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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

…podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

#VJCuba pond5

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Apr 13, 2009

Jorge Carpio: Cuando La Habana duerme, cuento inédito cortesía del autor.



CUANDO LA HABANA DUERME
A la memoria del negro Pedro Infante, Homless habanero.
Hacía un par de meses que Boni dormía en el parque de H y 21; merodeaba por el Vedado; casi siempre podía comprar pan con croqueta y refresco baratos; también le quedaba cerca el Malecón y tarde en la noche, -cuando La Habana duerme, le gustaba decir-, bajaba el muro y se bañaba en el mar.
El día que el ciclón Lily pasó, Boni escuchó la alerta de los altoparlantes; anunciaban las medidas que debía tomar la población; le sonaban en los oídos como si ya la ciudad estuviera derrumbada. Una medida en particular lo había alarmado: no transitar por las calles, decía, pueden haber cables eléctricos caídos. Desde ese instante, Boni caminó con la vista fija en el piso.
Todavía no eran las cinco de la tarde y el cielo había tomado un color entre lila y negro. Boni se percató de la inminencia de la lluvia y luego de unos minutos, decidió dónde pasar el ciclón. Desde la esquina de 23 y G, pensó en dos opciones: la Terminal de Ómnibus o la funeraria Rivero. Se sintió tentado por la primera pero temió que estuviera cerrada, como en otras ocasiones, y quedara indefenso en medio de la avenida. Optó por la segunda. Se dijo a sí mismo que la muerte no respetaba ciclones; y echó a andar apurado hacia Calzada y K.
Por el camino, Boni recordó que otras veces había intentado dormir en la funeraria pero no había tenido suerte. Nada más hacía entrar y el portero, un negro gordo, le salía al paso y lo inspeccionaba de pies a cabeza. Después decía que eso no era un hotel; y todavía con la cara retorcida, señalaba la puerta. Cuando trataba de justificar que venía por una amistad o un familiar, el negro gordo lo acosaba a preguntas y, en última instancia, le pedía el carné de identidad. Boni odiaba al negro gordo. Pero hoy no voy a ser tan fatal, se dijo y miró desesperado la puerta de cristal de la funeraria empapelada con cinta adhesiva. Boni subió casi corriendo las escaleras. Buscó la pizarra de defunciones y leyó el nombre del único cadáver que había tendido. Al momento, y como una aparición, escuchó los pasos y vio la figura grotesca del negro gordo. A Boni le pareció que había envejecido; caminaba de medio lado; y aunque se encontraba dentro del edificio, se había cubierto con una capa para la lluvia.
-Hola –dijo Boni.
Pero el negro gordo no respondió; lo miró sospechoso como las veces anteriores. Boni creyó que intentaba reconocerlo y sintió terror de que lo descubriera. Entonces respiró profundo. Después dijo:
-Vengo por Pepe Medina -, y señaló el nombre en la pizarra.
Unos segundos más tarde el negro gordo le indicó que la capilla C quedaba en el tercer piso. Boni no lo podía creer; en ese momento, no le preocuparon ni los vientos del ciclón ni la soledad de la noche; pero mientras caminaba, sintió la mirada del hombre clavada en la espalda y temió que se arrepintiera y lo botara como un perro; como un perro callejero muerto a patadas. También sintió la frialdad, la humedad, y el olor dulzón de la funeraria. Se le ocurrió que así de dulce debía oler la muerte y se alegró de que la muerte tuviera un aroma tan suave.
En la tercera planta, ya más calmado, Boni buscó la capilla C; la encontró al instante; era la única que permanecía alumbrada. Se detuvo en la puerta; se quitó la boina y la guardó en la mochila. Vio el ataúd y una corona que colgaba de un caballete; y al lado una mujer joven, solitaria, sentada en una silla con la cabeza recostada en la pared y las piernas extendidas. Boni creyó que dormía. No quería despertarla y permaneció en silencio por un rato pero el techo abovedado de la capilla le provocaba una sensación de vacío. Boni tosió y escuchó el eco cavernoso de su propia tos. La mujer se pasó la mano por la cara y lo miró atónita como si hubiera visto un fantasma. Él la saludó con un gesto de la mano. Después caminó hasta el ataúd y se asomó al cristal: encontró el cuerpo consumido de un viejo como si la piel nada más cubriera el esqueleto. Murió de hambre, pensó Boni. En ese momento, tuvo la impresión de que el cadáver había sonreído; y no le separó la vista; esperaba ver de nuevo la sonrisa en aquella cara enjuta; pero el hombre se mantuvo quieto.
-Lo siento –le dijo Boni a la mujer. Él mismo se sintió abochornado; no sabía dar pésame; nunca se le había muerto alguien cercano. Para suerte o desgracia mía, le gustaba decir, mi gente se fue del país.
Después se sentó un par de sillas más allá de la joven; aún tenía en la memoria la sonrisa del difunto. Colocó la mochila humedecida por la llovizna en el piso; allí tenía los libros. Más tarde, si la electricidad se lo permitía, se pondría a leer. También traía el bulto de periódicos que había comprado en el estanquillo de 23 y H. Sintió deseos de explicarle a la mujer que los periódicos eran lo mejor para evitar el frío; y estaba dispuesto a compartirlos. Pero no dijo nada. Miró hacia un rincón de la capilla; el sitio limpio y seco le pareció ideal para tirarse a dormir diez o doce horas de un tirón; y recordó a su amigo el negro Pedro Infante. ¿Dónde estará? Boni se lo imaginó en un lugar cualquiera de La Habana; desentendido del mundo; tarareando una ranchera: con dinero y sin dinero, como si los ciclones creyeran en dinero. El negro Pedro Infante viendo caer la lluvia… Ahora Boni volvió la cabeza y vio que la mujer lo observaba. Calculó que no excedía los veinticinco años. También se dio cuenta de que era bonita.
-¿Usted es familia? –preguntó él y señaló el ataúd.
-Soy hija única –dijo la mujer.
Luego ella abrió un termo y echó café en un vaso.
-Tome –dijo.
Boni dio las gracias y lo bebió de un trago. Saboreó el amargor del café, todavía caliente, y recordó que era lo único que había probado aquel día. La vista se le nubló y se le clavó un fuerte dolor en el estómago; pero al momento se le pasó. Entonces pensó en un plato de arroz con frijoles negros, masas de cerdo asadas y tostones; le añadió yuca, ensalada de lechuga y tomates…
Después Boni sacó del bolsillo el último cigarro.
-¿Le molesta? –preguntó.
La mujer negó con la cabeza; sacó otro de una caja; también lo prendió, y le dio la primera bocanada profunda. Expiró el humo que hizo volutas casi redondas. Él se entretuvo mirando como se disolvían; creía que más o menos igual, como volutas de humo, se disolvía la vida.
Afuera ya estaba oscuro. Se sentía el silbido del aire que chocaba contra el edificio. Pronto se iría la corriente, pensó mientras miraba las lámparas que parpadeaban; y le hizo el comentario a la mujer:
-Aquí traigo velas –respondió ella. Y las sacó de una jaba. –Para tenerlas a mano-, y las puso encima de una silla.
La mujer también había comprado otras cosas:
-Mire -y le mostró un abridor de latas, una capa para la lluvia, un paquete de incienso y unos espejuelos oscuros-. Esto es para si mañana sale el sol –dijo-, y sostuvo en la mano los espejuelos oscuros.
Boni se fijó en el mazo de velas; las había de varios colores y hacían una figura en espiral; le gustó una de color verde claro. Ella también permaneció en silencio pero mirando las cosas que había comprado.
Hacía un par de horas que conversaban. La mujer se llamaba Laura y se había graduado de economía en la Universidad de La Habana. También dijo que se sentía dichosa por haber encontrado un hombre bueno. Cuando comentó que su esposo era italiano y estaba haciendo los trámites para irse a vivir a Europa, Boni la miró a los ojos; pero ella le esquivó la vista y se fijó de nuevo en las cosas que había comprado.
-Todo cuesta dinero –dijo Laura.
Luego sacó del monedero una foto del esposo. Boni pensó que pronto ella estaría en otro velorio; y se preguntó cómo sería un velorio italiano: seguro que no lo harían durante un ciclón; allá no hay ciclones. Y sintió miedo de encontrarse solo en un cajón de madera. No supo por qué le vino a la mente que los ataúdes olían a dulce de guayaba, incluso los de Italia. Luego recordó la sonrisa del difunto. Volvió a mirar a la mujer pero esta vez ella bajó la vista más despacio.
