nada sobre la presunta firma de un

pacto bélico que consolide para siempre nuestro

estado de paz.

6

Mi padre se paró y penetró en la casa, dando

tumbos por el pasillo. Con él arrastró al sofá, sobre

el que recién yo había colocado a la palabra madre.

Muerta o algo por el estilo. Y, tras la carrocita

fúnebre improvisada, el que iba empujando era yo.

Llegamos a su cuarto. Entramos. Oí a mi padre

cerrar la puerta a nuestras espaldas. Apenas

cabíamos allí. En medio siglo de convivencia,

nunca habíamos reparado en lo reducido que era su

espacio. Ojalá no la haya pasado tan mal.

Veo a mi padre ordenar su colección de

diccionarios y revólveres cargados. Es muy

meticuloso: toda una vida de experiencia, casi

desde que nació. Lo veo sacar un lápiz de la gaveta,

también colocar allí dentro su oreja devenida trofeo

o documento de identificación. Veo una libreta

gorda que dice por fuera COPIA DE LA

CONSTITUCIÓN. Y entonces lo veo hojearla

despacio, con la mirada en blanco, extraviada en el

blanco todavía más puro de aquel papel.

Es una señal inequívoca de que mi padre

pretende escribir. De hecho, así lo está haciendo ya.

Como siempre, con un vocabulario opresivo por la

demasiada repetición del grafito romo del lápiz:

Ósculo. Oscuro. Obtuso. Orate. Ominoso.

Obcecación. Odio. Oreja. Océano. Óseo. Hospital.

Hombro. Homónimo. Honra. Hostil. Hostal.

Homagno. Onanismo. Oficial. Oficina. Ofidio.

Hocico. Óxido. Ojiva. Ovario. Ovación. Ojo. Hoja.

Holocausto. Hogar. Ogro. Hospicio. Orfelinato.

Oposición. Horror. Hoz. Oh.

7

Sobre la necesidad de una guerra civil. Sobre la

necesidad de la conquista de la 3D-visión. Sobre la

necesidad de arrebatarle la oreja a mi padre y cargar

con ella uno de sus revólveres y dispararle a la sien.

Sobre la necesidad de los acuerdos de paz para que

no aborte la guerra. Sobre la necedad de la

necesidad.

Ha pasado el tiempo. La desmemoria pesa,

incluso a destiempo. Mis padres roncan la pesadilla

de los justos, cada cual en su propio cuarto. Cuesta

creerlo, pero es así. Son un par de sobrevivientes,

egresados de esa escuela eterna de sobremurientes

que, tarde o temprano, a todos nos va a graduar.

Los tres estamos condenados a persistir:

mártires gagos de la enunciación y ciber-prodigios

de la mera enumeración. Aunque ya sospecho que

el peligro tampoco es tanto. El orror bien podría ser

sólo un herror. Por ahora, basta con evitar el

contratiempo de invocar en vano el artículo 1 de la

constitución, incluso de la copia en blanco en poder

de mi padre. Por ahora basta con no involucrarse en

ningún subversivo golpe de diccionario, incluso

cuando se trate de un efecto al azar del tipo:

Abismo. Abulia. Acéfalo. Anomia. Animal.

Anemia. Anagnórisis. Apatía. Angustia. Apenas.

Artefacto. Artículo. Artero. Adicción. Abdicación.

Ahíto. Ahora. Aherrojar. Agobio. Ademán.

Alevoso. Alfabeto. Asesino. Atmósfera. Asfixia.

ADN. Antes. Afta. Adónde. Asta. Amor. Amnesia.

Anestesia. Abierta. Al. Azar. Ah.

11

LUGAR LLAMADO LILÍ

1

Yo empujaba mi coche. A mano, a pie:

cuando las bujías se emperran, es mejor no

insistir. Hay que saltar del asiento al asfalto, y el

resto ya depende de tus pulmones y de la fuerza

de gravedad, según el lomerío del barrio en que

te quedes botado. En este caso, a cinco o seis

cuadras de mi casa. No más. Pudo haber sido

peor (de esto no estoy muy seguro al ahora), pues

yo venía manejando desde Alamar, al otro lado

de la bahía y el túnel, y puede incluso que al otro

lado de lo real.

Así que mi tragedia parecía más bien sencilla.

Yo empujaba mi coche, a mitad de madrugada, y

ella empujaba el suyo: ella, la niña que apareció

en sentido contrario al mío, empujando su

cochecito sobre la acera, a mitad de madrugada

también. Como si le costara un esfuerzo

sobrehumano para la hora y la edad. ¿Y cuál

sería la hora, por cierto? ¿Y cuál podría ser

entonces su edad: la de aquella niña noctámbula

que apareció para cruzarse en mi insomnio como

una pesadilla de la que todavía no logro

despertar?

