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Adagio de Habanoni
Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo
mi habanemia
La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.
Sus fidelidades están en pie.
Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.
Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.
Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.
Tiene un destino y un ritmo.
Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.
Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.
Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.
La Habana conserva todavía la medida humana.
El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.
Lezama
El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.
No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.
Lezama
desmontar la maquinaria
Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.
La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.
Giles Deleuze / Felix Guattari
…podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.
José Lezama Lima (La cantidad hechizada)
...
sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.
La incoherencia es una gran señora.
Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.
Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.
Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.
Virgilio Piñera
(carta a Lezama)
ay
Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.
Lezama
#VJCuba pond5
Pingüino Elemental Cantando HareKrishna
o la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
Libertad para Danilo
Jul 2, 2013
Del libro "El amor explicado a los niños"
harakiri 2 (Jaad)
harakiri 1 (Jaad)
...de primera mano
Escribir debería ser para mí una rebeldía contra mi propio conformismo e hipocresía. Ser un perro. No creer en "la literatura". No negar al otro cuando me afirmo. Ser antidialéctico. No vivir del resentimiento. Ni memoria gangrenosa ni predicciones de feria. Hacer el té y partir. Jaad--que no existe--regresa.
Hace diez años escribí lo que sigue. Vivía en Cuba. Era libre.
Responsabilidad civil del intelectual.
Por supuesto que los intelectuales no son los culpables o victimarios de la crisis que atraviesa el país. Ellos también son víctimas. El estado cubano los humilla, los compra con prebendas, los silencia con astucia.
El cansancio frente a la historia, que puede manifestarse como pesimismo, enajenación o autismo metafísico, de los intelectuales dentro de Cuba no es otra cosa que la destrucción sistemática, por parte del régimen, de la capacidad de resistencia moral de todo un pueblo. Segunda parte.
La pregunta que no pueden contestar ni el Ministerio de Cultura ni el Ministerio del Interior sin perder la ecuanimidad y sin argumentar otra cosa que no sea el discurso de la supuesta soberanía, los principios de la revolución y toda la pasión antimoderna de no integrarse a las democracias occidentales, es: ¿cómo puede actuar civilmente un intelectual en Cuba, para ser coherente o consecuente con su manera de pensar si ésta es contraria al gobierno?
La muerte civil de los intelectuales dentro de la isla es un hecho; un secreto a voces. La castración moral a la que son sometidos para domesticarlos con viajes, apartamentos, pequeños exabruptos críticos, los ha convertido en un grupo vulnerable. No pueden reclamar sus derechos civiles ni políticos si desean ser aceptados. Este despojo los vuelve miserables.
Pero la mayor parte de la intelectualidad cubana carece de ironía suficiente para enfrentar sin humillaciones su destino. Es lamentable la docilidad y el patetismo con que marchan colectivamente hacia un lento pero seguro suicidio moral. Tercera parte.
Mar 6, 2009
del cuartucho de jaad: tres textos...

Texto ( I )
Algunas tardes iba al parqueo, me metía en la cama de un camión, me tiraba ahí entre lonas, calor y oscuridad como si estuviese bajo tierra. Casi siempre lloraba. Y me sentía indigno. ¿No tenía fuerzas suficientes para vivir allí, darle cara a la vida militar? No, me dijo nuestro capitán una vez. Te faltan cojones, dijo, esto es para hombres de verdad, ¿a qué seguro te metes por ahí a llorar?
Encontré a H en un camión. Salió de entre las lonas como el cadáver que sería una semana después. ¿No me digas que vienes aquí a llorar? le dije.
Hay que ser fuertes, le dije, tener cojones y aguantar, ¿entiendes? le dije.
Me contó entonces lo del tío, el petróleo, las venas, mejorar la vida, escapar de allí. No tuvo pena de llorar delante de mí. Quise darle un abrazo pero me contuve. No podía, no debía.