Aunque afuera llovía, Boni no escuchaba las gotas de agua que chocaban contra el cristal de la ventana; se había concentrado en un punto del techo abovedado de la capilla. Por un instante, dudó en contarle a Laura que él también se había casado con una extranjera. Nunca decía que estuvo a punto de irse a Nueva York. ¿Por qué no te fuiste? Eres un bobo, le reprochaba la gente. Boni callaba; pensaba que ellos no entenderían.
Casi a media noche se apagaron las luces. Boni se lamentó; no podría leer. Laura prendió un par de velas y ambos permanecieron por un rato en silencio. Él comenzó a sentir sueño. Abrió la mochila y sacó los periódicos; le ofreció uno a la mujer.
-No, gracias –dijo ella.
Boni se tiró en un rincón de la capilla. El calor de los periódicos hizo que recordara a su amigo el negro Pedro Infante; pero decidió olvidarlo; creyó que podría perder el sueño.
Había amanecido cuando escuchó la voz del negro gordo.
-¿No hubo problemas? –dijo y lo señaló a él con el dedo.
-No –respondió Laura.
-Este es un vagabundo… –dijo el negro gordo.
-Es un amigo –lo interrumpió ella.
-El carro está listo –dijo el negro gordo.
La mujer no respondió, bajó la vista y se entretuvo mirando las lozas del piso. Boni creyó que lloraba. Entonces dejó de mirarla, no le gustaba el llanto de las mujeres, y se fijó en el rostro del cadáver. Se sorprendió; ahora, además de sonreír, el hombre también había abierto los ojos. Boni tuvo intención de salir corriendo pero se contuvo. Volvió la cabeza y se aseguró de que Laura iba a su lado. ¿Era una alucinación o tal vez no había dormido bien? No lo sabía.
En el momento de la partida, el negro gordo estaba parado en las escaleras de la funeraria; los contemplaba impávido; y a pesar de que había escampado, todavía tenía puesta la capa para la lluvia. Boni se despidió de él con un gesto de la mano pero el portero no le devolvió el saludo.
Laura se acomodó en la cabina del carro junto al chofer, y Boni en la parte de atrás, junto al cadáver. El olor de las flores mezclado con el tufo dulzón de la muerte hizo que sintiera nauseas. Pensó cambiarse de sitio pero comprendió que en cualquier parte sería igual. Aunque podía mirar por la ventanilla no se fijó que subieron por Calzada y esquivaron las olas que saltaban el muro del Malecón; hasta que alcanzaron Zapata.
Desde el inicio del trayecto, Boni se percató de que el hombre lo miraba con desprecio; parecía injuriarlo. ¿Por qué me mirará así?, pensó. Porque eres un cretino, creyó que había dicho el hombre. Era la primera vez que lo ofendía un muerto y Boni se sintió perplejo. ¿Por qué no te fuiste con la americana?, lo interrumpió el hombre. Aquella pregunta lo molestaba. Tienes miedo, afirmó. Ahora sonreía como si se burlara de él. ¿Qué querías que hiciera? Cuando Boni pensó eso, la cara del hombre se contrajo. Que te fueras, coño, gritó el hombre. Boni temió que Laura y el chofer lo hubieran escuchado y miró para la cabina del carro pero todo permanecía normal; de vez en cuando ella miraba por el espejo retrovisor y le sonreía ligeramente. No es tan fácil irse, pensó Boni y recordó con nostalgia a sus amigos que se habían desperdigado por el mundo. ¿Qué hago yo en otro lugar? La pregunta hizo que el hombre irrumpiera en un monólogo y evocara pasajes gloriosos de los años sesenta. Boni no lo quiso escuchar. ¿Y tú por qué no te fuiste?, entonces pensó. Estoy muerto. Ya me fui, respondió el hombre. Esta vez rió a carcajadas. Allá tú que te quedas, dijo. Y le recordó que ellos no lo querían. ¿Quiénes?, se preguntó Boni que en ese momento inclinó la cabeza. Ellos, repitió el hombre. Boni hizo una pausa larga como si se repusiera de un miedo que le impedía hablar. Laura también se va y ellos tampoco la quieren, ellos no quieren a nadie, pensó al rato. Me alegro por Laura, respondió el hombre que dejó de mirarlo; se quedó con la vista fija en el techo del carro como si contemplara el cielo. Después, un par de lágrimas rodaron por sus mejillas casi desaparecidas. ¿Por qué llorará? Boni se hizo la pregunta apenado; había empezado a sentir lástima por el difunto. Pero el hombre no respondió. Luego, el cristal del ataúd se fue empañando como si hubiera sido humedecido por las lágrimas o un bostezo prolongado; ya Boni no le volvió a ver más el rostro al muerto.
El carro se detuvo frente a la verja de hierro del cementerio. Un hombre la abrió; también iba cubierto con una capa para la lluvia y eso hizo que Boni recordara al negro gordo de la funeraria. Doblaron a la izquierda. Anduvieron por callejuelas señaladas con letras y números. Boni relacionó las tumbas descoloridas con La Habana y pensó que los cementerios eran una especie de extensión de la ciudad. También había árboles caídos y el olor era nauseabundo como si el agua hubiera encolerizado a los muertos y hubiera revuelto su fetidez. Después hicieron un giro y tomaron rumbo Sur. Casi en el fondo del cementerio, como si pretendieran ser ocultadas, Boni divisó hileras de tumbas que apenas se elevaban sobre el césped; todas se parecían. Entonces entendió que en esa dirección descansaban los muertos más fácilmente olvidados. Ahí le tocaría al padre de Laura; ahí también le tocaría a él y a su amigo el negro Pedro Infante pero no a sus otros amigos que se habían desperdigados por el mundo. El carro se detuvo frente a una de las paredes finales del cementerio. Se apearon. Boni miró el agujero donde depositarían al difunto; no era tan profundo y el agua de las lluvias lo había cubierto de fango. Ahora se le ocurrió que las fosas de los muertos tenían un olor ferroso, parecido al de la sangre de los perros.
Laura y Boni se despidieron en 12 y 23; ella iría para su casa y él para el parque de H y 21. Primero la joven le tendió la mano y lo miró fijo a los ojos. Boni le sostuvo la mirada hasta que ella lo abrazó. Sintió el perfume de sus cabellos y le resultó diferente al olor de la muerte, al de los ataúdes y al de la fosa; olían a ciertos amaneceres que Boni había vivido en la infancia; una mezcla de café con neblina. Después Laura le susurró al oído: cuídate Boni; y le puso en las manos el abridor de latas, la capa para la lluvia, el paquete de incienso y los espejuelos oscuros. Él no habló; quería que la voz y las palabras de la mujer se quedaran para siempre en su memoria. Se volvieron la espalda y cada uno tomo su rumbo. Durante un rato, Boni llevó impregnado en su cuerpo, o posiblemente en la nariz, el olor café con neblina de Laura.
Ahora estaba solo. Pensó que podía regresar a Zapata y llegar hasta la panadería de la calle 4, donde trabajaba Abelito y pedirle un poco de pan. Boni sentía hambre; pero temió que su amigo no estuviera. Miró para 23 y decidió caminar hasta H. Se fijó que las ramas de los árboles estaban tiradas por el piso; cubrían el pavimento como si hubieran crecido ahí. También había cables eléctricos sueltos pero se imaginó que estarían sin corriente. Caminó apurado. Cuando llegó a Paseo, se detuvo y miró para el Malecón; a lo lejos pudo ver como todavía la espuma de las olas saltaban el muro. Continuó por 23; y al descubrir un gato que iba, paralelo a él, pero por la acera contraria, se dio cuenta de que era el primer ser que encontraba. En G vio las primeras personas; se asomaban por las ventanas de las casas como si el mundo se hubiera derrumbado. A Boni le causó gracia tanto miedo. El café literario de G y 23 estaba desierto; los cristales empapelados le hicieron recordar la puerta de la funeraria y al negro gordo cubierto con la capa. Pero los olvidó al instante. Dobló por H y bajó hasta 21. Ya frente al parque encontró lo que temía: al igual que el resto de la ciudad, las ramas de los árboles estaban tiradas por el piso. Boni sintió tristeza al encontrar tanto destrozo; pero a la vez una enorme alegría al descubrir al negro Pedro Infante sentado en el banco, delante del busto de Víctor Hugo; su amigo miraba para el piso como si una enorme preocupación lo embargara. Entonces Boni gritó: ¡Eh! Al encontrarse frente a la glorieta, sintió sobre su hombro los sollozos del negro.
-Tranquilo, Pedro -dijo, y le dio un par de palmadas en la espalda; también le recordó que los hombres no lloraban.
El negro se separó de él y se enjugó los ojos.
-Vamos –dijo Boni y puso la mochila junto a las bolsas de Pedro Infante. Y se pusieron a recoger las ramas caídas del parque.
Un par de horas después, cuando había salido el sol y la gente de La Habana había regresado al parque, ya Boni y su amigo habían recogido del piso las ramas de los árboles.
Cerro, 3 de abril de 2009.
Jorge Carpio
Sancti-Spíritus, 1965, narrador
reside /resiste en La Habana
-