Aunque resulte increíble, ella no hacía más

que repetir su recorrido habitual: una suerte de

rito, donde la bebé de carne empujaba a duras

penas a una bebé de plástico, o de algún polímero

sin fórmula química que yo supiera nombrar. En

efecto, dentro de su coche roncaba sonoramente

una de esas muñecas que han invadido las tiendas

de medio país: mujercitas semiautomáticas de

importación, con voz y pasitos de robot, barbis

repatriadas con leche en el biberón y a veces

hasta en sus pechitos de sílica-gel. Vi a la niña

consultar su reloj y no me dio tiempo ni de

preguntarle la hora:

—Son las tres y cuarto –detuvo su

trasnochado paseo–. Señor, ¿usted cree que una

de estas noches ya nunca amanecerá?

Hice una pausa. Respiré hondo. Descansé las

manos sobre el maletero de mi Impala cola-depato:

un cohete con alas pero sin motor de

arranque para echar a volar. Su lenguaje era el de

una alumna sumisa, mas su tono coqueto tenía las

inflexiones de una mujer. ¿A quién de las dos

responderle ahora: muñeca o mujer?

—Te lo explico según tu edad –me rasqué la

calva para ubicarme mínimamente en la

situación.

—Por favor, no me trate como a una bebé –

protestó ella–. Tengo siete años pero, como ve,

también he sido mamá. Y no una, sino muchas

veces mamá. Miles de veces mamá. De hecho,

millones de veces mamá –y se acarició la batica

con orgullo de cheer-leader local–. Le repito,

señor, es muy importante saberlo a tiempo:

¿usted cree en esos que dicen que una de estas

noches ya nunca amanecerá?

Temblé. Tenía ante mí la tozuda insistencia

de una niña o monstruo o mujer, de ser posible

una distinción. Le miré al rostro en detalle: era

bello, en realidad. Mucho. No del todo maduro,

mas ya con los rasgos típicos de un ser sexual:

género F, una hembra. De manera que simulé

encontrarme en absoluto control. No quería ni

pensar qué sucedería si me descubriese algún

vecino del barrio. O peor: un policía de ronda. O

todavía peor: algún vecino con vocación de

policía de ronda. ¡Solos en alta noche y nada

menos que con una menor!

—¿Eso dicen? –fingí sorpresa–. ¿Quiénes lo

dicen?

Ella al parecer se ofendió. Sus cejas

arqueadas la delataban al borde mismo de la

indignación, como aquella mueca despreciativa

en su boca: unos labios carnosos sobremarcados

de rojo punzó, el mismo color de los labios

sintéticos de su nené.

—¿Cómo quiénes, señor? –gesticulando

como un tribuno que no alcanza aún al

micrófono–. Ellos, ¿no se da cuenta? ¡Ellos! Los

que se sientan en masa en el parquecito del

paradero. Los que cantan salves y glorias y

aleluyas y avemarías. Los que anuncian una

nueva luz y un avivamiento. Los que me han

asegurado que primero vendrá una noche sin fin

para este país. Por favor, no se haga usted de

rogar y dígame: ¿no le parece esto, cuando

menos, una flagrante contradicción?

Recliné la cabeza contra el maletero. Sentí su

fría lata importada a La Habana medio siglo o

acaso medio milenio atrás: una aleación eterna.

Recuerdo alguna vez haber pedido ser enterrado

dentro de mi Impala ´59, en una mala época en

que me dio por asegurar a diestra y siniestra que,

más temprano que tarde, en su cabina yo me iba a

matar: bravuconerías baratas de cuando uno es

demasiado joven y borracho y despechado por

una rubia de rabia que se hacía llamar Lilí y que,

para colmo, cantaba para los niños en la TV

nacional.

—No les hagas caso a esos fanáticos: son

como niños malos que se entretienen jugando al

buen dios –intenté una ironía, y levanté la vista

del maletero para comprobar si todo no habría

sido una alucinación.

12

La niña madre calló. Durante largos segundos

pude oír su silencio sobre el ronquido musical de

la otra muñeca. Entonces los ejes del cochecito

comenzaron a rechinar: fuiii-fuiii, y la vi alejarse

en sentido contrario al mío. Tal vez se había

hartado de mí. De mi ignorancia al punto de la

ridiculez. Pensé que ella podría ser una niña

genial o una enana caprichosa, o quizás al revés,

pero nuestra historia no merecía quedarse allí,

bajo aquel spotlight hepático de Vía Blanca: el

único poste con luz de la avenida y tal vez de

todo el país. De pronto temí quedarme solo a

mitad de noche: la madrugada hueca de Palatino,

La Habana, América. Temí que algo pudiera

pasarle a ella, y que algo que no fuera ella no me

volviera a pasar a mí. No sé si me logro explicar.

