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Edgelit/Borde.de.luz

Adagio de Habanoni


Fotografías de Silvia Corbelle y Orlando Luis Pardo

mi habanemia

La Habana puede demostrar que es fiel a un estilo.

Sus fidelidades están en pie.

Zarandeada, estirada, desmembrada por piernas y brazos, muestra todavía ese ritmo.

Ritmo que entre la diversidad rodeante es el predominante azafrán hispánico.

Tiene un ritmo de crecimiento vivo, vivaz, de relumbre presto, de respiración de ciudad no surgida en una semana de planos y ecuaciones.

Tiene un destino y un ritmo.

Sus asimilaciones, sus exigencias de ciudad necesaria y fatal, todo ese conglomerado que se ha ido formando a través de las mil puertas, mantiene todavía ese ritmo.

Ritmo de pasos lentos, de estoica despreocupación ante las horas, de sueño con ritmo marino, de elegante aceptación trágica de su descomposición portuaria porque conoce su trágica perdurabilidad.

Ese ritmo -invariable lección desde las constelaciones pitagóricas-, nace de proporciones y medidas.

La Habana conserva todavía la medida humana.

El ser le recorre los contornos, le encuentra su centro, tiene sus zonas de infinitud y soledad donde le llega lo terrible.

Lezama

habanera tú

habanera tú
Luis Trapaga

El habanero se ha acostumbrado, desde hace muchos años, a ese juego donde silenciosamente se apuestan los años y se gana la pérdida de los mismos.

No importa, “la última semana del mes” representa un estilo, una forma en la que la gente se juega su destino y una manera secreta y perdurable de fabricar frustraciones y voluptuosidades.

Lezama

puertas

desmontar la maquinaria

Entrar, salir de la máquina, estar en la máquina: son los estados del deseo independientemente de toda interpretación.

La línea de fuga forma parte de la máquina (…) El problema no es ser libre sino encontrar una salida, o bien una entrada o un lado, una galería, una adyacencia.

Giles Deleuze / Felix Guattari

moi

podemos ofrecer el primer método para operar en nuestra circunstancia: el rasguño en la piedra. Pero en esa hendidura podrá deslizarse, tal vez, el soplo del Espíritu, ordenando el posible nacimiento de una nueva modulación. Después, otra vez el silencio.

José Lezama Lima (La cantidad hechizada)

Medusa

Medusa
Perseo y Medusa (by Luis Trapaga)

...

sintiendo cómo el agua lo rodea por todas partes,
más abajo, más abajo, y el mar picando en sus espaldas;
un pueblo permanece junto a su bestia en la hora de partir;
aullando en el mar, devorando frutas, sacrificando animales,
siempre más abajo, hasta saber el peso de su isla;
el peso de una isla en el amor de un pueblo.

la maldita...

la maldita...
enlace a "La isla en peso", de Virgilio Piñera

La incoherencia es una gran señora.

Si tú me comprendieras me descomprenderías tú.

Nada sostengo, nada me sostiene; nuestra gran tristeza es no tener tristezas.

Soy un tarro de leche cortada con un limón humorístico.

Virgilio Piñera

(carta a Lezama)

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Luis Trápaga

ay

Las locuras no hay que provocarlas, constituyen el clima propio, intransferible. ¿Acaso la continuidad de la locura sincera, no constituye la esencia misma del milagro? Provocar la locura, no es acaso quedarnos con su oportunidad o su inoportunidad.

Lezama

Luis Trápaga Dibujos

Luis Trápaga Dibujos
Dibujos de Luis Trápaga

Pingüino Elemental Cantando HareKrishna

Elementary penguin singing harekrishna
o
la eterna marcha de los pueblos victoriosos
luistrapaga paintings
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Libertad para Danilo

Feb 22, 2009

Boletín Señales No. 22

 
 
 

 

Señales No. 22                                      19 de febrero de 2009

 

Apertura fílmica

La 8va Muestra comienza su programación el martes 24, a las 2pm en el cine Chaplin, con la proyección de los documentales Ampárame, de Patricia Ramos y ¡Manteca, mondongo y bacalao con pan!, de Pavel Giroud.

Le antecede, a la1:30pm, también en el lobby del Chaplin, la inauguración de la exposición fotográfica De cierta manera… 50 años de cine cubano.

 

Inauguración

La inauguración oficial del evento será a las 8:30pm en el cine Chaplin.

 

Salas de la 8va Muestra

La Muestra podrá verse en los cines Charles Chaplin, 23 y 12 y Riviera, y en las salas Titón, Charlot y el Centro Cultural Cinematográfico. También se suman la sala Caracol de la UNEAC y la Casa Estudiantil Universitaria.

Este año, en el cine Charles Chaplin se presentarán todas las obras en concurso, excepto en las tandas de las 5:30pm, que estarán dedicadas a la muestra especial por el Aniversario 50 del ICAIC, titulada Hoy como ayer. En las restantes salas se alternarán el concurso La mirada del otro, las obras fuera de concurso, las muestras colaterales, el panorama internacional, así como una segunda proyección de los concursantes nacionales.

