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Edgelit

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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Jan 21, 2009

el trabajo agradable, piort kropotkin

LA CONQUISTA DEL PAN

(Extractos)

Piotr Kropotkin

El trabajo agradable

1

Cuando los socialistas afirman que una sociedad emancipada del capital sabría hacer agradable el trabajo y suprimiría todo servicio repugnante y malsano, se les ríen en sus narices. Y sin embargo, hoy mismo pueden verse pasmosos progresos en este sentido, y en todas partes donde se han producido tales progresos, los patronos se han congratulado de la economía de fuerza obtenida de esa manera.

Sin embargo, como raras excepciones, encuéntranse ya algunos talleres fabriles tan bien arreglados, que daría verdadero gusto trabajar en ellos si el trabajo no durase más de cuatro o cinco horas diarias y si cada cual tuviese facilidad de variarlo a su antojo.

Hay una fábrica -dedicada, por desgracia, a ingenios de guerra- que nada deja que desear desde el punto de vista de la organización sanitaria e inteligente. Ocupa veinte hectáreas de terreno, quince de las cuales están con cubierta de vidrio. El suelo, de ladrillo refractario, se ve tan limpio como el de una casita de minero; y una escuadra de operarios, que no hacen otra cosa, limpian esmeradamente la techumbre acristalada. Allí se forjan barras de acero hasta de veinte toneladas: de peso, y estando a treinta pasos de un inmenso horno, cuyas llamas tienen una temperatura de más de 1.000 grados, no se adivina su presencia sino cuando la inmensa boca del horno deja paso a un monstruo de acero. Y ese monstruo lo manejan sólo tres o cuatro trabajadores sin más que abrir acá o acullá un grifo, haciendo mover inmensas grúas por la presión del agua dentro de tubas.

Se entra predispuesto a oír el ruido ensordecedor de los mazos colosales, y se descubre que no hay mazo alguno. Los inmensos cañones de cien toneladas y los ejes de los vapores trasatlánticos se forjan por la presión hidráulica, y el obrero se limita a hacer girar la llave de un grifo para comprimir el acero, prensándolo en vez de forjarlo, lo cual da un metal mucho más homogéneo, sin quebrajas, cualquiera que sea el espesor de las piezas.

Espérase un rechinamiento general, y se ven máquinas que cortan masas de acero de diez metros de longitud sin hacer más ruido que el necesario para cortar un queso. Y cuando expresábamos nuestra admiración al ingeniero que nos acompañaba, respondía:

<<¡Es una simple cuestión de ahorro! Esta máquina que cepilla el acero lleva en servicio cuarenta y dos años. No hubiera servido ni diez si sus partes, más ajustadas o débiles, se entrechocasen, rechinasen a cada golpe del cepillo.

<<¿Los altos hornos? Sería un gasto inútil dejar irradiar afuera el calor, en vez de utilizarlo. ¿Por qué tostar a los fundidores, cuando el calor perdido por irradiación representa toneladas de carbón?

>>Los mazos de pilón, que hacían retemblar los edificios en cinco leguas a la redonda, ¡otro despilfarro! Se forja mejor por presión que por choque, y cuesta menos; hay menos pérdida.

>>El espacio concedido a cada taller, la claridad de la fábrica, su limpieza, todo ello es una sencilla cuestión de ahorro. Se trabaja mejor cuando se ve claro y no hay apreturas.

>>Verdad es que estábamos muy estrechos antes de venir aquí. Y es que el suelo resulta terriblemente caro en los alrededores de las grandes ciudades. ¡Si son rapaces los propietarios!

>> Lo mismo sucede con las minas. Aunque sólo sea por Zola o por los periódicos, ya se sabe lo que la mina es hoy. Pues bien; la mina del porvenir estará bien ventilada, con una temperatura tan perfectamente regular como la de un gabinete de trabajo, sin caballos condenados a morir debajo de tierra, haciéndose la tracción subterránea por medio de un cable automotor puesto en movimiento desde la boca del pozo; los ventiladores estarán siempre en marcha, y nunca habrá explosiones. Esta mina no es un sueño; se ven ya en Inglaterra, y nosotros hemos visitado una. También aquí es una simple cuestión de economía ese buen orden. La mina de que hablamos, a pesar de su inmensa profundidad de 430 metros, suministra mil toneladas diarias de hulla con doscientos trabajadores solamente, o sea cinco toneladas por día y por trabajador, mientras que el promedio en los dos mil pozos de Inglaterra viene a ser de trescientas toneladas por año y por trabajador.

