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Edgelit

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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

#VJCuba pond5

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

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Jun 17, 2010

derretimiento liístico

(primera entrega para cánnabis)



Qué irónico. Paso un siglo antes de decidirme a teclear y el Word me sorprende en ruso; siempre tan original. Y siempre tan difícil empezar. Romper no el hielo sino la hoguera.

Evadir la exquisita vagancia y sentarse lo más recto posible. Aún cuando la columna proteste y chille.
Mucho más fácil permanecer un rato más en esta inmovilidad no ya lezamiana, sino mutante al devenir ahora nada menos Cronemberg: sí: una especie de enceramiento cronembergiano, si es que tal cosa puede concebirse.

La calle es un infierno y mientras, no puedo sino despojarme de cada una de las telas que llevo encima y salir desnuda al balcón, que es como la calle misma, y donde único se puede romper de una vez y escribirte un poco de esto frente a un flamboyán completamente florecido, inmutable por la no brisa.
Mi devenir cera a lo Cronemberg es la justa sensación de que cada poro de mi piel se va derritiendo. Nada menos.

En lo que la luna mengua toda amarilla grandota de Cheshire y se esconde detrás del edificio horrendo más conocido como la Maléfica, donde posiblemente un grupo de residentes latinoamericanos estén practicando autopsias y haciendo electrocardiogramas en un cuerpo de guardia, con o sin órganos.

Todo lo que me pasa en este momento se diluye como la mantequilla al fuego. El tiempo es butter, no deja de decirme en la cabeza la voz de un amigo distante en las 90 millas. La miel es más dulce que la sangre, me reitera Gala y mis coágulos se espesan y aceleran su flujo cada vez más intenso.
Mi desfallecimiento es tal que podría caerme incluso cuando la baranda del balcón no es tan insegura como lo aparenta. Caerme con laptop incluida. Reventarme el cráneo en pleno concreto negro acabado de asfaltar, de lo más bonito. Y si después llegara a recuperarme la pérdida irreparable de este artefacto me llevaría a recurrir a la búsqueda –toda ansiedad queda descartada- de la pluma de ganso de Gunter Grass Vs new tecnología.

Lia against the machine. Los relojes de Dalí se derriten sin parar. 
No hay descanso en esto.There is no scape in here, grita Mallory.

Frank Zappa me recuerda que una nación no es tal a menos que posea una cerveza, una aerolínea y un arma de destrucción masiva; los aspectos nucleares podrían ignorarse: la cerveza es sin embargo absolutamente indispensable. Es lo menos a lo que puede aspirar el candidato al derretimiento progresivo de todas sus neuronas, one by one.


Cuando la luna persiste en su maléfico escondite -que debería ser prioritariamente fulminado por una AMD o una bomba común y corriente, siempre y cuando la impresionante planta de gas no explote antes en el curso natural del desastre cotidiano (¡de 35 a 50 mil barriles de petróleo crudo se desbordan a diario en el fondo del Golfo y las especies más insólitas migran al Caribe, para completar!) y media Habana vuele por los calientes aires como la ingrávida pelota de Sudáfrica, aunque allí el clima esté perfecto. ¿Será posible?-; me entretengo en esparcir más la mantequilla dibujando abstractos más que formas con ella y la camarita.

Dibujo una espiral, un ocho, una risa macabra, un garabato de mis siete años, una florcilla agonizante.
La cámara se queda sin pilas y yo me aburro sin remedio. Y mi derretimiento sigue siendo progresivo.
Cuánto falta aún para mi habitual y trastocado horario de sueño. Poco más de cuatro horas.
Mis ojos arden y mi cabeza refugia a un dragón chino insoportable. Vacío el termo de café. (La abstinencia etílica nunca acarrea nada bueno, y mi balcón luyanero es un autorehab vitamínico y tortuoso).

Por hoy está bueno ya. Me despido del flamboyán maravilloso y me retiro a mi sanctuarium, donde las aletas del ventilador echan vapor por aire como las narices de mi dragón cerebral.


Espero poder detener esto del derretimiento y atardecer en una pieza. 

Chau-hasta-mañana!

Oct 13, 2009

¿La novia de mi hermana me quiere matar?



Pudiera ser que se hubiera vuelto, no, que estuviera total y jodidamente desquiciada. No en parte, ni algo. Sino totalmente. Maldita loca. Es importante aclarar este punto para que se entienda. Bien. No a ella, ni a mí, sino más bien a la situación, entera. La cosa podría ser, dándole una vuelta pero sin distanciar mucho el ángulo, que sencillamente no me soportase. Y esto, habría que admitirlo, era una postura mutua.
La otra noche trataba dejugar a que me cogía por el cuello y me tiraba contra la puerta de la habitación contigua, la de mi madre. La otra habitación contigua es la de ella precisamente. Si se le da tratamiento de juego a todo el asunto no habría que molestarse en escribir ninguna historia. Pero no se le da. O no se lo doy y punto. No era un juego. Ella me odia. Y yo… no es que la odie pero me cuesta tolerar a las personalidades violentas y agresivas cerca de mí. Es terrible tener a una persona peligrosa rondando por ahí. Y más si se trata de alguien que vive al lado tuyo, puerta con puerta. Mucho se ha dicho de las suegras y de las madrastras pero nadie ha hablado de las nueras. Pues son igual de maquiavélicas. De una malignidad profunda puedo asegurar. O si no, de un desequilibrio pronunciado. Una locura llamativa. Un desajuste alarmante. Está loca, en fin, está absoluta y completamente loca. ¿Es esto lo que ocurre? Pero también me detesta y entonces tengo que admitir, consecuencia o no, que nos detestamos. Esto es casi todo. Cuando estaba contra la puerta y su mano me apretaba con la firme convicción de un asesino o de un loco, me pregunté en qué pararía todo. Si en realidad se atrevería llegar a los extremos, al límite del no reverso. Quizás si no hubiese habido algún testigo. Quién puede asegurarlo. Pero había. Estaba mar presenciándolo todo. Aterrorizada. Fatal como siempre. Enmudecida de espanto etílico. Y la verdad es que yo también estaba muy borracha. No muy pero bastante. Lo suficiente para no asustarme demasiado. Esa no. Pero con tales reacciones no se necesita del alcohol, o en el mejor de los casos, es más prudente que la persona en cuestión permanezca lo más sobria que pueda. Más prudente para los demás. Por supuesto. Para esa lo más aconsejable sería que se controlara si estuviera en sus posibilidades lograrlo. Si no existiera la opción de coger por el cuello a la persona que les saca de quicio o las molesta, como primera demanda.  Si pudiera ser capaz de no ser tan peligrosamente histérica. Y si no tuviera tanto miedo de exponerse a los demás. He de añadir que normalmente esta persona no es afectiva nada más que con unos pocos familiares cercanos y como es lógico con su pareja. Fuera de eso, nunca deja que se le acerquen ni para el habitual saludo del beso en la mejilla y mucho menos del abrazo. 