 

Cómo informarse en la Muestra

Durante los días de la Muestra, usted podrá conocer sobre nuestras actividades por varios medios: Bisiesto Cinematográfico (publicación diaria del evento), página web, Boletín Señales, Noticiero de la Muestra en el Canal Habana, Revista de la Muestra del Canal Educativo 2 y por el programa A buena hora, de Radio Taíno.

Todos estos medios estarán reportando la programación y las actividades principales de la Muestra.

 

 

 


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Feb 21, 2009

ORLANDO LUIS PARDO LAZO: FORCEJEANDO CON EL CORSET (por Lizabel Mónica Villares)


imagen OLPL



ORLANDO LUIS PARDO LAZO: FORCEJEANDO CON EL CORSET
LOCUCIONES AL MARGEN DE LA FERIA


El pasado lunes 16 de febrero, en la explanada que da entrada a la XVIII Feria del Libro de La Habana, se presentó fuera de programa el libro Boring Home, del escritor cubano Orlando Luis Pardo Lazo. Según el escritor, este libro ya había sido editado y se encontraba listo para ser lanzado en la feria de 2009, por la Editorial Letras Cubanas, y fue retirado del plan editorial debido a que su autor pasó a finales del pasado año a la lista negra oficial.

Orlando Luis, escritor y fotógrafo, autor de cuatro libros de relatos publicados en editoriales de la isla, y ganador del Premio de Fotografía de la Revista Tablas 2008, se ha convertido en la oveja negra del campo literario de intramuros desde que comenzaron a publicarse sus columnas literarias acompañadas de fotos Lunes de Post-Revolución en el blog cubano realizado desde España, Fogonero Emergente (http://jorgealbertoaguiar.blogspot.com). El proceso que llevó a Orlando a ser condenado por la praxis de la política cultural del patio, tuvo su cúspide con el post del 15 de septiembre de 2008, titulado Lunes de Post-Revoluciclón. En esta columna el autor se narra vivenciando el apagón habanero, y esgrimiendo como alternativa al suicidio del escritor (menciona a Raúl Hernández Novás y a Ángel Escobar), la catarsis explosiva, que culmina en el post en eyaculación sobre la bandera nacional -o "exactamente, su sucedáneo retórico", acota Pardo Lazo. Una de las fotos de esta entrega virtual, que fue censurada de manera explícita por el responsable del blog, el escritor Jorge Alberto Aguiar Díaz, jugaba al parecer con la imagen del onanismo y el símbolo patrio. "Del flujo de semen/sema en lugar del flujo de seso/sangre de los suicidas", nos dice Orlando Luis, para quien la redacción periódica de estas columnas no era una crítica al régimen vigente en Cuba desde 1959, sino "un desmontaje de los iconos poéticos y políticos de la nación; la nación entendida como corsét discursivo disciplinario".

Entre las numerosas presiones que ha recibido el escritor a raíz de la publicación en Internet de estos textos, y además de retirarse su libro del plan editorial oficial y de prohibirse su publicación en las revistas nacionales, el escritor nos hace saber que ha recibido comentarios ofensivos y de ameneza física y judicial a sus posts, además de la aparición de artículos ignominiosos en la red por parte de funcionarios de la cultura. En los últimos días, luego de anunciar Orlando Luis Pardo Lazo una presentación independiente de su libro retirado por Letras Cubanas, y que tendría lugar a los pies de La Cabaña, sede oficial de la feria, el narrador ha recibido y recibe aún llamadas intimidatorias –muchas de ellas dirigidas a su madre-, mensajes electrónicos del mismo tono, y de nuevo la amenaza física a través de un funcionario de alto rango que se reuniera con Orlando sin previo aviso en una oficina cerrada de las instancias de la feria. A pesar de que la presentación tuvo lugar, con la presencia de varios escritores cubanos e incluso de algunos de los más comprometidos con las instituciones culturales oficiales, alguien nos señaló el hecho de que una Brigada de Respuesta Rápida esperaba por órdenes para actuar como cuerpo represivo sobre los asistentes. El libro Boring Home fue presentado por la bloguera Yoani Sánchez y Orlando Luis repartió algunos ejemplares en CD al público que lo rodeaba sobre el césped del camino a la fortaleza de San Carlos de La Cabaña. La prensa extranjera, a quien muchos atribuyen que no se empleara finalmente el gesto más radical contra los presentes, llevó sus cámaras y micrófonos a la cita.