Este asunto ha sido tratado ya con mucha frecuencia por los periódicos socialistas, y se ha formado opinión. La fábrica, el taller, la mina, pueden ser tan sanos, tan magníficos como los mejores laboratorios de las universidades modernas, y cuanto mejor organizados estén desde ese punto de vista, más productivo resultará el trabajo humano.

¿Puede dudarse de que en una sociedad de iguales, en que los brazos no estén obligados a venderse, el trabajo será realmente un placer, una distracción? La tarea repugnante o malsana deberá desaparecer porque es evidente que en estas condiciones es nociva para la sociedad entera. Podían entregarse a ella los esclavos; el hombre libre aspira a nuevas condiciones de un trabajo agradable e infinitamente más productivo. Las excepciones de hoy serán la regla del mañana.

2

Una sociedad regenerada por la revolución sabrá hacer que desaparezca la esclavitud doméstica, esa postrera forma de la esclavitud, la más tenaz quizá, porque también es la más antigua. Sólo que no lo hará del modo soñado por los falansterianos, ni de la manera como frecuentemente se lo imaginan los comunistas.

El falansterio repele a millones de seres humanos. El hombre menos expansivo experimenta ciertamente la necesidad de reunirse con sus semejantes para un trabajo común, tanto más atractivo cuanto que se tiene conciencia de formar parte del inmenso todo. Pero no sucede así en las horas dedicadas al descanso y a la intimidad. El falansterio, y aun el familisterio, no lo tienen en cuenta, o bien tratan de responder a esta necesidad con agrupaciones artificiosas.

El falansterio, que no es en realidad sino un inmenso hotel, puede agradar a algunos y aun a todos en ciertos momentos de su vida, pero la gran mayoría prefiere la vida de familia, por supuesto de la familia del porvenir; prefiere la habitación aislada, y los normandos anglosajones llegan hasta a preferir la casita de cuatro, seis u ocho piezas, en la cual pueden vivir separadamente la familia o la aglomeración de amigos.

Otros socialistas repudian el falansterio. Pero cuando se les pregunta cómo podría organizarse el trabajo doméstico, responden: <<Cada cual hará su propio trabajo; mi mujer desempeña bien el de la casa; las burguesas harán otro tanto>>. Y si es un burgués aficionado al socialismo quien habla, dirá a su mujer con una sonrisa graciosa: <<¿No es verdad, querida, que te pasarías con gusto sin criada en una sociedad socialista? ¿No es cierto que harías lo mismo que la mujer de nuestro excelente amigo Pablo o la de Juan el carpintero, a quien conoces?>> A lo que la mujer contesta con una sonrisa agridulce y un <<Vaya que sí, querido>>, diciendo aparte que, por fortuna, eso no sucederá tan pronto.

Pero la mujer también reclama su puesto en la emancipación de la humanidad. Ya no quiere ser la bestia de carga de la casa. Bastante es que tenga que dedicar tantos años de su vida a la crianza de sus hijos. ¡Ya no quiere ser más la cocinera, la trajinadora, la barrendera de la casa! Y como las americanas han tomado la delantera en esta obra de reivindicación, son generales las quejas en los Estados Unidos por la falta de mujeres que se dediquen a los trabajos domésticos. La señora prefiere el arte, la política, la literatura o el salón de juego; la obrera hace otro tanto, y ya no se encuentran criadas de servir. En los Estados Unidos, son raras las solteras y casadas que consientan en aceptar la esclavitud del delantal.

Si os lustráis los zapatos, ya sabéis cuán ridículo es ese trabajo. ¿Puede haber nada más estúpido que frotar veinte o treinta veces un zapato con el cepillo? Es preciso que una décima parte de la población europea se venda por un jergón y alimento insuficiente, para hacer ese servicio embrutecedor; es preciso que la misma mujer se conceptúe como una esclava, para que se siga practicando cada mañana semejante operación por docenas de millones de brazos.