Apr 7, 2009

Jorge Carpio: otro cuento inédito, cortesía para habanemia




 CAMARÓN ENCANTADO EN CHINA TOWN

“Tengo gran fe en los locos. Mis amigos le llamarían confianza en mí mismo”
Edgar Allan Poe

         Era la hora del almuerzo y Li le dijo a Boni que iba al Tong Po Laug a comprar algo de comer. Se levantó de la silla y lo dejó solo con los libros y los discos. Si viene alguien preguntando por mí, dile que regreso enseguida, le recordó ella mientras se alejaba.
         Boni asintió con la cabeza. Había llegado temprano a la librería y tenía hambre; también le hubiera gustado comprar comida en un restaurante pero no tenía dinero; era temporada baja y lo que ganaba apenas le alcanzaba para sobrevivir. Y para colmo, la policía había instalado cámaras en las puntas del boulevard del Barrio Chino, y jineteras y turistas habían emigrado a otros lugares más seguros…
         Entonces, Boni vio salir a Li del Tong Po Laug con un plato humeante en la mano: había comprado una paella. En la medida que la joven se acercaba, sintió el olor de la comida y la boca se le llenó de saliva; esperaba que le brindara. Boni detalló en el color amarillo de los granos, y el verde chamuscado de los vegetales. Identificó los frijolitos chinos; le gustaban los frijolitos chinos. Descubrió un camarón encumbrado en medio de la montaña de arroz; era un camarón solitario, ovillado, que le daba un aire apetente y majestuoso al plato. De buena gana, Boni hubiera metido la mano y engullido el camarón. Pero no hizo nada; se quedó en silencio, sufriendo con los efluvios de la comida y tragándose su propia saliva.
         -Mira –dijo Li, y señaló con el tenedor al camarón solitario-. ¡Qué bonito! -Agregó ella.
         -Sí –respondió Boni.
         -Lo voy a dejar para último –dijo Li. –O mejor no; lo voy a dejar en el plato. A ver si es un camarón encantado y nos trae algo bueno ¿Qué tú crees?
         -De acuerdo –dijo él y miró con envidia al camarón solitario.
         Boni dejó de pensar en la comida y miró para la entrada del boulevard. La gente caminaba hurgando con la vista en los restaurantes; los porteros le mostraban las cartas y pregonaban las ofertas. Frente a la librería uno hacía un pregón que a él particularmente le desagradaba: suplicaba que el Tong Po Laug era la Bodeguita del Medio del Barrio Chino y que ahí la cerveza costaba más barata. Aquí el turista puede hacer lo que desee, concluía el hombre.
        