A tres días de la presentación de Boring Home, Orlando Luis sigue experimentando el peso de la intolerancia a la libertad de expresión y a palabra escrita. Sentado a mi lado, teclea su post Eucaristía de Eduardo, que saldrá en pocos minutos en su blog, que toma el nombre de aquellas columnas periódicas que iniciaran el destierro y el acoso que sufre dentro de Cuba: Lunes de Post-Revolución. La costumbre de postear quedó, ahora más vinculada a un vacío de opciones editoriales, al menos en el país. La costumbre de temer por su integridad física, y de telefonear a su madre, su novia y sus amigos para que sepamos que está bien, por ahora también quedaron. Llama la atención que se repita la lectura obsesiva del poder (sea el Estado, la Mafia, sea una instancia religiosa quien la aplique) y las consecuencias de su miedo descomunal sobre el escritor. La literatura es leída otra vez como documento burocrático, y es tratada como tal: ha de rectificársele, por los medios que sean necesarios. Orlando, quien ve en sus columnas todavía la escritura "naif, la máscara barroca, aún no el puro cuerpo", no está seguro de entender qué está pasando o de qué hablan cuándo leen el texto como testimonio, la foto como réplica. Reinaldo Arenas, Roberto Saviano, Salman Rushdie, probablemente tampoco lo entendieron.

 Lizabel Mónica

Feb 16, 2009

Entre los dos muros, texto de presentación de Boring Home, por Yoani Sánchez en la explanada cabañesca...


Entre los dos muros

 

Presentar un libro en voz baha, interrogar al autor de sus páginas sólo con la mirada, para que el opertaivo policial alrededor no se dé cuenta de que estamos en medio de un lanzamiento, algo así –tengo que confesar- que nunca lo había hecho. Con Boring Home hemos experimentado aquellas historias sombrías que nos han contado escritores capuleados en el quinquenio gris. Esas anécdotas que algunos han dudado de su veracidad, terminaron por ser revividas alrededor de este lanzamiento independiente y por ende perseguido. Todo hubiera quedado en un grupo de inconformes hablando de un libro fantasma, que ni siquiera ha pasado por la imprenta, si no fuera por el enorme barullo que han armado las instituciones culturales y policiales.

 

Los cuentos reunidos en Boring Home cruzaron una vez el filtro editorial, fueron aceptados y procesados para ver la luz, pero el accionar de su autor les cerró el camino de la publicación oficial. Qué fue lo que ocurrió entre que se aceptaron los relatos en él reunidos y esta tarde de perseguidos y persecutores.

Pues la respuesta es la historia de la evolución personal y ciudadana de Pardo Lazo. Dejó de ser un escritor encauzado en los claros límites de la UNEAC, amarrado por los pequeños privilegios como el de tener un amail “.cu” o unas horas de internet institucional cada semana, para comenzar a publicar un irreverente y lúdico blog The Revolution Evening Post. Puso su firma en varias publicaciones cubanas hechas en el extranjero, que han sido satanizadas y hasta bloqueadas electrónicamente por los exigentes veladores de la “moral”socialista. Encima de eso, hizo una secuencia artevida e impertinente de fotos a la bandera cubana, enmarcadas con el anómalo nombre de flagtografías. Todo eso y sólo eso nos dejó atrapados este 16 de febrero, entre el muro exterior de La Cabaña y el otro muro –el intangible-.

 

Si dejamos de lado toda esta reverberación policial, y tratáramos de concentrarnos en los cuentos del libro, poco encontraríamos que motive semejante persecución, No es Boring Home el motivo, parece decirnos cada página leída, sino Orlando, mi propio nombre –radioactivo-involucrado en todo esto, el piquete de jóvenes que poco a poco se van uniendo para empujar, lo mismo por la libertad de Gorki que por la presentación de un texto al margen del recinto ferial. No son las diecisiete historias narradas en las breves páginas de este libro, ni los parlamentos de personajes como Ipatria, Lianet, Silvia los que han hecho que alrededor de nuestra casa un turno rotativo de vigilantes controle cada movimiento.

 

Cuando Orlando me pidió que presentara su libro, redacté un breve texto con ínfulas de crítica literaria. Manejaba en él el efecto de obturador abierto –por corto o largo tiempo- que me transmitían sus cuentos. Como lo conozco y sé de su Canon permanentemente colgada al cuello, cada párrafo que leía tenía el sonido del click marcando el templo de la acción. Me regodeaba en sus juegos lingüísticos y fonéticos que tan compleja le hacen la lectura a algunos, pero que a mí –filóloga al fin- me divierten sobremanera. Todo eso venía a decirlo esta tarde aquí, pero ya no tiene sentido. Hay otras prioridades.

 

Para qué hablar del carácter juguetón de su prosa, de los aires de Cabrera Infante que recorren sus aventuras fonéticas, si hay otros temas más urgentes que tratar. No es el momento de darle una palmada en el hombro e invitarlo a que escriba el próximo libro, o la esperada novela. Más bien vengo a contarle a Orlando Luis Pardo, que ha empezado a ser una “no persona”, que la indiferencia editorial se cebará en sus libros, que las revistas literarias y algunos sitios digitales, harán su agosto de difamación y calumnia. He venido a transmitirle, como el sifilítico del que hablara Whitman, que las peores dolencias están por llegar y no concluyen esta tarde de febrero.