Sin embargo, los peluqueros tienen máquinas para cepillar los cráneos lisos y las cabelleras crespas. ¿No era muy sencillo aplicar el mismo principio a la otra extremidad? Eso es lo que se ha hecho. Hoy, la máquina de lustrar el calzado es de uso general en las grandes fondas americanas y europeas. También se difunde fuera de ellas. En las grandes escuelas de Inglaterra, divididas en secciones con cincuenta a doscientos colegiales internos cada una, se ha encontrado más sencillo tener un solo establecimiento que todas las mañanas embetuna los mil pares de zapatos; esto evita el sostener un centenar de criadas dedicadas especialmente a esa operación estúpida. El establecimiento recoge por la noche los zapatos y los devuelve por la mañana a domicilio, lustrados a máquina.

¡Fregar la vajilla! ¿Dónde habrá una mujer que no tenga horror a esa tarea, larga y sucia a la vez, y que siempre se hace a mano, únicamente porque el trabajo de la esclava doméstica no se tiene en cuenta para nada?

En América se ha encontrado algo mejor. Ya hay cierto número de ciudades en las cuales el agua caliente se envía a domicilio, como el agua fría entre nosotros. En estas condiciones, el problema era de una gran sencillez, y lo ha resuelto una mujer, la señora Cockrane. Su máquina lava veinte docenas de platos, los enjuaga y los seca en menos de tres minutos. Una fábrica de Illinois construye esas máquinas, que se venden a un precio accesible para las casas regulares. Y en cuanto a las casas modestas, enviarán su vajilla al establecimiento lo mismo que los zapatos. Hasta es probable que una misma empresa se dedique a estos dos servicios: el de embetunar y el de fregar.

Limpiar los cuchillos; desollarse la piel y retorcerse las manos lavando la ropa para exprimir el agua de ella; barrer los suelos o cepillar las alfombras levantando nubes de polvo, que es preciso quitar en seguida con sumo trabajo de los sitios donde va a posarse: todo esto se hace aún, porque la mujer sigue siendo esclava. Pero comienza a desaparecer, por hacerse todas esas funciones infinitamente mejor a máquina, y las máquinas de todas clases se introducirán en el domicilio privado cuando la distribución de la electricidad a domicilio permita ponerlas todas en movimiento, sin gastar el menor esfuerzo muscular.

Las máquinas cuestan muy poco, y si aún las pagamos tan caras, es porque no son de uso general, y sobre todo, porque un 75 por 100 se lo han llevado ya esos señores que especulan con el suelo, las primeras materias, la fabricación, la venta, la patente, el impuesto y otras cosas por el estilo, y todos ellos tienen prisa por poner coche.

El porvenir no es tener en cada casa una máquina de limpiar el calzado, otra para fregar los platos, otra para lavar la ropa blanca, y así sucesivamente. El porvenir es del calorífero común, que envíe el calor a cada cuarto de todo un barrio y evite encender lumbre. Esto se hace ya en algunas ciudades americanas. Una gran casa Central envía agua caliente a todas las casas, a todos los pisos. El agua circula por los tubos, y para regular la temperatura, sólo hay que dar vueltas a una llave. Y si se quiere tener además fuego en una estancia determinada, puede encenderse el gas especial de calefacción enviado desde un depósito central. Todo ese inmenso servicio de limpiar chimeneas y hacer lumbre, ya sabe la mujer cuánto tiempo absorbe, y está en vías de desaparecer.

La vela de parafina, la lámpara de petróleo y hasta el mechero de gas han pasado ya. Hay ciudades enteras donde basta apretar un botón para que surja la luz, y en último término, es cuestión de economía y de saber vivir el lujo de la lámpara eléctrica.

Por último (siempre en América), trátase ya de formar sociedades para suprimir la casi totalidad del trabajo doméstico. Bastaría crear servicios caseros para cada manzana de casas. Un carro iría a recoger a domicilio los cestos de calzado para embetunar, de vajilla para fregar, de ropa blanca para lavar, de menudencias para remendar (si merecen la pena), de alfombras para cepillar, y al día siguiente, por la mañana temprano, devolvería bien hecha la labor que se le hubiese confiado. Algunas horas más tarde, aparecerían en vuestra mesa el café caliente y los huevos cocidos en su punto.

