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Edgelit

Edgelit
Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

#VJCuba pond5

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Mar 4, 2009

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18

ISLA A MEDIODÍA

1

El camión se detuvo en Imías. Una carreterita

de cal entre la blanca arena del desierto y la sal

blanca del mar. Todo bajo el sol blanqueante de

julio. Una luz roñosa que evaporaba las nubes tan

pronto como se formaban, destiñéndolas sobre el

telón óseo del cielo. Pregunté la hora y una niña

me aseguró que recién eran las doce en punto del

mediodía oriental.

—¡Hasta aquí llegamos...! –nos gritó el

chofer. Y bajó.

Estábamos estupefactos. Pero igual bajamos

tras él. El peor sitio del mundo era entonces el

tejado de cinc fumante de aquel camión. Un ZIL

ruso dado de baja de sucesivos ejércitos: de

Moscú a Kandajar a La Habana a Imías a quién

sabe qué pueblo más. Ahora simplemente

funcionaba como transporte público

interprovincial.

Era 1999 y nosotros íbamos hacia Maisí,

desde la capital. Confiábamos en que Maisí no se

pareciera en nada a aquel Imías, aunque las dos

palabras luzcan como anagramas. A Maisí lo

imaginábamos de color terracota: cota de tierra

donde se acaba el país. Imías no sería eso jamás.

Imías era blanco reconcentrado, acaso un

kandinsky candente. Un puro iceberg de verano,

con las gotas de sudor rodando gruesas desde

nuestras cabezas. Como grasa o acaso leche

cortada: una muy mala coartada para narrar nada

allí.

Un oficial uniformado de blanco se nos

acercó. Debía ser de la Marina de Guerra, no sé.

Igual tenía el ceño fruncido por el fastidio o tal

vez el odio: un odio sin rastro ni rostro hacia

ninguno de nosotros en especial («los del

piquetico ése que vienen de la capital», nos

identificó).

Enseguida nos repartió a cada cual una hoja

en blanco y señaló una larga banqueta pintada de

cal. Hasta allí fuimos y nos sentamos, codo a

codazo y machetín con mochila. A pleno sol de

plomo. Entonces un segundo oficial vino hasta

nosotros y repartió, uno por uno, unos finos

bolígrafos plateados de importación (made in

China, leímos). Al final de tan laboriosa faena

nos indicó, por señas, que todo estaba en orden y

que ya sólo debíamos guardar silencio y esperar.

Y lo guardamos. Y esperamos. Sudados y

jadeantes: un poco nerviosos ante aquel trámite

en la última jornada del viaje. El mediodía se

dilataba, fuego vertical al blanco vivo. Pero nadie

se atrevía a cuestionar nada. Las autoridades

sabrían cómo y por qué ejecutaban semejante

ritual. Además, siendo 1999, muchas cosas raras

nos habían pasado a lo largo y estrecho de

nuestro periplo, desde La Habana a Maisí.

La niña del reloj comenzó a llorar, con sus

diez o nueve años desfigurados por el horror. Era

evidente que quería cambiar de puesto para

quedar más cerca de su mamá. Las dos parecían

medio extranjeras o enfermas. ¿Cómo distinguir

bajo la demasiada luz? Lo cierto es que nadie

hizo nada para calmarla o cederle el puesto a la

niña. Mucho menos su madre o lo que fuera de

ella, concentrada más que el resto en el conjunto

de la planilla en blanco más el bolígrafo de falsa

plata internacional.

Largos minutos o breves horas: igual pasaba

pesadamente el tiempo municipal. El sol

permanecía estático en el cénit. No teníamos

sombra. Sobre la espuma blancuza del mar

cruzaron unos katamaranes con las siglas del

Ejército Oriental. Entonces, como en una

coreografía mar-aire-tierra, zumbó un MIG-15 en

el cielo, que rajó en dos mitades aquel silencio

tan teatral, y ante nosotros reapareció el primer

uniformado con apariencia de La Marina: ciclo

cerrado en vano, en blanco.

