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Adagio de Habanoni
Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo
mi habanemia
La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.
Sus fidelidades están en pie.
Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.
Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.
Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.
Tiene un destino y un ritmo.
Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.
Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.
Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.
La Habana conserva todavía la medida humana.
El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.
Lezama
El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.
No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.
Lezama
desmontar la maquinaria
Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.
La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.
Giles Deleuze / Felix Guattari
…podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.
José Lezama Lima (La cantidad hechizada)
...
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.
La incoherencia es una gran señora.
Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.
Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.
Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.
Virgilio Piñera
(carta a Lezama)
ay
Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.
Lezama
#VJCuba pond5
Pingüino Elemental Cantando HareKrishna
o la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
Libertad para Danilo
Dec 4, 2009
Nelson Rivera: El cíclope autoritario
Jun 1, 2009
VOZ DE LOS QUE NO TIENEN BLOG

QUE LOS BLOGUEROS SEAN
VOZ DE LOS QUE NO TIENEN BLOG
¡Solidaridad!
Es nuestro llamado a todos los que tienen la oportunidad de tener un blog, pagina en Internet y cualquier medio de difusión. Justo es defender el derecho al uso de Internet para que cada cual pueda expresarse y proyectarse a si mismo, inclusive en un blog, especialmente en Cuba donde no existe este derecho. Pero lo que hace hermoso y más humano este medio es su uso en la solidaridad.
Felicitamos a los blogueros cubanos por esta iniciativa de proclamar el derecho de las personas a Internet y por su valor en la lucha por la liberación de la verdad, que está presa en Cuba.
Reclamemos este derecho para todos y demos buena parte del espacio y creatividad a millones de cubanos que no tienen blog, porque no tienen voz. Que no tienen Internet, que no tienen computadora, que son vigilados y reprimidos y que ni siquiera puedan expresarse con libertad, porque antes de hablar, simplemente hablar, tienen que mirar hacia los lados porque les vigilan. En Cuba la palabra también es prisionera.
Nuestro homenaje hoy y nuestra solidaridad siempre, para miles de cubanos que sin blog, sin Internet, sin ningún medio de difusión, son profetas de la libertad y en condiciones de persecución proclaman el derecho a los derechos de los cubanos por todo el país. Ellos son nuestros hermanos y compañeros de lucha, dentro y fuera de Cuba, llamados disidentes o también opositores a la tiranía. Hoy está en marcha un diálogo dentro de Cuba del que brota la demanda de todos los derechos para todos los cubanos (www.cubadialogo2009.org).
Mientras tanto, otros, valiéndose de los medios de difusión de que disponen y desde posiciones ventajosas y seguras, pretenden descalificar a nuestra disidencia cubana, solo por su pobreza material, por su falta de medios, por ser muy reprimida mientras el mundo nos abandona o por no tener muchos blogs, como si desde sus vitrinas, pudieran negarnos, a nosotros los disidentes, nuestro lugar y nuestra determinación en la lucha real por la libertad de Cuba.
Nuestro homenaje a los cubanos del destierro que ofrecen su espacio en Internet y en otros medios a sus compatriotas de la isla. Nuestra gratitud para los que sin ser cubanos son solidarios y ofrecen su voz al servicio de nuestro pueblo.
El Proyecto Varela entre otros derechos está demandando que se garantice a los ciudadanos: 1.A.2 Los derechos a la libertad de expresión y de prensa, de manera que las personas, individualmente o en grupos, puedan manifestarse y expresar sus ideas, creencias y opiniones por medio de la palabra hablada y escrita y por cualquier medio de difusión y expresión.
En estos momentos decenas de activistas cívicos, aunque son perseguidos, siguen promoviendo, en muchos rincones de Cuba, este proyecto por los derechos de todos los cubanos. Y nada nos detendrá, ni nos desalentará.
Llamamos a que todos los blog y paginas cubanas y del mundo, reclamen cada día la liberación de los que dentro de Cuba están en prisión por ejercer y defender la libertad de expresión y todos los derechos de los cubanos.
Hace sólo dos días uno de estos prisioneros, Tony Díaz Sanchez, fue extraído de la sala de penados del Hospital Militar de La Habana en la que estaba ingresado y llevado a la prisión de Canaletas en Ciego de Avila y confinado en una jaula pestilente, donde no puede estirar los brazos sin chocar con las paredes y el agua que se filtra gotea sobre la loza que le sirve de cama. Es sometido a esta tortura por defender su propia dignidad y los derechos de todos los cubanos. También el derecho de expresión y de tener Internet.
No olvidamos que muchos en el mundo sufren represión y prisión por defender estos derechos. Llegue a ellos nuestra solidaridad. Especialmente, hasta una mujer, Aung San Suu Kyi, que en la lejana Birmania es reprimida por otra dictadura, por defender los derechos que nosotros defendemos en Cuba. Que todos los blogueros sean voz de los que no tienen blog.
Oswaldo José Payá Sardiñas
Carlos Alberto Payá Sardiñas
La Habana, Cuba, 1 de Junio de 2009
DEL HOSPITAL A UNA JAULA DE CASTIGO, PRISONERO DE CONCIENCIA CUBANO
Antonio Ramón Diaz Sánchez, uno de los Prisioneros de la Primavera de Cuba, condenado injustamente a veinte años de prisión, fue trasladado el pasado día 30 de Mayo desde el Hospital Militar de la Habana a la prisión de Canaletas y confinado en una celda de aislamiento en condiciones inhumanas.
Tony Díaz, como se conoce a este gestor del Proyecto Varela que es uno de los líderes del Movimiento Cristiano Liberación, llevaba ocho meses recluido en el Hospital Militar debido a una complicada dolencia intestinal. Su enfermedad fue diagnosticada, como “colitis ulcerosa o inmunológica”, en hospitales de Holguín y Ciego de Avila, respectivamente, mientras estuvo confinado en prisiones de esas ciudades. Antes de este traslado la Seguridad del Estado propuso a la familia de Tony Díaz, que si este aceptaba vestir el uniforme de presidiario, sería internado en una prisión cercana a la Ciudad de la Habana y con mejor régimen. Como Tony no aceptó este chantaje, le castigan enviándole a una prisión situada a unos 500 kilómetros de su casa.
La celda en que está confinado Antonio Díaz Sánchez, quien estudiaba la carrera de Derecho cuando fue injustamente encarcelado, tiene dimensiones de una jaula, con un hueco para las necesidades y una losa que sirve de cama en medio de la oscuridad y humedad permanentes y sin ninguna comunicación al exterior. Esta situación de confinamiento en condiciones inhumanas que daña su salud y le causa dolor y malestar permanente es la tortura física y psicológica con que se castiga a un ser humano que sólo está defendiendo su dignidad en condiciones de total desventaja física pero con toda la razón moral.