Cuando llegó la noticia de que H había fallecido, el capitán se estaba desnudando para irse a las duchas. Lo sabía, me dijo, ese mariconcito no iba a aguantar.
texto ( II )
Dame sangre, dijo H.
Le dimos sangre. Le di cabeza reventada y mondongos como carne de primera.
Se inyectó petróleo como el tío en la cárcel para tener "mejores condiciones de vida". Así también el sobrino, años después, para que le dieran la baja del Servicio Militar, pinchó sus venas.
Dame sangre, dijo.
Le dimos sangre.
Una tarde entré al baño. Vi a Noda desnudo, sin uniforme verdeolivo, sin grados de capitán, sin las charreteras de la vanidad y el desprecio. Me di cuenta de que era un hombre como yo. Bastaba con ir al cuartel, buscar un fusil, y vaciarle el cargador en su panza de oficial de escuelita. Allí estaba, el gran jefe en pelotas, tiritando por el agua fria, hasta con la carne de gallina.
Nos decía gallinas si reclamábamos nuestro derecho al pase de doce horas a la semana.
Nos decía señoritas si nos lamentábamos de algo.
Nos decía maricones porque le gustaba decirnos maricones. Capitán Noda, ¿por qué no te abrí como sardina rusa?
Cuando llegó la noticia desde el Batallón Médico de que H. se había inyectado petróleo y estaba grave, Noda dijo que los médicos eran unos flojitos y ahora iban a consolarlo y creerle que estaba loco.
Soñé que H venía y me gritaba dame sangre. Y la sangre era el combustible que hacía rodar tanques y camiones que tiraban de obuses como brujas tiran de escobas en cuyas cerdas han quedado restos de ese mondongo humano que no sirve ya ni para dar de comer a los puercos
texto ( III )
La cabeza.
Siempre la cabeza.
La cabeza contra el muro (paredón con vidrios detrás de las duchas) por una broma. Ese tipo de bromas que en el Ejército cuestan caro: tú eres de los mariconcitos del parque de la fraternidad, yo te he visto.
La cabeza bajo la bota rusa.
Y la cabeza otra vez cuando te empujaron de la litera.
El Coba llegó, saco de carne musculosa, torpe aunque silencioso, y la cabeza contra el hierro crudo de la cama personal.
A los cinco años la cabeza rebotando en una caída (pérdida del conocimiento durante la digestión, dijeron los médicos); y a los siete, la cabeza contra un poste de electricidad, huyendo de tres niños que te buscaban para una paliza a las doce del día.
La cabeza. Golpes como piojos. Ranuras, canaletas, surcos, estrías de sangre y dolor.
En un albergue para inmigrantes y vagabundos, la cabeza abierta. Entra el africano y con un tubo, un golpe (que suena seco bajo el chorro de agua fría en una mañana a ocho grados), y la cabeza contra la pared.
Cabeza que chirría, cabeza con goznes, cabeza chatarra. Nunca preguntes por el precio de tu cabeza.
La locura es vieja usurera
Dec 1, 2008
crónica de jaad: "nadie escuchaba"
2da foto: Olpl
carpeta "crónicas"
Jorge Alberto Aguiar Díaz
Nadie escuchaba
(escrita en noviembre de 2002)
Un grupo de amigos llega a mi casa para invitarme a una fiesta. Estoy sentado en un viejo butacón que recogí de la basura y que mi padre forró con un saco de nylon. Escucho Radio Martí. Es la hora del crepúsculo y a través de las persianas veo el cielo anaranjado del trópico.
No quiero ir a la fiesta; no quiero ir a ninguna parte. Los amigos insisten. Uno dice que me volveré loco de oír tanto la onda corta; otro registra mis libros; el tercero se queda a mi lado y presta atención a la voz de una mujer que en tono desesperado habla, cuenta su historia, a veces parece que romperá a llorar.