                                                                                                                                                 
                                                                      *

Mi habitación dejó de ser la acogedora aunque caótica estancia de siempre para convertirse en un burdo campo de batalla. Pequeños vidrios dispersos por el piso hacían imposible que nuestros pies martirizados tuvieran dónde pisar. Todas las cosas que cubrían la superficie de la puerta se habían caído también al piso y por todas partes, entre las latas de cerveza vacías y los restos del whisky derramado cuando el último de los vasitos de cristal se hubo roto, se esparcía un suave perfume de cantina que evaporaba  los restos del incienso de sándalo que había encendido mar  cuando llegamos. Creo recordar que ella sostenía ese último vaso cuando decidió cogerme con la misma mano por el cuello. De alguna forma todos los vasos terminaron hechos añicos por todo el suelo. Y por supuesto que yo fui la única resultante herida. La sábana de la colchoneta cerca del balcón empezó a mancharse de sangre cada vez que pasaba por encima. Mar daba cómicos salticos para llegar a donde yo y evitar que siguiera dando paseos nerviosos por todo el cuarto. Aunque, usualmente, mi cuarto sí parece el campo abandonado no de una batalla campal sino de un concurso alcohólico. Pero no siempre. En esta ocasión había diferentes tipos de bebidas ya consumidas regadas por todas partes, confundiéndose con todo lo demás.
- Si eres de los que prefieren los espacios vacíos, en mi cuarto podrías marearte.-Le acabé de decir con una semi-sonrisa semi-histérica a mar. Los ojos se le querían salir. Pobrecilla. Pero la seguí atormentando un poquito más: -¿Sabías de dónde viene la expresión horror vacui? -y traté de que esta vez no fuera sólo la mitad lo que asomara  de mi sonrisa, menos nerviosa. –Pues de dónde salió, específicamente, no lo sé, pero viene  del manierismo, antes de barroco o si prefieres desde los nazca, en las costas peruanas, pero al sur. Yo se la levanté al Lezama cuando hablaba entre otras tantas mierdas del homo vagus inconstants no me acuerdo cuándo, o sea, dónde lo leí… Y, ¿no eran los incas los que le temían a los retratos? ¿O los mayas? Bueno, alguna cultura indígena de esas le tenía espanto a que les cogieran desprevenidos y les congelaran en un dichoso retrato; justo como ésta tipa, que no soporta que le tiren fotos y es capaz de meterte la cámara por el culo si te haces el chistoso. Sí, la muy freudiana padece miedos irracionales y conductas agresivas injustificadas, de más está decirlo. Pero mar continuaba en el mismo estado. No se había movido ni un centímetro desde que me tenía a su lado y la aprehensión de su mirada fija como un alfiler en los vidriecitos regados por todas partes era más que alarmante. Como ya yo me había tranquilizado lo suficiente, ahora la nueva preocupación de ver a mar  entumecida, congelada ahí en su inmutabilidad hermética, volvía a desestabilizarme.           
– ¡Oye! –la zarandeé un poco para reanimarla, para que por lo menos hiciera un esfuerzo en atender toda mi perorata del vago lezamiano y los aztecas anti polaroids.
Porque si mar no me escuchaba quién coño iba a hacerlo. 
                                                                                                 
                                                                         *

Durante el llamémosle enfrentamiento -sólo que además de falso no describe en absoluto lo que pasó-, la música que se esparcía por el cuarto era también la más apacible. De hecho, yo por lo menos me encontraba envuelta en ella y a lo mejor por eso me fue tan penoso defenderme. Lo único que hice fue vaciarle en la cabeza toda el agua que quedaba en uno de los pomos que aplacaban la sed estimulada por el whisky -que como ya he dicho tampoco había sido tanto-, sólo cuando quedé libre de sus manos asesinas, después de unos quizás cinco o diez segundos. No más. Y propinarle algunos pomazos también en la cabeza pero sin fuerza ninguna, ridículos y tanto que toda la escena, incluyendo la estupefacción de mar en el medio de la habitación sin atinar a moverse y yo gritándole alguna barbaridad incoherente entre pomazo y pomazo a mi declarada enemiga, en la transición del susto a la exasperación; movía más bien a risa. Y eso era precisamente lo que la chiflada aquella empezó a hacer antes de salir del todo. Después que tiré la puerta a sus espaldas no sé si siguió riéndose, pero al poco rato se apareció por el balcón como un fantasmón a mascullar alguna cosa que no entendí porque empecé a gritar de nuevo la primera cosa que se me ocurría, si no muy desconectada, lo bastante mal expresada como para que no se entendiera que me refería a algo referente al territorio propio, la violación de privacidad y otras inconexas frases que nunca terminaban en un punto aunque no estuvieran relacionadas. Terminé cerrando todas las puertas a cal y canto. ¡Qué coño! No podía sentirme segura ni siquiera a las dos horas. Así que le dije a mar que me acompañara al Oro Negro de la esquina a comprar unas cuantas bucaneros. Todavía no amanecía. Era justo este momento del que dicen que es aún más oscuro. El aire se sentía bien, se sentía bien caminar junto a mar, que insistía en no emitir palabra, por aquellas dos cuadras oscuras, loma abajo. Después de la calzada un tren rechinaba y las luces de los semáforos intermitentes pestañeaban sin parar acompasándose a la fija de los carros que esperaban pacientes a que alguna locomotora pasara de largo y los dejase continuar. Compramos seis, pero mar afortunadamente no toma cerveza. Y como estaban en su punto, casi casi congeladas, me las fui tragando de una en una y a la quinta se me empezó a olvidar todo el asunto. Y caí en una somnolencia que el suave jazz ligero y reconfortante que inundaba mi cuarto, unido al sonido constante del ventilador y la mudez persistente de mar, pronto convinieron en un apacible sueño cuando el sol todavía no empezaba a empujar inútilmente sus radiaciones contra la hermética habitación. 