Ahora Li comía más despacio; había devorado una buena parte de la montaña de arroz con vegetales. Y aunque Boni se entretenía mirando la gente que entraba al boulevard, de vez en cuando se fijaba en la paella. El camarón seguía intacto pero siempre en otra posición; por su cuenta, le había dado unas cuatro vueltas al pozuelo. Una de las veces que miró, Li lo sorprendió; ella también estaba preocupada, sabía que él tenía hambre; era posible que hubiera salido de su casa sin haber probado bocado alguno.
         -No te preocupes, Boni, te voy a dejar algo; yo no puedo con todo esto. Pero no te comas el camarón, sabes. Creo que es un camarón encantado y nosotros necesitamos suerte –dijo Li.
         Boni estuvo de acuerdo. Se alegró de que lo tuviera en cuenta. Con la noticia, las tripas le empezaron a hacer un ruido aparatoso; pero lo peor era que no podía comerse el camarón. No importa, se dijo; algo es algo; y dejó de preocuparse por la comida.
         -Toma –dijo Li y le extendió el plato.
         Boni comió con apetito. Cuando terminó, tuvo intenciones de tragarse el camarón; pero en ese instante se percató de que había cambiado de color. Recordó que al principio tenía una tonalidad rosada, salpicada de blanco, y ahora había alcanzado un rojo intenso como escarlata.
         -Mira –le dijo sorprendido, y apuntó al camarón igual que había hecho ella.
         -¿Qué? –respondió Li.
         -Mira como ha cambiado de color –dijo él.
         -¿El qué? –dijo Li.
         -El camarón –dijo Boni.
         -No le veo nada extraño; está igual –aseguró ella y viró la cara.
         Boni no insistió. Pero en la medida que miraba al camarón, su nuevo color se hacía más intenso y hasta notó que se había movido. ¿Qué le estaba pasando? ¿Se le estaría inclinando el tejado, como le gustaba decir a su amiga Svetlana la rusa? Luego Boni pensó que no le contaría a nadie lo sucedido; jamás lo entenderían; la gente ordinaria podría imaginar que era una alucinación. Pero él estaba convencido de que sentía algo diferente, era como si flotara o lo invitaran a viajar a otros lugares. Entonces Boni miró a Li y se sorprendió aún más: podía ver las cosas que su compañera estaba pensando. ¿Qué es esto? La única respuesta que encontró fue que el camarón lo había conducido al cerebro de la joven. Todo podía suceder con el encanto de un camarón, pensó finalmente.
-¿Te pasa algo? –dijo Li.  
         Boni dejó de mirarla; se sentía mezquino al saber que podía conocer su pensamiento.
         -No –respondió y se fijó en el portero del Tong Po Laug.
         Tampoco quería saber qué pensaba aquel individuo vestido de amarillo y con un sombrero cónico, pero se horrorizó al ver la poca capacidad que tenía: en su cerebro fluían sólo un par de ideas. Y lo más alarmante era que tardaban demasiado tiempo en reaccionar. Boni encontró que tenía el cerebro verde como si estuviera podrido. Y él había aprendido en la escuela que la materia cerebral se componía de gris y blanca. ¿Cómo era posible que la tuviera de otro color? De pronto, en la mente del portero afloraron billetes; era como si se mostraran ante un proyector. Boni dirigió la vista hacia donde estaba mirando. Reparó que se fijaba en los transeúntes que entraban al boulevard. ¿Qué bárbaro?, pensó y llegó a la conclusión de que asociaba a la gente con alguna moneda. Supuso que su capacidad no sobrepasaba la de un chimpancé y sintió un poco de lástima por él. Pero a Boni le hubiera gustado que lo mirara, le encantaría saber qué tipo de dinero le correspondía. Seguro que me ve estampado en pesos cubanos y para más detalles en billetes de a uno, pensó; y le resultó graciosa y a la vez patética aquella ocurrencia.
        
Hacía rato que había terminado con la paella. ¿Qué hago todavía con esto?, se dijo Boni al ver el pozuelo. Miró hacia el piso; buscó donde colocarlo. Se decidió por un rincón, al pie de la vitrina de los relojes, ahí estaría resguardado del paso de las personas; también era difícil que algún animal, con más seguridad los gatos, se acercara al camarón. Después inclinó la cabeza sobre la mesa donde exhibían los discos; se sentía amodorrado. Más tarde percibió que un hilillo de baba le colgaba de la boca y le caía en el regazo. Se quitó los espejuelos y se pasó la mano por la cara. Creyó haber dormido unos quince o veinte minutos; ya eran casi las dos. Ahora la gente salía de los restaurantes y se detenía en la librería. Boni había comprobado que en ese horario los turistas compraban libros del Ché y la Revolución; y los cubanos, horóscopos y folletos de santería. Casi siempre, hacía buenas ventas.
Más consciente del instante, Boni se fijó en Li y la vio atareada vendiendo discos. La joven despachaba y a la vez no le quitaba la vista de las manos a los clientes. Habían sido rodeados por un tumulto de personas. Los nuevos ricos, el hombre nuevo que sale a caminar La Habana las tardes de domingo, le gustaba pensar a él. Boni se irritó con la bulla que hacían; tomaban los CD; preguntaban a gritos los precios y discutían cuál era mejor. Entonces recordó al camarón. Miró para el pozuelo y  lo vio en el mismo sitio. Se alegró: seguía fosforescente como al principio pero ahora el brillo contrastaba con la penumbra del rincón. Boni sonrió para sí. Se propuso indagar qué pensaba aquella gente insulsa. Dirigió la vista al grupo y entró y salió de sus cabezas. Vio más o menos lo que suponía: en unos, fragmentos de películas; en otros, conciertos de música, documentales del Discovery Chanel…; en la mayoría no encontró absolutamente nada, permanecían con la mente en blanco como si no existieran.
Hasta ese instante, habían tenido buena venta de discos pero no de libros. Boni empezaba a preocuparse; era probable que ese día no ganara dinero. Un rato después se animó al ver a un par de turistas; por el idioma supuso que eran alemanes. Andaban sucios y con peste a sudor. Esperó a que se detuvieran frente a la librería. Se acercó a ellos y le hizo la pregunta de siempre:
-¿Puedo ayudarlos en algo?
De momento los hombres no reaccionaron; estaban concentrados mirando unos pósteres del Ché. Boni repitió la pregunta.
-¿Sí? –dijo uno de los hombres.
Entonces él señaló los libros.
-¡Oh!, no, no –dijo el hombre y se quedó mirándolo serio. -No –repitió; pero esta vez en un tono áspero.
Boni no se molestó. Se fijó en el camarón y se propuso entrar en la cabeza del que había hablado, quería conocer cómo pensaban los extranjeros. Son personas igual. También se cuestionó que viajaban por el mundo. Entonces tienen que ser diferentes. Con mayor interés, se coló en la mente del turista. Primero observó su pelo rubio casi blanco y amelcochado como si hiciera días que no se bañara. Sintió una peste similar a la del Barrio Chino cuando se reventó la cañería de los restaurantes. Después se estableció en uno de los hemisferios del cerebro del hombre; no identificó si en el izquierdo o el derecho. Tenía esperanzas de encontrar imágenes con los encantos de la ciudad como proponían los anuncios publicitarios; en cambio, no vio nada en concreto; más bien tropezó con un cúmulo de ideas que no logró comprender: estaban en alemán. ¡Qué malo!, exclamó. Sin embargo, al contemplar una medalla hebrea, el turista pensó algo que Boni sí entendió: Ich haben hunger, se dijo el hombre. Yo también tengo hambre, se dijo él.
Todavía apesadumbrado, Boni vio alejarse a los alemanes sin que compraran nada. Acto seguido, entraron en la Parrillada, el restaurante vecino de la librería. Se alegró; creía que ese sitio diseñado como un comedor obrero era el lugar ideal para aquellos imbéciles.