La mujer se llama Maritza Calderín Colombié, esposa del abogado Juan Carlos González Leyva, quien se encuentra en prisión desde hace siete meses sin derecho a fianza y sin que le hayan celebrado juicio. El licenciado está acusado de gritar ¡Abajo Fidel!, lo que se conoce en Cuba como "desacato al comandante" o algo parecido.
González Leyva se declaró en ayuno de protesta el 4 de septiembre. Miro el almanaque; han transcurrido más de dos meses. Maritza relata con voz temblorosa; habla de patadas en los genitales, en las costillas, de una herida de cinco puntos. "Es la fuerza contra las ideas", dice y agrega que el oficial Aramís, del departamento 21 de la Seguridad del Estado, fue ascendido por su buen trabajo.
Uno de mis amigos ha encontrado un libro de Semiótica y lee; el otro se asoma al balcón y habla de una mulata que se pavonea en la esquina. El que está a mi lado escuchando la noticia me mira incrédulo. "¿Tú crees todas esas cosas", pregunta.
La esposa del prisionero dice que está haciendo un llamado, un S.O.S. (son sus palabras textuales) a la Iglesia cubana y a las "vacas sagradas de la disidencia".
Por fin mis amigos deciden irse. Para ellos soy un aburrido. "La vida es una sola y hay que divertirse",
dice el que estaba leyendo y ahora guarda el libro en su mochila.
Recuerdo el título de un documental que nunca he podido ver porque en Cuba está prohibido: "Nadie escuchaba".
Me asomo al balcón. Una rubia también se pavonea junto a la mulata. Son muy jóvenes y van de un lado a otro mientras
los hombres que juegan dominó las miran, beben ron, les dicen cosas.
La música suena a todo volumen en dos o tres casas, en un bicitaxi que transita con un pasajero que trae varias bolsas repletas de comida, vegetales, un pernil de puerco, frutas.
Voy al cuarto de mi padre y le pido la Constitución. Leo: "Declaramos nuestra voluntad de que la ley de leyes de la República esté presidida por este profundo anhelo, al fin logrado, de José Martí: Yo quiero que la ley primera de nuestra república sea el culto de los cubanos a la dignidad plena del hombre".
La edición es de 1975. Es posible que en algo haya cambiado. Me lamento de no tener una edición más reciente.
Ya es de noche. En otoño oscurece más temprano. Pienso en el valor metafórico de la oscuridad. No por gusto dos de los más estremecedores testimonios publicados en los últimos años se titulan "Antes que anochezca", de Reinaldo Arenas,
y "Cómo llegó la noche", de Huber Matos.
Juan carlos González Leyva es un hombre ciego. Por un instante trato de imaginarlo postrado en la soledad húmeda de su celda. ¿Cómo es físicamente? ¿Podrá soñar durante las noches? ¿Qué soñará? Mi abuela me dijo una vez que los ciegos son capaces de soñar en colores, que tienen un tacto muy desarrollado y una gran voluntad.
¿Hasta dónde podrá resistir Juan Carlos González Leyva? ¿Hasta dónde son capaces de llegar sus verdugos? En los dibujos animados el verdugo siempre aparece con un antifaz. Nunca podemos ver si está riéndose sádicamente o sufre por su víctima, y en este caso, la capucha que oculta su rostro es una coartada para que el emperador no vea la mueca de dolor, el asco por tener que cumplir una orden vergonzosa, vil, salvaje.
Los verdugos no suelen tener sueños apacibles aunque crean que sí. Cada vez que se miran en el espejo no alcanzan a reconocer si tienen o no puesta su máscara. Cada mirada, cada expresión que logran vislumbrar en el espejo, no saben ya si pertenece a ellos, al emperador o a la víctima.
Regreso a mi cuarto. Apago la radio. Voy hasta el librero y busco una novela que para los jóvenes ha pasado de moda:
"El viejo y el mar", de Hemingway.
Me siento en mi viejo butacón. Abro una página al azar y leo: "Un hombre puede ser destruido pero no derrotado".