Ahora lo acompañaba el chofer del ZIL ruso.

Secreteaban y sonreían, sus dentaduras de platino

duplicando la luz del sobreiluminado escenario.

Tal vez todo no había sido más que un error: el

horror siempre lo es. Creí notar cierta semejanza

entre los pómulos de ambos, y pensé que ellos

recién habían descubierto ser parientes lejanos o

de la misma región natal. En cualquier variante,

fue el chofer quien habló:

—¡Arriba, que ya seguimos para Maisí...! –y

se metió de cabeza en la cabina de su camión.

Por supuesto, nos quedamos tan estupefactos

como al inicio. Igual nos paramos al unísono de

aquel largo banco. En una mano, los bolígrafos

plateados sin estrenar. En la otra, las hojas

todavía vírgenes en su perfecto blanco

institucional. ¿Quién se hubiera atrevido a narrar

por escrito algo allí?

—Los que quieran, pueden secarse con ellas

–nos invitó el segundo oficial, cortante pero

cortés, señalando las hojas que aún sosteníamos

como salvoconductos contra nadie sabía qué.

Y justo así lo hicimos, como en un ballet

plañidero. Cada cual usó su hoja para secarse la

cara. Y la tráquea. Y la nuca. Y el seño. Y el

entreseno. Y las manos. Y los antebrazos. Y los

codos. Y los codazos. Y las mochilas. Y los

machetines. Y las rodillas. Y las pantorrillas y las

entrepiernas, hasta que, en fin, la niña de diez o

19

nueve años se secó los mocos y las lágrimas sin

la ayuda de nadie, menos aún la de su presunta

mamá. Aunque, por supuesto, el vapor era tanto,

que igual nos quedamos tan enchumbados como

al inicio, ahora con un ovillo de papel crispado

entre nuestras manos, goteante.

En este punto nos recogieron los bolígrafos y

los boliches de celulosa y sudor, y los fueron

echando en un enorme saco de nylon blanco,

también rotulado con las siglas del Ejército

Oriental. Entonces oímos el ronroneo del ZIL y

un humillo blanquecino comenzó a ascender

desde el tubo de escape. Así que saltamos sobre

la cama fumante bajo el techito de cinc, y ya

estábamos otra vez en marcha a lo largo y

estrecho de nuestra ruta rota desde La Habana

(dos días atrás) hasta Maisí (esa misma

tardenoche, con suerte).

Adiós, Imías. Adiós blanco mar, blanca arena,

sal blanca, nubes blancas explotadas por el

blanco sol de plomo allá arriba, sobre el blanco

pavimento reverberante aquí abajo. Adiós a la

patria y al planeta difuminados por los destellos

de plata de aquel falso nylon que iba quedando

atrás, entre las manos de los dos oficiales

uniformados con la misma ausencia de color.

El camión se alejaba a tope de velocidad,

zigzagueando como un incivil borracho por

aquella carreterita de julio, y yo al rato volví a

preguntar la hora. Por supuesto, la niña de diez o

nueve años fue quien sació mi curiosidad: según

me aseguró por segunda vez, todavía eran las

doce en punto del mediodía oriental.

2

Cuando por fin llegamos hasta Maisí

(viajábamos en botella desde La Habana), nos

topamos con un velorio en la calle principal.

La descripción es somera (parca): incontables

viejitos sentados en cada acera (en comadritas de

guano), entre termos de chocolate (con motivos

árabes o japoneses), oscilando abanicos de paja

(con motivos bucólicos de la región: el Faro y el

Yunque), luciendo guayaberas de mil

novecientos algo (amarilleadas por la cercanía

del año dos mil), y mascando unos cucuruchos de

cierta masa fangosa que ellos pronunciaban

guassspé.

Todo amigablemente animado a la par que

literariamente tedioso. Como una tertulia que

igual funcionaría sin necesidad de cadáver. De

hecho, nunca vimos la caja. Estaría dentro de la

funeraria, eso no importa ahora.