Ya era media tarde y El Barrio Chino se mantenía tranquilo; sólo los niños de los alrededores correteaban por el boulevard. Boni pensó que la gente estaba perdiendo el hábito de leer. El mundo cambia, se dijo con nostalgia. Entonces recordó a los alemanes. Sintió desprecio por ellos. Igual recordó que se habían fijado en los pósteres del Ché. Él también los miró. Tuvo curiosidad por conocer el pensamiento del Ché. Se decidió a hacer la prueba y escogió la famosa foto de Korda que había recorrido el mundo. Pero no encontró ninguna idea: todo se mantenía en blanco y negro. Repitió la operación. Creyó que había perdido el encantamiento y se sintió frustrado. Después, más tranquilo, pensó que los camarones encantados no penetraban la mente de los difuntos. ¿Pero si otra persona ha sido encantada y descubre que pretendo conocer la intimidad de un héroe?, se preguntó Boni. Con disimulo observó a su alrededor pero nadie se fijaba en él; sólo Li se había vuelto para mirarlo.
-Esto está malo –dijo ella y dirigió la vista hacia los libros.
Boni no respondió. No le gustaba esa frase. Renegaba de Niurka, la florera, que entraba al boulevard lamentándose: esto está malo, era su bocadillo de presentación.
-Te pareces a Niurka –dijo él y sonrió.
Li le devolvió la sonrisa.
.
Los pajaritos del boulevard chillaban al mismo tiempo como en un gran concierto: la pajarera era una sinfonía anárquica, pensaba Boni.
-¿Qué hora es? –le preguntó a Li.
-Seis menos diez –respondió ella.
Entonces miró al camarón y encontró que los pajaritos entonaban melodías nostálgicas; como si recordaran el lugar de donde los habían traído. Boni sintió deseos de romper las jaulas, pero desistió. Se fijó en uno que permanecía en silencio, taciturno, y quiso ver qué pasaba por su cerebro. Paradójicamente era el más alegre. Se entretenía analizando su condición de pájaro prisionero; se alegraba de estar en una jaula segura donde todos los días un empleado le echaba comida; se había convencido de que era peligroso vivir en libertad. Si salgo de aquí me comen los gatos, se repetía el pajarito como si concibiera una consigna. Boni lo aborreció; recordó momentos pasados de su vida. Entonces miró para encima de la pajarera y vio dos gatos; parecían familia; eran blancos con pintas negras. Uno estaba tirado sobre el latón que hacía de techo en forma de pagoda; se lamía una pata y se la pasaba por la cara y por detrás de las orejas. A veces cerraba los ojos y dormitaba. El otro estaba sentado sobre las patas traseras. Boni entró en la cabeza del primero. El animal se entretenía contemplando imágenes que él mismo inventaba:
Infinidad de gatos sentados sobre el muro del Malecón miraban el horizonte como si buscaran algo perdido. A menudo saltaban sardinas del mar y caían directamente en sus bocas. Los pescadores habituales, envidiosos, intentaban abrirse paso entre la multitud de gatos pero ellos no lo permitían. Cada vez que uno se acercaba cerraban filas. Boni tituló esa ensoñación: Rebelión felina. Y le agradó que aquel animal insignificante estuviera inmerso en semejante delirio. El otro gato estaba concentrado en los pajaritos. Se imaginaba que los cazaba en el aire como si fuera un tigre volador. Boni no le dio mucha importancia a aquel espejismo; le pareció pedestre. Muchas veces, había pensado que él era como los gatos; le encantaban los mariscos y también era huraño, y se había imaginado subido en los tejados.

Más tarde, casi al anochecer, Boni vio a América y a Caridad que entraban juntos al boulevard. Conversaban. Se fijó en el hombre y pensó que no era un negro común; se le pareció a un abisinio con la barba hirsuta. Caridad miró para la cámara que la policía había instalado frente al restaurante Pacífico. La mujer se le acercó a América y le dijo algo al oído. Boni vio cuando él guardó en el bolsillo del short pant dos cajas de cigarros Malboro. Después, ya frente a la librería, lo saludaron: América le puso la mano en el hombro y Caridad lo besó muy cerca de los labios.
-¿Cómo va la cosa? –dijo América.
-Normal –respondió Boni y miró el camarón.
-¿Qué hay, nene? –le dijo Caridad.
Esta vez, Boni no habló, se limitó a mover la cabeza: ahora que estaba encantado podía saber qué sentía ella cuando cerraba los ojos y gemía debajo de él. Pero en ese momento, prefirió entrar en la mente de América. Al principio se sintió confundido; después se fue adaptando a su dualidad de pensamiento. Pensamiento binario, se dijo Boni, y comenzó a saltar de una idea a la otra: son of a bicht, y al mismo tiempo, hijo de puta, pensó América mientras se veía por una calle de Manhattan y una de Centrohabana a la vez. El hombre combinó marihuana con campanilla, güisqui con ron, automóviles a una velocidad aparatosa con bicitaxis que subían lentos por San Nicolás; el amotinamiento de la cárcel de Atlanta con el andar cansino de algunos habaneros. América también pensó en Boni: lo asoció con un sacerdote de una iglesia católica de Queen; con un sargento de la Armada; con un Jonqui de North West Harlem; con un usurero de Greenwihg Village; con un anacoreta de la rivera del Hudson; con un violador de Central Park… Boni se alegró de que al pensar en él, América rompiera su binarismo habitual y lo asociara con semejante multitud. 
-¡Qué bien, América! –dijo y le dio una palmadita en el hombro-. Uno de estos días nos vamos a beber una botella de ron.

Poco después, las guirnaldas de los restaurantes hacían brillar el boulevard; comenzaba el horario de comida y de nuevo el movimiento. Ahora sí debo vender algo, se dijo Boni, y quiso estar preparado para ajustar los precios con los clientes. Miró al camarón; esta vez durante un rato más largo, consideraba que así le duraría más el encantamiento. Pero nadie se acercó a la librería; pasaban y miraban y se colaban en alguno de los restaurantes; después salían hurgándose los dientes; y la mayoría llevaba de regreso a casa bolsas con los restos de la comida. Durante ese tiempo, casi cuatro horas, penetró infinidad de mentes.

Eran casi las once cuando Boni se recostó al espaldar de la silla y cerró los ojos: vio un montón de estrellitas que aparecían y desaparecían.
-¿Te sientes mal? –le dijo Li.
-No –respondió él.
-Vamos a cerrar –propuso ella.
Boni se levantó y se quedó un rato de pie. Estiró el cuerpo. Después miró para el pozuelo pero lo vio vacío.
-¿Y el camarón? –casi gritó Boni.
Li se sobresaltó; lo miró asustada.
-No sé –balbuceó ella.
Boni recogió el pozuelo y se lo acercó a los ojos. Cuando se cercioró de que el camarón no estaba, sintió una soledad inmensa; era como si hubiera perdido a un amigo entrañable. ¿Había sido nuevamente abandonado? ¿Sería posible que todos, incluyendo el camarón, se fueran? Ahora, para colmo, tampoco podría saber qué pensaba Caridad mientras él le hacía el amor. Entonces vio a la perra Canela echada sobre la acera; lo miraba con la cabeza inclinada y había abierto la boca como si sonriera. ¡Caramba!, dijo, y se lamentó de que no hubiera venido cuando estuvo encantado; a él le hubiera gustado conocer qué pensaba; creía que era una perra bonita aunque tenía los ojos tristes. Boni se agachó junto a Canela, también sonrió, y se quedó acariciándole la cara.