A través de las persianas veo las estrellas. Pienso en toda la luz que Juan Carlos González Leyva lleva en su interior. Y entonces, ocurre el milagro: un eclipse total restaura, en medio de la noche, el valor metafórico del amanecer.
Jaad: Réquiem por La Habana, crónica de enero de 2003
foto: Olpl
Réquiem por La Habana
crónica de enero de 2003
Jorge Alberto Aguiar Díaz
Miro a lo lejos la ciudad; Arcadia de postguerra, agujero negro en el mapa.
Cruzo la bahía en la vieja lancha de Regla. La Habana, más que nunca, parece una villa. No necesita el maquillaje barato de una noche ni los piropos de un extranjero ebrio, sino llenarse de vida, sacudir su largo encierro provinciano.
Uno recorre sus calles y no encuentra un café donde pueda sentarse a beber té o infusiones, citarse con los amigos, conocer gentes, como se estiló a mediado de los ochenta en las llamadas casas del té.
No existe tan siquiera una taberna para disfrutar de los vinos nacionales, ahora que el invierno azota con fuerza.
Todos los sitios para turistas están diseñados con la uniformidad y monotonía prefabricada de mesitas plásticas, música salsa y pollos fritos.
Los pocos servicios que se ofertan en moneda nacional tienen pésima calidad y en su mayoría son atendidos por un personal descortés y "buscavida".
Los jóvenes sienten (y sufren) la carencia de una libre y auténtica vida cultural. Desean algo que no se reduzca a las esquemáticas actividades oficiales de homenajes, recitales, peñas literarias, declamaciones, círculos de lectura (donde se les invita a leer pero, contradictoriamente, no existe la literatura más contemporánea). Necesitan los jóvenes de una vida cultural que no sea la del estilo pomposo de los llamados promotores culturales y sus tediosas improvisaciones que, tarde o temprano, terminan agradeciendo a la revolución nuestra "independencia" y "soberanía".
Cada vez que La Habana, por ejemplo, cumple un aniversario en el mes de noviembre, podemos testificar ese provincianismo patriotero vestido del más simplón de los historicismos, ya que siempre se enmarca la festividad dentro de la cronología de la fundación de la ciudad y de la Colonia. Se excluye de este modo la etapa republicana, se intenta borrar precisamente los años de mayor esplendor que tuvo la capital.
Apenas se habla de la expansión urbana y el eclecticismo arquitectónico que conoció su mejor momento justo antes de 1959. Nunca antes ni después La Habana fue tan joven y bella.
Entre las décadas del cuarenta y cincuenta La Habana quería ser moderna, despojarse de tanto criollismo aldeano. Su afán extranjerizante podía terminar en la pesadilla del vicio y la noche libertina pero también en el sueño de una ciudad cosmopolita, abierta al flujo cultural, al intercambio de las modas y las nuevas ideas.
¿Dónde están las surtidas librerías, las eficientes imprentas, las decenas y decenas de cines, las estaciones de radio que transmitían la mejor música cubana y mantenían informados de los ritmos foráneos a los oyentes? ¿Dónde están los carnavales de La Habana? ¿Dónde sus cafés, fondas y bares? ¿Y aquellos almacenes y tiendas para ricos y pobres, y no solamente para los que tienen dólares como ocurre hoy en día?
Aunque se organicen fiestas y bailes populares, expoventas, ferias de artesanías, recitales de poesía, exposiciones de pintura; en fin, a pesar de las buenas intenciones por parte de algunas autoridades y ciudadanos por inyectarle sangre nueva, sobre todo al casco histórico, casi nunca percibimos la alegría si no acompañada de ciertas tensiones provocadas por el malestar y la incertidumbre de la supervivencia cotidiana.
La Habana parece un cementerio en ruinas. Fosa común de sonrientes cadáveres que viven en la nadahistoria, para usar una frase tan cara a Virgilio Piñera.