 

Yoani Sánchez

 

 

 

 




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Diamela Eltit: Día de los Enamorados en La Cabaña ó La apuesta de otra clase de amor, artículo de Lizabel Mónica



 

 

Diamela Eltit: Día de los Enamorados en La Cabaña ó La apuesta de otra clase de amor

Lizabel Mónica

Diamela Eltit, la escritora chilena que es todo un hito de las letras latinoamericanas, presenta un libro en Cuba, editado por Casa de las Américas. Sala Portuondo, aire acondicionado y cierta media luz comparada con el sol que enceguece afuera a estas horas del día. Son las 12:00 a.m. y Diamela nos recibe pausada, tras la mesa formalísima donde la acompañan Roberto Zurbano y Zaida Capote.

Lumpérica, la primera de sus novelas –alrededor de ocho-, es el motivo de la cita, pero más que nada, el privilegio de tener delante a una escritora de la talla de Eltit, la oportunidad de escuchar su lenguaje oral, los tonos de su voz, calibrar sus expresiones y gestos. La presencia de un escritor siempre es otra cosa respecto su literatura, a la voz sobre la página. Es, por así decirlo, una información adicional, y yendo más lejos, un paratexto. Sin embargo creemos que es un paratexto prescindible, aunque en el caso de Eltit la noción cobra mayor fuerza, si se tiene en cuenta su actividad performática y de intervención pública (son muy conocidas sus acciones que intentaban tomar el espacio público, dijo en la sala Portuondo, en una ciudad confiscada), donde ha trabajado con el texto de sus libros, así como las imbricaciones que su literatura registra de material literario y material vital. A propósito de estas relaciones entre la letra y la vida, véase el inteligente prólogo de Zaida Capote a la edición cubana. Pero un libro, recalcamos, se vale y se ha de valer por sí mismo. Es un suceso (Marguerite Duras), un hecho independiente, responsable de una realidad propia (Susan Sontag). Acudimos a la cita con el escritor, cita a ciegas (Diamela ha dicho en su charla de la sala Portuondo que un libro es como una cita a ciegas, entre lector y autor), porque tenemos la esperanza de saber más acerca de una lectura que nos ha cautivado. Una suerte de vicio, a mi modo de ver, del confundir autor y persona. Si algo tendríamos que agregar al prólogo de Zaida es precisamente la exploración ensayística, aunque fuera somera, de los límites de un entendimiento eterno pero no por ello menos conflictivo: los amoríos entre la literatura y la vida.

El amor, tal y como lo construye el sistema, es el opio de las mujeres, comenta Eltit. Por ello nos sometemos y dejamos que nos sometan, debido a ello cedemos nuestras libertades y tiempo, conformándonos con la existencia del reverso. Ayudar al padre y a la madre, al esposo y a la hermana, dedicarse a los hijos. El corazón de mujer es tierno y firme a un tiempo, pero lo más importante, se siente susceptible de cargar con todo. La mujer es amorosa por naturaleza, y su amor es el más puro, exento de conflicto. Ahora bien, el amor es conflicto, la unión de dos no hacen uno, la relación además depende muchas veces de la dinámica que pueda conformarse con los distintos ritmos donados, o dicho de otro modo, del grado de libertad que puedan permitirse uno al otro hasta alcanzar, por caminos autónomos, ciertos encuentros.

Quien subscribe estas palabras defiende las vinculaciones de literatura, eso que no sabemos bien qué es, y la vida, eso que tampoco sabemos bien qué es, pero que sabemos diferente. Es como si al fin ocurriera el milagro, es una suerte sentir las conexiones. Enamorarse es una suerte -léase de una persona, de un objeto o circunstancia específicos, de una profesión, etc. Cuando ocurre, multiplica las capacidades y la creatividad vitales. Entonces parece que todo encaja, que todo fluye. Entonces parece que todo es ritmo. A veces, las menos si contamos sacando estadísticas de libros publicados por año, podemos vislumbrar esos momentos afortunados en que la vida y la literatura se atraen de esa manera; o en que luego de cierto forcejeo acontece el asombro del reconocimiento y la sangre fluye como nunca por sus cuerpos. El texto es un cuerpo y el cuerpo es un texto. Conseguir un buen entendimiento del texto-cuerpo requiere comprender los desencuentros con este. Las relaciones precisan de conflicto, entendido este no de una manera trágica, o más bien de una manera trágica al estilo de Nietzsche: movimiento, juego de posibilidades, aventura y voluntad, azar y destino en uno.

