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Adagio de Habanoni
Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo
mi habanemia
La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.
Sus fidelidades están en pie.
Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.
Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.
Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.
Tiene un destino y un ritmo.
Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.
Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.
Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.
La Habana conserva todavía la medida humana.
El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.
Lezama
El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.
No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.
Lezama
desmontar la maquinaria
Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.
La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.
Giles Deleuze / Felix Guattari
…podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.
José Lezama Lima (La cantidad hechizada)
...
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.
La incoherencia es una gran señora.
Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.
Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.
Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.
Virgilio Piñera
(carta a Lezama)
ay
Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.
Lezama
#VJCuba pond5
Pingüino Elemental Cantando HareKrishna
o la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
Libertad para Danilo
Jun 17, 2010
derretimiento liístico
Qué irónico. Paso un siglo antes de decidirme a teclear y el Word me sorprende en ruso; siempre tan original. Y siempre tan difícil empezar. Romper no el hielo sino la hoguera.
Evadir la exquisita vagancia y sentarse lo más recto posible. Aún cuando la columna proteste y chille.
Mucho más fácil permanecer un rato más en esta inmovilidad no ya lezamiana, sino mutante al devenir ahora nada menos Cronemberg: sí: una especie de enceramiento cronembergiano, si es que tal cosa puede concebirse.
La calle es un infierno y mientras, no puedo sino despojarme de cada una de las telas que llevo encima y salir desnuda al balcón, que es como la calle misma, y donde único se puede romper de una vez y escribirte un poco de esto frente a un flamboyán completamente florecido, inmutable por la no brisa.
Mi devenir cera a lo Cronemberg es la justa sensación de que cada poro de mi piel se va derritiendo. Nada menos.
En lo que la luna mengua toda amarilla grandota de Cheshire y se esconde detrás del edificio horrendo más conocido como la Maléfica, donde posiblemente un grupo de residentes latinoamericanos estén practicando autopsias y haciendo electrocardiogramas en un cuerpo de guardia, con o sin órganos.
Todo lo que me pasa en este momento se diluye como la mantequilla al fuego. El tiempo es butter, no deja de decirme en la cabeza la voz de un amigo distante en las 90 millas. La miel es más dulce que la sangre, me reitera Gala y mis coágulos se espesan y aceleran su flujo cada vez más intenso.
Mi desfallecimiento es tal que podría caerme incluso cuando la baranda del balcón no es tan insegura como lo aparenta. Caerme con laptop incluida. Reventarme el cráneo en pleno concreto negro acabado de asfaltar, de lo más bonito. Y si después llegara a recuperarme la pérdida irreparable de este artefacto me llevaría a recurrir a la búsqueda –toda ansiedad queda descartada- de la pluma de ganso de Gunter Grass Vs new tecnología.
Lia against the machine. Los relojes de Dalí se derriten sin parar.
No hay descanso en esto.There is no scape in here, grita Mallory.
Frank Zappa me recuerda que una nación no es tal a menos que posea una cerveza, una aerolínea y un arma de destrucción masiva; los aspectos nucleares podrían ignorarse: la cerveza es sin embargo absolutamente indispensable. Es lo menos a lo que puede aspirar el candidato al derretimiento progresivo de todas sus neuronas, one by one.
Cuando la luna persiste en su maléfico escondite -que debería ser prioritariamente fulminado por una AMD o una bomba común y corriente, siempre y cuando la impresionante planta de gas no explote antes en el curso natural del desastre cotidiano (¡de 35 a 50 mil barriles de petróleo crudo se desbordan a diario en el fondo del Golfo y las especies más insólitas migran al Caribe, para completar!) y media Habana vuele por los calientes aires como la ingrávida pelota de Sudáfrica, aunque allí el clima esté perfecto. ¿Será posible?-; me entretengo en esparcir más la mantequilla dibujando abstractos más que formas con ella y la camarita.
Dibujo una espiral, un ocho, una risa macabra, un garabato de mis siete años, una florcilla agonizante.
La cámara se queda sin pilas y yo me aburro sin remedio. Y mi derretimiento sigue siendo progresivo.
Cuánto falta aún para mi habitual y trastocado horario de sueño. Poco más de cuatro horas.
Mis ojos arden y mi cabeza refugia a un dragón chino insoportable. Vacío el termo de café. (La abstinencia etílica nunca acarrea nada bueno, y mi balcón luyanero es un autorehab vitamínico y tortuoso).