Calles oscuras y llenas de baches, derrumbes, tanques repletos de basura, edificios despintados, parques destruidos, soportales anegados en aguas albañales; una vida diurna y nocturna reducida a la rutina de telenovelas, alcohol, suicidio físico y moral.
La Habana ha envejecido mucho en los últimos 44 años; ya es una anciana decrépita y famélica viviendo rodeada de prótesis y remedios caseros que de nada sirven.
Todas las noches, cuando la ciudad recuerda su infancia o ve sus fotografías de juventud, no puede dejar de llorar. "Lágrimas negras" como la canción de Matamoros llenan sus ojos y los míos, que cierro con fuerza para imaginar a una Habana que alguna vez nos perteneció más allá de cualquier soberbia personal y de todos los odios y desmanes oportunistas y politiqueros con que hoy pretenden educar a las nuevas generaciones.
Llego a mi destino, al antiguo Muelle de Luz que sobrevive en la penumbra de traficantes y prostitutas, de policías que entre columnas coloniales se deslizan en silencio.
Miro al cielo. Va a llover. Otra vez anunciaron un frente frío. Cruzo la calle. Tal vez sea la temporada invernal más larga del siglo. Respiro profundo y regreso a mi casa sin levantar la vista, como un fantasma solitario en medio de una solitaria ciudad.
jaad: responsabilidad civil del intelectual
jaad: responsabilidad civil del intelectual
Responsabilidad civil del intelectual
Jorge Alberto Aguiar Díaz
Artículo escrito en 2002
Se ha dicho que los intelectuales, al menos una gran parte de ellos, miran con escepticismo el futuro. Tal vez tengan razón porque el discurso de la mayoría de los políticos suele ser demagógico.
¿Hasta dónde la libertad de prensa en una democracia se ve afectada por intereses capitalistas? ¿El liberalismo económico contradice el fundamento político de la democracia? ¿Cómo poner fin a la corrupción, al narcotráfico y al terrorismo? ¿Un gobierno nacionalista puede ser verdaderamente democrático? ¿Hacia dónde marcha la sociedad de consumo?
Los intelectuales desconfían de las respuestas fáciles y simplistas que muchas veces los políticos suelen dar a preguntas que indagan sobre pérdida de valores morales en una democracia.
Después de tantas utopías que terminaron en campos de concentración, totalitarismo, falsas democracias basadas en el consenso, sociedades desarrollistas que arruinaron el ecosistema del planeta, ¿qué podemos esperar del futuro?
Tal vez entonces sea comprensible "la sospecha de los intelectuales". Sospecha que se fundamenta en una gran incertidumbre por el porvenir y en un ajuste de cuentas con el pasado; es decir, con el proyecto de la Modernidad de querer construir una sociedad más justa.
Sin embargo, nada de lo anterior justifica -ni hace comprensible- "la actitud de los intelectuales".
Es cierto que el intelectual no es un hombre de acción, pero ¿dónde están sus opiniones, sus criterios, sus ideas? Es decir, dónde que no sea en las academias y salones.
¿Desconfiar del futuro significa darle la espalda a un presente lleno de injusticias sociales, confusión de valores y violaciones masivas de los derechos humanos?
En el caso cubano el silencio de sus intelectuales se traduce en una complicidad de doble moral, de oportunismo y miedo con un régimen antimoderno que los humilla y persigue cuando se apartan de la ideología oficial.
La desconfianza por el futuro político de Cuba que sienten los intelectuales dentro de la isla se ha convertido en la coartada perfecta para no participar en la vida pública del país.
Es cierto que dentro de la intelectualidad cubana existen zonas de resistencia. Incluso en muchas instituciones la ideología oficial no logra cohesionarse porque muchos intelectuales la cuestionan, subvierten sus presupuestos, siempre desde un cinismo o una ironía que les permite burlar y transgredir la prédica nacionalista y el discurso político del Partido Comunista.
Es una manera inteligente y astuta de resistir porque de esta forma no pierde un posible viaje al extranjero, un empleo, la esperanza de conseguir una vivienda, o la seguridad de no ser interrogado por sus opiniones.