Según los comentarios cazados al vuelo

(mientras buscábamos un alquiler por la

izquierda para cubanos), nos dio la impresión de

que tales eventos eran los más reales que

ocurrían en aquel pueblito limítrofe, a punto de

salirse ya de la isla: velorios públicos.

Y esa fue toda la bienvenida que nos tenía

preparada Maisí como colofón.

Velorios públicos. Sólo eso. Velorios

públicos bajo un eterno mediodía.

Lo demás es historia, tiempo muerto ilusorio:

agua o tierra pasada que ninguno de nosotros ha

dejado del todo atrás.

20

IMITACIÓN DE IPATRIA

1

Ipatria y yo. El odio. Los himnos agresivos y

hermosos de la revolución. Un adiós sin adiós. Una

despedida laxante. Estúpidos y clandestinos, no nos

dimos cuenta de nada a tiempo. Pero, ¿darnos

cuenta de nada a tiempo de qué?

Ipatria y yo. La ira. Las banderas zigzagueantes

en el cauce inmóvil del pavimento: luego barridas

con inercia de asalariado por una anciana de

uniforme y escobillón. Geniales y genitales, fuimos

amantes espectaculares y un poco cursis,

atragantados entre la apoteosis política y un dolor

visceral.

Ipatria y yo. El tedio. Estábamos locos, por

supuesto. De atar, de matar. Y tal vez por eso

mismo ignorábamos que aquel viaje sería nuestra

última oportunidad. Tal vez la única. Un viaje de

bahía presa a bahía libre, por una carretera siempre

al borde del mar. Un viaje desde La Habana hasta

la ciudad de nombre más sangriento de América.

Un viaje a Matanzas.

Ipatria y yo, sin pasaje de regreso. Una ruta rota

desde el inicio. Decisión de desafiar al destino.

Desatino y decepción. Delirio, deleite, casi delito.

2

Cogimos un taxi particular. A cinco dólares por

persona. Toda nuestra fortuna secreta. ¿Valdría la

pena arriesgarlo todo? Supongo que sí. Lo valía.

Infinitamente. Y en hora y media llegamos.

De La Habana a Matanzas en un Chevrolet

Impala ´59. Un Cola de Pato. Un prodigio. Una

herejía viviente del paleolítico republicano de este

país. Una máquina del tiempo a 110 km/h. 110

metamorfosis de kafka en cada historia. A tope de

velocidad.

Al otro lado de la ventanilla, 110 millones de

palabras y culpas se iban quedando detrás, al ritmo

del rockasón con timba en la reproductora del

chofer. Ipatria y yo nos apretamos las manos.

Afuera hacía un solecito monocromo invernal. La

temperatura era agradable, la brisa bien podía ser

eterna. Y, por un instante de hora y media, Ipatria y

yo nos imaginamos como dos inmortales.

Comenzaba el mes y el año: primero de enero

del 2000. Comenzaba un falso siglo XXI y su

milenio de miniatura. Comenzábamos, también,

Ipatria y yo. Aunque fuera sólo para no aburrirnos.

Sinceros al borde mismo del suicidio,

comenzábamos por fin ahora a terminar. Pero, ¿por

fin ahora a terminar qué?

3

Matanzas a las nueve y media de la mañana. Un

privilegio, un primor, una pena. Nos sentamos en la

baranda del puentecito metálico sobre el Yumurí.

Equilibrados sobre aquel río o masacre. Sin miedo,

sin abismos, si ninguna memoria del terror.

Ipatria me dijo:

—¿En esta ciudad amaste a una mujer?

Y yo le dije:

—A dos. Incluida ahora tú.

Con 23 años ella no era una mujer, por

supuesto, pero igual nos dimos un largo beso en la

boca. Todavía equilibrados sobre el cauce inmóvil

del Yumurí. Todavía confiados, ignorantes.

Todavía todo ternura y ganas de hacer el amor.