Por hoy está bueno ya. Me despido del flamboyán maravilloso y me retiro a mi sanctuarium, donde las aletas del ventilador echan vapor por aire como las narices de mi dragón cerebral.
Espero poder detener esto del derretimiento y atardecer en una pieza.
Chau-hasta-mañana!
Oct 13, 2009
¿La novia de mi hermana me quiere matar?
Aug 25, 2009
morelliana
Aug 2, 2009
habanemia (textospAqué) primera entrega
Dec 9, 2008
desmoronamiento habanémico

Caminábamos por Galeano ayer Jaad y yo, buscando un lugar para tomarnos una malta y hablar un poquitico antes que nos separáramos, cada uno a su respectivo lugar.
La ciudad era el colmo de la decadencia, el lugarcito ni siquiera apareció, y el espíritu del Festival de Cine, gente en la calle, movimiento nocturno, en general vida citadina, era nulo.
Cuando llegué al Vedado había gente en las colas de los cines, pero eran moderadas, y para ser sábado nocturno, en general, escasa.
Jaad me decía cuando vimos a los que detrás de los cristales ocupaban los Rápidos decadentes que le parecía estar mirando una prisión, personas encarceladas por su propia voluntad en sus míseras vidas. Ernestico me pide que le escriba un post al Festival, al supuesto ambiente supuestamente festivalero, pero las ganas de hacerlo son tan escasas como la vida en la Habana.
Como la gente en los cines. La gente permanece como la ciudad que habita: estancada, inamovible. Como si no pudiera respirar y se quedara sin aliento.
La calidad de las películas que se presentan cada año desmejora, eso es ya habitual. Cada año hay menos cosas interesantes que poder disfrutar en cuanto a contemporaneidad y en cuanto a todo. Los tantos festivales independientes que existen acá nos son por completo ajenos y desconocidos, porque como siempre la información queda atrás.
Lo nuevo, lo último , lo más novedoso se retrasa hasta el espanto, falta la chispa global del ritmo alucinante del mundo allá afuera. De un mundo despierto.
La ciudad es como un cangrejo anidado metros y metros de arena que se demora mucho en salir a la superficie y prefiere entonces no hacerlo, la oscuridad de la cueva allá abajo le es más confortable. Algo no puede pasarse por alto a los que salen de sus nidos y asoman las antenas: los policías se multiplican y las calles se vacían. Horror mudo. Estado de sitio. Sombras ennegrecidas.
Los operativos en las calles son tan evidentes que ayer en la noche llegué a pensar que habían más de ellos que de nosotros, ciudadanos normalmente adormilados.
La ciudad es lenta. Se encangreja o se encaracola en sí misma. Se hace odiosa. Y la nube de hastío crece y la cubre. No participamos de un Festival, de ninguna fiesta de la imagen, ni de una alegre ciudad llena de luces navideñas, somos parte testimonial de un desmoronamiento inevitable de todas las cosas en un tiempo adagio o de marcha fúnebre. El desánimo traducido en cada rostro cansado, demasiado tranquilo.
Puede decirse que los aires son infelices en este “invierno” inventado de frentes fríos casuales. Puede decirse que la Habana es un cementerio más que una cárcel.
La tristeza del que llega después de un tiempo como Jaad y la descubre descendiente y vertiginosa en cámara lenta es incomparable a mi propia tristeza más empañada cada día.
Hay algo paralizado y mustio que no permite la menor reacción, la mínima sacudida, el sobresalto característico de los vivos.
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beso
**** lia
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"Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.
Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico"
Virgilio Piñera
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Dec 4, 2008
diario noctámbulo cinéfilo

Después de revisar el correo y enterarme gracias al buen Anónimo que a Yoani la habían citado, recibo la llamada de Claudia contándome que a su vez acababa de recibir su pertinente citación y me necesita mañana con la cámara, pero no la tengo y le he cogido pánico o algo parecido a salir de noche con la laptop, lo que ciertamente es nada recomendable, menos si se trata de lugares intrincados e inhóspitos como le llama Gorki a la periferia en la que habito por fatalidad geográfica, que se extiende, en realidad, a todo el territorio nacional. Yo sola en tales parajes azarosos para mal, no tengo ningún lío, pero me da cosa sacar el juguetico y prescindir de su disfrute un poco más porque algún enérgumeno delicuente en potencia venga y me lo arrebate, o, en el peor de los casos, que un policía asignado me la decomize. Para el carajo, no debería ser tan fácil para ellos así que lo evito.