Hay un evidente ensañamiento con este prisionero por parte del Gobierno de Cuba que es responsable de las condiciones inhumanas en las prisiones de nuestro país. Fue el Gobierno quien ordenó el encarcelamiento, los juicios sumarios y arbitrarios y las altas condenas contra Tony Díaz y contra otros muchos periodistas y defensores pacíficos de los Derechos Humanos, sin que hayan cometido violencia, ni espionaje ni delito alguno, sino por haber defendido los derechos de los cubanos de manera pacífica y transparente.
Deténgase este abuso despiadado contra un cubano sobre el que cae la fuerza desproporcionada y cruel de un estado totalitario que no soporta no poder doblegar un espíritu indoblegable.
Oswaldo José Payá Sardiñas
Coordinador del Movimiento Cristiano Liberación
La Habana, 1 de Junio de 2009
Jan 21, 2009
El derecho a la pereza, Pablo Lafargue *el yerno de Marx...
EL DERECHO A LA PEREZA
(Extractos)
Paul Lafargue
Capítulo 1: Un dogma desastroso
"Seamos perezosos en todo, excepto en amar
y en beber, excepto en ser perezosos"
Lessing
Una extraña pasión invade a las clases obreras de los países en que reina la civilización capitalista; una pasión que en la sociedad moderna tiene por consecuencia las miserias individuales y sociales que desde hace dos siglos torturan a la triste Humanidad. Esa pasión es el amor al trabajo, el furibundo frenesí del trabajo, llevado hasta el agotamiento de las fuerzas vitales del individuo y su progenitura. En vez de reaccionar contra esta aberración mental, los curas, los economistas y los moralistas han sacrosantificado el trabajo.
(...) En la sociedad capitalista, el trabajo es la causa de toda degeneración intelectual, de toda deformación orgánica.
(...) Los griegos de la gran época no tenían más que desprecio por el trabajo: solamente a los esclavos les era permitido trabajar: el hombre libre no conocía más que los ejercicios corporales y los juegos de la inteligencia. Fue aquel el tiempo de un Aristóteles, de un Fidias, de un Aristófanes; el tiempo en que un puñado de bravos destruía en Maratón las hordas del Asia, que Alejandro conquistó enseguida.
Los filósofos de la antigüedad enseñaban el desprecio al trabajo, esta degradación del hombre libre; los poetas entonaban himnos a la pereza, este don de los dioses (...).
Cristo, en su sermón de la montaña, predicó la pereza:
"Contemplad cómo crecen los lirios de los campos; ellos no trabajan, ni hilan, y sin embargo, yo os digo, Salomón, en toda su gloria, no estuvo mejor vestido".
Jehová, el dios barbudo y áspero, dio a sus adoradores supremo ejemplo de la pereza ideal: después de seis días de trabajo se entregó al reposo por toda la eternidad.
¿Cuáles son, en cambio, las razas para quienes el trabajo es una necesidad orgánica? (...) ¿Cuáles son la clases que aman el trabajo por el trabajo? Los campesinos propietarios, los pequeños burgueses (...).
Y también el proletariado, la gran clase de los productores de todos los países, la clase que, emancipándose, emancipará a la Humanidad del trabajo servil y hará del animal humano un ser libre, también el proletariado, traicionando sus instintos e ignorando su misión histórica, se ha dejado pervertir por el dogma del trabajo.
Capítulo 2: Bendiciones del trabajo
(...) ¡Y decir que los hijos de los héroes de la Revolución de han dejado degradar por la religión del trabajo hasta el punto de aceptar, en 1848, como un a conquista revolucionaria, la ley que limitaba el trabajo en las fábricas a doce horas por día! Proclamaban como un principio revolucionario el derecho al trabajo. ¡Vergüenza para el proletariado francés! Solamente esclavos podían ser capaces de semejante bajeza.
El mismo trabajo que en junio de 1848 reclamaron los obreros con las armas en la mano, lo han impuesto ellos a sus familias; ellos han entregado a los señores feudales de la industria sus mujeres y sus hijos. Con sus propias manos han demolido su hogar doméstico, con sus propias manos han secado el pecho de sus mujeres. Las desgraciadas encinta o amamantando a sus pequeñuelos han tenido que ir a las minas y a las manufacturas a doblar la espalda y a atrofiar sus nervios. Ellos, con sus propias manos, han destrozado la vida y el vigor de sus hijos. ¡Vergüenza para los proletarios!
(...) Los filántropos llaman bienhechores de la Humanidad a los que, para enriquecerse sin trabajar, dan trabajo a los pobres. Más valdría sembrar la peste o envenenar las aguas que erigir una fábrica en medio de una población rural. Introducid el trabajo fabril, y adiós alegrías, salud, libertad; adiós todo lo que hace bella la vida y digna de ser vivida.
Y los economistas no se cansan de repetir a los obreros: "¡Trabajad, trabajad para aumentar la fortuna social!" Es, sin embargo, un economista, Destut de Tracy, quien les contesta:
"Las naciones pobres son aquellas en que el pueblo vive con comodidad; las naciones ricas son aquellas en que, por lo regular, vive en la estrechez."
(...) Pero los economistas, aturdidos e idiotizados por sus mismos aullidos, responden: "Trabajad, trabajad sin descanso para crear vuestro propio bienestar".
(...) Trabajad, trabajad, proletarios, para aumentar la fortuna social y vuestras miserias individuales; trabajad, trabajad para que, haciéndoos cada vez más pobres, tengáis más razón de trabajar y de ser miserables. Tal es la ley inexorable de la producción capitalista.
Los proletarios, prestando oídos a las falaces palabras de los economistas, se han entregado en cuerpo y alma al vicio del trabajo, contribuyendo con esto a precipitar la sociedad entera en esas crisis industriales de sobreproducción que trastornan el organismo social. Entonces, a causa de la plétora de mercancías y de la escasez de compradores, se cierran las fábricas, y el hambre azota las poblaciones obreras con su látigo de mil correas. Los proletarios, embrutecidos por el dogma del trabajo, sin comprender que la causa de su miseria presente es el sobretrabajo que se impusieron en los tiempos de pretendida prosperidad, (...) en vez de aprovecharse de los momentos de crisis para una distribución general de los productos y para un goce universal, los obreros, muriéndose de hambre, van a golpear con sus cabezas las puertas de las fábricas. (...) Y esos infelices, que apenas tienen fuerzas para sostenerse en pie, venden doce o catorce horas de trabajo por la tercera parte del precio que exigían cuando tenían pan sobre la mesa. Y los filántropos de la industria se aprovechan de estas crisis para fabricar más barato.