En efecto, entre mediodía y las dos de la tarde hay de seguro más de veinte millones de americanos y otros tantos ingleses comiendo todos ellos buey o cordero asado, cerdo cocido, patatas cocidas y verduras de la estación. Y por lo bajo hay ocho millones de fuegos encendidos durante dos o tres horas para asar esa carne y cocer esas hortalizas; ocho millones de mujeres dedicadas a preparar esa comida, que quizá no consista en más de diez platos diferentes.

<<¡Cincuenta hogares encendidos, donde bastaría uno solo!>>, exclamaba tiempo atrás una americana. Comed en vuestra mesa; en familia con vuestros hijos, si queréis. Pero por favor, ¿para qué esas cincuenta mujeres perdiendo la mañana en hacer algunas tazas de café y en preparar aquel almuerzo tan sencillo? ¿Por qué esos cincuenta fuegos, cuando con uno solo y dos personas bastaría para cocer todos esos trozos de carne y todas las hortalizas? Elegid vosotros mismos vuestro asado de buey o de carnero, si sois de paladar delicado; sazonad las verduras a vuestro gusto, si preferís tal o cual salsa. Pero no tengáis más que una cocina tan espaciosa y un solo hornillo tan bien dispuesto como os haga falta.

Emancipar a la mujer no es abrir para ella las puertas de la universidad, del foro y del parlamento.

La mujer manumitida descarga siempre en otra mujer el peso de los trabajos domésticos. Emancipar a la mujer es libertarla del trabajo embrutecedor de la cocina y del lavadero: es organizarse de modo que le permita criar y educar a sus hijos, si le parece, conservando tiempo de sobra para tomar parte en la vida social.

División del trabajo

La economía política se ha limitado siempre a comprobar los hechos que veía producirse en la

sociedad y a justificarlos en interés de la clase dominante. Lo mismo hace con respecto a la división del

trabajo creada por la industria: habiéndola encontrado ventajosa para los capitalistas, la ha convertido en

principio.

«Ved ese herrero de pueblo -decía Adam Smith, el padre de la economía política moderna-. Si

nunca se ha habituado a hacer claves, a duras penas fabricará doscientos o trescientos diarios. Pero si ese

mismo herrero no hace más que clavos, producirá fácilmente hasta dos mil trescientos en el curso de una

sola jornada.»

Y Smith se apresuraba a sacar esta consecuencia: «Dividamos el trabajo, especialicemos cada vez

más; tengamos herreros que sólo sepan hacer cabezas o puntas de claves, y de esa manera produciremos

más y nos enriqueceremos.» En cuanto a saber si el herrero condenado por toda la vida a no hacer más que

cabezas de clavo perderá el interés por el trabajo; si no estará enteramente a merced del patrono con ese

oficio limitado; si no tendrá cuatro meses de paro forzoso al año; si no bajará su salario cuando fácilmente

se le pueda reemplazar con un aprendiz, Adam Smith no pensaba en nada de eso al exclamar: «¡Viva la

división del trabajo!

Y aun cuando un Sismondi o un J. B. Say advertían más tarde que la división del trabajo, en lugar

de enriquecer a la nación, sólo enriquecía a los ricos, y que reducido el trabajador a hacer toda su vidä la

dieciochava parte de un alfiler, se embrutecía y caía en la miseria, ¿qué propusieron los economistas

oficiales? ¡Nada! No se dijeron que aplicándose así toda la vida a un solo trabajo maquinal, el obrero

perdería la inteligencia y el espíritu inventivo, y que, por el contrario, la variedad en las ocupaciones

produciría aumentar mucho la productividad de la nación.

Si no hubiese más que los economistas para predicar la división del trabajo permanente y a menudo

hereditaria, se les dejaría perorar a sus anchas. Pero las ideas profesadas por los doctores de la ciencia se

infiltran en los espíritus pervirtiéndolos, y a fuerza de oír hablar de la división del trabajo, del interés, de la

renta, del crédito, etcétera, como de problemas ha mucho tiempo resueltos, todo el mundo (y el trabajador

mismo) concluye por razonar como los economistas, por venerar idénticos fetiches.