La Habana. 2008-11-03



Jorge Carpio,
Sancti-Spíritus, 1966, narrador.
reside /resiste en La Habana

Apr 1, 2009

Jorge Carpio, cuento inédito






Jorge Carpio,
 Sancti-Spíritus, 1966, narrador.
reside /resiste en La Habana
                                                                                                                                                          CASO CERRADO

      En cuanto apareció la publicidad en la pantalla del televisor, yo dije que la gorda estaba enferma. -Esa mujer está enferma. –eso fue lo que dije, pero mis amigos no me hacían caso; seguían mirando el Chevrolet que subía la montaña a una velocidad tremenda y después, cuando estaba a punto de saltar al vacío, frenaba de golpe en el borde del precipicio y aparecía el anuncio: CHEVROLET PARA USTED. -¡Qué loco! –dijo Gerardito, cuando llegue a Miami voy a comprarme uno igual; y al instante anunciaron el tema de presentación del programa: CASO CERRADO se llamaba; y entonces dejé a mis amigos discutiendo de carros, y me concentré en las imágenes que desde el principio me habían enganchado; aunque le hice rechazo a la cara de la conductora: una mujer; por el acento, posiblemente cubana; autoritaria, que continuó con el supuesto juicio público, en este caso supuesto juicio televisivo. -Usted demanda a su esposa porque gasta todo el dinero en comida; lo único que ella anhela es comprar comida; sueña con comida ¿No es así? –reiteró la conductora-jueza con la mano levantada y dispuesta a dar un mazazo sobre el estrado en caso de que hubiera desorden; aunque también, a pesar de su impostada autoridad, hacía esfuerzos por no reírse. –Sí -respondió el demandante que permaneció serio; mirando fijo a la cámara; y luego explicó que hacía dos años había salido con su familia de Cuba; -tenían dos niñas, de once y diez años-; pero no especificó cómo habían llegado a Miami; por lo menos yo no lo oí; más bien, al instante, supuse que se habían tirado al mar en una balsa; pero en realidad no sé si fue así; y un close up de la cámara hizo que apareciera el hombre en la pantalla comentando que siempre había añorado vivir en un país libre; y para reafirmarlo, cuando dijo, -un país libre, -no miró más para la cámara sino a la esposa que estaba a su izquierda, sentada en el banquillo de los acusados; y la miraba con desprecio. -Miren a esos tipos –les dije a mis amigos, pero ellos seguían sin hacerme caso; todavía mantenían la discusión sobre el Chevrolet. –Y en cuanto lleguemos a Miami vamos a comprar uno de esos carros –decían ellos y hasta se emocionaban; en cambio, yo continué en lo mío y aunque no soportaba a la conductora despótica, no dejaba de reconocer su función; -porque en una corte de justicia, -me dije-, hay que imponer respeto y más, cuando la gente se altera, hay que coger la maza y dar golpes sobre el estrado que es igual a dar golpes sobre la cabeza de la gente; pensé así y me puse en el lugar de la conductora que señaló: -Explíquele bien a los televidentes cómo es su caso –y enseguida apartó la vista de la cámara y buscó con la mirada, que al final no supe si era la propia cámara que miraba, la imagen del hombre que se mantenía serio con su camisa de mangas largas abotonada hasta el cuello: -Ella, -entonces dijo el hombre y señaló a su esposa con su dedo flaco demandante- miren lo gorda que está; y la seguía mirando con odio; pero al momento, como si la hubieran pinchado, la gorda se levantó de la silla y se puso las manos en la cintura igual que una modelo, y movió las caderas con mucha salsa para enseñar su jeans a punto de reventar por presión adiposa; y así y todo, a mí me gustó la gorda; aunque eso no se lo dije a mis amigos, -para qué -me dije-, si ellos seguían con el lío de los carros; y luego pensé que me gustó la gorda por gorda y además por desenfadada; tanto que me despertó una pequeña fantasía que fue en aumento después de su respuesta al marido, al público del estudio y televidente también, y a la conductora despótica que en ese momento sonó un golpe con la maza: -Silencio en la sala –sentenció. -Prefiero ser una gorda contenta y no una flaca triste –la interrumpió la gorda sin importarle los golpes de la maza ni las intimidaciones de la conductora; y al instante hubo risas en el estudio y de mi parte también pero no de mis amigos que estaban acalorados, casi a punto de irse a las manos. -Silencio –volvió a decir la conductora. -¡Qué bueno está esto! –dije yo-, miren a la gorda, es una auténtica cubana, ¡coño!; pero mis amigos no miraban; no les interesaba nada más que los carros de la pantalla y los que habían fabricado en sus cabezas; por eso dejé de pensar que la gorda estaba enferma; más bien pensé que los enfermos eran mis amigos, y los del estudio con conductora y todo y hasta los televidentes; y después, al regresar la calma a la sala, el marido siguió hablando; denunciando a la gorda; que él ganaba poco más de treinta mil dólares al año vendiendo perros calientes –hot dog como le dicen allá- en un carrito; que eso no era mucho dinero en Miami; y casi todo su mujer la gorda se lo gastaba en comprar comida; -obsesionada y gorda como estaba, -decía el hombre-; acaparaba, principalmente, comida chatarra y la esparcía por diferentes lugares de la casa, hasta en el baño escondía comida para engullir mientras estuviera haciendo sus necesidades; y nuevamente hubo risas y exclamaciones en el estudio, guiadas por una voz que se alzó por encima de las demás: -COCHINA dijo la voz; pero sólo una vez porque enseguida los guardias de seguridad miraron para el gallinero y el público se calló; y yo me alegré de que se callaran; y, aunque no estaba en Miami, también tuve miedo cuando vi la mirada patibularia de los guardias; en cambio, mis amigos no se callaban porque en eso aparecía de nuevo la publicidad; ahora anunciaba otro tipo de carro que no recuerdo la marca pero sí que salía volando y se transformaba en una nube. -Mira eso, los carros del yuma hasta vuelan –dijo Gerardito y reanimaron la discusión pero, al rato, que a mí me pareció una millonada, volvió el programa, y el estudio