La tranquilizo a la Claudita y me apuro un poco, luego de observar a mi madre hipnotizada mirando a la pared con el NTV delante y Resillez en MUTE resingando en lenguaje periodístico. Mueve sus labios, mi madre, para recriminarme maquinalmente la hora a la que salgo.
La película empezaba a las ocho. Salgo a las y media. Optimista a ciegas del portero a cargo en el Acapulco que tenga la bondad de permitirme entrar. Me paro a desperdiciar más minutos en el oscuro y árido semáforo de Vía Blanca y Fábrica, hasta que un auto se detiene con la verde: siempre suele funcionar mi apariencia de niña perdida mirando el asfalto en la oscuridad; a los tipos les conmueve y me libran del peligro, supongo que llegan a sentirse heroicos con tal acto de beneficencia, recoger a la pobre muchacha sola en medio de ninguna parte. Agradezco y me paso el cinturón por encima. Me deja en Vento y Lacret, donde enseguida me monto en una fantasmal ruta 174 fría y vacía y oscura como la misma calle. Una vez dentro se me pasa la Ciudad Deportiva porque el chofer no respeta las paradas y va a millón. Decido cambiar las Flores de Cereza alemanas por la sueca del Riviera. En G y 25 corro hacia el cine y el portero no se deja convencer, el administrador lo vigila de cerca.
Me dejo llevar nunca derrotada Rampa abajo y después de la común reprimenda del funcionario del cine que me deja entrar pero se desahoga un minuto diciéndome que yo soy menos que nada y que sólo las personas acreditadas pueden pasar siempre que les de su reverenda gana, pero las gentecitas como yo no tienen ningún derecho, ¿queda claro?, entonces sube… Agradezco de nuevo, me paso la vida agradeciendo siempre por alguna cosa, pidiéndole siempre algo a alguien. Y eso que siempre me las agencio para conseguirme las credenciales y si se trata de colarse en cualquier parte soy experta. No me acostumbro al NO que rige nuestra ciudad.
El final de Lady Jane resulta revelador con un proverbio ¿marrueco? que dice que la venganza es una mosca chocando en el cristal, algo así. Bajamos masivamente por la salida de emergencia, una escalera de incendios espeluznante enrejada hasta el techo que sale a la calle O, por donde cruzo 23 y sigo hasta el Nacional en busca de cualquiera, mi hermana por ejemplo, que debe andar por ahí con Nailé y la hermana, que es médico y hacen como que celebran “su día”, se lo toman en serio. EL Nacional también está semi vacío, sin la concurrencia habitual que sospechaba. Al parecer todos están metidos en los cines. Para se miércoles las calles están demasiado vacías. Y bueno, no hay nadie conocido. Ni siquiera en 23 encontré a nadie, 23 donde las caras chocan y se reconocen hasta el cansancio.
Pienso que después de todo no conozco a tanta gente. Todavía. Lo que es relativamente bueno. Quiero decir que la mayor parte del tiempo no viene mal si se prefiere la propia compañía, la confortabilidad del yo sin nadie más molestando cerca.
Empujo la pesada puerta de los Jardines y tropiezo con una turista nórdica que trata de salir en lo que yo entro, nos sonreímos, yo por pura educación y ella tal vez por mi apariencia entre informal y estrafalaria que adopto los días, mejor dicho, las noches invernales.
Me siento en el lobby después de recorrer los Jardines, también sin mucho movimiento, y nadie apareciese. Me siento a escribir los quince minutos que dispongo antes de correr de nuevo por 21 hasta el Riviera. Antes de salir me ha dado tiempo a meter en mi pequeño bolso unas hojitas y un plumón rosado junto a las llaves y el menudo para la guagua.
21 resulta más desolada todavía, fría y llena de murciélagos atolondrados que vuelan de una acera a la otra, de los árboles a los balcones. De donde salta una voz femenina rodeada de un tumulto de risas disparejas que dice “¿y los intelectuales, qué? Sigo rápido y paso por detrás del Coppelia, una especie de parqueo arbolado que siempre me ha parecido siniestro, quizás porque tengo memorias de la niña aquella que vivía en la calleja que desemboca al restorán La Carreta y a la pequeña embajada de la India cruzando la calle. Cuando estudiaba en la escuela de música ella era unos años menor y cantaba y actuaba y era una talento prematura que todos adoraban por bella y virtuosa. Un día desapareció descuartizada por su padre según el rumor, justamente después de ser la “Muerte” de Titón en su última película, Guantanamera, de Tabío. Una Muerte encantadora de rizos dorados vestida de negro.