Si la crisis industriales suceden a los períodos de sobretrabajo tan fatalmente como la noche al día, arrastrando consigo la huelga forzada y la miseria sin salida, producen también la bancarrota inexorable. (...) Llega, finalmente, la quiebra, y los depósitos desbordan; se arrojan entonces tantas mercancías por la ventana, que no se comprende cómo hayan podido entrar por la puerta. Se calcula en centenares de millones el valor de las mercancía destruidas; en el siglo XVIII se quemaban o echaban al mar.
Pero antes de tomar esta decisión, recorren los comerciantes el mundo entero en busca de salida para las mercancías que se amontonan; chillan y gritan por la anexión del Congo, la conquista de Tonkin, de la Eritrea, del Dahomey, obligando a los Gobiernos a demoler a tiros de cañón las murallas de la China, con el único fin de poder despachar sus géneros de algodón. En el siglo XVIII tuvo lugar un duelo a muerte entre Francia e Inglaterra para decidir quién gozaría el privilegio exclusivo de vender en América y en las Indias. Millares de hombres jóvenes y vigorosos han tenido que enrojecer el mar con su sangre en las guerras coloniales de los siglos XVI, XVII y XVIII.
Los capitales abundan como las mercancías. Los financieros no saben ya dónde colocarlos, y van, por eso, a las naciones felices que están al sol fumando tranquilamente, a construir ferrocarriles, a erigir fábricas, a implantar la maldición del trabajo.
(...) Estas miserias individuales y sociales, por grandes e innumerables que sean y por eternas que parezcan, desaparecerán, como las hienas y los chacales al acercarse el león, cuando el proletariado diga: yo lo quiero. Pero para que llegue a la conciencia de su fuerza, es necesario que el proletariado pisotee los prejuicios de la moral cristiana, económica y librepensadora; es necesario que vuelva a sus instintos naturales, que proclame los derechos a la pereza, mil y mil veces más nobles y más sagrados que los tísicos derechos del hombre, concebidos por los abogados metafísicos de la revolución burguesa; que se empeñe en no trabajar más de tres horas diarias, holgando y gozando el resto del día y de la noche.
(...) El trabajo se convertirá en un condimento de los placeres de la pereza, en un ejercicio benéfico al organismo humano y en una pasión útil al organismo social cuando sea sabiamente regularizado y limitado a un máximum de tres horas (...).
Capítulo 3: Efectos del exceso de producción
(...) Una buena obrera no hace con su huso más de cinco mallas por minuto: ciertas máquinas hacen treinta mil en el mismo tiempo. Cada minuto de la máquina equivale, por consiguiente, a cien horas de trabajo de la obrera, o, lo que es igual: cada minuto de trabajo de la máquina hace posible a la obrera diez días de reposo. Lo que es cierto para la industria de los tejidos lo es, poco más o menos, para todas las industrias renovadas por la máquina moderna. Pero, ¿qué vemos nosotros? A medida que la máquina se perfecciona y sustituye con rapidez y precisión cada vez mayor al trabajo humano, el obrero, en vez de aumentar en razón directa su reposo, redobla aún más su esfuerzo, como si quisiera rivalizar con la máquina.
(...) Desde que la clase trabajadora, en su ingenuidad y buena fe, se ha dejado trastornar la cabeza, arrojándose ciegamente, con su impetuosidad natural, al trabajo y a la abstinencia, la clase capitalista se ve obligada a la pereza y al goce forzados, a la improductividad y el sobreconsumo.
(...) Para cumplir con su doble misión social de improductora y de sobreconsumidora, la burguesía no sólo tiene que violentar sus gustos modestos, perder sus costumbres laboriosas de hace dos siglos, y darse al lujo desenfrenado, a las indigestiones trufadas y a las disoluciones sifilíticas, sino que tiene que sustraer al trabajo productivo una masa enorme de hombres, para procurarse ayuda.
(...) Y precisamente entonces, sin tener en cuenta la desmoralización que, como un deber social, habíase impuesto la burguesía, los proletarios se pusieron en la cabeza la idea de imponer el trabajo a los capitalistas. ¡Ingenuos! Tomaron en serio la teoría de los economistas y los moralistas sobre el trabajo, y se obstinaron en llevarla a la práctica, imponiéndola a los capitalistas. El proletariado enarboló la divisa: El que no trabaje, que no coma; Lyon, en 1831, se rebeló al grito de Trabajo, o plomo; los sublevados de junio de 1848 reclamaron el Derecho al trabajo; los federados de marzo de 1871 declararon que su rebelión era la Revolución del trabajo.
A estos desencadenamientos de bárbaro furor, destructores de todo goce y toda pereza burguesa, los capitalistas no podían contestar más que con la represión feroz; pero ellos saben que si han podido sofocar estas explosiones revolucionarias, no han ahogado por eso, en la sangre de sus matanzas gigantescas, la absurda idea del proletariado de querer imponer el trabajo a las clases ociosas y panzudas; y sólo con el fin de alejar este peligro, la burguesía se rodea de pretorianos, polizontes, magistrados y carceleros entretenidos en una improductividad laboriosa. Ya no se pueden tener ilusiones sobre el carácter de los ejércitos modernos; no son mantenidos permanentemente más que para reprimir al enemigo interno. (...) Las naciones europeas no tienen ejércitos nacionales, sino ejércitos mercenarios: ellos protegen a los capitalistas contra el furor popular que quisiera condenarlos a diez horas de mina o de hiladora.
(...) El gran problema de la producción capitalista no es ya el de encontrar productores y de duplicar sus fuerzas, sino de descubrir consumidores, excitar sus apetitos y crearles necesidades ficticias. Desde que los obreros europeos, temblando de frío y hambre, se niegan a usar los géneros tejidos por ellos, a consumir el trigo y beber el vino que ellos cosechan, los pobres fabricantes se ven obligados a correr a las antípodas en busca de quienes quieran encargarse de consumir esos productos. (...) Pero los continentes explorados no son lo suficientemente vastos; se necesitan, por consiguiente, países vírgenes. Los fabricantes de Europa sueñan noche y día con el África, con el lago de Sahara, con el ferrocarril del Sudán (...).