Así vemos a gran número de socialistas, hasta los que no temen atacar los errores de la ciencia,

respetar el principio de la división del trabajo. Habladles de la organización de la sociedad durante la

revolución, y responden que debe sostenerse la división del trabajo; que si hacíais puntas de alfileres antes

de la revolución, las haréis también después de ella. Bueno; trabajaréis nada más que cinco horas haciendo

puntas de alfileres. Pero no haréis más que puntas de alfileres toda la vida, mientras otros hacen máquinas y

proyectos de máquinas que permiten afilar durante toda vuestra vida miles de millones de alfileres, y otros

se especializarán en las altas funciones del trabajo literario, científico, artístico, etcétera. Has nacido

amolador de puntas de alfileres, Pasteur ha nacido vacunador de la rabia, y la revolución os dejará a uno y a

otro con vuestros respectivos empleos.

Conocidas son las consecuencias de la división del trabajo. Evidentemente, estamos divididos en

dos clases: por una parte, los productores que consumen muy poco y están dispensados de pensar, porque

necesitan trabajar, y trabajan mal porque su cerebro permanece inactivo; y por otra parte, los consumidores

que producen poco tienen el privilegio de pensar por los otros, y piensan mal porque desconocen todo un

mundo, el de los trabajadores manuales. Los obreros de la tierra no saben nada de la máquina: los que

sirven las máquinas ignoran todo el trabajo de los campos. El ideal de la industria moderna es el niño

sirviendo una máquina que no puede ni debe comprender, y vigilantes que le multen si distrae un momento

su atención. Hasta se trata de suprimir por completo el trabajador agrícola. El ideal de la agricultura

industrial es Un hombre alquilado por tres meses y que conduzca un arado de vapor o una trilladora. La

división del trabajo es el hombre con rótulo y sello para toda su vida como anudador en una manufactura,

vigilante en una industria, impeledor de un carretón en tal sitio de una mina, pero sin idea ninguna de

conjunto de máquinas, ni de industria, ni de mina. Lo que se ha hecho con los hombres, quiso

hacerse también con las naciones. La humanidad se dividirá en fábricas nacionales, cada una con su

especialidad. Rusia está destinada por la naturaleza a cultivar trigo, Inglaterra a hacer tejidos de algodón,

Bélgica a fabricar paños, al paso que Suiza forma niñeras e institutrices. En cada nación se especializaría

también: Lyon a fabricar sederías, la Auvernia encajes y París artículos de capricho. Esto era, según los

economistas; ofrecer un campo ilimitado a la producción, al mismo tiempo que al consumo una era de

trabajo y de inmensa fortuna que se abría para el mundo.

Pero esas vastas esperanzas se desvanecen a medida que el saber técnico se difunde en el universo.

Todo iba bien mientras Inglaterra era la única que fabricaba telas de algodón y trabajaba los metales,

mientras sólo París hacía juguetes artísticos podía predicarse lo que se llamaba la división del trabajo, sin

temor alguno de verse desmentido.

Pues bien; una nueva corriente induce a las naciones civilizadas a ensayar en su interior todas las

industrias, hallando ventajas en fabricar lo que antes recibían de los demás países, y las mismas colonias

tienden a pasarse sin su metrópoli. Como los descubrimientos de la ciencia universalizan los procedimientos

técnicos, es inútil en adelante pagar al exterior por un precio excesivo lo que es tan fácil producir en casa.

Pero esta revolución en la industria, ¿no da una estocada a fondo a la teoría de la división del trabajo, que se

creía tan sólidamente establecida?

BORRASKA.     

Ciberfanzine de literatura subterránea. Número 2

 

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Luis Trápaga

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Ciro J. Díaz

guamañanga!

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Publikación de Ocio e Instrucción para los Indios de Amérikaribe, para recibir guamá, escribirle al mismo: elcaciqueguama@gmail.com

non official PPR site

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PPR-versus-UJC (unión de jóvenes comepingas)

My Politicophobia

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I like to think I'm an expert on one thing: myself. The world has a way of constantly surprising me so I've dedicated much of my time to understanding the world one event and one place at a time. "Without struggle, there is no progress." Frederick Douglas

la taza de liz

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Este es un proyecto de ayuda a blogs para incentivar la creación y sustento de bitácoras cubanas

I want u fact

Ricardo Villares

raíz

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Rafael Villares

"De soledad humana"

Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

Néstor Arenas

Néstor Arenas
Néstor Arenas

neon-klaus

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warholcollage

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la mirada indescriptible de los mortalmente heridos