El Ministerio de Cultura no confía en muchos artistas que son potencialmente disidentes, o que nunca van a acatar determinadas normas o directrices. Un ejemplo elocuente fue la delegación cubana que asistió a la Feria del Libro de Guadalajara. ¿Por qué no fueron invitados algunos poetas y escritores con una obra importante y reconocida? Obviamente, sobre estos "intelectuales de la resistencia", el Ministerio de Cultura y el gobierno cubano tienen poco control ideológico; no resulta fácil su manipulación para los intereses propagandísticos de la política oficial.
Sin embargo, no se trata de resaltar este fenómeno de la resistencia más o menos solapada, que es y será siempre útil, sino que, tal vez, sea el momento de preguntarnos: ¿cuándo van a opinar abiertamente los intelectuales en Cuba, o durante un viaje al extranjero, sobre asuntos que conciernen, no al incierto destino político del país, sino al miserable y sin futuro presente?
Si los intelectuales de la isla no quieren hablar u opinar de política ¿por qué no hablan u opinan sobre derechos humanos? Por ejemplo, ¿por qué no han exigido que se publique el Proyecto Varela, aunque no lo firmen? ¿Por qué no apoyan la necesidad de una prensa independiente, aunque no participen en ella?
Los intelectuales cubanos muchas veces se hablan a sí mismos y no quieren escuchar.
¿Qué sentido tiene preocuparse filosóficamente por el papel del sujeto en la historia moderna o en el porvenir, y no opinar sobre la pérdida de libertades individuales en el presente, en una sociedad donde la educación es gratuita pero condicionada, donde el problema racial está latente, y donde existe homofobia, machismo, apartheid económico, explotación de millones de obreros sin derechos sindicales, persecución y represión violenta de disidentes y opositores, y muchos asuntos sobre los cuales la intelectualidad guarda silencio?
No asumir un compromiso político puede ser tan comprensible como sospechar de un futuro incierto, pero ello no justifica la renuncia de la responsabilidad civil.
La complicidad a través del silencio ha sido, a lo largo de la historia, uno de los métodos más eficaces de cualquier tiranía.
Deberíamos recordar lo que dice un personaje de la novela Respiración Artificial, de Ricardo Piglia: "Las palabras preparan el camino, son precursoras de los actos venideros, la chispa de los incendios futuros".
Muchos intelectuales dentro de Cuba están atrapados en la contradicción de su propia lógica discursiva. Desconfían de cualquier proyecto político de la oposición interna, o incluso de un proyecto de reforma constitucional como el Varela, y sin embargo apoyan, con el silencio y la indiferencia, el proyecto social, político y económico de una revolución que pudo ser gloriosa, pero fracasó.
Es cierto que la demagogia se asimila mejor allí donde no existe una sólida tradición democrática. ¿Pero, qué más demagógico que el gobierno cubano? El populismo, disfrazado de "cultura general integral" -en un principio llamado "cultura masiva"- la propaganda y el adoctrinamiento en lugar de educación, la agitación política, las marchas multitudinarias, el fervor patriótico y el nacionalismo a ultranza, ¿no son prácticas de una demagogia delirante?
La libertad es servidumbre cuando es dictada por la voluntad de un solo hombre. ¿Dónde están nuestros intelectuales para opinar y debatir sobre las libertades individuales?
No basta el cinismo y la ironía con que se defienden muchos intelectuales dentro de Cuba, en esa zona ambigua de resistencia donde han escogido refugiarse hasta que pase la tormenta.
Defender una cultura es también defender los derechos humanos. ¿Cómo olvidarnos que la cultura es inseparable del ámbito jurídico, económico y político?
¿Hasta dónde los intelectuales, con su peligroso silencio, también construyen campos de concentración?