Mas todo es inútil: ni los derroches de la burguesía, ni el enorme consumo de una clase doméstica más numerosa que la clase productora, ni las poblaciones salvajes a las que se inunda de mercancías europeas; nada, nada alcanza a agotar las montañas de producción que se acumulan a mayor altura que las Pirámides de Egipto. La productividad de los obreros desafía todo consumo, todo derroche. (...) Ciertos industriales compran jirones de lana sucia, a medio pudrir, y fabrican con ella un paño llamado renaissance, que dura tanto como las promesas electorales. (...) Todos nuestros productos son adulterados, a fin de facilitar su salida y abreviar su duración. (...) Algunos ignorantes acusan de fraude a nuestros caritativos industriales, cuando lo que en realidad los mueve es la idea de dar trabajo a los obreros, que no pueden resignarse a vivir con los brazos cruzados.
(...) Y, sin embargo, a pesar de la sobreproducción de mercancías, no obstante las falsificaciones industriales, los obreros llenan el mercado en cantidades sin número, implorando ¡trabajo!, ¡trabajo!
(...) Embrutecidos por su vicio, los obreros no han podido llegar a comprender que para que haya trabajo para todos es preciso dividirlo como el agua en un navío en peligro.
(...) ¡Oh idiotas! Precisamente porque trabajáis demasiado se desarrolla con lentitud el maquinismo industrial.
(...) Para forzar a los capitalistas a perfeccionar sus máquinas de madera y de hierro, es preciso elevar los salarios y disminuir las horas de trabajo de las máquinas de carne y hueso.
Capítulo 4: A nuevo aire, canción nueva
Si disminuyendo las horas de trabajo se adquieren nuevas fuerzas mecánicas para la producción social, obligando a los obreros a consumir sus productos se conquistará un inmenso ejército de fuerzas de trabajo. La burguesía, aliviada así de su tarea de sobreconsumidora universal, se apresurará a licenciar esa turba de soldados, magistrados, rufianes, etc., que ha sacado del trabajo útil para que la ayuden a consumir y derrochar. El mercado del trabajo estará entonces desbordante, y habrá necesidad de imponer una ley de hierro para prohibirlo, hasta que será imposible encontrar ocupación para estas multitudes humanas, más numerosas que las langostas y hasta ahora improductivas. (...) Desde el momento en que los productos europeos se consuman donde se fabriquen, ya no habrá necesidad de transportarlos a todas las partes del mundo (...). Los felices habitantes de la Polinesia podrán entregarse entonces al amor libre, sin temer las iras de la Venus civilizada y los sermones de la moral europea.
Aún más: para encontrar trabajo suficiente a todas las fuerzas improductivas de la sociedad moderna e inclinarse a una mayor perfección constante de los medios de trabajo, la clase obrera deberá, como la burguesía, violentar sus inclinaciones a la abstinencia y desarrollar indefinidamente sus capacidades consumidoras.
(...) Si desarraigando de su corazón el vicio que la domina y envilece su naturaleza, la clase obrera se alzara en su fuerza terrible para reclamar, no ya los derechos del hombre, que son simplemente los derechos de la explotación capitalista, ni para reclamar el derecho al trabajo, que no es más que el derecho a la miseria; sino para forjar una ley de hierro que prohibiera a todo hombre trabajar más de tres horas diarias, la tierra, la vieja tierra, estremeciéndose de alegría, sentiría agitarse en su seno un nuevo mundo... Pero ¿cómo pedir a un proletariado corrompido por la moral capitalista una resolución viril?
Como Cristo, la doliente personificación de la esclavitud antigua, el proletariado sube arrastrándose desde hace un siglo por el duro Calvario del dolor. Desde hace un siglo, el trabajo forzoso rompe sus huesos, atormenta su carne y atenaza sus nervios; desde hace un siglo, el hambre desgarra sus vísceras y alucina su cerebro... ¡Oh Pereza, ten tú compasión de nuestra miseria! ¡Oh Pereza, madre de las artes y de las nobles virtudes, sé tú el bálsamo de las angustias humanas!
Apéndice: una explicación con los moralistas
(...) "El prejuicio de la esclavitud dominaba el espíritu de Aristóteles y de Pitágoras", se ha escrito desdeñosamente, y sin embargo, Aristóteles pensaba que "si todo instrumento pudiera ejecutar por sí solo su propia función, moviéndose por sí mismo, como las cabezas de Dédalo o los trípodes de Vulcano, que se dedicaban espontáneamente a su trabajo sagrado; si, por ejemplo, los husos de los tejedores tejieran por sí solos, ni el maestro tendría necesidad de ayudantes, ni el patrono de esclavos".
El sueño de Aristóteles es nuestra realidad. Nuestras máquinas de hálito de fuego, de infatigables miembros de acero y de fecundidad maravillosa e inextinguible, cumplen dócilmente y por sí mismas su trabajo sagrado, y a pesar de esto, el espíritu de los grandes filósofos del capitalismo permanece dominado por el prejuicio del sistema salarial, la peor de las esclavitudes. Aún no han alcanzado a comprender que la máquina es la redentora de la Humanidad, la diosa que rescatará al hombre de las sordidae artes y del trabajo asalariado, la diosa que le dará comodidades y libertad.
El texto aquí transcrito, haciendo honor a su título, ha sido saqueado de:
http://personales.com/espana/larioja/GLUP/Aten2.1.htm
BORRASKA.
Ciberfanzine de literatura subterránea. Número 2
Jun 11, 2008
La sociedad abierta y sus enemigos
La sociedad abierta y sus enemigos (1939)
Karl Popper (1902-1994)
El Filósofo Rey
El contraste entre la concepción platónica y la socrática es mayor todavía de lo que parecería desprenderse de nuestro análisis. Platón siguió los pasos de Sócrates en su definición del filósofo. “ ¿A quiénes llaman verdaderos filósofos?” A aquellos que aman la verdad, leemos en La República. Pero el propio Platón no se atiene totalmente a la verdad al efectuar esta afirmación. En efecto, dista mucho de creer realmente en ella y así, declara lisa y llanamente en otros lugares que es regio privilegio del soberano hacer pleno uso de las mentiras y el engaño: “Si hay alguien con derecho a mentir, éste sólo puede ser el gobernante de la ciudad, a fin de engañar a sus enemigos y a sus propios conciudadanos en beneficio de la comunidad; pero ningún otro debe gozar de este privilegio”.
“Para el beneficio de la comunidad”, dice Platón. Nuevamente se ve aquí que el principio de la utilidad colectiva constituye la consideración ética fundamental.