Lo cierto es que comencé a alejarme, yo también,

en sentido contrario al mío, hasta darle alcance

sobre la acera.

De entrada no me atreví a tocarla. Sólo le

hablé. Pronuncié varias veces la palabra

"disculpa", caminando a medio metro de la

menor, aunque nunca le dejé saber disculpas de

qué y por qué. Yo tampoco lo sabía. Ni lo sé

ahora, por cierto. Por su parte, ella le restó

importancia a mi exabrupto y a mi confesión:

—Por favor, no se quede atrás –me advirtió

sin volver la cabeza–. Señor, esta parte es muy

oscura y no quisiera que algo le pase ahora a

usted.

Sonó a amenaza. ¿Cómo iba a seguirla sin

más ni más? ¿Y mi Impala ´59?

—¿Y mi Impala ´59? –soné perfectamente

estúpido al pedirle consejo a ella.

—Ya usted no lo necesitará –sonaba muy

convencida–. Serán cinco o seis cuadras, se lo

prometo. Es mejor que nos acompañe hasta allí.

Sonaba a arresto esta vez. Fue entonces que

me percaté de que ella y su progenie se parecían

bastante. Y recordé por inercia la fábrica

abandonada de muñecas de plástico, no muy

lejos de aquella esquina: entre el paradero y el

acueducto. Y sentí un frío de pánico sobre mi

nuca, pues hacía varias décadas que nadie

entraba ni salía de allí: se sobreentendía que, a

estas alturas del siglo XXI, ya nadie necesitaba

juguetes para sobrevivir.

¿Qué otra cosa podía yo hacer? De manera

que la seguí. Y, por supuesto, en este punto no

me arrepiento. Igual la hubiera seguido hasta el

final de la noche de ser necesario, sosegándome

los nervios entre el fuiii-fuiii de los ejes y el fuacfuac

de mis botas, que esquivaban a duras penas

la hidráulica desbordada de baches y

alcantarillas. Porque recién había llovido (de

hecho, ya otra vez lloviznaba) y los ríos albañales

de la ciudad trataban de impedir nuestro viaje a

dúo o acaso doble visión.

2

La luna era un agujero blanco sobre nuestras

siluetas en contraluz. La de ella, con siete años

perfectamente afilados por la tijera de su

blablablá. La mía, de cincuenta rasgados a mano

por mi excesivo titubeo y elucubración.

—Señor, yo amo la luna. ¿Y usted?

Tras dejar atrás la Vía Blanca, esa noche más

oscura que de costumbre, doblamos por un

callejón abierto entre el marabú y los tanques de

basura, una cuadra antes de salir a Santa

Catalina. Rápidas nubecillas rojizas corrían a

muy poca altura, bajo el telón cóncavo de la

madrugada. La llovizna presente permitía oler el

aguacero futuro. Los instintos se me aguzaban en

un deplorable estado de excitación.

—Señor, yo amo la lluvia. ¿Y usted?

A cien metros de distancia, por ejemplo, y sin

ninguna visibilidad, yo podía distinguir entonces

el frufrú de los carros por Santa Catalina. De

pronto, hubo un chirrido escalofriante y después

un sonido seco: un crounch de guitarra eléctrica

sin baterías. A los pocos pasos, me crispó el

ulular de una sirena. Una ambulancia, los

bomberos, la policía: ¿accidente o fatalidad?

Igual ella me tomó de la mano y me la apretó con

la fuerza de un aparato mecánico, de una prensa

o un torno que quisiera imprimirme forma: su

forma.

No me resistí, ni tampoco demostré asombro

o dolor. De hecho, no estoy seguro de haber

sentido sus dedos. La rareza me entumecía, a

pesar de poner de punta a mis cinco, cinco mil o

cinco millones de sentidos. Me di cuenta de que

avanzábamos como una vieja pareja de vuelta al

barrio tras una noche de tedio social.

—No tengas miedo –le dije, más pedante que

paternal–. Nada malo nos ocurrirá.

—Todos dicen lo mismo, pero es incierto –

me cortó ella, cortés–. Señor, al final siempre

algo se nos ocurrirá: no me engañe ni se engañe

tampoco usted.