La coacción del gobierno cubano es todavía efectiva y rentable por la nula participación de los intelectuales en la vida pública. No deberían olvidar los intelectuales cubanos que la indiferencia por apoyar cualquier proyecto colectivo, aunque sea de una minoría, no es solamente miedo a la demagogia, es también un prejuicio pequeñoburgués de superioridad ante las masas.
¿Es ético que un intelectual se preocupe solamente por su éxito personal o profesional, si de todas formas, opine o no en la vida pública de un país, las masas no entienden nunca nada, e incluso, como rebaño, apoyan a sus líderes sin cuestionamiento alguno?
Por supuesto que los intelectuales no son los culpables o victimarios de la crisis que atraviesa el país. Ellos también son víctimas. El estado cubano los humilla, los compra con prebendas, los silencia con astucia.
El cansancio frente a la historia, que puede manifestarse como pesimismo, enajenación o autismo metafísico, de los intelectuales dentro de Cuba no es otra cosa que la destrucción sistemática, por parte del régimen, de la capacidad de resistencia moral de todo un pueblo.
Pero, ¿hasta cuándo los intelectuales cubanos soportarán el miserable papel que les ha asignado el castrismo?
Pudiéramos incluir aquí a los intelectuales de la emigración, no a los del exilio, por supuesto,. El gobierno cubano tiene sutiles mecanismos de represión y chantaje, y dividir a la diáspora en exiliados y emigrados fue uno de sus triunfos más contundentes.
Con tal de viajar a la isla, y así poder entrar y salir con autorización del gobierno, los intelectuales de la emigración son los que apoyan, con más fuerza y de una manera desvergonzada, a un régimen que anula todas las libertades.
El silencio de esos intelectuales, su indiferencia, su oportunismo, son lamentables. No deberían olvidar que existen muchas maneras de legitimar a una dictadura.
¿Cómo pudieron escapar al mundo libre y no dar testimonio del horror que sufre un pueblo?
¿Por qué para estos intelectuales la conciencia es siempre falsa conciencia?
¿Se han percatado, acaso, de que estamos hablando de seres humanos que viven perseguidos, que son encarcelados por sus opiniones políticas, por defender sus derechos, o que han muerto en cárceles donde son torturados?
¿Cuáles valores defienden los intelectuales que no asumen la responsabilidad civil, vivan en Cuba o sean emigrados?
Tzvetan Todorov escribió: "Czeslaw Milosz cuenta, en su libro El pensamiento cautivo que más de un nacionalista polaco antes de la guerra descubría con espanto cómo los discursos antisemitas que él había tenido por bravatas se transformaban, durante la ocupación nazi, en hechos materiales, en otras palabras: en montones de cadáveres humanos. Precisamente para evitar esa toma de conciencia tardía y el espanto que puede acompañarla, a los artistas y a los científicos les conviene asumir de entrada su función de intelectuales, su relación con los valores; aceptar, pues, su papel social".
El papel social del intelectual comienza cuando se asume la responsabilidad civil. Y la responsabilidad civil se acepta cuando ejercemos un criterio en contra de las manipulaciones y coacciones de un Estado, cuando exigimos un espacio para el debate y la reflexión en torno a asuntos que no sólo comprenden lo colectivo, sino también lo individual, que no sólo incluye los deberes del ciudadano, sino, y sobretodo, sus derechos inalienables.
Con mucha astucia para no enfrentar su responsabilidad civil, los intelectuales suelen hablar más del futuro incierto que del incierto presente, suelen hablar en nombre del Ser pero no del Hombre, y mucho menos del ciudadano.
La naciente sociedad civil en Cuba necesita de sus intelectuales. Frente a la omnipotencia del Estado los intelectuales deben opinar, ejercer la crítica, exigir la democratización de las instituciones, la independencia ideológica; deben, sobretodo, encararse con un poder que ha secuestrado el lenguaje para los más sádicos planteamientos, para construir discursos tautológicos, contradictorios y vacíos de contenido moral.
En Cuba -y atañe también a los emigrados, no así, repito, a los exiliados- los intelectuales se contentan con decir que no se inmiscuyen en política.