Aquí. Bien lejos de nuestra ciudad de memoria

muerta. La Hanada. Y nos dimos otro largo beso en

la boca.

Entonces nos hicimos una foto. Un encuadre

magnífico. Nos la hizo una adolescente de saya

escolar mostaza que cruzaba por el puentecito con

su cuerpo limpio y tajante, de recién nacida. De

hecho, nos hubiera gustado retratarla nosotros a

ella. Pero se negó. Hubiera sido una imagen

propicia para jugar en nuestra cada vez más

invisible intimidad.

—Llévame a verla –me pidió Ipatria.

—¿A quién? –le dije.

—A tu antiguo amor –me respondió–. Llévame

a verla ya.

—Ipatria, mon amour –acaricié su cabeza

ovoide–: para eso vinimos, ¿no?

Imposible borrar aquella geometría cerebral

cuya oscuridad interior yo siempre adoré. Adoré de

verdad. Hasta las lágrimas y el asesinato. Hasta el

ridículo patetismo de escribirlo ahora con esas

mismas palabras: hasta las lágrimas y el asesinato.

Una joya: la cabeza de Ipatria.

4

Y fuimos. A verla. A mi antiguo amor. Ian.

El barrio de La Marina arrastraba eones de lodo

y manantiales de agua albañal. Excepto uno. Aún

quedaba un manatial cristalino y potable. Con

cangrejos y clarias y camarones.

Y hasta allí fuimos, Ipatria y yo, a contemplar

los restos de mi antiguo amor: Ian. A bautizarnos

en las aguas mitad milagrosas y mitad mortíferas de

su manantial. A beber de ellas mientras nos

zambullíamos o flotábamos. Y también, por

supuesto, de ser posible, a restregarnos desnudos de

madrugada. Ipatria y yo, por primera vez en el año

cero o dos mil.

Era una sensación triste y genial. Un sentirnos

hermosos y libres y muy cansados de tanto habitar

21

en otra lejanísima ciudad. Aunque en Impala ´59

Matanzas y La Habana quedaran al doblar de la

esquina. Era sólo una ilusión dolorosa y fallida:

toda ciudad es antípoda de la otra. Igual fue un

buen intento de no pronunciar la palabra adiós.

Como nos mereciéramos una isla de silencio

después de tanto deseo loco y toneladas de diálogo

por imitación. Igual era un augurio: la certeza de

que ya habíamos acumulado suficientes odio, ira y

tedio intentando precisamente no pronunciar la

palabra adiós.

5

Yo llevaba mi cámara. Canon semipro. Cañón

analógico para explotar los encuadres intestinos de

la vida provincial. Matanzas: La Tenia de Cuba,

nos reíamos subiendo por Milanés hasta el Parque

de la Libertad, donde retraté los pezones parados de

una estatua desnuda que huía de otra estatua en

saco, acaso para evitar algún intento de violación,

nos reíamos todavía más.

Al rato doblamos por el cine en ruinas hacia el

Yumurí, Ayuntamiento abajo. En cinco o seis

cuadras agotamos un rollo Lucky, Made In China.

Lo más barato y súperamateur. Matanzas tampoco

se merecía mucho más que 36 chasquidos de una

Canon semiprofesional, todo ligeramente

sobreexpuesto y desenfocado a través de mi

objetivo zoom Made In Japan. Así me gustan las

fotos. Así cada recorte de la realidad me luce un

poco menos real.

Cuando llegamos a la orilla mohosa del

Yumurí, vimos peces, crustáceos y aves

pudriéndose al por mayor. Era un cementerio

fétido. Los botes de los pescadores parecían

panteoncitos flotando en el fuel. Yo no lo recordaba

así. En menos de un año el río se había

contaminado. De pronto me dio alegría de no haber

visto la metamorfosis, sólo la barbarie final. Abracé

a Ipatria por detrás.

—Es allí –le indiqué, y señalé la casa de Ian.