En este punto sentí deseos de auparla. De

taparle la boca de un manotazo. A ella y a la que

roncaba en su coche. Darles una nalgada a cada

una y someterlas a mi voluntad: "¡a domir, coño,

que ya es muy tarde para tanta cháchara!" O,

llegado el caso, como en un cruel juego de roles,

fungir de verdugo y echarlas a ambas en algún

tanque rebosante de gatos y de basura: únicos

sobrevivientes de aquel paisaje lunar.

13

—¡Es aquí, ya llegamos! –señaló con su

mano libre–. Gracias, ¡puede pasar!

Nos detuvimos. Miré. La arquitectura era un

casco: una mole venida a nada, como los restos

de un naufragio ocurrido en otro tipo de realidad.

Era un residuo fabril de la etapa posproletaria del

barrio: un edificio art-decó más allá de cualquier

posible arreglo o demolición. Un equilibrio

imposible, un colofón. Bajo la luz cenital de la

luna, las alambradas que lo rodeaban tejían una

espinosa tela que se proyectaba, acera afuera,

casi al nivel del contén. Nos detuvimos en la

cuneta, enchumbados por el goteo de la llovizna:

chinchín de agujas que me estimulaban los

nervios.

—Señor, no alcanzo –me haló–. Ayúdeme a

saltar la cerca, por favor –y alzó los bracitos y

con ellos también su bata de parturienta.

Entonces le vi los blumers, casi transparentes

o del color de su piel. Sin nada que contrastara

debajo. Ni por la forma. Ni el color. Ni el olor.

Justo como en las muñecas sintéticas. O

sintácticas, ya no sé: territorio en blanco de mi

lenguaje, borrado por lo que pasó. O no tanto. Y

acaté su orden de meterla dentro de aquel lugar.

De meternos, incluido de pronto yo.

Miré hacia afuera por última vez. Respiré el

aire libre de aquel barrio, ciudad y país: a esa

hora difuminados en un sólo vaho. La lluvia

desplazó por fin a la llovizna y la luna se

escondió tras una gasa rojiza, algodón

sanguinolento que todo lo coloreó. Hacía

frialdad. Intuí que el peligro se condensaba en la

púa oxidada de los alambres, pero ya era muy

tarde para reaccionar. Sentí una opresión en el

pecho: un peso muerto a ras de esternón. Como

un augurio. Literalmente, una corazonada: pura

reacción muscular.

Pensé en mi Impala ´59, en sus puertas y

ventanillas abiertas de par en par, abandonado a

la buena suerte de los rateritos del barrio. Pensé

en Lilí, entre cómica y sádica, cantando para los

niños en la TV nacional de veinte o veinte mil

años atrás. Lilí, rubia de rabia hasta la demencia,

usando vestiditos cada vez más osados, con los

que después de filmar nos metíamos en cualquier

posada para hacer el amor: dos cuerpos locos,

eso éramos hasta que se aburrió. Lilí desnuda,

cabalgando sobre mí y repitiendo las mismas

letras de aquellas tontas canciones, usando ahora

a mi cuerpo como un micrófono a punto de

reventar en feedback. Y recordé entonces a esta

otra niña de ahora, que tal vez hubiera visto

alguno de aquellos Shows de Lilí, tratándome

todo el tiempo de "señor" y de "por favor" y de

"usted".

Me ajusté el pitusa a la altura de la

entrepierna y me dispuse a cargarla: a complacer

su deseo de que penetráramos allí, fuera fábrica o

funeraria. Su cochecito se desbordaba de lluvia,

como un inodoro, y la muñeca de importación

seguía roncando pero haciendo burbujas: glu-gluglu.

Agarré por el talle a mi niña madre y sentí el

elástico de su ropa interior. Estaba húmeda y se

me resbalaba. Yo tenía que ser cuidadoso.

Mucho. Así que la trabé mejor, mis dedos

clavados tan hondo como pude dentro de su piel.

La alcé por el aire y le dije:

—Vamos –y la lancé sobre la cerquita de

espinas.

Cayó bien. El colchón de hierba guinea que

crecía al otro lado la protegió. Enseguida se

incorporó, muy contenta, y no pareció reparar en

que yo dejaba atrás a su coche con su cadáver

bebé. Entonces yo también me volé la cerca,

aunque no tan alto como traté, pues largué

muchas tiras de piel sobre los pelos de púa de la

alambrada.

El descalabro ni siquiera me llamó la

atención. Un imán me halaba tras ella y, si algo

recuerdo nítidamente en medio de aquella niebla,

es la total imposibilidad de asumir el dolor. El

deseo me hacía sentir mitad inmune y mitad

inmortal. Me sentía muy vivo y por eso mismo

no me importaba sobrevivir.