Llego al siempre mal iluminado parque de H y 21, fiel a los amantes y ladrones y pajuzos noctámbulos, y a los fumadores y los solitarios y hasta a la pandilla de los “Caínes”, familia numerosa dedicada al hurto indiscriminado que habita en una especie de solar-casona en J y 19 y que tiene una merecida mala fama que acumula años.
Tres minutos atrasada, sofocada, entrego mi boleta al mismo que no me ha dejado entrar hace dos horas y un poco.
Apúrese, me dice, la película ya empezó.
Es otra vez francesa, muy lenta, extremadamente, con ese ritmo que intenta reproducir el tiempo real y exaspera. Un drogadicto no sabe qué hacer con su vida y estropea la que comparte con su mujer austriaca y su hija de cuatro años. Aburre, nada pasa. Todo es predecible y los personajes carecen de todo signo de vitalidad, la historia es demasiado forzada y para colmo deja cabos sueltos que aparentan no tener la menor importancia. Los actores son malos. El final es funesto. Tout est pardonné, lleva por título, pero no le perdono a la directora Hansen-Love que me haya hecho perder el tiempo tan miserablemente con tan insípida narración, a pesar de agradecerle aunque fuera los exteriores en París y alguna que otra canción rara en la banda sonora.
Salgo decepcionada y frustrada: es mi primer fracaso festivalero y esta vez no quiero ser una víctima frecuente por no saber escoger qué película ver.
Antes tenía el sistema de preguntarle a la gente con la que no tengo empatía cuáles les habían gustado, para desecharlas de mi futura elección, pero en mi plan solitario esto no debería contar para mucho.
No quiero hablar con nadie, tener el más mínimo contacto y provechar el tiempo.
Me dirijo a mi odiosa parada del Coppelia a esperar el P-1, donde ya hice mío el “banco de acusados” en el episodio del tenis conflictivo, pues por alguna razón siempre lo hallo desocupado, como esperándome para sorprenderme. Pero es de noche, y tarde, y ningún agente debe andar acechando, supongo, aunque el peligro siempre está en el aire, nunca se sabe, y me acuerdo de Claudita al teléfono advirtiéndome que no cogiera lucha y esperara mi respectiva citación que no se iba a demorar tanto, sólo que en barrios como los míos todo lleva su tiempo, las cosas tardan más de la cuenta. El arribo del P-1 me saca del lapsus mortificante y por fortuna dentro también me aguarda un asiento vacío. El respaldar de los asientos de estas nuevas Yutong articuladas que ruedan por La Habana tienen un acrílico con la propaganda china de unas nubes en un cielo azul y una carretera en las montañas, o en la playa, no recuerdo bien...
Alguien de los que quieren permanecer anónimos en habanemia me dio la idea sin querer de que se podía introducir papeles por ahí.
Así que no lo pienso más y saco mi plumón rosado y me pongo a dibujar discretas letras en una hojita. Escribo la frase “estamos en las nubes”, lo que se me ocurre en el momento, porque recuerdo el graffiti supuestamente de Marcel, de la cátedra Arte-Conducta de Tania Brugueras, que la pone encima de un cerebro. Pero mi intento de meterla detrás del acrílico no funciona, el papel es muy frágil y las puntas se doblan. Desisto. Y cuando levanto la vista hay una española preciosa –habla alto, por encima de la música espantosa de la emisora radial que reproduce la canción los santiagueros infames Cola Loca, al estilo de Hoyo Colorao, mismo nivel de espanto a los oídos, su éxito “la estafa del babalao” que mucha gente dentro canta- sentada en frente, a una fila de asientos, intercambiando con la señora de al lado su tarjeta personal y agradeciendo el trozo de papel arrancado que le ha dado ésta con sus datos. Estrujo el papel y se me ocurre que es eso lo que necesito, un cartoncito. A partir de mañana andaré con cartoncitos con chispeantes frases de colores para los pasajeros cansados y atribulados, para los más hipertróficos. Pienso en la poesía de los metros europeos. Sin duda todos quiero una ciudad mejor. Me acuerdo de la postura escandalizada de Raúl Aguiar cuando califiqué de “deliciosa” a mi personaje femenino del cuento que me tocó leer en el cardocentro delante de todos. Dijo que esas apreciaciones desde el narrador-mujer sobraban, eran gratuitas y especulativas. Lo descubrí morboso y ruinosamente machista y la escasa estimación que me quedaba por él descendió otro poco.