Ella se estremeció levemente. Por un instante,

supongo, intuímos lo que hubiera sido de nosotros

en La Habana si antes no hubiera fallado en

Matanzas mi antiguo amor. Yo recordé una línea

del padre poeta de Ian: Aquí, bajo estas aguas,

están todos dormidos. Y, rebasado este punto de la

historia, el resto es muy probable que esté de más.

O sea sólo eso: restos.

Mejor así. Que sobre: sobras nada más entre su

ipatría y la mía, hicimos un último intento por no

dejar de sonreír.

6

Yo tenía 36 años, ella 23. Y entre los dos

acumulábamos suficiente cultura fósil como para

matar o hacernos matar.

El Aullido de Ginsberg nos divertía, por

ejemplo, como una chiquillada gringa de

homosexual incivil mansamente deportable de

Cuba. El Grito de Munch, por ejemplo, no era más

que un susurro puesto de moda por la culpa de una

generación que llegó muy tarde al horror. El

Paradiso de Lezama, por ejemplo, no era tanto el

infierno como una carcajada cubana que nadie

quiso nombrar como Ipatria y yo: un fiasco

innombrable.

Alto arte. Mentiras por lo bajo. Detritos del

intelecto. Ipatria y yo huíamos como extranjeros en

nuestra tierra natal.

Yo tenía 36 años, Ipatria 23. Y nuestra suma

nos permitía saber sin saberlo que todo debía estar

ya de más. Que no valía la pena ese viaje. Ni

siquiera por el Impala ´59 que casi logra remover

nuestra inercia entre dos bahías vacías como

palabras armadas sólo con a.

7

Esa noche nos quedamos los tres en el cuarto y

la cama de Ian. Fue una madrugada incesante,

insaciable. Un signo de pornoinfinito, no acostado

sino de pie. Porque justo así lo hicimos Ipatria y yo,

bajo un falsotecho abofado de La Marina. De pie.

Ella, asomada al persianal abierto sobre el

último manantial potable del Yumurí; yo, asomado

a su espalda y a su interior. Lo hicimos durante

horas. Sin movernos apenas. Sin sudar, hacía

frialdad. En paz. A ratos húmedos y a ratos en seco.

Sin jadeos ni asfixia, casi sin excitación. De ahí lo

angustioso del desmayo final. A dúo, todavía de

pie. Los dos otra vez tendidos sobre la cama, donde

Ian dormía o fingía dormir desde muy temprano.

El pelo de Ipatria olía a no podría nombrar

ahora qué. Olía a algo indefinible y tan definitivo

que, esa misma noche, estuve seguro que sería lo

último de ella que se me iba a olvidar.

Tal vez sólo por eso lo hicimos. Para conservar

un impronunciable detalle. Para esquivar durante

un instante las rachas de odio-ira-tedio con que nos

bombardeaba nuestro foráneo país: funéreo paisaje

de estatuas desnudas que huyen de estatuas en saco,

mientras un antiguo amor se abraza a la pared con

unos ronquidos tan mal actuados que parecían un

llanto amateur.

Yo, 36. Ipatria, 23. Ian sin edad, sin sumarse ni

restarse a la orgía más solitaria y muda del

universo. Ahora y por el resto de los Impalas ´59 en

aquel mes de enero del año cero o dos mil.

22

8

Amanecimos. Los tres. Desayunamos. Los tres.

Nos zambullimos en el manantial. Los tres. Con esa

gentil cortesía de los cuerpos extraños que se

conocen demasiado entre sí.

Hablamos en un español amable y decrépito,

tres remotos conocidos que el azar reúne en el

exilio de un barrio donde se ha hecho de pie el

amor.

Ipatria, Ian y yo. Mitad cansados y mitad

clandestinos. Como si no nos diéramos cuenta de

nada a tiempo. Pero, ¿darnos cuenta de nada a

tiempo de qué?