La vida es ritmo, dice Deleuze, pero constantemente perdemos el oído para ese jazz de fugas infinitas, agregamos nosotros. Y la literatura es también ritmo, a su manera. En ella, cuando se tiene suerte en el juego, se pueden colocar sobre la mesa tres cartas que mueven el mundo, es decir, la experiencia del que escribe y el que lee. Tres son las éticas de La ética de Spinoza, según Gilles Deleuze (Crítica y clínica). Nosotros leemos estos tres instantes como una descripción de la actividad literaria, del acto de encontrarse con lo textual/vital. En verdad se apuesta por conseguir más que una meta antes predicha, asombro. Si diez páginas de un libro me asombran, todos los años de trabajo valieron la pena, dijo Diamela Eltit en la Feria del Libro de La Habana, donde más que nada, se presentaba a sí misma, y más que nada en verdad, conversaba consigo misma, como dice Harold Bloom que hacen los autores fuertes. Toda la energía y tiempo dedicados al libro posible (un libro por hacer o en proceso es un conocido-desconocido), valen la pena si al final hubo un entendimiento, uno de esos momentos coincidentes, plenos de lo ininteligible: el amor. No el amor cristiano, sino el amor como fuerza, como intensidad. Una sensación como esta, completamente exacerbada, no puede sostenerse por mucho tiempo, no puede ser concebida como un estable. Es algo que se consigue y se pierde, que se gana y se abandona. Es algo que precisa de rupturas y apuestas sucesivas. Cada vez que uno publica un libro, deja una maleta en el camino. Yo he dejado muchas maletas. Dice Eltit, que no se considera -no quiere serlo- una escritora profesional. Le interesa la literatura fuera de los espacios institucionales y burocráticos. Apela a la vivencia del texto, a esa union temporal y suigéneris. Apela al placer que provoca el acontecimiento de un libro, o de unas pocas páginas. Porque entonces, uno siente que le quita a la vida un buen pedazo.

Diamela habló bastante en este ¿encuentro? de feria, donde el escritor es exhibido ante el público en tanto monstruo en un mostrare que en este caso sustituye los barrotes de las jaulas o la arena circular por una mesa, a los moderadores por domadores, en un local perfectamente habilitado. O exagero. ¿no estábamos nosotros ante un público entusiasmado y curioso? Estábamos. El libro es un encuentro, un suceso vital entre autor y escritor. Y un mismo autor es otro en cada lectura, de igual manera que un lector, en cada (re)escritura. Pero estas ceremonias nefastas que resultan del presentar un libro… (y siempre nos preguntamos si vale la pena continuar con estos rituales…) (Diamela), suelen dejar a un lado el hecho de que un libro, al atribuírsele a alguien, dejando a un lado su naturaleza de encuentro, dejando a un lado su responsabilidad múltiple, no es sino un gesto que fabrica un buen Dios para movimientos geológicos (Deleuze y Guattari, en Mil mesetas, p. 9).

Hubiera estado mejor un performances de Diamela, en la plaza soleada de La Fortaleza de la Cabaña, donde año tras año tiene lugar la feria del libro habanera. Quizá entonces el encuentro habría podido ocurrir. Creemos que este evento donde se da la posibilidad de confluencia en un mismo espacio tiempo de la literature y los escritores y lectores de diferentes países habría de contaminarse de la presencia y el diálogo, no siempre necesariamente verbal, de manifestaciones que pudieran recoger todo aquello que no se puede decir, y tampoco escribir o leerse a solas. Nunca hay que hablar mucho. Yo creo que hay que cerrar la boca, dijo Diamela este 14 de febrero en la sala José Antonio Portuondo de nuestra XVIII Feria del Libro de La Habana. Faltan en esta feria las posturas ante la literatura de escritores como Diamela Eltit; falta una manera de ver el libro no cómo la vida, pero si cercana a ella, implicado hasta las entrañas con ella; amor correspondido.

Falta el acercamiento a la experiencia del libro, texto cultural. La escritora chilena, que dice deberle a nuestro Severo Sarduy y su cosmogonía del neobarroco, ha motivado estas líneas de feria. Por favor, que no se me arrojen cáscaras.

 

 

Pos-scriptum

 

Toda sociedad, sin excepción, es conflictiva, y castiga a su gente. Tengo esta vision un tanto disciplinaria (Diamela lectora de Foucault).

 

Los escritores y los artistas tenemos que indicar las tensiones sociales (Diamela). Nosotros cambiamos tenemos por podemos. No es una obligación, y la responsabilidad del escritor suele ser para con el texto, la vivencia que este deja entrever, y no para con partido u oposiciones/posiciones ideológicas. Tal cosa arruina las posibilidades de un texto múltiple, no arbitrario, que explote a fondo la naturaleza política de la literatura.

 

Es difícil imaginar un texto que no devele las tensiones de lo real. Sirvan nuestras líneas como ejemplo. La lectura y la escritura no conducen sino a una crítica, o mejor, si tal cosa existe, a una experiencia que se mira a sí misma. Digamos que es allí donde puede encontrarse algo muy difícil de ejecutar en nuestras prácticas sociales: esa comunión entre racionalidad y el momento apasionado.