                                                                                                                                                   
                                                                        *

Cuando me desperté mi testigo en mutis había desaparecido. Y no supe en primera instancia si todo habría sido parte de un sueño extraviado en la memoria. Pero después todo fue llegando en relámpagos junto a los pocos rezagos de la resaca aniquilada en las nueve o diez horas que me pasé durmiendo. Ja, con que la novia de mi hermana había querido, no, me había cogido por el cuello y permanecía seguramente bajo el mismo techo, tan tranquila. Vaya. Qué hacer. Me acordé de una conversación con mi amigo alek, acerca de las personas violentas, y se me ocurrió la imagen de un perro que está tirado en algún rincón, y no quiere ser perturbado: pero de pronto viene alguien, probablemente el dueño, y le revuelve las orejas a sabiendas de que al perro no le gusta mucho que le hagan eso cuando está tranquilo, y zas: lo muerde, a su propio dueño. Un perro no debe ser muy consciente de la responsabilidad filial ni un carajo. Por eso la mordida es para comunicarse sin dejar lugar a dudas: no me molestes. Creo que la reacción de mi cuñada fue exactamente la misma. O si no bastante parecida.
Recopilo los extractos de recuerdos que me han permitido conservar el whisky y la cerveza del día anterior. No es mucho. Pero saco a conclusión que cuando ella decidió cogerme por el cuello fue porque la molesté seguramente, no revolviéndole las orejas ni nada por el estilo, pero a lo mejor diciéndole alguna verdad muy grande. O estropeándole algo el orgullo o tocándole en algún punto agudo alguno de sus múltiples complejos. Por supuesto todo esto no es más que pura y vacía especulación. Pero se siente bien formularla, aunque sea.
La cosa había ido por aquí. Ella trataba de extraerme algún tipo de información. No sé bien qué ni con qué propósito, pero su malignidad no tiene límites así que los propósitos tampoco. Hablábamos de Freud, creo, y yo mencionaba sin mucho interés que el tipo estaba frito, que en algún momento llegó a rezagarse tanto que simplemente sus teorías llegaban a ser muy estúpidas. Por supuesto ninguna de mis propuestas estaban bien argumentadas ni mucho menos, sino más bien escupidas de cualquier forma como para ofender al más pinto. Entonces ella empezó con aquello. Algo del inicio. El inicio de todo. De dónde venía. Qué significaba. Cuando me cansé le grité que el inicio no podía existir, partiendo de que todo parte de algún lugar, en donde a su vez ya todo ha empezado; aunque esto en sí se contradecía bastante. El caso es que empezamos una discusión absurda. Y yo ya mostraba síntomas de mi acostumbrada paranoia, exaltada con el alcohol, el que tarde o temprano me la estimula: siempre hay alguien que trama algo contra mí, alguien que me quiere sacar información… y esto del método aristotélico entonces fatal para mí porque los interrogatorios son una de las cosas que más rechazo en este mundo. No tolero que alguien me cuestione mucho nada. Me pongo que crispo, y aquello de las preguntitas filosóficas se había ido un poco de las manos. Terminé expulsándola, botándola de mi cuarto. Y con todo derecho, puesto que no estábamos si no en mi espacio. Y este fue el detonador. Sacarla de ahí. De esa forma. Intentar que se fuera y no de la manera más sutil. Ya sé que no soy una autoridad en materia de diplomacia. Reconozco mi barbarie. Y a cambio obtuve otra. Quizás, pensé más tarde, lo que había tratado de hacer con eficacia era marcar de una vez el inicio de una guerra entre nosotras, definir con exactitud y para siempre la poca simpatía que hasta ese momento me(nos) había(mos) tenido. Aunque bajo aquella descarga de adrenalina se hubiera dicho que nadie podría pensar ni actuar objetivamente. Desperdicio de euforia. Pero, ¿quién había empezado?  Y aún más importante, cuándo.                       
                                 
                                                                         *

Pasaron los días. Las semanas. Los meses. Le había prometido a mar que trataría de poner en palabras escritas toda aquella historia. Si podía. Si me lograba sacar algo en claro. Aquí está mi intento. Escrito en dos largos y únicos intervalos de tiempo. Al final descarté la idea de que tuviera un plan pensado desde hacía rato para eliminarme. La de que estaba loca no. Poco después recordé algo de lo que había soñado ese día, tras las diez horas seguidas que había dormido: mi cuñada era atenta, amable, casi una persona cordial. Tomábamos té tranquilamente en mi habitación, rodeadas de música clásica y lámparas cálidas, y manteníamos una conversación de lo más afable, acerca de la ubicuidad y los egipcios, vaya a saber por qué, a mitad de una partida de ajedrez, ni muy aburrida ni muy interesante, entre mi hermana y yo. Aunque nuestros puntos de criterio eran muy diferentes todo estaba bien: ninguna levantaba demasiado la voz. Se podría pensar que era el espacio común de dos amigas, nadie lo hubiera negado. Ninguna parecía ajena a la otra. La comunicación fluía y se conectaba con todo lo demás. Nada podría haber amenazado la apacibilidad y naturalidad de tal escena. De alguna forma estaba fuera del tiempo. Y el tiempo en que transcurría a su vez era un tiempo muerto: nada empezaba y nada acababa: todo pasaba, simplemente, todo pasaba como si nada, como la cosa más normal del mundo. Esa fue, en el sueño, la última vez que nos recuerdo hablando.