Ipatria, Ian y yo. Entre la nata de la nada y un

dolor político un poco cursi que como siempre nos

humilló. Como si no supiéramos que en cualquier

tiempo y teatro del mundo nadie escapa nunca de

escenas así. Como siniestros Ginsberg de

pacolírica. Como efectistas Munch. Como Lezamas

ya limados por una retórica retruécana.

Ipatria, Ian y yo. Estábamos locos, por

supuesto. De atar, de matar. Y ya queríamos

regresar de una bahía libre a otra bahía presa, en

una fuga por carretera siempre al borde del mar, sin

voltear la cabeza hacia aquel nombre sangriento

para una ciudad de América. Sin pasaje de regreso

a Matanzas, yo recordando o rumiando otra línea

del padre poeta de Ian: Ninguna ha tenido nombre

más perverso.

Ipatria y yo le dimos un beso a Ian. Le pedimos

diez dólares prestados hasta la próxima ocasión.

Era un gastado gesto de confianza en que muy

pronto volveríamos a coincidir. Los tres. Era una

mala suerte de pacto con el futuro. Era un acto de

fe: una tragicómica manera de despedirnos para

siempre sin necesidad de decirnos adiós.

9

Volver. Alquilar un Chevrolet Impala ´59, pero

en sentido contrario. Un prodigioso Cola de Pato a

cinco dólares por cabeza y 110 km/h.

La boca del túnel nos resultaba siempre un

misterio. Una luz que te ciega y atrae. Edificios,

árboles y señales de tráfico que se sumergen y

emergen y nunca sabes del todo en qué ciudad vas

a desembocar. La Habana, La Hanada.

En hora y media emergimos en Prado. Nos

quedamos en el Capitolio, con sus estatuas tan

desnudas como las de un provinciano Parque de la

Libertad. Le dimos el dinero y también las gracias

al chofer. Por suerte viajamos sin música. Sólo la

brisa repiqueteando fuerte en los tímpanos.

El cielo estrenaba su mejor color gris militar.

Encapotado de oliva. Una gasa enchumbada en

sepia. Una monocromática aberración. Nos

sentamos en la escalinata del Capitolio y nos

pusimos a contemplarlas. Nubes, humo. A

contarlas, si es que se podían diferenciar entre sí.

Era lo mejor que podía hacerse a esa hora, poco

antes de nuestro mediodía mediocre en la capital.

—Me gustaría hacer un viaje a otra ciudad –

pronunció sin mirarme Ipatria.

—Podríamos ir a Matanzas –pronuncié sin

mirarla yo.

Un policía nos hacía gestos obscenos desde la

acera. Con su silbato nos indicaba que estaba

prohibido sentarse en la escalinata del Capitolio a

contar las nubes. Cualquiera fuera el

incomprensible razonamiento de la autoridad, a

Ipatria y a mí su despotismo nos parecía que era la

pura verdad. Una certeza desacelerada a 110

kilomentiras por habana.

Obedecimos la bulla del policía. Dejó de

rechinar su silbato. Bajamos sin tocarnos y nos

retiramos cada cual por su lado favorito de la

escalinata. Sin odio, sin ira, sin tedio. Sin adiós.

Por supuesto, no las volví a ver. Ni a Ipatria ni a

Ian. Y el rollito Lucky Made In China ni siquiera lo

revelé. Sus 36 fotos aún esperan por otro siglo y

otro milenio, entre otros himnos agresivos y

hermosos de otra revolución, y otras banderas

zigzagueantes en el cauce inmóvil del pavimento:

acaso luego barridas con inercia de asalariado por

otra anciana de uniforme y escobillón.

No sé. En ocasiones pienso que si hubiéramos

retratado a la escolar de saya mostaza que nos

retrató en el puentecito del Yumurí, con su cuerpo

limpio y tajante de adolescente que se nos resistió,

tal vez esta imitación de historia a trío no hubiese

abortado tan indolentemente aquí.

 

 

 

 

1

Boring Home.

Orlando Luis Pardo Lazo.

Ediciones Lawtonomar, 2009.

2

 

 

 

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Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

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