estaba tranquilo como si esperaran algún suceso importante en el momento que la conductora tenía la palabra: -A ver, hija –dijo -. Explique usted por qué gasta todo el dinero en comida; y en eso la gorda miró a su marido con rabia como si pretendiera desenmascararlo delante de las cámaras de la televisión. -Este señor –dijo, y lo apuntó con su dedo gordo demandado-. No quiere que yo me alimente. Me quiere matar de hambre. -¿Pero cómo es eso? –preguntó la conductora-. Explíquese mejor; entonces fue cuando la gorda ya embravecida tomó impulso para hablar como si fuera un pitcher dispuesto a hacer el lanzamiento, pero primero levantó la mirada hasta que se le enarcaron las cejas y abrieron los ojos enormes de gorda: -El asunto es que yo pasé mucha hambre en Cuba -dijo. Y ahora que tengo la posibilidad de comer, entonces como –dijo, y mostró, primero a la conductora y después al público, el contenido de sus bolsillos; como una maga sacó paquetes de galletitas, barras de chocolate, caramelos y muchas cosas más… -Miren a la gorda –dije yo-, tiene hambre, la pobre; pero no dije la pobre con pena sino solidarizado porque estaba empezando a enamorarme de ella; pero mis amigos no se daban cuenta de eso; nada más lograba escuchar a Gerardito comentarle a Felito que los carros de Miami volaban pero los de La Habana no; y Felito que cuando él llegara allá en vez de comer tanto iba a comprar un carro que volara también, y comería poco; no le importaba pasar hambre porque ya se había entrenado en Cuba; y que eso era lo bueno de Cuba: que le servía a la gente de escuela de pasar hambre; y yo me reí para mis adentro mientras pensaba que los dos estaban desesperados por salir volando, o nadando, de La Habana -¿Y no te puedes contener? –continuó la conductora. -No –respondió la gorda. -Entonces es verdad lo que dice tu marido –dijo la conductora. -Él no tiene razón –dijo la gorda. -Pero tienes que aguantarte la boca, hijita –dijo la conductora. -No quiero –dijo la gorda. -Miren esto –dije yo-, esta mujer sí que tiene carácter; y era verdad; pero no había forma de que mis amigos atendieran porque ahora nos interrumpía Yoana, la esposa de Felito, que llegó de pronto sin que la esperáramos y gritó con su vozarrón también de gorda: -Están viendo eso, señores. -Sí –coreamos nosotros. -Así voy a hacer yo cuando llegue a Miami. -Allá tú –la interrumpió Felito-. Yo me voy a comprar un carro que vuele. -Y yo también –dijo Gerardito. Y yo no dije nada porque seguía entretenido con el programa, contemplando a la gorda que a cada minuto me iba atrapando más hasta que tuve una erección que por supuesto disimulé; aunque fue en vano porque mis amigos con su eterna porfía jamás se hubieran enterado de mi calentura que casi rompía el pantalón; hasta que luego apareció el otro bloque de publicidad que no recuerdo los detalles porque nada más salió el primer carro yo dirigí la vista al piso y me entretuve mirando las filigranas de las lozas y también pensando en la gorda; y hasta ahora, el programa, excepto la publicidad, me estaba gustando pero lo que vendría después me gustaría más; así que lo primero que hicieron fue traer a testificar a las hijas del matrimonio: una, flaca como el padre, la mayor; y la otra gordita; tomadas de la mano por un guardia de seguridad que las entró al set y las paró junto a la conductora que a pesar de su frialdad y despotismo quiso ser dulce con las niñas y lo fue. -¿Cuántos hot dog tú te comes? –le preguntó a la flaquita y le pasó la mano por el pelo. -Uno –dijo la niña. -¿Y tú? –le preguntó a la gordita y le apretó un cachete. -Tres –casi gritó la niña que ratificó la cuenta con los dedos. -¿Y su mamá, cuántos se come? -No sé –dijo la flaquita. -Diez –se apuró en decir la gordita que enseguida le mostró a la cámara, y no a la conductora, las dos manos abiertas; y es por eso que aquí todo el mundo está enfermo menos mi gorda, pensé cuando anunciaron la entrada de la sicóloga que era una mujer rubia de unos cincuenta años bien llevados. -A ver, doctora –dijo la conductora-. Usted puede explicar algo sobre el caso; y la especialista dijo que la acusada venía de un lugar donde había pasado hambre; que eso había perturbado alguna zona de su cerebro; que era un trauma típico de las personas reprimidas; que pasaba más o menos igual con las demás cosas, que con el sexo también, por ejemplo; -y que por cierto, -comentó la sicóloga- un estudio reciente indica que las gorditas son más afectivas en la cama…; en eso la gorda saltó como un bólido de su silla y dijo: -Ven, por eso él no me deja. Yo soy un fuego en la cama -y señaló al marido que la miraba con los ojos embotados, posiblemente idiotizado por el alcohol, mientras ella se reía a carcajadas y el público también; pero la conductora no lo permitió: hizo sonar la maza, pum, pum se escuchó en la sala. -Aquí no se permiten obscenidades –gritó la conductora; y por primera vez no le hice caso sino que tuve deseos de sentirme arropado entre los brazos de la gorda… también tuve intenciones de irme para mi casa a desahogarme en el baño pero me quedé sentado mirando el final del programa, si era que Felito y Gerardito me lo permitían; lo cual era pedir mucho, pero me lo permitieron a medias: la gorda dijo: -No voy a dejar de comer; la conductora dijo: -Tienes que aguantarte la boca, hijita; el esposo dijo: -Si no para de comer me voy a arruinar; Gerardito dijo: -Me gustan los carros de Miami porque vuelan; Felito dijo: -Me voy a comprar un carro atómico; y yo no dije nada; me levanté del sofá y salí como el Chevrolet de la publicidad casi volando de la casa sin despedirme de nadie; y ya iba por las escaleras cuando sentí los golpes de Gerardito y Felito que se mezclaban con la voz y los mazazos de la conductora; -Dios mío; se matan -me dije, y apuré el paso; pum, pum, todavía escuché cuando estaba en la calle; y de pronto me vi corriendo y me decía: -corre Boni, corre; corre y no te detengas, cabrón; y no me detuve ni siquiera ante los carros de La Habana que no vuelan como los de Miami pero si te chocan te joden igual.
Centrohabana, Marzo de 2008