Aug 25, 2009

morelliana

Image: Mandala invert, by María Villares
Morelliana
¿Por qué escribo esto? No tengo ideas claras, ni siquiera tengo ideas. Hay jirones, impulsos, bloques, y todo busca una forma, entonces entra en juego el ritmo y yo escribo dentro de ese ritmo, escribo por él, movido por él y no por eso que llaman el pensamiento y que hace la prosa, literaria u otra. hay primero una situación confusa, que sólo puede definirse en la palabra; de esa penumbra parto, y si lo que quiero decir (si lo que quiere decirse) tiene suficiente fuerza, inmediatamente se inicia el swing, un balanceo rítmico que me saca a la superficie, lo ilumina todo, conjuga esa matera confusa y el que la padece en una tercera instancia clara y como fatal: la frase, el párrafo, la página, el capítulo, el libro. Ese balanceo, ese swing en el que se va informando la materia confusa, es para mí la única certidumbre de su necesidad, porque apenas cesa comprendo que no tengo ya nada que decir. Y también es la única recompensa de mi trabajo: sentir que lo que he escrito es como un lomo de gato bajo la caricia, con chispas y un arquearse cadencioso. Así por la escritura bajo al volcán, me acerco a las Madres, me conecto con el Centro –sea lo que sea. Escribir es dibujar mi mandala y a la vez recorrerlo, inventar la purificación purificándose; tarea de pobre shamán blanco en calzoncillos de nylon.
J. Cortázar (Rayuela)

Aug 2, 2009

habanemia (textospAqué) primera entrega

Tengo estos pequeños binoculares de teatro.
La sugerencia del hecho de tenerlos es ya un fastidio.
A veces insomne tanto de día como de noche los busco y me asomo al no tan largo alcance que ellos me ofrecen.
Es como en lo alto Cámara Oscura, donde hay un gran espejo y gracias al juego de la luz y la sombra que hicieron realidad el cinema, pueden reflejarse en miniatura las vidas transcurriendo al vapor de la mañana o de la tarde, simplemente transcurriendo.
Gente tendiendo ropa, batiendo un huevo, limpiando una terraza, reparando alguna maquinaria rota, discutiendo, saludándose; puede verse tanto abrazos como bofetones, niños corriendo sin parar, una ciudad que continúa en movimiento a pesar de.
Desde mi balcón se ven lejanos los característicos edificios del Vedado, la planta de gas, la terminal de trenes de principios de los últimos mil años.
El desmoronamiento es tangible, se roza con todo, está en las volutas de polvo que lleva el aire, en el humo negro de Planta Habana, esa central eléctrica casi tan vieja como la terminal que debería clausurarse. El envejecimiento de esta ciudad acompaña día a día al envejecimiento de las gentes que la habitan y recorren.
La rutina los lleva como el aire al polvo. Se asienta pero vuelve a removerse, nunca queda del todo quieto. Una palpitación de marcapaso desechable.
Apenas un soplo de vida de color borroso. Una capa de polvo y de escombros. La Habana se ha vuelto así. Lleva años así. Y aún, no muere.
El cansancio de La Habana es un cansancio pálido, ojerizo, y tranquilo. Un cansancio inofensivo, pudiera pensarse.
Pero contiene tanto odio tangible igual, tanto peso en sus hombros, tanta estupidez dormida: una pesada somnolencia soporífera.
El pesar de La Habana se sobrelleva al día. Es un pesar colectivo, mutuo e indiferente.
La Habana se disfraza de carnaval arrabalero pero sus colores nunca parecen colores.
La Habana se volvió monocromática y sin relieve desde los últimos mil años.
Se desdibuja en cada mirada hastiada, en cada mantel descolorido de cada comida familiar.
Es una ciudad tan desteñida que da pena mirarla incluso detrás de unos inofensivos binoculares de teatro.
Es tan indecente que le pena sucede al llanto y la lágrima a la más absoluta desesperanza imaginada.
Es una tristeza tan crónica de la que nadie puede escapar aún cuando habite en ciudades mucho más reales.
Nadie escapa al dolor lento del conocimiento de esta ciudad moribunda.
La Habana es bella tan amargamente que es mejor no mirarla nunca.
El que se aleja hace bien, pero es en vano.
Esta ciudad nos abandona y encarcela al mismo tiempo a todos.
Tirana, mezquina, impotentemente.
Estemos donde estemos.
Se envejece con ella.
Muda. Atenta. Pausada.
Una inevitabitabilidad odiosa.
Es el orgullo de esta puta desvencijada, su mantenerse en pie pese a todo, el continuar de su tempo inmutable, lo que nos hace reventar con ella.
A su lado. La Habana se recuesta en sus habitantes con el mayor descaro. Se les viene encima como una amenaza eterna.
Como cualquier mortal sentencia. Aplazada hasta el infinito.
Respirando, tan pesadamente.
Sentenciadora y sentenciada. Verdugo y víctima.
Mas siempre culpable. Sin remordimientos.
Es la culpa la carga.
Por tanto hay que sufrirla.
Calladamente.
A veces me voy al mar con mis binoculares.
Cuando no hay mucho viento. Y el ruido es menos.
Cuando el sol se derrite dentro en tiritas doradas.
Esa puede ser la mejor imagen para llevarse de ella.
De esta ciudad opresora.
Hay que tenerlo en cuenta.
Yo lo tengo en cuenta cuando me voy al mar con mis binoculares y algún libro.
Siempre puede ser la última vez que se la mira de esa forma.
Sepia y callada. En plata y gelatina.
Quieta.
...
 

Dec 9, 2008

desmoronamiento habanémico


Caminábamos por Galeano ayer Jaad y yo, buscando un lugar para tomarnos una malta y hablar un poquitico antes que nos separáramos, cada uno a su respectivo lugar.

La ciudad era el colmo de la decadencia, el lugarcito ni siquiera apareció, y el espíritu del Festival de Cine, gente en la calle, movimiento nocturno, en general vida citadina, era nulo.

Cuando llegué al Vedado había gente en las colas de los cines, pero eran moderadas, y para ser sábado nocturno, en general, escasa.

Jaad me decía cuando vimos a los que detrás de los cristales ocupaban los Rápidos decadentes que le parecía estar mirando una prisión, personas encarceladas por su propia voluntad en sus míseras vidas. Ernestico me pide que le escriba un post al Festival, al supuesto ambiente supuestamente festivalero, pero las ganas de hacerlo son tan escasas como la vida en la Habana.

Como la gente en los cines. La gente permanece como la ciudad que habita: estancada, inamovible. Como si no pudiera respirar y se quedara sin aliento.

La calidad de las películas que se presentan cada año desmejora, eso es ya habitual. Cada año hay menos cosas interesantes que poder disfrutar en cuanto a contemporaneidad y en cuanto a todo. Los tantos festivales independientes que existen acá nos son por completo ajenos y desconocidos, porque como siempre la información queda atrás.

Lo nuevo, lo último , lo más novedoso se retrasa hasta el espanto, falta la chispa global del ritmo alucinante del mundo allá afuera. De un mundo despierto.