 

 

 

 

 


Feb 15, 2009

Boring Home/OLPL/novela/Continuación (1ra)

3

TODAS LAS NOCHES LA NOCHE

1

El metro de La Habana hacía su recorrido

tonto y feliz.

Poco antes del cañonazo, yo lo esperaba en la

gara subterránea de la Plaza de la Revolución.

Desde allí viajaba, casi a ras de tierra, salvo un

par de segundos bajo la bahía, hasta desembocar

en la Zona 666 de Alamar.

Entonces yo compraba una flor eléctrica,

comida obscenamente italiana, una botella de

vino tinto a medio pixelar, y subía las escaleras

rodantes con dirección a Ipatria.

Todo parecía tan natural. A pesar de que todo

incluía, por supuesto, a Ipatria: mi extraño amor

de los doceplantas prehistóricos de Alamar.

2

Su ascensor funcionaba justo como lo que

era. Un objeto anacrónico importado del siglo

XX. Daba bandazos y soltaba chispas en los

entrepisos, pero nunca falló.

Ipatria dejaba su puerta abierta para mí. Yo

entraba y la cerraba sin hacer ruido a mi espalda.

Adentro la luz no existía o era muy mortecina,

ilusión de un gris cuántico. Su apartamento era

mínimo. De paredes sin textura, como si fueran

de gas. Incluso Ipatria parecía de gas. En aquella

atmósfera repentina y repetitiva lo único sólido,

como de piedra muerta lunar, supongo que fuera

yo.

Y en este punto comenzaba nuestro ritual.

Nos dábamos un largo abrazo. Diríase que nos

conocíamos de siempre, cuando probablemente

no hacía ni un año desde la primera vez.

Abríamos el cortinaje con el mando a distancia.

Y, a través de los vidrios, la ciudad emergía con

el garbo de una marea oscura saturada de luz.

Una imagen sin paradoja y sin contradicción:

ilusión óptica de usar las palabras.

La Habana. Nave fantasma, hangar sintético

reflejado en un bolsón de agua o metal. Alfileres

de luz ecológica, pinchazos arcoíricos de un solo

color. Aberración mnemónica del lenguaje. Y,

sin embargo, doce pisos bajo nuestra mirada todo

transcurría con tanta normalidad.

La Hanada, amorfo recipiente que adopta la

forma del gas contenido y nunca al revés. Cada

noche Ipatria y yo la comparábamos con una

ciudad distinta, fe en lo foráneo. Con Hiroshima,

por ejemplo, titilando en una noche de agosto

que otra noche de agosto Ipatria soñó (se

despertó llorando y pidiendo perdón a nadie).

Con Haifa, por ejemplo, y su ristra de

supertanqueros insomnes con el vientre

eructando oil (en mi estómago, la pizza y el vino

conseguían una mezcla muchas veces peor). Con

Helsinki, por ejemplo, tres sílabas con olor a

géyser y aurora boreal de simulación (la brisa

helada nos ponía a hacer música con nuestros

dientes, monjes bruxistas). Con Haifong, por

ejemplo, donde la muerte es una boya flotante en

una plataforma de tecnobambú (de Haifong no

sabíamos nada, excepto la fonía de su nombre en

el solemne noticiero de la 3D-visión). Y la

comparábamos otra vez con La Habana, por

supuesto, crucigrama sin clave poco después de

un cañonazo digital.

Las nueve. Todas las noches las nueve. Todas

las noches una nueva Habana. Ciudades siempre

con hache del universo. Letra muda: holografía,

holocausto, helocuencia de lo silente. Un error

sin trazas ya del horror. En cualquier caso, una

disparatada pero ingenua transgresión. Porque

eso éramos Ipatria y yo, refugiados en la altura

vertiginosa de su apartamento: prófugos que

desconocen hasta de quién van a fugar. Y para

qué fugar. Y por qué fugar. O jugar.

Igual era inevitable. Caíamos en pánico sólo

de pensar que a la noche siguiente uno de los dos

pudiera no estar. Tal vez por eso mismo cada

noche nos amenazábamos con que cada noche

sería la última. Era preferible así. Destruirlo todo

nosotros mismos, antes que dejarlo al azar de una

denuncia anónima o institucional.

Pero ya no podíamos evitar reencontrarnos

allí. Ipatria y yo amábamos lúcidamente aquella

visión nocturna de la locura, aquella tajada de

Cuba, sólo visible si se acuchilla el planeta desde

la Zona 666 de Alamar. Así, cada noche a las

nueve sería siempre la última noche de aquel

primer año del siglo XXII.

Nada. Hay historias así. Que no necesitan

reinventar su propia historia para provocar un

cortocircuito fulminante con lo real.

Supongo que no se comprenda ni media

palabra. Aún.