3

Avanzamos unos metros hasta guarecernos

bajo el alero. La puerta principal estaba cerrada

con un candado estilo colonial, pero los vitrales

que la enmarcaban no tenían ni un vidrio sano.

Así que entramos al lobby como si de verdad

regresáramos al hogar después de un largo viaje

desde otra época.

Las astillas crepitaron bajo nuestros pies:

crich-crach. Bajo mis botas, en realidad, pues al

mirar los de ella caí en la cuenta de que iba

descalza. Aunque no se cortaba. O de sus heridas

no brotaba la sangre. O a los siete años la sangre

es de una tonalidad invisible para la hora y mi

edad. Mejor así: el color de la sangre diluida

siempre me da arqueadas.

Por las paredes del lobby se filtraban las

consecuencias del aguacero. El resplandor de la

luna ausente rebotaba del piso al techo por las

paredes y, en una de ellas, vi uno de esos murales

típicos del siglo XX. Una epopeya de leyendas

urbanas y guerrilleras, verdadero memorándum

contra la necia amnesia del XXI.

14

Quedé hechizado con aquella obra maestra

del irrealismo social: era fascinante. Allí, algún

obrero del arte había reunido chimeneas

ecológicas de humo verde, ríos de leche

pasteurizada, pirámides fraguadas con hojas de

tabaco y caña, bosques intraurbanos y ciudades

intraforestales, cielos bíblicos del posproletariado

mundial, enormes manazas protectoras pero

inflexibles: como las manos callosas de dios o

acaso las del administrador general. Y también

había flores rojas, desteñidas a rosa por el peso

del tiempo y la humedad, y una manifestación

popular con los brazos en alto: entre el júbilo y la

rendición. Y, en lugar de sol, vi una estrella con

sus cinco puntas afiladas en forma de lápiz labial.

Estaba, además, la risa de una mujer de

dentición perfectamente podrida por un

desconchado de la pared: en su espalda un fusil

de calamina y en su pecho un bebé, al parecer de

plástico o de algún polímero ya en desuso. Noté

que su rostro era idéntico al de la niña madre a

mi lado y al de su bebé fallecida allá afuera.

Reparé entonces en los trenes, barcos, aviones,

cohetes y demás medios de transportación (con la

excepción de, por supuesto, mi Impala ´59 y el

cochecito inundado). Y toda esta babel anónima

rematada por un cartel donde aún podía inferirse:

"Fábrca d Mñecas Lilí: Establcimnto 007,

Reynald Aulet Rdríguz dl Rey". Por mi parte,

intenté no hacerle caso a las dos sílabas

especulares de aquella palabra: Li-lí.

Al final, seguimos hacia dentro por el pasillo.

Cada vez yo veía peor. Tendría las pupilas

contraídas, no sé. Como las de un tigre en rapto

por el delirio de una madrugada rapaz: sexo y

combate, alarido y fuga, amor y criminalidad,

plenilunio y llovizna, parto, Palatino, lluvia, La

Habana, aguacero, América y una moral de

mural. De manera que para orientarme me

bastaba apenas con su respiración, la que olía

remotamente a acetona. Aquel aliento orgánico

delataba a mi niña. Por más que ella pretendiera

estar en control, la bioquímica de sus nervios

anunciaba que ambos estábamos igual: excitados

de remate.

Surgió una escalera súbita, de caracol, y por

ella subimos girando a la izquierda. Lo que vi

arriba escapa a toda posibilidad de enumeración

y tal vez incluso de enunciación. En ocasiones,

las palabras no alcanzan: son demasiado lineales

para tanta impaciencia y tanta simultaneidad. Me

arrodillé, junté las manos, aunque no creo en dios

ni siquiera en la carencia de dios: la portañuela

de mi pitusa queriéndose reventar con cada

invocación inventada. Yo había hecho crac,

como al inicio el motor de mi carro: alguna bujía

o resistencia interna se me fundió. Ya no me

quedaba aire ni para contar. Creo que todavía

ahora me falta. Es algo que, supongo, de palabra

en palabra y de silencio en silencio, enseguida

todo el mundo lo notará.

4

La planta alta era un taller de máquinas

importadas medio siglo o tal vez medio milenio

atrás. Hierros desvencijados como muebles fuera

de uso, pero funcionales: monstruos

antediluvianos, entre ronroneantes y a medio

agonizar. Parecían mogotes, tanques de guerra

emergidos del fondo de la madrugada o del mar.

Parecían cúpulas de reactores nucleares, a la vez

que observatorios del espacio estelar. Parecía una

exhibición de ataúdes: una feria fúnebre, un

mausoleo. Y volví a sentir el mismo pánico de

quedarme solo a mitad de calle. Es evidente que

todavía hoy no me consigo y acaso ya nunca me

conseguiré explicar.