La ciudad es como un cangrejo anidado metros y metros de arena que se demora mucho en salir a la superficie y prefiere entonces no hacerlo, la oscuridad de la cueva allá abajo le es más confortable. Algo no puede pasarse por alto a los que salen de sus nidos y asoman las antenas: los policías se multiplican y las calles se vacían. Horror mudo. Estado de sitio. Sombras ennegrecidas.

Los operativos en las calles son tan evidentes que ayer en la noche llegué a pensar que habían más de ellos que de nosotros, ciudadanos normalmente adormilados.

La ciudad es lenta. Se encangreja o se encaracola en sí misma. Se hace odiosa. Y la nube de hastío crece y la cubre. No participamos de un Festival, de ninguna fiesta de la imagen, ni de una alegre ciudad llena de luces navideñas, somos parte testimonial de un desmoronamiento inevitable de todas las cosas en un tiempo adagio o de marcha fúnebre. El desánimo traducido en cada rostro cansado, demasiado tranquilo.

Puede decirse que los aires son infelices en este invierno inventado de frentes fríos casuales. Puede decirse que la Habana es un cementerio más que una cárcel.

La tristeza del que llega después de un tiempo como Jaad y la descubre descendiente y vertiginosa en cámara lenta es incomparable a mi propia tristeza más empañada cada día.

Hay algo paralizado y mustio que no permite la menor reacción, la mínima sacudida, el sobresalto característico de los vivos.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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"Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico"

Virgilio Piñera

 

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Dec 4, 2008

diario noctámbulo cinéfilo





Después de revisar el correo y enterarme gracias al buen Anónimo que a Yoani la habían citado, recibo la llamada de Claudia contándome que a su vez acababa de recibir su pertinente citación y me necesita mañana con la cámara, pero no la tengo y le he cogido pánico o algo parecido a salir de noche con la laptop, lo que ciertamente es nada recomendable, menos si se trata de lugares intrincados e inhóspitos como le llama Gorki a la periferia en la que habito por fatalidad geográfica, que se extiende, en realidad, a todo el territorio nacional. Yo sola en tales parajes azarosos para mal, no tengo ningún lío, pero me da cosa sacar el juguetico y prescindir de su disfrute un poco más porque algún enérgumeno delicuente en potencia venga y me lo arrebate, o, en el peor de los casos, que un policía asignado me la decomize. Para el carajo, no debería ser tan fácil para ellos así que lo evito.

La tranquilizo a la Claudita y me apuro un poco, luego de observar a mi madre hipnotizada mirando a la pared con el NTV delante y Resillez en MUTE resingando en lenguaje periodístico. Mueve sus labios, mi madre, para recriminarme maquinalmente la hora a la que salgo.

La película empezaba a las ocho. Salgo a las y media. Optimista a ciegas del portero a cargo en el Acapulco que tenga la bondad de permitirme entrar. Me paro a desperdiciar más minutos en el oscuro y árido semáforo de Vía Blanca y Fábrica, hasta que un auto se detiene con la verde: siempre suele funcionar mi apariencia de niña perdida mirando el asfalto en la oscuridad; a los tipos les conmueve y me libran del peligro, supongo que llegan a sentirse heroicos con tal acto de beneficencia, recoger a la pobre muchacha sola en medio de ninguna parte. Agradezco y me paso el cinturón por encima. Me deja en Vento y Lacret, donde enseguida me monto en una fantasmal ruta 174 fría y vacía y oscura como la misma calle. Una vez dentro se me pasa la Ciudad Deportiva porque el chofer no respeta las paradas y va a millón. Decido cambiar las Flores de Cereza alemanas por la sueca del Riviera. En G y 25 corro hacia el cine y el portero no se deja convencer, el administrador lo vigila de cerca.

Me dejo llevar nunca derrotada Rampa abajo y después de la común reprimenda del funcionario del cine que me deja entrar pero se desahoga un minuto diciéndome que yo soy menos que nada y que sólo las personas acreditadas pueden pasar siempre que les de su reverenda gana, pero las gentecitas como yo no tienen ningún derecho, ¿queda claro?, entonces sube… Agradezco de nuevo, me paso la vida agradeciendo siempre por alguna cosa, pidiéndole siempre algo a alguien. Y eso que siempre me las agencio para conseguirme las credenciales y si se trata de colarse en cualquier parte soy experta. No me acostumbro al NO que rige nuestra ciudad.

El final de Lady Jane resulta revelador con un proverbio ¿marrueco? que dice que la venganza es una mosca chocando en el cristal, algo así. Bajamos masivamente por la salida de emergencia, una escalera de incendios espeluznante enrejada hasta el techo que sale a la calle O, por donde cruzo 23 y sigo hasta el Nacional en busca de cualquiera, mi hermana por ejemplo, que debe andar por ahí con Nailé y la hermana, que es médico y hacen como que celebran “su día”, se lo toman en serio. EL Nacional también está semi vacío, sin la concurrencia habitual que sospechaba. Al parecer todos están metidos en los cines. Para se miércoles las calles están demasiado vacías. Y bueno, no hay nadie conocido. Ni siquiera en 23 encontré a nadie, 23 donde las caras chocan y se reconocen hasta el cansancio.

Pienso que después de todo no conozco a tanta gente. Todavía. Lo que es relativamente bueno. Quiero decir que la mayor parte del tiempo no viene mal si se prefiere la propia compañía, la confortabilidad del yo sin nadie más molestando cerca.

Empujo la pesada puerta de los Jardines y tropiezo con una turista nórdica que trata de salir en lo que yo entro, nos sonreímos, yo por pura educación y ella tal vez por mi apariencia entre informal y estrafalaria que adopto los días, mejor dicho, las noches invernales.

Me siento en el lobby después de recorrer los Jardines, también sin mucho movimiento, y nadie apareciese. Me siento a escribir los quince minutos que dispongo antes de correr de nuevo por 21 hasta el Riviera. Antes de salir me ha dado tiempo a meter en mi pequeño bolso unas hojitas y un plumón rosado junto a las llaves y el menudo para la guagua.