Y es lógico. Ninguna palabra es comprensible

si se parte por la mitad.

3

Ipatria sustituía cada noche su vieja flor con

mi nuevo regalo. En veinticuatro horas las

baterías expiraban sus anémicos volts. Negocio

redondo y tierno, por sólo diecinueve américos y

cincuentinueve centavos. Renovación de señales

humanas al por mayor. Maneras de sentirse

menos insolidario tras el cambio de fecha: de los

dos mil algo a los dos mil ciento nada.

4

Entonces nos desnudábamos, Ipatria y yo, al

margen de cualquier inoperante prohibición. Sin

apagar la luz. Aunque de hecho no hubiera luz:

apenas el halo gris que nos rebotaba La Habana.

Nos quitábamos la ropa de manera más bien

privada, sin tocarnos apenas. Cada cual tumbado

sobre una punta de la esterilla, horizontales de

remate. Así eludíamos cualquier audiocámara

que pudiera reparar en las cortinas abiertas de

nuestro balcón.

Nos aproximábamos a rastras. Era excitante y

cómico y un poco cruel. Dejábamos de observar

el Alamar de allá afuera y nos mirábamos

secamente a la cara. No tan culpables como nos

sentiríamos después. Y antes. Y durante.

Y sólo entonces hacíamos el amor, los ojos

todo el tiempo clavados en los ojos del otro, en

un ahora efímero por el resto de la eternidad: los

restos de la eternidad. Los párpados tan abiertos

como el cortinaje que filtraba al cielo renegrido

de Habanalamar. Ipatria y yo, azorados

animalitos de zoo, retorciéndonos de pena y

placer hasta caer en una suerte de éxtasis

cósmico que, sin pronunciar nada en voz alta, los

dos sabíamos que algún misterio, histórico o

humano, una de esas noches nos tendría que

revelar.

Todo terminaba con un quejido a dúo, sin

boca, por donde se nos vaciaban la garganta, los

pómulos y el esternón: órganos de la angustia.

Después respirábamos limpiamente juntos, sin

acariciarnos jamás: usar los cuerpos ya había sido

suficiente delito. Y por fin comíamos, echados

sobre nuestro propio sudor. Supongo que cada

madrugada un poco más felices y atentos a los

imprevisibles gestos del otro en cada cita. O

complot. Sin calentar nunca las pastas y menos

aún enfriar la botella de vino, que era el único

objeto de píxeles vivos dentro de aquel

inconmensurable mirador.

Después disponíamos de un par de horas

libres antes de bajar a diluirnos en aquel paisaje

total y sobrecogedor. La H: una suerte de

habanaleph, sin transparencia y sin

superposición, somera suma de imágenes online

y en off.

Brave New Habana: desde la primavera del

84, tras aquella archifamosa peliculita de clase 0

(inspirada en un best-seller del mismo nombre),

así estaba de moda promocionarla en cada

panfleto turístico, en cada titular de la prensa con

licencia o no del Estado, y en cada lamparazo

amnésico de ciber-neón.

4

Y no era hasta la una de la madrugada, con

puntualidad involuntaria, que bajábamos doce

pisos hasta el nivel de Alamar, otra vez en aquel

fiable y destartalado ascensor de más de un siglo

o acaso más de un milenio atrás.

A esa hora las avenidas eran pistas desiertas

de un aeropuerto futurista en tiempo real. Ipatria

y yo caminábamos entre sus carriles con absoluta

y demente libertad. Y era tan fácil abrazarnos y

reír y bailar, y sentir que la ciudad podía ser un

espacio mucho más personal de lo que nos

parecía a lo largo y estrecho del día. Y era tan

complicado no sentir miedo de ser observados

entre la ausencia de transeúntes y tráfico. Y era

tan natural ir hasta el Asfixeatro tomados de la

mano, y dejar que alguna banda de neo nos

envolviera con su magia ligera y recónditamente

posnacional.

Porque la música era un bálsamo para nuestro

insomnio. Porque a veces hasta cabeceábamos

allí, el uno sobre el hombro del otro. Y porque a

veces simplemente seguíamos de largo

bordeando el Asfixeatro, con los acordes

sintéticos susurrándonos al oído cualquier

tontería inteligente en esperántrax o volapunk.

Hasta que, por supuesto, como tantas y tantas

noches a esa hora, aparecía otra vez el mar. O su

intuición a ras de los arrecifes. Y de ahí ya no

podíamos pasar. Y nos deteníamos, Ipatria y yo,

a pesar de los estribillos de neo, los dos

hechizados por el cenital puñetazo de luna yerta:

magnífica hoz o moneda, según el ángulo en que

la recortase la luminiscencia solar, con una

calavera de conejo advirtiéndonos no sé qué. Ni

para qué. O por qué.