La moralidad totalitaria lo gobierna todo, incluso la definición, la Idea, del filósofo. Casi no hace falta agregar que, por el mismo principio de conveniencia política, los súbditos están obligados a decir la verdad. “Si el gobernante sorprende a alguien en una mentira… entonces lo castigará, por fomentar una práctica que lesiona y pone en peligro a la ciudad…”. Sólo en este último sentido, ligeramente inesperado, se muestran los gobernantes platónicos –los filósofos reyes- amantes de la verdad.
I
Platón ilustra esa aplicación del principio de la utilidad colectiva al problema de la veracidad con el ejemplo del médico. Dicho ejemplo ha sido bien elegido, pues a Platón le gusta equiparar su misión política a la de un salvador o médico del cuerpo enfermo de la sociedad. Aparte de esto, el papel que le asigna a la medicina arroja luz sobre el carácter totalitario de la ciudad platónica, donde el interés estatal domina la vida del ciudadano, desde el acoplamiento de sus padres hasta su tumba. Platón ve en la medicina una forma de política o, como él mismo dice, “considera a Esculapio, dios de la medicina, como un político”. El arte de la medicina -nos explica- no debe tener por objeto la prolongación de la vida, sino, tan sólo, el interés del estado. “En todas las comunidades correctamente gobernadas, cada individuo tiene una labor particular asignada dentro del estado. ES si obligación cumplir con esta tarea y a nadie le sobra tiempo para pasarse la vida enfermando y curando”. En consecuencia, el médico “ no tiene derecho a atender a un hombre incapaz de cumplir con sus obligaciones ordinarias, pues un hombre tal es inútil por sí mismo y para el estado”. Añade a esto la consideración de que un hombre de ese tipo bien podría tener “hijos igualmente enfermos, probablemente”, que también podrían convertirse en una carga para el estado. (En sus últimos años, pese a su odio cada vez mayor hacia el individualismo, Platón se refiere a la medicina con un enfoque de carácter más personalista. Así, se queja de los médicos que tratan a los ciudadanos libres como si fuesen esclavos, “impartiendo sus órdenes como un tirano cuya voluntad es ley, y pasando luego, apresuradamente, a tratar al siguiente paciente-esclavo”, y reclama mayor gentileza y paciencia en el tratamiento médico, por lo menos para con aquellos que no son esclavos.) En cuanto al uso de las mentiras y el engaño, Platón sugiere que éstos son “útiles sólo a manera de remedio”; pero el gobernante de un estado, insiste Platón, no debe comportarse como algunos de esos “médicos corrientes” que carecen de la valentía necesaria para administrar remedios drásticos. El filósofo rey, amante de la verdad en su calidad de filósofo, debe, como rey, ser “más valiente”, puesto que ha de tener la determinación suficiente “para administrar buenas dosis de mentiras y decepciones…” en beneficio de los súbditos, se apresura a añadir Platón. Lo cual significa, como ya sabemos, y volvemos a comprobar aquí a través de la referencia que hace Platón a la medicina, “en beneficio del estado”. Kant observó cierta vez, con espíritu totalmente distinto, que la frase “la veracidad es la mejor política” podía ser, en verdad, cuestionable, en cuanto que el valor de la frase “la veracidad mejor que la política”, se encuentra más allá de toda discusión.
Valoración de la Profecía de Marx
Los argumentos en que reposa la profecía histórica de Marx carecen de validez. Su ingeniosa tentativa de extraer conclusiones proféticas de la observación de las tendencias económicas contemporáneas fracasó lamentablemente. Y la razón de este fracaso no reside en una posible insuficiencia de la base empírica del argumento. El análisis sociológico y económico marxista de la sociedad contemporánea puede haber sido algo unilateral pero, pese a esta tendencia, es excelente en la medida en que involucra una descripción de los hechos. La razón del fracaso de Marx como profeta reside enteramente en la pobreza del historicismo como tal, en el simple hecho de que aun cuando observemos lo que hoy parece ser una inclinación histórica, no podemos saber si mañana habrá de tener o no la misma apariencia.
Debemos admitir que Marx vio muchas cosas en su justa magnitud. Si consideramos únicamente su profecía de que el sistema del capitalismo sin trabas –tal como él lo conocía- no habría de durar mucho tiempo, mientras que sus defensores pensaban que duraría eternamente, tendremos que reconocer que Marx estaba en lo cierto. También tenía razón al afirmar que sería la “lucha de clases”, la asociación de los trabajadores, la que habría de provocar la transformación del sistema económico en otro nuevo y mejor. Pero lo que no podemos admitir es que Marx haya predicho con el nombre de socialismo, el advenimiento del nuevo sistema: el intervencionismo. La verdad es que no tuvo la menor sospecha de lo que deparaba el futuro. Lo que él llamó “socialismo” era profundamente distinto a cualquier forma de intervencionismo, aun de la forma rusa, pues creía firmemente en que la inminente transformación habría de quitar influencia del estado, tanto política como económica en tanto que el intervencionismo la ha acrecentado en todas partes.