Entonces la busqué con mis ojos, máquina a

máquina y rincón a rincón. No la vi. En efecto,

ella me había soltado el brazo y yo era el ser más

desolado de aquella fábrica, barriada, ciudad y

país: todavía de rodillas, con mi pitusa parado y

el zípper a punto de hacer explosión. Casi

jadeando, con ganas de maldecir. De gemir de

pánico o tal vez de placer y, con suerte, sin poder

evitarlo aunque me lo propusiera, de estallar en

un orgasmo diabólico contra la mezclilla y

largarme al carajo de allí, antes de volverme loco,

como era casi seguro que ya lo estaba, entre

tantas visiones y tantas sílabas recuperando la

fonía límite de li-lí.

Miré de nuevo y aún no la vi. Pasaron varios

minutos o noches. Corrió una brisa de lluvia y el

tufillo a acetona nuevamente la delató. Escudriñé

en el sentido del vaho. Enfoqué por fin su silueta

y la vi sentada sobre el cañón de un torno, que

giraba peligrosamente cerca de sus muslos de

siete años. La aparición estaba desnuda, la

piernas abiertas sin ningún blúmer ni batica de

maternidad. En posición fetal, muñeca

abandonada por su placenta de plástico: en

posición de matriushka sicópata que no le

importó que se ahogara en la lluvia su supuesto

bebé.

No pude más. Me paré. Le di un pequeño

grito y cerré los ojos. La llamé por el nombre

genérico del local: "¡Li-lí!", y la imagen de aquel

otro icono rubio, con el micrófono clavado hasta

la garganta, mientras canturreaba para los niños

ante las cámaras de la TV, me puso nuevamente a

15

rabiar. Así que me abrí la portañuela y metí una

mano, pero justo en ese instante caí en la cuenta

de que no la había abierto ni la estaba metiendo

yo. Era ella, no sé bien cuál: en cualquier caso,

Lilí. Tampoco supe si actuaba a distancia o

directamente debajo de mí. La boca se me secó y

comencé a salivar: una flagrante contradicción.

Con la lengua saqué una baba tibia de mis

pulmones: espuma blanca, natilla de alveolo,

gelatina preseminal. Achiqué los ojos para forzar

los detalles y entonces vi su cuerpo cabalgando a

horcajadas sobre el rotor, destrozándose la carne

con las mil y una revoluciones del torno: silueta

puta y sin sangre, derritiéndose en un despilfarro

de aquellos costosísimos polímeros de

importación.

Y ya todo me daba igual. Yo era una bestia

abandonada a la intemperie bajo techo de la

madrugada patria. Me saqué el pene y con la

palma de mi mano derecha lo comencé a acelerar.

Como si fuera un segundo rotor. Como quien

dobla el timón o embraga la palanca de cambio

de un Impala ´59. Como si se tratara del eje

asesino sobre el que estuvieran columpiándose

ahora las dos: las dos embarradas de aceite

grumoso o acetona volátil, voraz; las dos sin

dejar nunca de centrifugar.

Lilí apoyó un pie sobre la barra en rotación y

saltó como un proyectil desde su torno o trono

hasta mí. Casi rozó el falso techo tatuado de

filtraciones pluviales o subterráneas. Lilí

describió una parábola cóncava de varios metros,

tal vez en cámara lenta, y cayó encajada, aunque

ingrávida, justo encima de mí, izada por el otro

eje que rotaba en mi vientre: Lilí se hizo bandera

desesperada para que yo la hiciese batir.

La mujer me agarró por la nuca y la niña me

levantó la barbilla. Hizo palanca entre mi cabeza

y su entrepierna. Su cara tenía la fuerza infinita

de tanta y tanta inexpresión: deseo blanco,

obnubilado, desierto. Placer instantáneo en sus

dos acepciones: algo que ocurriría de inmediato y

duraría justo eso, un instante. Así que me vertí

dentro de ella sin ninguna prisa: un derrame largo

y sosegado, delicioso y obtuso, de la viscosidad

del plástico chorreado por el calor. Un flujo

constante y sereno de treinta y siete grados, la

temperatura del cuerpo humano ya a punto de la

infección. Una marea que manaba desde mi

cerebelo, vaciándose a lo largo y estrecho de mi

columna, hasta botarse finalmente a presión por

la punta roma de mi sexo clavado en Lilí.