Tanta gente miserable. Como sea, la insólita y preciosa españolita del P-cosa más allá de 4 Caminos, entrando en los pasajes reales a lo desconocido, me facilitó la idea de los cartoncitos.
En mi pasado post otro país no quise mencionar que La Habana en Festival siempre experimentaba cierto cambio, una mínima y conveniente transformación multiplural que me parece perdida por completo. Ya no se percibe esa cosmopolita ciudad y el color diferente cada día se desgasta más. Cuando desandaba 21 me visualicé en una calle de “otro país”, donde los lenguajes se mezclaran y la voz femenina dijera algo inidentificable preferentemente en vez de un perfecto idioma conocido inteligible.
Dejo pasar mi parada y le pido un chance al chofer, que coquetea con una mulata, en el semáforo intermitente después de las doce.
Me bajo dejando atrás la noche dentro del ómnibus y su color local.
Termino de escribir a mano porque encuentro mi laptoc asaltada por ciertas fans a Grey´s Anatomy que están ideitizadas frente a la pantalla. Cojo la cartelera y me programo fantasiosa todo el día de mañana-hoy desde las tandas más tempranas en numeritos rosados circulados. Nunca voy a estar despierta supongo antes de las tres de la tarde, aun cuando Claudia me llame después de las dos al final de su citación policial, ni siquiera le pregunté si era en la estación ya familiar para mí, Ciro y Yoani, de 21 y C, para advertirle que llevara abrigo porque dentro hay un aire acondicionado del demonio.
Me voy a la cama con Ánima Fatua de Ana Lidia Vega y huyéndole al humo de la fumigación de abajo que se ha colado por las puerta abierta del pasillo.
Mañana más. Au revoir!
los comments at the moment:
3:27 PM
Jorge Pedro ha dejado un nuevo comentario en su entrada "diario noctámbulo cinéfilo":
Ñoj, qué clase de guanaja malcriada twere. Bravita con mamita porque mamita protesta porque sales tarde, bravita con la directora porque no hizo la película como a ti te gusta, bravita con Raúl Aguiar porque te dio una opinión crítica... clase verraca. Oye, las veces que OLPL te dijo que eras genial, ¿no te acuerdas que se le estabas mamando, mija? ¿La vez que ganaste el premiecito aquel, no recuerdas que la otra putica te dijo "Qué pinga más sucia tenía el viejo aquel, lo que yo hago por ti, mi amiga"? ¿Las veces que estos lameculos web te dicen que eres una heroína, no es después de haberte visto las tetas de perra esas? Despierta y huele el napalm, menor mental.
a las jue dic 04, 11:27:00 AM PST
4:02 PM
Anónimo ha dejado un nuevo comentario en su entrada "diario noctámbulo cinéfilo":
Y tu cerdo asqueroso de Jorge Pedro. Primera oprtunidad de entrar a un blog y ver tu defecacion repugna.
Publicado por Anónimo para hechizamiento habanémico hebdomadario a las jue dic 04, 12:01:00 PM PST
9:45 AM
Jorge Pedro ha dejado un nuevo comentario en su entrada "otro país":
Ay, rata, no te hagas el caballero andante que esta de Dulcinea no tiene ni el diámetro vaginal. Además, cualquiera menos tú, que saliste rajando pa Ejpaña y llevas tanto allá que ya andas hablando como gayego, puaj.
a las jue dic 04, 05:44:00
Dec 1, 2008
Bolita, de Aleka
Bolita
Lo tenía en una cajita de jugos de manzana Tropical Island
-fíjate bien bolita azul, cosita tierna y esponjosa ni te pienses que te vas a salvar. Agarra el otro extremo y aguántate bien. A la cuenta de tres debes dejarte caer, si sientes miedo será mejor, así que no lo escondas, no lo evites, el miedo, es nuestro verdadero objetivo. Muy bien, ya estas allí, ¿ves? no era taan difícil. Puedes gritar, gritar es bueno. Ahora, para que no se rompa, ve desprendiendo tus mechones, déjalos caer.