21 resulta más desolada todavía, fría y llena de murciélagos atolondrados que vuelan de una acera a la otra, de los árboles a los balcones. De donde salta una voz femenina rodeada de un tumulto de risas disparejas que dice “¿y los intelectuales, qué? Sigo rápido y paso por detrás del Coppelia, una especie de parqueo arbolado que siempre me ha parecido siniestro, quizás porque tengo memorias de la niña aquella que vivía en la calleja que desemboca al restorán La Carreta y a la pequeña embajada de la India cruzando la calle. Cuando estudiaba en la escuela de música ella era unos años menor y cantaba y actuaba y era una talento prematura que todos adoraban por bella y virtuosa. Un día desapareció descuartizada por su padre según el rumor, justamente después de ser la “Muerte” de Titón en su última película, Guantanamera, de Tabío. Una Muerte encantadora de rizos dorados vestida de negro.

Llego al siempre mal iluminado parque de H y 21, fiel a los amantes y ladrones y pajuzos noctámbulos, y a los fumadores y los solitarios y hasta a la pandilla de los “Caínes”, familia numerosa dedicada al hurto indiscriminado que habita en una especie de solar-casona en J y 19 y que tiene una merecida mala fama que acumula años.

Tres minutos atrasada, sofocada, entrego mi boleta al mismo que no me ha dejado entrar hace dos horas y un poco.

Apúrese, me dice, la película ya empezó.

Es otra vez francesa, muy lenta, extremadamente, con ese ritmo que intenta reproducir el tiempo real y exaspera. Un drogadicto no sabe qué hacer con su vida y estropea la que comparte con su mujer austriaca y su hija de cuatro años. Aburre, nada pasa. Todo es predecible y los personajes carecen de todo signo de vitalidad, la historia es demasiado forzada y para colmo deja cabos sueltos que aparentan no tener la menor importancia. Los actores son malos. El final es funesto. Tout est pardonné, lleva por título, pero no le perdono a la directora Hansen-Love que me haya hecho perder el tiempo tan miserablemente con tan insípida narración, a pesar de agradecerle aunque fuera los exteriores en París y alguna que otra canción rara en la banda sonora.

Salgo decepcionada y frustrada: es mi primer fracaso festivalero y esta vez no quiero ser una víctima frecuente por no saber escoger qué película ver.

Antes tenía el sistema de preguntarle a la gente con la que no tengo empatía cuáles les habían gustado, para desecharlas de mi futura elección, pero en mi plan solitario esto no debería contar para mucho.

No quiero hablar con nadie, tener el más mínimo contacto y provechar el tiempo.

Me dirijo a mi odiosa parada del Coppelia a esperar el P-1, donde ya hice mío el “banco de acusados” en el episodio del tenis conflictivo, pues por alguna razón siempre lo hallo desocupado, como esperándome para sorprenderme. Pero es de noche, y tarde, y ningún agente debe andar acechando, supongo, aunque el peligro siempre está en el aire, nunca se sabe, y me acuerdo de Claudita al teléfono advirtiéndome que no cogiera lucha y esperara mi respectiva citación que no se iba a demorar tanto, sólo que en barrios como los míos todo lleva su tiempo, las cosas tardan más de la cuenta. El arribo del P-1 me saca del lapsus mortificante y por fortuna dentro también me aguarda un asiento vacío. El respaldar de los asientos de estas nuevas Yutong articuladas que ruedan por La Habana tienen un acrílico con la propaganda china de unas nubes en un cielo azul y una carretera en las montañas, o en la playa, no recuerdo bien...

Alguien de los que quieren permanecer anónimos en habanemia me dio la idea sin querer de que se podía introducir papeles por ahí.

Así que no lo pienso más y saco mi plumón rosado y me pongo a dibujar discretas letras en una hojita. Escribo la frase “estamos en las nubes”, lo que se me ocurre en el momento, porque recuerdo el graffiti supuestamente de Marcel, de la cátedra Arte-Conducta de Tania Brugueras, que la pone encima de un cerebro. Pero mi intento de meterla detrás del acrílico no funciona, el papel es muy frágil y las puntas se doblan. Desisto. Y cuando levanto la vista hay una española preciosa –habla alto, por encima de la música espantosa de la emisora radial que reproduce la canción los santiagueros infames Cola Loca, al estilo de Hoyo Colorao, mismo nivel de espanto a los oídos, su éxito “la estafa del babalao” que mucha gente dentro canta- sentada en frente, a una fila de asientos, intercambiando con la señora de al lado su tarjeta personal y agradeciendo el trozo de papel arrancado que le ha dado ésta con sus datos. Estrujo el papel y se me ocurre que es eso lo que necesito, un cartoncito. A partir de mañana andaré con cartoncitos con chispeantes frases de colores para los pasajeros cansados y atribulados, para los más hipertróficos. Pienso en la poesía de los metros europeos. Sin duda todos quiero una ciudad mejor. Me acuerdo de la postura escandalizada de Raúl Aguiar cuando califiqué de “deliciosa” a mi personaje femenino del cuento que me tocó leer en el cardocentro delante de todos. Dijo que esas apreciaciones desde el narrador-mujer sobraban, eran gratuitas y especulativas. Lo descubrí morboso y ruinosamente machista y la escasa estimación que me quedaba por él descendió otro poco.

Tanta gente miserable. Como sea, la insólita y preciosa españolita del P-cosa más allá de 4 Caminos, entrando en los pasajes reales a lo desconocido, me facilitó la idea de los cartoncitos.

En mi pasado post otro país no quise mencionar que La Habana en Festival siempre experimentaba cierto cambio, una mínima y conveniente transformación multiplural que me parece perdida por completo. Ya no se percibe esa cosmopolita ciudad y el color diferente cada día se desgasta más. Cuando desandaba 21 me visualicé en una calle de “otro país”, donde los lenguajes se mezclaran y la voz femenina dijera algo inidentificable preferentemente en vez de un perfecto idioma conocido inteligible.

Dejo pasar mi parada y le pido un chance al chofer, que coquetea con una mulata, en el semáforo intermitente después de las doce.

Me bajo dejando atrás la noche dentro del ómnibus y su color local.

Termino de escribir a mano porque encuentro mi laptoc asaltada por ciertas fans a Grey´s Anatomy que están ideitizadas frente a la pantalla. Cojo la cartelera y me programo fantasiosa todo el día de mañana-hoy desde las tandas más tempranas en numeritos rosados circulados. Nunca voy a estar despierta supongo antes de las tres de la tarde, aun cuando Claudia me llame después de las dos al final de su citación policial, ni siquiera le pregunté si era en la estación ya familiar para mí, Ciro y Yoani, de 21 y C, para advertirle que llevara abrigo porque dentro hay un aire acondicionado del demonio.