Nov 14, 2008

La Habana a mis pies, cuento de Carpio





LA HABANA A MIS PIES
Para el futuro bebé de Iris y Nacho, mi sobrino
Jorge Carpio



Subimos por el elevador como si fuéramos turistas y nos sentamos a una mesa de La Torre del FOCSA a mirar La Habana. Esta ciudad tan dilatada, dijo Nacho que buscaba algo por el visor de la cámara; y opaca, comentó Iris que la miraba con los espejuelos de sol; y yo no hablé porque me entretuve contemplando los edificios alejados y empequeñecidos como si no hubiera otra cosa más importante en el mundo. Descubrí que los turistas hacían fotos: nos iluminaba el destello de los flashes reflejado en los cristales que rodean La Torre. Disparaban sus cámaras digitales y después se fijaban en la imagen que habían capturado y la comparaban y discutían alegres, como si hubieran hecho algún descubrimiento raro allá abajo en la calle. Una Cocacola con hielo para Iris, vino para Nacho y café para mí fue el pedido. Entonces vi acercarse al mesero: para usted, señorita, le dijo a Iris; y la miró con ojos de seductor; a nosotros también nos sirvió y nos miró, aunque no seductor, sino más bien sumiso. En estos momentos soy un turista con La Habana a mis pies, dije en broma; y seguí mirando a través de los cristales; pensando en la gente que estaba en la calle caminando bajo el sol. Este si es bueno; le comenté a Nacho sobre el café; y le sentí el aroma y el sabor entre amargo y dulce; y prendí un cigarro; y sin que yo lo llamara se presentó nuevamente el mesero con un cenicero en la mano; y esto si es lo mejor que me pueda suceder, pensaba yo; y le decía, sin mirarlo, gracias al mesero que se alejaba hasta su lugar, en un rincón de la barra. Hasta allá se fue, le comenté a Iris y el mesero que era joven y pálido me pareció mustio, aburrido, con su impecable uniforme negro y blanco. Después se nos acercaron unos turistas con olor a queso rancio y también se pusieron a hacerle fotos a La Habana que ya se había nublado porque iba pronto a llover. Iris habló; dijo que los europeos eran unos sucios; pero cuando conoció a Nacho le confirmó que era el único español que había encontrado limpio; y ella infirió que había vivido en Cuba porque se bañaba todos los días. Es bueno esta lluvia, pensé cuando vi
que las nubes se habían puestos a punto de estallar. En tus historias siempre llueve, dijo Nacho. ¿Por qué?, preguntó Iris. Pero yo no supe responder; sólo atiné a encogerme de hombros como si fuera un personaje sospechoso, de novela policial. Luego surgió, como de la nada, una turista solitaria, gorda, relativamente joven, que me miró con sus ojos azules, a mí entender, entristecidos como los de una vaca nórdica. Se puso a mirar por los cristales; es posible que con la intención de ver caer la lluvia sobre la ciudad como me gusta a mí. Fue ahí cuando comenzamos el juego de adivinar de dónde era la gorda. Iris dijo que alemana; no, reprochó Nacho: es irlandesa. A mí no me daba ni irlandesa ni alemana, sino sueca. ¡Caramba!, si la escuché hablar, dijo Iris. Pero yo sabía que era mentira porque la gorda no habló en ningún momento; solo me miraba a mí y a través de los cristales. Yo también la miraba a ella; y pensaba en cómo arrastrarla hasta el baño y poseerla para compensar su tristeza del Norte con mi alegría tropical; y no podía ser porque el mesero y muchas personas nos estaban mirando. Finalmente la gorda se retiró hasta la otra esquina de la cafetería donde había gente al parecer de su país. Desde mi sitio la saludé y ella sonrió; y comprobé que los ojos se le habían puesto más tristes. Comparé su mirada con la de Iris que es de mujer de Centroamérica, y la de Nacho, del mediterráneo y con la mía, -reflejada en el cristal-, que es habanera; y dije que nuestras miradas son alegres porque somos del Sur. Y no sé porqué dije eso pero Iris y Nacho asintieron. ¡Qué bien se está aquí!, comenté para olvidar a la gorda entristecida. ¿Qué te hace pensar así?, preguntó Nacho que siempre me está interrogando sobre la ciudad para oírme decir cualquier cosa simpática o malvada o capciosa. Yo sabía que debía filosofar, y eso nunca me ha resultado; entonces expliqué que me sentía bien porque estaba en las alturas y podía ver la gente debajo de mis pies y porque también la gente desde tan abajo no me podía molestar. Iris y Nacho se rieron y después discutieron sobre los de arriba y los de abajo y los que están a los lados: a la izquierda y a la derecha, se referían ellos; mientras yo miraba caer la lluvia sobre la ciudad. Advertí que el agua era buena porque aplacaría un poco el calor de agosto; y las aceras y
las calles se limpiarían; y mientras cayera la lluvia era posible que la gente pensara de otra forma. Algo que también me llamó la atención de La Torre fue el olor; y se lo comenté a mis amigos; me puese a combinar diferentes aromas que se me aparecen en La Habana. Hice una relación por horarios y sitios: al amanecer en las paradas de guagua se puede notar el olor de la mañana mezclado con el perfume de las mujeres, dije. Y La Torre me recordaba ese aliento de jabón con verija de hembra relajada que me resulta límpido, y excitante. En cambio, por la tarde, la gente huele a sudor, a trabajo, a angustia. Los dos rieron; sobre todo, Iris; y mira que a ti se te ocurren cosas, me dijo ella. Era cierto que se me estaban ocurriendo cosas graciosas; es posible que los lugares altos me hagan ser más original, pensaba yo. ¿Será porque en La Torre el clima está hecho para que uno no advierta el calor, ni el de la calle ni el de la gente? Miré otra vez por el cristal y ya había escampado y también había salido el sol con más fuerza. Me fijé en la calle y pude ver el vapor de la lluvia que se levantaba y amenazaba con atacar La Torre. No me preocupé porque sabía que ese calor no iba a subir tan alto hasta nosotros; pero sentí compasión por los de abajo, tan lejos y tan vaporosos, dije. Eso allá abajo es el infierno, pensé. No recuerdo porqué relacioné La Torre con las fortificaciones antiguas y me creí un guerrero que defendía una plaza junto a aquellos extranjeros con ojos de bárbaros; y el enemigo eran la gente de abajo y el calor. Pronto salí de mi ensoñación; pusieron música y me concentré en las canciones tan bonitas que se escuchaban. Ahora sí esto es lo máximo, dije. Y Nacho me respondió que no pensaba así porque la música no era cubana; y ese lugar era para poner música de la nuestra y no ésa extranjera; con acento meloso. Pero yo le repliqué y le dije que esas canciones me encantaban; que ya estaba cansado de tanta bulla todo el día, y era bueno de vez en cuando oír melodías suaves, dulces. La Torre te pone romántico, me dijo Iris en tono de burla. Entonces añoré que Nancy mi mujer estuviera a mi lado; pero desgraciadamente ella no puede porque vive en Nueva York y no la dejan venir acá y a mí no me dejan ir a allá por todas esas razones extrañas que están pasando ahora en el mundo. Traté de olvidarlo; no quería estar
triste en La Torre. Pero además, no vale la pena sentirse mal en un lugar tan agradable; para sentirse mal están la calle y esas otras situaciones y el calor, pensé. Siguieron llegando turistas que pedían los más extraños platos y tragos y de todo. Y yo los miraba asombrado como si nunca hubiera visto algo parecido. Pedimos la cuenta y Nacho le pagó al mesero mustio porque debíamos ir a otro lugar, tal vez no tan alto, pero de alguna forma parecido a La Torre. Bajamos los treinta y tres pisos. Y cuando estaba en la calle comencé a sentir una especie de añoranza por La Torre y la miré. Pero seguimos caminando y nos perdimos entre la gente, el calor, la ciudad.

CubaRaw

Luis Trápaga

El artista tiene en venta algunas de sus piezas. Para contactar directamente con él desde La Habana: telf. fijo: (053-7)833 6983
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