Duraba. Y duraba. Y duraba. Temí que nunca

terminara de verterse aquel licor placentero y

mortal: que se diluyeran una a una mis vísceras y,

al final del orgasmo, Lilí tuviera en su mirada el

fulgor de la muerte. En este punto, un rayo de

luna le dio de frente en la cara y acaso de puro

milagro tomé una decisión: la primera

verdaderamente mía en la noche, y tal vez en los

cincuenta años de noches que sumaban mi vida.

No sé. Me sentí débil, anhidro. Flácido. Me

resecaba por dentro, y supe que al tono de mis

músculos le quedaba una última oportunidad para

actuar. Y ciertamente yo la iba a usar: aún sin

saber cómo ni cuándo ni por qué no debía dejarla

a ella protagonizar. Entonces Lilí cortó de un

topetazo el péndulo de sus caderas y el rostro le

cambió de inexpresión: se convirtió en un

tribuno, y su discurso polimérico remplazó

nuestra cadena de acciones y en este punto, con

un escalofrío de fiebre, se detuvo por fin la nieve

amorfa de mi eterna eyaculación. Al parecer,

para ella ya había sido suficiente fecundación.

En su arenga Lilí me dijo de todo,

pronunciando con tanta pasión y tantos "usted" y

"por favor" y "señor", que a ratos me deslumbró.

Habló del bien y del mal, del blanco sol y de la

blancura lunar, del mediodía estéril y de la noche

fértil. Armó tantas historias patrias como a ella le

vino en gana, contadas desde y para los títeres:

fueran muñecas de tela o de biscuit o de guata o

de yagua o de muelles o de cartón o de cuerda o

de bagazo o eléctricas o de plástico de

importación. Chilló que sin esa muñequería de

cuerpos ya no habría barrio, ciudad, ni nación. Y

en mis oídos retumbó el eco de una ovación

llegada de ninguna parte, que parecía aprobar por

unanimidad su chillido.

Lilí me relató otras noches de sexo y combate

ocurridas allí: alaridos de los recién nacidos y

fugas fallidas de sus estúpidos padres. Estaba

harta de su cansancio de madre y verdugo a la

par: de tanto amor precario y tanta criminalidad

seminal, pero no tenía otra opción. Miles y

millones de descendientes confiaban en su

vientre para salir a repoblar la nada allá afuera,

aunque enseguida todos se mataban o se hacían

matar: tan energúmenos como sus padres de

carne y hueso. Lilí se lamentaba de tanto

plenilunio y llovizna, de tantos partos y lluvia,

tan sólo para procrear ese gran coro o mural

donde coincidían, sin estorbarse, sin

transparencia ni superposición, toda la

desmemoria acumulada y toda la amnesia aún

por recuperar.

Ni ella misma lograba separar una frase de

otra, en medio de sus ráfagas de euforia y

lamentación. Menos lo lograría entonces yo:

tumbado ahora de espaldas, viéndola gesticular

16

sin mover las manitas ni tampoco la boca,

arengando a nadie sobre la necesidad de generar

aquel ejército alien de marionetas. Tal era su

responsabilidad, parecía ser la conclusión de su

demagogia: tal era su mito y su meta, su tarea y

su tara. Y por eso yo estaba atrapado esa noche

allí, donante voluntario de genes, en el espejismo

de un taller en ruinas alguna vez llamado

"Fábrica de Muñecas Lilí: Establecimiento 007,

Reynaldo Aulet Rodríguez del Rey".

—Ya falta poco, señor: ¡por favor, usted no

tenga miedo al dolor! –me imploró o me impuso,

aunque a estas alturas de nuestra historia me daba

simétricamente igual: yo debía mostrar alguna

reacción.

Me di cuenta de que ningún hombre había

sobrevivido a sus partos o abortos, fueran reales

o imaginados: no dejar testigos era su garantía

para seguir repoblando los páramos de lo real,

más allá de la fábrica y su alambrada de púas.

Para mí, ya había sido suficiente espectáculo,

supongo. Era ahora o nunca: yo o Lilí, la loca

locuaz o mi cordura sin cuerda, aquella puta de

poliestireno o mis ganas de sobremorir pero

quedando con vida.

Le agarré la cabeza y se la desenganché.

Extraje su cuerpo de mi pene y removí sus

extremidades sin articulación: ya había articulado

suficiente retórica para la hora y mi edad. Lancé

sus partes a diestra y siniestra por el salón,

zigzagueando a ciegas entre los tornos hasta

encontrar la escalera, y dejarme caer por el

pasamano girando a la derecha esta vez. Huía de

ella o de mí o no sé bien todavía de qué. Rebasé

el mural sin mirar atrás, por terror de que fuera

un espejo y ver mi cuerpo calcado allí, entre las

masas mitad bíblicas y mitad industriales:

condenadas al paraíso apocalíptico del

posproletariado mundial.