Me voy a la cama con Ánima Fatua de Ana Lidia Vega y huyéndole al humo de la fumigación de abajo que se ha colado por las puerta abierta del pasillo.

Mañana más. Au revoir!




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"Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.
Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico"
                                                                                                                               Virgilio Piñera

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los comments at the moment:


3:27 PM
Jorge Pedro ha dejado un nuevo comentario en su entrada "diario noctámbulo cinéfilo":

Ñoj, qué clase de guanaja malcriada twere. Bravita con mamita porque mamita protesta porque sales tarde, bravita con la directora porque no hizo la película como a ti te gusta, bravita con Raúl Aguiar porque te dio una opinión crítica... clase verraca. Oye, las veces que OLPL te dijo que eras genial, ¿no te acuerdas que se le estabas mamando, mija? ¿La vez que ganaste el premiecito aquel, no recuerdas que la otra putica te dijo "Qué pinga más sucia tenía el viejo aquel, lo que yo hago por ti, mi amiga"? ¿Las veces que estos lameculos web te dicen que eres una heroína, no es después de haberte visto las tetas de perra esas? Despierta y huele el napalm, menor mental.

a las jue dic 04, 11:27:00 AM PST


4:02 PM
Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "diario noctámbulo cinéfilo":

Y tu cerdo asqueroso de Jorge Pedro. Primera oprtunidad de entrar a un blog y ver tu defecacion repugna.



Publicado por Anónimo para hechizamiento habanémico hebdomadario a las jue dic 04, 12:01:00 PM PST

9:45 AM
Jorge Pedro ha dejado un nuevo comentario en su entrada "otro país":

Ay, rata, no te hagas el caballero andante que esta de Dulcinea no tiene ni el diámetro vaginal. Además, cualquiera menos tú, que saliste rajando pa Ejpaña y llevas tanto allá que ya andas hablando como gayego, puaj.



  a las jue dic 04, 05:44:00

Dec 1, 2008

Bolita, de Aleka

por Alexandra Ramos, desde La Habana

foto de alexa ramos

 

 

 

 Bolita

 

Lo tenía en una cajita de jugos de manzana Tropical Island

-fíjate bien bolita azul,  cosita tierna y esponjosa ni te pienses que te vas a salvar. Agarra el otro extremo y aguántate bien. A la cuenta de tres debes dejarte caer, si sientes miedo será mejor, así que no lo escondas, no lo evites, el miedo, es nuestro verdadero objetivo. Muy bien, ya estas allí, ¿ves? no era taan difícil. Puedes gritar, gritar es bueno. Ahora, para que no se rompa, ve desprendiendo tus mechones, déjalos caer.

Prefirió no ponerle nombre, para no encariñarse demasiado, así que para acortar, le decía Cosita. Y Cosita había crecido mucho desde que lo atraparon. Le gustaba revolcarse por la tierra, ver caminar a los ciempiés y desayunar mariposas. Pero ahora pendía y ya estaba cansado de gritar, así que comenzó a hacer lo que le ordenaban, y mechón a mechón había contado cinco arrancadas, pero le dolía demasiado como para no quejarse.

-ah, prometiste que te portarías bien, y así todo sería más rápido. Si sigues así no podremos hacerlo tranquilamente y tendré que usar el bolsito verde. Tú sabes lo que hay en el bolsito verde, porque me viste mientras lo organizaba. Entonces ¿por qué quieres que lo use? ah, no quieres, pues ya, sigue desprendiendo los mechones, ya te falta poco. Anjá, ya, si si, sigue, uno más, bien, ¿viste? Ya terminó, no fue tan malo, ahora es mejor, ahora no se va a romper.

Hace dos días, envuelto en la colchita rosada había rodado hasta los pies de la cama. Allí lo atrapó y lo tuvo un buen rato sin casi dejarlo respirar. Lo puso entre sus piernas y sólo entonces lo dejó salir. Sería castigado por intentar escapar, no tenía opción, debía pasarle la lengua hasta que terminara, y eso podía durar toda la noche. Casi se ahoga esa vez, pero finalmente lo dejó dormir cuando ya casi amanecía. El resto del día fue como si aquello nunca hubiese sucedido.

Ya no tenía ni un solo mechón. Era de un azul trasparentoso, se podían ver sus órganos pequeños y apiñados con bastante claridad, y los ojos más grandes y más azules que antes.

-bien, has sido bueno, así que podemos pasar al próximo paso, ¿lo recuerdas? te lo expliqué ayer, ah, nunca te acuerdas de nada. Tendré que abrir el bolsito. No, no grites, es necesario, pero no te preocupes elegiré bien. Sí, este estará bien, ¿qué crees?

¡No te gusta! No grites más o va a ser peor, así, tranquilo. Este está bien, es perfecto.

Sigue aguantándote, voy a ponerte más arriba ahora. Bien, eres una Cosita tierna, ahora quieto. Si quieres llora, pero ya no soporto que grites así que contente. A ver, levanta. Lo estoy haciendo lo más suave que puedo. ¡Mira! Uy es roja, yo pensé que sería azul, me decepcionas.

Enjabonado podía rodar sobre las losas como cualquier pelota enjabonada. Lo pateaba de una esquina a otra, le encantaba el quejido que hacía cuando rebotaba contra las paredes, y cuando se cansaba lo dejaba flotar en la bañadera por horas. Luego lo dejaba tendido en el patio, escurriéndose después de haber sido exprimido y sacudido, le gustaba el crack de sus huesitos cuando lo exprimía.

Tenía los ojos encharcados, no podía ver casi nada. Sentía cómo los chorros calientes corrían por él y salpicaban en el piso.

-ahora vamos a bajarte, ya estas seco. Tremendo reguero que has formado, yo que pensé que sería bonito, diferente, espero que ahora sí no me decepciones. A ver…este y este y…este, ya, esta es la última vez que tendremos que usar el bolsito verde, no puedes negar que he elegido muy bien todas la veces.