Prefirió no ponerle nombre, para no encariñarse demasiado, así que para acortar, le decía Cosita. Y Cosita había crecido mucho desde que lo atraparon. Le gustaba revolcarse por la tierra, ver caminar a los ciempiés y desayunar mariposas. Pero ahora pendía y ya estaba cansado de gritar, así que comenzó a hacer lo que le ordenaban, y mechón a mechón había contado cinco arrancadas, pero le dolía demasiado como para no quejarse.
-ah, prometiste que te portarías bien, y así todo sería más rápido. Si sigues así no podremos hacerlo tranquilamente y tendré que usar el bolsito verde. Tú sabes lo que hay en el bolsito verde, porque me viste mientras lo organizaba. Entonces ¿por qué quieres que lo use? ah, no quieres, pues ya, sigue desprendiendo los mechones, ya te falta poco. Anjá, ya, si si, sigue, uno más, bien, ¿viste? Ya terminó, no fue tan malo, ahora es mejor, ahora no se va a romper.
Hace dos días, envuelto en la colchita rosada había rodado hasta los pies de la cama. Allí lo atrapó y lo tuvo un buen rato sin casi dejarlo respirar. Lo puso entre sus piernas y sólo entonces lo dejó salir. Sería castigado por intentar escapar, no tenía opción, debía pasarle la lengua hasta que terminara, y eso podía durar toda la noche. Casi se ahoga esa vez, pero finalmente lo dejó dormir cuando ya casi amanecía. El resto del día fue como si aquello nunca hubiese sucedido.
Ya no tenía ni un solo mechón. Era de un azul trasparentoso, se podían ver sus órganos pequeños y apiñados con bastante claridad, y los ojos más grandes y más azules que antes.
-bien, has sido bueno, así que podemos pasar al próximo paso, ¿lo recuerdas? te lo expliqué ayer, ah, nunca te acuerdas de nada. Tendré que abrir el bolsito. No, no grites, es necesario, pero no te preocupes elegiré bien. Sí, este estará bien, ¿qué crees?
¡No te gusta! No grites más o va a ser peor, así, tranquilo. Este está bien, es perfecto.
Sigue aguantándote, voy a ponerte más arriba ahora. Bien, eres una Cosita tierna, ahora quieto. Si quieres llora, pero ya no soporto que grites así que contente. A ver, levanta. Lo estoy haciendo lo más suave que puedo. ¡Mira! Uy es roja, yo pensé que sería azul, me decepcionas.
Enjabonado podía rodar sobre las losas como cualquier pelota enjabonada. Lo pateaba de una esquina a otra, le encantaba el quejido que hacía cuando rebotaba contra las paredes, y cuando se cansaba lo dejaba flotar en la bañadera por horas. Luego lo dejaba tendido en el patio, escurriéndose después de haber sido exprimido y sacudido, le gustaba el crack de sus huesitos cuando lo exprimía.
Tenía los ojos encharcados, no podía ver casi nada. Sentía cómo los chorros calientes corrían por él y salpicaban en el piso.
-ahora vamos a bajarte, ya estas seco. Tremendo reguero que has formado, yo que pensé que sería bonito, diferente, espero que ahora sí no me decepciones. A ver…este y este y…este, ya, esta es la última vez que tendremos que usar el bolsito verde, no puedes negar que he elegido muy bien todas la veces.
Vamos a ponerte boca arriba, así. Estas suave, quitemos lo que queda de esto, ah, ¡que bien! Sabía que eras diferente. Ahora usaremos esto para sacarlo. Que lindo eres, mira este amarillo, y este otro púrpura, sin dudas eres el mejor hasta ahora, ¡mi Cosita linda, tierna y esponjosa! Los pondremos en estos pomitos, aquí estarán bien y duraran mucho mucho tiempo. Ah, bueno, ya está, ahora recoger esto en esta bolsita, lo tiramos y punto. Uy, que tarde es, ya casi se hace de noche, vámonos bolsito verde, hoy hay pastel de chocolate después de la comida.
Alexandra Ramos,
Nov 12, 2008
escenas domésticas


Hermana le saca punta a sus lápices.
No hay plumas. Se perdieron, se acabaron, se quedaron sin tinta.
Yo la espío descascarando un huevo en la cocina. Esta caliente y tengo que pasarlo de una mano a la otra como.
Es el último huevo. Se acabaron también.
Se perdieron, se quedaron sin huevos las carnicerías de La Habana.