Salí a la hierba rompiendo los restos del

vitral. Del pánico, el vidrio ni me cortó. O, por lo

menos, yo tampoco sangré. Me subí la ropa, los

restos de la mezclilla aceitosa. Di un salto

inverosímil para mis fuerzas y volé por encima

de la cerca oxidada. Me asustó pensar que mis

habilidades repentinas fueran las de un orate.

Debía calmarme. Respirar. Tal vez ya estaba a

punto de amanecer y todo pronto recobraría su

embotado halo de normalidad.

Vi el cochecito en el fango. Seguí. Vi un

callejón no tan desierto como desertado y por él

seguí. Vi un mar de marabú y tanques plásticos

rebosantes de gatos y de basura, y entre ellos

también seguí. Vi el parquecito del paradero y lo

atravesé decidido, de ser necesario para mi

salvación, a cantar fanáticamente salves y glorias

y aleluyas y avemarías, incluso anunciando una

nueva luz y un avivamiento, tras una noche sin

fin que no fuera en absoluto una flagrante

contradicción. Yo huía de ella, supongo,

incluyéndome en ella a mí.

Oí el frufrú de los carros por Santa Catalina y

otro chirrido escalofriante y después seco: un

crounch de guitarra eléctrica en medio del

bostezante apagón, acorde rematado por el

crispante ulular de una sirena. Una ambulancia,

los bomberos: ¿accidente o fatalidad? En

cualquier caso, estaba seguro de que en aquella

escenita de barrio cualquier vecino o policía que

apareciera ahora, me estaría cazando

exclusivamente a mí.

5

Rápidas nubecillas rojizas corrían a muy poca

altura, bajo el telón cóncavo de la madrugada. No

pude distinguir si iría a llover o si era sólo otra

amenaza: supongo que los instintos me

respondían ya menos y el insomnio tocaba por

fin a su fin.

Con un ramillete de periódicos pescado al

vuelo me limpié la cara y los brazos: aún olían a

acetona. Sentí asco, un hastío, también un poco

de pena. Me subí el zípper y metí parte de los

papeles en un bolsillo: más temprano que tarde a

alguien se los tendría que enseñar como prueba

de mi verdad.

Yo cojeaba un poco, recién lo notaba ahora.

Doblé hacia abajo en la esquina y me fui

acercando cautelosamente hasta la avenida. Pero

ningún vecino del barrio me descubrió antes de

salir a la Vía Blanca. Ni tampoco un policía de

ronda. Ni siquiera algún vecino con vocación de

policía de ronda. En definitiva, no creo que yo

tuviera nada específico que ocultar: me bastaba

con mi coartada coagulada por el horror.

Vi mi carro, allí estaba aún. Vandalizado,

como es pertinente cuando se deja abierto un

Impala ´59 en medio de la noche local. Ni

siquiera los rateros habían conseguido arrancarlo

de su posición, bajo el único spotlight con luz

entre tantos postes. Cuando las bujías se

emperran, es mejor no insistir. Y, por supuesto,

esos vándalos barrioteros no estarían dispuestos,

como yo, a empujar sus dos toneladas de lata de

importación: una aleación eterna que ha sido lo

único sólido de toda mi extraña anécdota o

ensoñación.

Me lo dejaron en el esqueleto: forros de

asiento, chapas, antenas, pedales, paneles de

vidrio, focos, alfombras, reproductora, cables,

17

timón y palanca, ejes, gomas, cintillos metálicos,

pegatinas, y hasta la muñequita Lilí que siempre

viajaba ahorcada donde antes estuviera el espejo

retrovisor. Fue, en verdad, un trabajo perfecto.

Una magnífica contradecoración. 1959-Impala-

2000: sin revancha de mi parte pero sin ninguna

revelación, Rev In Peace.

Me senté adentro, en el hierro desnudo, a

esperar el alba o la autoridad, si es que en algún

momento se decidían a hacer irrupción. Yo

estaba en paz. Exhalé, como si esperar me costara

un esfuerzo sobrehumano para la hora y mi edad.

¿Cuál hora sería, por cierto? ¿Y cuál podría ser

en definitiva mi edad?

Nada, ninguna. Pensé en que, sílaba a sílaba y

silencio a silencio, en algún recodo de esta

historia sin histología, ojalá después yo me

consiguiera explicar. Pero mientras más he

intentado contarlo luego, se me hace más

evidente que es imposible. No sé. Supongo que

hay experiencias que no merecen explicación.

 

 

 

 

1

Boring Home.

Orlando Luis Pardo Lazo.

Ediciones Lawtonomar, 2009.

2

 

 

 

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Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

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