Puesto que he venido criticando a Marx y, hasta cierto punto, alabando el intervencionismo democrático gradual… quisiera dejar bien aclarado que admiro la esperanza de Marx de un decrecimiento de la influencia estatal. Indudablemente, el más grave peligro del intervencionismo –especialmente de cualquier intervención directa- es el de conducir el aumento del poder estatal y la burocracia. La mayoría de los intervencionistas hacen caso omiso de ello o cierran los ojos ante la evidencia, lo cual agrava aún más este peligro. Sin embargo, creo que una vez que se lo encare abiertamente, será posible dominarlo, pues se trata, una vez más, de un mero problema de tecnología social y de inteligencia social gradual. Pero es importante frenarlo a tiempo, pues constituye una seria amenaza para la democracia. No sólo debemos planificar para la seguridad, sino también para la libertad; si no por otra razón, porque la libertad es lo único que puede asegurar la seguridad…
Pero si se tienen en cuenta todas esas exitosas e importantes predicciones, ¿puede hablarse de la pobreza del historicismo? Si las predicciones históricas de Marx se han cumplido, aunque más no sea parcialmente, no es posible descartar su método a la ligera. Sin embargo, un examen más minucioso de los aciertos de Marx nos demuestra que no fue en modo alguno su método historicista el que lo condujo al éxito, sino siempre lo métodos del análisis institucional. Vemos, pues, que no es un análisis historicista sino típicamente institucional el que lleva a la conclusión de que los capitalistas se ven forzados por la competencia a aumentar la productividad. Y también institucional es el análisis en que Marx basa su teoría del ciclo económico y del excedente de población. Y hasta la teoría de la lucha de clases es institucional, pues forma parte del mecanismo mediante el cual se controla la distribución de la riqueza y también la del poder, mecanismo que hace posible los acuerdos colectivos en el sentido más lato de la expresión. En ningún punto de estos análisis desempeñan el menor papel las “leyes del desarrollo histórico”, las etapas, períodos, o tendencias historicistas típicas. Por otra parte, ninguna de las más ambiciosas conclusiones historicistas de Marx, ninguna de sus “inexorables leyes del desarrollo” ni sus “etapas de la historia por las cuales hay que pasar forzosamente”, se han cumplido en la realidad. Marx acertó sólo en la medida en que analizó las instituciones y sus funciones. Y también es cierto lo contrario: ninguna de sus profecías históricas más ambiciosas y de mayores alcances cae dentro del radio del análisis institucional. Dondequiera que se intente apoyarlas mediante un análisis de ese tipo, la conclusión carece de validez. En realidad, si se las compara con los elevados patrones de Marx, las profecías más altas se desenvuelven sobre un plano intelectual más bien bajo. No sólo contienen un alto grado de pensamiento emocional, sino que carecen también de imaginación política. En término generales, Marx compartió la creencia de los industrialistas progresistas, de los “burgueses” de su tiempo, en la ley del progreso. Pero este ingenuo optimismo historicista, de Hegel y Comte, De Marx y Mill, no es menos supersticioso que el historicismo pesimista de un Platón o un Spengler. Y no puede ser éste peor bagaje para un profeta, puesto que debe poner riendas a su imaginación histórica. En realidad es necesario reconocer como uno de los principios de toda concepción política libre de prejuicios que en los asuntos humanos todo es posible, y, más específicamente, que no debe excluirse ningún proceso concebible sobre la base de que viola la pretendida tendencia del progreso humano o cualquiera de las otras leyes de la “naturaleza humana”. “El hecho del progreso” –nos dice H.A.L.Fisher- “está escrito con letras claras e inconfundibles en la página de la historia, pero el progreso no es una ley de la naturaleza. El terreno ganado por una generación puede perderlo la siguiente”.
De acuerdo con el principio de que todo es posible, conviene señalar que las profecías de Marx podrían haber resultado ciertas. Una fe como el optimismo progresista del siglo XIX puede constituir una poderosa fuerza política y ayudar a producir lo que predice. De este modo, no se debe considerar corroborada una teoría y atribuirle carácter científico por el hecho de que se hayan cumplido sus predicciones. Muchas veces estas presuntas corroboraciones no son sino consecuencia de su carácter religioso y de la fuerza de la fe mística que ha sido capaz de inspirar a los hombres. Y en el marxismo, en particular, el elemento religioso es inconfundible. En la hora de su mayor miseria y degradación, las predicciones de Marx dieron a los trabajadores una fe inconmovible en su misión y en el gran futuro que su movimiento estaba elaborando para la humanidad.
Volviendo la vista al curso de los acontecimientos desde 1864 hasta 1930, creo que de no ser por el hecho algo accidental de que Marx no alentó a las investigaciones en el campo de la tecnología social, los problemas europeos se habrían desarrollado bajo la influencia de esta religión profética, hacia un socialismo de tipo no colectivista. Una preparación acabada para la parte de los marxistas rusos, como así también de los de Europa central, podría haber conducido a un éxito inconfundible, convenciendo a todos los amigos de la sociedad abierta. Sin embargo, esto no hubiera sido la corroboración de una profecía científica. Sólo habría sido el resultado de un movimiento religioso, el resultado de la fe en el humanitarismo, combinada con el uso crítico de nuestra razón con el fin de transformar el mundo.
Pero las cosas siguieron un curso diferente. El elemento profético del credo marxista predominó en las mentes de sus adeptos. Hizo a un lado todo lo demás, desterrando el poder del juicio frío y crítico y destruyendo la creencia de que es posible cambiar el mundo por medio de la razón. Todo lo que quedó de la enseñanza de Marx fue la filosofía oracular de Hegel, que, ajo el atavío marxista, hoy amenaza paralizar la lucha por la sociedad abierta.
En el fondo de todo esto yace una verdadera dificultad. Si bien está perfectamente claro… que el político debe limitarse a luchar contra los males, en lugar de combatir por valores “positivos” o “superiores” tales como la felicidad, etc., el maestro se encuentra, en principio, en una posición diferente. Aunque no debe importar su escala de valores “superiores” a sus alumnos, debe tratar, ciertamente, de estimular su interés por estos valores. Debe, en una palabra, cuidar el espíritu de sus alumnos. (Cuando Sócrates les decía a sus amigos que cuidasen de su espíritu, él estaba cuidándolos a ellos). Existe, pues, algo así como un elemento romántico o estético en la educación, que de ningún modo debe participar de la política. Pero si bien esto es cierto en su principio, difícilmente podría aplicarse a nuestro sistema educacional, pues presupone una relación de amistad entre maestro y discípulo, que… puede llegar a su término por decisión de cualquiera de las partes. (Sócrates elegía a sus amigos y ellos lo elegían a él). El número mismo de sus alumnos hace todo esto completamente imposible en nuestras escuelas. En consecuencia, toda tentativa de imponer valores superiores no sólo resulta infructuosa sino que –debemos insistir en ello- tiende a producir un efecto perjudicial mucho más concreto y público que el perseguido originalmente. Y debemos reconocer que el principio de que aquellos confiados a nuestro cuidado deben ser preservados, ante todo, de cualquier daño, debe ser tan fundamental en la educación como en la medicina. “No hagamos daño” (y, por lo tanto, “demos a la juventud lo que necesita con mayor urgencia para independizarse de nosotros y estar en condiciones de elegir por sí misma”): he ahí un valioso objetivo para nuestro sistema educacional, cuya consecución, pese a lo modesto que parece, es sin embargo bastante remota. En su lugar, están de moda los objetivos “superiores”, típicamente románticos y carentes de sentido, tales como, por ejemplo, el “pleno desarrollo de la personalidad”.