Madre cierra la puerta. En tres minutos regresa con el pan, quemado, y una cara cansada.
La imagino acabándose poco a poco.
Despego un gollejo perfecto de una naranja en miniatura, verde.
Es mi desayuno: huevo y naranja, y una copa de vino. Nazareno. Después café. Toneladas.
Succiono el jugo hasta que se termina.
Tengo la mente en blanco. Tengo en la mente jugo de naranja verde.
Con lápiz no se escribe igual que con pluma. El lápiz es un poco estéril, impotente.
La tinta fluye como todo líquido, como el jugo de naranja en mi esófago.
Pongo mi cara cansada: me pesa el cansancio de escribir a lápiz, de ver cómo hermana se cansa de sacarles punta.
Tengo en los oídos el duro tecleo de madre cuando se sentaba frente a la viaja Olimpya.
Tacatacataca. Ella sí que le daba duro a esa cosa.
Y no conserva ni uno solo de sus escritos.
Tacatacataca, le doy yo suavecito a la nueva Toshiba.
Las teclas se hunden antes de que mis dedos puedan reaccionar.
Todo tan inmediato que mi mente vuelve a quedarse en blanco.
Tengo un perfecto documento en blanco en frente para succionarme lentamente.
Madre en la cocina prepara el almuerzo.
Ha comprado pepinos chinos en el puesto. No sabe si son de verdad chinos o solo es una forma de llamarles. Hay una invasión china allá afuera, dice.
Hay una invasión china allá afuera, respondemos hermana y yo.
Los lápices son todos chinos.
Los ómnibus, la gente dentro.
Las imágenes de la pantalla en la sala de la casa.
Todo chino.
Aunque de vez en cuando un haikú japonés para calmarnos, con un Nazareno de Chile o un Royal Tea.
Un palito tallado surcoreano para agarrarnos el pelo de tanto calor.
Una película polaca para resistir el sueño. Cantos tibetanos para no resistirlo.
¿Cuánto chinos habrá por cada cubano residente en los lugares más remotos?
Aug 8, 2008
desintoxicación casera, doméstico amanecer
Las cinco y media a.m. en Luyanó, barrio natal, zona industrial contaminante.
Casa familiar. Una madre, una hermana, su novia -todas duermen- y un gato desaparecido tras mi propia desaparición, no comentarios, no arrepentimiento.
Dulce hogar, larga madrugada. Me estiro en el balcón, sé de quién sentirá nostalgia…, respiro el rico frío que hace que te erices y te olvides de pronto que es agosto en La Habana. Ciudad infernal, mes infernal. Disfruto el poco tiempo antes de la salida del astro fatal, antes del ruido inminente de la mañana nueva. La gente ha puesto sus despertadores para las ocho cuando comiencen las Olimpíadas.
Así se olvidan, como en el Coliseo. Así se calman.
Pasa el primer trabajador no trasnochado silencioso, rozando las patas de mezclilla, a pasos largos apurados, mochila al hombro. Le sigue a distancia prudencial un viejo con gorra vestido de claro, arrastrando sus tenis gastados. Lo demás es lo mismo: un carro moderno con reguetón en la reproductora –hay estómagos para todo-, una guagua ruidosa, un bicicletero cansado. En mis audífonos PPR me despereza y eructo el café ingerido a grandes cantidades mientras los trenes y las sirenas del puerto concertaban los minutos, frente a la pantalla adictiva. Dos gatos negros, quizás hermanos, muy flacos, se cruzan y continúan juntos su trayecto al basurero, dos tanques verde oscuro semi-volcados para facilitar el trabajo de los buzos noctámbulos del barrio. Cafeína, El Idiota, una que otra película, la biografía de Nico, tres horas diarias de sueño obligatorio: casi una semana entera de desintoxicación citadina. Suficiente.
La última experiencia fue la madre del Yoss dando gritos de angustia, llamando a la policía y repartiendo bastonazos a la azorada concurrencia desenfrenada que no cabía en las habitaciones. No, la última experiencia citadina fue después, pero es secreto de estado, qué le vamos a hacer… Luego la huída, la bienvenida hogareña antifelina.
(Sólo a los niños pequeños se les botan las mascotas sin mayor explicación, pensaba yo).
Este post va dedicado a los Porno, banda amiga que nos permite a algunos muchos terminar nuestros días o nuestras noches un poco más alegres, un poco menos hastiados.
Luis Trápaga
Cuba Fake News
guamañanga!
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