¿Cómo entender a un intelectual que dice no interesarse en política, pero participa en las marchas multitudinarias -que la mayoría de los intelectuales en Cuba saben que se trata de movilizaciones obligatorias- o es capaz de votar en unas elecciones manipuladas, o aceptar el discurso de un alto funcionario político en cualquier reunión, pleno o asamblea?
¿Cómo podemos ser apolíticos y aceptar esto?
Lo que los intelectuales aceptan, hipócrita y cínicamente, es una tácita regla de juego: si quieres ser quien eres debes adherirte a mis propósitos, y si no, nunca te atrevas a disentir en público.
Por una parte el gobierno cubano es represivo contra disidentes, opositores y periodistas independientes; sigue siendo un gobierno totalitario que controla y confisca cualquier espacio donde pueda desarrollarse la libertad de expresión y de asociación, donde exista el flujo abierto de la información y el libre intercambio cultural y político.
Sin embargo, ese mismo gobierno practica otra táctica contra los intelectuales que todavía no han disentido. No es abiertamente represivo sino velado, como fantasma que acecha y asecha. Más que totalitario se muestra como autoritario.
En esa sutileza de esencia y de lenguaje se marca la diferencia. A los intelectuales que no han disentido se les permite viajar, hacer algunas declaraciones (no muy comprometedoras), e incluso se les permite no ser partidarios del régimen mientras no se conviertan en opositores.
El Ministerio de Cultura es un súbdito de la cúpula de poder; un intermediario ideológico que regala prebendas y permite hasta ciertas conversaciones, chistes y posturas, siempre y cuando se desarrollen entre amigos o en los pasillos de una institución.
La pregunta que no pueden contestar ni el Ministerio de Cultura ni el Ministerio del Interior sin perder la ecuanimidad y sin argumentar otra cosa que no sea el discurso de la supuesta soberanía, los principios de la revolución y toda la pasión antimoderna de no integrarse a las democracias occidentales, es: ¿cómo puede actuar civilmente un intelectual en Cuba, para ser coherente o consecuente con su manera de pensar si ésta es contraria al gobierno?
La muerte civil de los intelectuales dentro de la isla es un hecho; un secreto a voces. La castración moral a la que son sometidos para domesticarlos con viajes, apartamentos, pequeños exabruptos críticos, los ha convertido en un grupo vulnerable. No pueden reclamar sus derechos civiles ni políticos si desean ser aceptados. Este despojo los vuelve miserables.
Para asumir esta castración con cierta dignidad, y sobrellevar el peso de una culpa, se inventan razones como "soy apolítico", "no quiero ser manipulado ni por los de aquí ni por los de allá".
La desinformación (nadie escuchaba porque nadie quería escuchar), las necesidades económicas y materiales, la desorientación, el temor a ser condenado al silencio, el exilio o el insilio, son, entre otras, las causas y razones con que se construyen en Cuba los argumentos que sirven como tácticas de supervivencia a la mayoría de los intelectuales; narcisos que entre la astucia y el miedo, parlotean un largo monólogo, cada día más incoherente.
¿Cuándo dejarán de transformar en sofisma la metáfora del intelectual nihilista?
Es comprensible que un intelectual diga que es un nihilista. Pero, no deberíamos confundir nihilismo con hedonismo o la mera indiferencia.
El nihilismo, como bien sabemos, es una postura moral o filosófica que entraña una actitud subversiva hacia todos los valores y discursos totalitarios, hegemónicos y nacionalistas.
De manera que ser un nihilista en Cuba es una forma de practicar un pensamiento contestatario, es ir contra la corriente, significa, de una u otra manera, disentir.
Pero la mayor parte de la intelectualidad cubana carece de ironía suficiente para enfrentar sin humillaciones su destino. Es lamentable la docilidad y el patetismo con que marchan colectivamente hacia un lento pero seguro suicidio moral.
Luis Trápaga
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