Bajo la influencia de estas ideas románticas, el individualismo sigue siendo identificado todavía con el egoísmo –a la manera de Platón- y el altruismo con el colectivismo (es colectivo). Pero esto nos obstruye incluso el camino hacia una formulación precisa del problema principal, a saber, cómo obtener una sana apreciación de la propia importancia en relación con los demás individuos. Puesto que sentimos, con razón, que debemos aspirar a algo más fuera de nosotros mismos, algo a lo cual podamos dedicarnos y sacrificarnos, concluimos que ese algo debe ser el ente colectivo con su “misión histórica”. Se nos aconseja, pues, que realicemos sacrificios y, al mismo tiempo, se nos asegura que de este modo haremos un excelente negocio. Se proclama, en efecto, que debemos sacrificarnos pues de esta forma obtendremos honor y fama; habremos de convertirnos en “protagonistas”, en los héroes de la historia; a costa de un pequeño riesgo, obtendremos grandes recompensas. He ahí la dudosa moralidad de un período en que sólo contaba una minúscula minoría y en que a nadie le preocupaba el “vulgo”. Es la moralidad de aquellos que, en su carácter de aristócratas políticos o intelectuales, tenían cierta probabilidad de pasar a los libros de historia. No puede ser, en modo alguno, la moralidad de aquellos que están de parte de la justicia y del igualitarismo, pues la fama histórica no puede ser justa y sólo la pueden alcanzar unos pocos. A la innumerable masa de hombres que tienen iguales o mayores méritos, siempre les aguardará el olvido.
Quizá deba admitirse que la ética de Heráclito, la doctrina de que la mayor recompensa es aquella que sólo la posteridad es capaz de brindar, puede ser ligeramente superior, quizá, en cierto sentido, a una doctrina ética que nos enseñe a buscar la recompensa en el presente inmediato. Pero no es eso lo que necesitamos. Lo que necesitamos es una ética que desdeñe todo éxito y toda recompensa. Y no hace falta inventar esta ética: en efecto, no es nueva y ya la enseño hace mucho tiempo el cristianismo, por lo menos en sus comienzos. Y la enseña también, en nuestros días, la cooperación científica e industrial. Afortunadamente, la romántica moralidad historicista de la fama parece hallarse en decadencia; así lo demuestra, en todo caso, el Soldado Desconocido. Comenzamos a comprender por fin que el sacrificio puede significar tanto o más aún, cuando se lo hace anónimamente. Y nuestra educación ética debe basarse en este convencimiento. Se nos debe enseñar a hacer nuestro trabajo, a sacrificarnos por él y a no encontrar halago en la alabanza o en la ausencia de culpa. (El hecho de que todos necesitemos algo de estímulos, esperanzas, lisonjas y aun de culpas, es otra cuestión completamente distinta). Debemos encontrarnos justificados por nuestra tarea, por lo que nosotros mismos hacemos, y no por un ficticio “significado de la historia”.
Las características generales de la dictadura totalitaria
Las características generales de la dictadura totalitaria (1954)
Carl Friedrich y Zbnigniew Brezezinski
Los regímenes totalitarios son autocracias. Cuando se dice de ellos que son tiranías, despotismos o absolutismos se denuncia el rasgo fundamental de tales regímenes, porque todas estas palabras tienen un fuerte matiz despectivo. Cuando se autodenominan “democracias”, que califican con el adjetivo de “populares”, no contradicen estas acusaciones, salvo en que tratan de sugerir que son buenos o dignos de encomio. Si se examina el significado que los totalitaristas adjudican a la expresión “democracia popular”, se verá que con ello denotan un tipo de autocracia. Los líderes del pueblo, identificados con los líderes del partido gobernante, tienen la última palabra. Sus resoluciones, una vez decididas y aclamadas en una reunión del partido, tienen carácter definitivo. Trátese de una norma, de una opinión, de una medida o de cualquier otro acto de gobierno, ello son el autokrator, el dirigente que sólo depende de sí mismo.
La dictadura totalitaria es, en cierto sentido, la adaptación de la autocracia a la sociedad industrial del siglo XX.
Así pues, por lo que hace a su característica falta de responsabilidad ante otras instancias, la dictadura totalitaria se parece a formas más antiguas de autocracia. Pero, según nuestra opinión, la dictadura totalitaria constituye, históricamente, una innovación y es sui generis. Hemos llegado asimismo a la conclusión de que las dictaduras totalitarias fascistas y comunistas se asemejan o, en todo caso, se parecen más entre sí que a cualquier otro sistema de gobierno, incluidas las fórmulas más antiguas de autocracia. Estas dos tesis se vinculan estrechamente y deben ser examinadas conjuntamente. Se vinculan también con una tercera, la de que la forma acabaría adoptando la dictadura totalitaria en la realidad no se corresponden exactamente con las intenciones de quienes la crearon –Mussolini hablaba de ella, aunque dándole un sentido distinto- sino que ha sido el resultado de las condiciones políticas en que se encontraron los democráticos y sus dirigentes. Antes de examinar estas proposiciones es preciso considerar una teoría muy difundida acerca del totalitarismo.
Se trata de una teoría que gira en torno a los esfuerzos del régimen por remodelar y transformar a los seres humanos bajo su control a una imagen de su ideología. Como tal, se la puede considerar una teoría ideológica o antropológica del totalitarismo.