Vamos a ponerte boca arriba, así. Estas suave, quitemos lo que queda de esto, ah, ¡que bien! Sabía que eras diferente. Ahora usaremos esto para sacarlo. Que lindo eres, mira este amarillo, y este otro púrpura, sin dudas eres el mejor hasta ahora, ¡mi Cosita linda, tierna y esponjosa! Los pondremos en estos pomitos, aquí estarán bien y duraran mucho mucho tiempo. Ah, bueno, ya está, ahora recoger esto en esta bolsita, lo tiramos y punto. Uy, que tarde es, ya casi se hace de noche, vámonos bolsito verde, hoy hay pastel de chocolate después de la comida.

 

 

Alexandra Ramos,

Nov 12, 2008

escenas domésticas




 

 

Hermana le saca punta a sus lápices.

No hay plumas. Se perdieron, se acabaron, se quedaron sin tinta.

Yo la espío descascarando un huevo en la cocina. Esta caliente y tengo que pasarlo de una mano a la otra como.

Es el último huevo. Se acabaron también.

Se perdieron, se quedaron sin huevos las carnicerías de La Habana.

Madre cierra la puerta. En tres minutos regresa con el pan, quemado, y una cara cansada.

La imagino acabándose poco a poco.

Despego un gollejo perfecto de una naranja en miniatura, verde.

Es mi desayuno: huevo y naranja, y una copa de vino. Nazareno. Después café. Toneladas.

Succiono el jugo hasta que se termina.                  

Tengo la mente en blanco. Tengo en la mente jugo de naranja verde.

 Con lápiz no se escribe igual que con pluma. El lápiz es un poco estéril, impotente.

La tinta fluye como todo líquido, como el jugo de naranja en mi esófago.

Pongo mi cara cansada: me pesa el cansancio de escribir a lápiz, de ver cómo hermana se cansa de sacarles punta.

Tengo en los oídos el duro tecleo de madre cuando se sentaba frente a la viaja Olimpya.

Tacatacataca. Ella sí que le daba duro a esa cosa.

Y no conserva ni uno solo de sus escritos.

Tacatacataca, le doy yo suavecito a la nueva Toshiba.

Las teclas se hunden antes de que mis dedos puedan reaccionar.

Todo tan inmediato que mi mente vuelve a quedarse en blanco.

Tengo un perfecto documento en blanco en frente para succionarme lentamente.

Madre en la cocina prepara el almuerzo.

Ha comprado pepinos chinos en el puesto. No sabe si son de verdad chinos o solo es una forma de llamarles. Hay una invasión china allá afuera, dice.

Hay una invasión china allá afuera, respondemos hermana y yo.

Los lápices son todos chinos.

Los ómnibus, la gente dentro.

Las imágenes de la pantalla en la sala de la casa.

Todo chino.

Aunque de vez en cuando un haikú japonés para calmarnos, con un Nazareno de Chile o un Royal Tea.

Un palito tallado surcoreano para agarrarnos el pelo de tanto calor.

Una película polaca para resistir el sueño. Cantos tibetanos para no resistirlo.

¿Cuánto chinos habrá por cada cubano residente en los lugares más remotos?

 

 

 

 

 

 

 

Aug 8, 2008

desintoxicación casera, doméstico amanecer






Las cinco y media a.m. en Luyanó, barrio natal, zona industrial contaminante.
Casa familiar. Una madre, una hermana, su novia -todas duermen- y un gato desaparecido tras mi propia desaparición, no comentarios, no arrepentimiento.
Dulce hogar, larga madrugada. Me estiro en el balcón, sé de quién sentirá nostalgia…, respiro el rico frío que hace que te erices y te olvides de pronto que es agosto en La Habana. Ciudad infernal, mes infernal. Disfruto el poco tiempo antes de la salida del astro fatal, antes del ruido inminente de la mañana nueva. La gente ha puesto sus despertadores para las ocho cuando comiencen las Olimpíadas.
Así se olvidan, como en el Coliseo. Así se calman.
Pasa el primer trabajador no trasnochado silencioso, rozando las patas de mezclilla, a pasos largos apurados, mochila al hombro. Le sigue a distancia prudencial un viejo con gorra vestido de claro, arrastrando sus tenis gastados. Lo demás es lo mismo: un carro moderno con reguetón en la reproductora –hay estómagos para todo-, una guagua ruidosa, un bicicletero cansado. En mis audífonos PPR me despereza y eructo el café ingerido a grandes cantidades mientras los trenes y las sirenas del puerto concertaban los minutos, frente a la pantalla adictiva. Dos gatos negros, quizás hermanos, muy flacos, se cruzan y continúan juntos su trayecto al basurero, dos tanques verde oscuro semi-volcados para facilitar el trabajo de los buzos noctámbulos del barrio. Cafeína, El Idiota, una que otra película, la biografía de Nico, tres horas diarias de sueño obligatorio: casi una semana entera de desintoxicación citadina. Suficiente.
La última experiencia fue la madre del Yoss dando gritos de angustia, llamando a la policía y repartiendo bastonazos a la azorada concurrencia desenfrenada que no cabía en las habitaciones. No, la última experiencia citadina fue después, pero es secreto de estado, qué le vamos a hacer… Luego la huída, la bienvenida hogareña antifelina.
(Sólo a los niños pequeños se les botan las mascotas sin mayor explicación, pensaba yo).

Este post va dedicado a los Porno, banda amiga que nos permite a algunos muchos terminar nuestros días o nuestras noches un poco más alegres, un poco menos hastiados.


CubaRaw

Luis Trápaga

El artista tiene en venta algunas de sus piezas. Para contactar directamente con él desde La Habana: telf. fijo: (053-7)833 6983
cell: +53 53600770 email: luistrapaga@gmail.com
para ver más de su obra visita su web

#vjcuba on pond5

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royalty free footage

porotracuba.org

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demanda ciudadana Por otra Cuba

#goodprint.us

dis tortue...

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enlace a mi cuento "Dis tortue, dors-tu nue?" (bajarlo en pdf)

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Publikación de Ocio e Instrucción para los Indios de Amérikaribe, para recibir guamá, escribirle al mismo: elcaciqueguama@gmail.com

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Este es un proyecto de ayuda a blogs para incentivar la creación y sustento de bitácoras cubanas

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raíz

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Rafael Villares

"De soledad humana"

Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

Néstor Arenas

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la mirada indescriptible de los mortalmente heridos