Sostiene que la “esencia” del totalitarismo debe buscarse en el control total que ese régimen ejerce sobre la vida diaria de sus ciudadanos; más concretamente, del control que ejerce no sólo sobre sus actividades, sino también sobre sus pensamientos y actitudes. “El criterio particular del gobierno totalitario es la violación rastrera del hombre mediante la perversión de sus pensamientos y de su vida social”, ha escrito unos de los mayores exponentes de esta opinión. “El gobierno totalitario –añadía- es la idea, convertida en acción política, de que el mundo y la vida social son ilimitadamente transformables”. En comparación con esta “esencia”, la organización y los métodos, se afirma, son criterios de importancia secundaria. Hay que poner una serie de objeciones a esa teoría. La primera es puramente pragmática. En tanto se trate de lograr un control total, la intención de los totalitarismos está ciertamente destinada al fracaso: es imposible alcanzar tal control, ni siquiera sobre los afiliados y cuadros del propio partido, y mucho menos sobre la población en general. Los procedimientos generados por este deseo de control total, esta “pasión por la unanimidad” como la denominaremos mas adelante en este análisis, son altamente significativos, han evolucionado a lo largo del tiempo y han variado grandemente en las distintas etapas. Tal vez hayan sido los comunistas chinos los que, con sus métodos de control del pensamiento, los hayan llevado más lejos, pero también fueron diferentes bajo Lenin y Stalin, bajo Hitler y Mussolini. Aparte de esta objeción pragmática, sin embargo, surge también una de índole completamente comparativa e histórica, porque tal preocupación de cariz ideológico por el hombre total, tal intención de control completo, también ha caracterizado a otros regímenes del pasado, especialmente los teocráticos, como los de puritanos y musulmanes. También ha encontrado expresión en algunos de los más elevados sistemas filosóficos, sobre todo el de Platón, quien aboga, por cierto, en
La dictadura totalitaria surge entonces como un sistema de gobierno destinado a realizar intenciones totalistas en unas condiciones políticas y técnicas modernas, como un tipo nuevo de autocracia. La declarada intención de crear el “hombre nuevo”, según muchas informaciones, ha dado resultados significativos donde el régimen ha durado lo suficiente como en Rusia. En opinión de una autoridad reconocida, “los rasgos más atractivos de los rusos, su naturalidad y candor, son los que más han sufrido”. Este autor considera que ello constituye “una transformación profunda y aparentemente permanente”, a la vez que “pasmosa”. En pocas palabras, la tendencia al control total, pese a que nunca logra tal control, produce efectos humanos altamente significativos…
Antes de abordar, sin embargo, estas características comunes, existe otra diferencia que solían poner de relieve muchos de los que deseaban “negociar” con Hitler o que admiraban a Mussolini y, por ello, argüían que, lejos de ser absolutamente iguales a la dictadura comunista, los regímenes fascistas tenían que ser considerados en realidad como formas autoritarias de gobierno constitucional. Es cierto que en
Las características o rasgos básicos comunes a las dictaduras totalitarias que sugerimos son seis. El “síndrome”, o modelo de rasgos interrelacionados, de la dictadura totalitaria se compone de una ideología, un partido único encabezado por un solo hombre, una policía terrorista, un monopolio de las comunicaciones, un monopolio de las armas y una economía de dirección centralizada. De éstos, los dos últimos se encuentran también en sistemas constitucionales:
Todas las dictaduras totalitarias poseen los siguientes rasgos:
1) Una elaborada ideología, consistente en un cuero de doctrina oficial que cubre todos los aspectos vitales de la existencia del hombre, a la cual se supone que se adhieren, por lo menos pasivamente, todos los que viven en esa sociedad; es característico que esta ideología apunte y se proyecte hacia un estado final perfecto de la humanidad: es decir, contiene una pretensión milenarista, basada en el rechazo radical de la sociedad existente y la conquista del mundo para la nueva sociedad.
2) Un partido de masas único, que suele dirigir un solo hombre, el “dictador”, integrado por un porcentaje relativamente pequeño de la población total (hasta un 10 por 100), con un núcleo activista apasionado e incuestionablemente entregado a la ideología y dispuesto a ayudar de todas las maneras posibles a promover su aceptación generalizada; dicho partido se halla organizado de manera jerárquica y oligárquica, y suele controlar la burocracia gubernamental o mantener una relación de simbiosis total con la misma.
3)Un sistema de terror, físico o psíquico, ejercido a través del control del partido y de la policía secreta, que apoya al partido pero también lo supervisa para sus líderes, y dirigido, por lo general, no sólo contra algunos “enemigos” señalables del régimen, sino contra ciertas clases de la población elegidas más o menos arbitrariamente; el terror, sea de la policía secreta o de las presiones sociales dirigidas por el partido se basa en un empleo sistemático de los métodos de la ciencia moderna y, más específicamente, de la psicología científica.
4) Un monopolio tecnológicamente condicionado y casi completo, por parte del partido y del gobierno, sobre el control de todos los medios de comunicación de masas, como la prensa, la radio y la cinematografía.
5) Un control, también condicionado tecnológicamente y casi completo, del uso efectivo de todas las armas de combate.
6) Un control y una dirección centralizados de toda la economía, a través de la coordinación burocrática de entidades corporativas antes independientes, que también suele incluir a la mayoría de las demás actividades de asociaciones o de grupos.
En buena parte de lo que antecede, se cita la tecnología moderna como una condición importantísima para la invención del modelo totalitario. Este aspecto del totalitarismo es particularmente visible en el área del armamento y las comunicaciones, pero también interviene en el terrorismo de las policías secretas, que depende de las posibilidades técnicamente avanzadas de supervisión y control del movimiento de las personas. Por otra parte, una economía de dirección centralizada presupone mecanismos de información, catalogación y cálculo que sólo puede suministrar la tecnología moderna. En suma, cuatro de las seis características están condicionadas por la tecnología. Para apreciar lo que los avances tecnológicos significan en términos de control político, piénsese sólo en el terreno de los armamentos.
Ni la ideología ni el partido tienen una relación significativa con el nivel de la tecnología. Existen, por supuesto, algunas conexiones, porque la conversión de las masas que continuamente buscan la propaganda totalitaria mediante el empleo efectivo del monopolio de las comunicaciones no podría darse sin ellas. Aquí puede acotarse que los comunistas chinos, careciendo de los medios de comunicaciones de masas, echaron mano del adoctrinamiento personal en grupos pequeños, lo cual, dicho sea de paso, les dio la oportunidad de sustituir a la familia por esos grupos y transferir a ellos la tradición filial. De hecho, consideran que este proceso representa la característica clave de su democracia popular.
La ideología y el partido están condicionados por la democracia moderna. Los mismos líderes totalitarios consideran sus sistemas como la culminación de la democracia, como la verdadera democracia que reemplaza a la democracia plutocrática de la burguesía.
Desde un punto de vista más objetivo, se diría que, por comparación con la democracia constitucional, son un tipo absolutista, y por ende, autocrático, de democracia. De ahí que puedan nacer de esta última, pervirtiéndola. No se trata sólo de Hitler, Mussolini y Lenin construyeran unos partidos típicos dentro de un contexto constitucional, si no democrático, sino que, además, la relación existente entre la preponderancia de la ideología y el papel que en los partidos democráticos desempeñan las plataformas y otras maneras de fijar los objetivos ideológicos es a todas luces evidente. Seguramente los partidos totalitarios evolucionaron hasta un modelo marcadamente autoritario en respuesta a la necesidad de convertirse en instrumentos efectivos de acción revolucionaria; pero, al mismo tiempo, sus dirigentes, empezando por Marx y Engels, se consideraban como la vanguardia del movimiento democrático de su época, y Stalin habló siempre de la sociedad totalitaria soviética como de la “democracia perfecta”; Hitler y Mussolini hicieron declaraciones parecidas. Tanto en la fraternidad universal del proletariado como con la comunidad nacional se aspiraba a reemplazar las divisiones clasistas de las sociedades pasadas por una armonía total: la sociedad sin clases de la tradición socialista.
Luis Trápaga
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