Oíamos. Olíamos. No distinguíamos nada

bajo el telón cínico de la madrugada. Éramos

dioses muertos, aunque ni Ipatria ni yo sabíamos

entonces qué podría esto significar. Y no nos

hacía falta tampoco. Éramos habitantes de un

siglo raro donde todos se comportaban de un

modo extranjeramente habitual. Habitaban.

Sólo que había algo en ese sonido o en ese

olor o en esa oquedad lunática de la noche, había

algo en la clandestina costumbre de comer juntos

y hacer el amor sin reportarle a nadie con quién,

había algo que faltaba o sobraba entre las mil y

una piezas del engranaje: había algo en aquel

rompecabezas de atrezo que ni Ipatria ni yo

entendíamos. Y ese algo impronunciable nos

obligaba cada noche a desobedecer. Por lo

menos, a desaparecer.

En cualquier variante, para nosotros el mar

funcionaba como un antídoto y un talismán. Un

5

amuleto, una frontera. Una constatación a la

espera de lo que ya está dolorosamente aquí. Una

revelación abortada, no sé. Supongo que contra

el misterio, cualquier mensaje o mentira nos

parecía muy bien.

Por el momento, nos bastaba la certeza de

permanecer juntos allí. De pie, tomados de la

mano sobre el dienteperro cubano de entresiglos.

Atragantados, la angustia coagulada a la altura de

los pómulos, la garganta y el esternón. Lúcidos e

irracionales. A la caza de un sonido, un olor, un

rayo de rebote entre los astros inmóviles:

candilejas de utilería que nos espiaban con tanta

saña como los videocontroles de ocasión.

Ipatria y yo, boqueando con tal de

oxigenarnos por alguna grieta, cavando un

respiradero para uso de dos contra las sustancias

retóricas de lo real. Tanteando alguna hebra

suelta en el telón de la malla social: fuimos peces

sin demasiadas agallas. En fin. La composición

química de nuestra atmósfera cada noche se

suponía fuera la óptima y la más estable, pero lo

cierto es que nosotros nos asfixiábamos desde

mucho antes de coincidir. Y desde mucho

después de ya instaurado nuestro ritual. Y, por

supuesto, desde todas las noches durante.

5

A veces pasaba un pájaro. Era blanco y se

confundía con el humo artificial de las nubes

nocturnas. La luna lo convertía en sombra sobre

la costa y a nosotros nos gustaba ver a un ave

reptar. Era algo atávico, reminiscente.

A veces pasaban dos, planeando en la

despaciosa coreografía de los seres biológicos.

Entonces Ipatria y yo envidiábamos tanta

compañía entre el cielo y el mar. Y hacíamos

como quien tiene algo muy importante que

prometer o callar, pero el gesto siempre era

interrumpido por un gesto del otro. Y a estos

ademanes se reducía la precaria cinética de

nuestro amor.

También nos sobrevolaban los bombarderos,

como es evidente, casi todos oteando el horizonte

marino hacia alguna remota y mortífera misión.

Pero, aunque pasaran en escuadrillas o en

solitario, increíblemente ningún avión de

combate nunca nos inquietó. Por suerte para los

dos, creíamos que el enemigo siempre sería otro.

No Ipatria. Ni yo. En todo caso, nosotros.

6

Sólo una vez discutimos. Caminábamos de

regreso del mar cuando Ipatria se plantó entre los

cocoteros de la avenida. Se arriesgaba a una

multa interestatal, pero no le importaba. Tenía los

ojos negros de ira y usó las palabras contra mí,

supongo que para no volverse orate o ponerse

infantilmente a llorar.

Me dijo de todo. Me ofendió

exhaustivamente, usando el vocabulario roñoso

de un tribuno incivil o un fanático predicador.

Me negó mil y una veces, y mil y una veces me

pidió perdón. Pataleaba. Parecía una muñeca

clónica que se estuviera quedando sin carga. Se

rasgó las ropas, se arañó la piel. No era Ipatria,

no era nadie, acaso era yo. O el odio magnificado

en todo su humano o histórico esplendor.

Cuando terminó, se desplomó en un desmayo

hacia atrás. Había hecho implosión: Ipatria de

espaldas sobre las astillas fúnebres de su

discurso, con una mueca de opositor político en

las facciones. Irreconocible. Yo esperé hasta

recuperar el ritmo mínimamente audible de mi

corazón. Y respiré. Hondo. Y respiré. Frío. Y

respiré. Solo. Hasta inflar con mis pulmones un

vaho imaginario de aliento a su alrededor.

Entonces cargué su cuerpo o su catalepsia. A

pesar de la frialdad, me sudaban los brazos.

Ipatria se me chorreaba sin dar señales de

coagulación. Caminé con todo su peso a cuestas

y con toda mi propia ingravidez. Ahora era

Ipatria la piedra muerta lunar y yo una burbuja de

gas. Subí hasta a su apartamento y, sin el coraje

de matar o hacerme matar, cerré su puerta y muy

lentamente, casi inmóvil de tanta duda, supongo

que sin desearlo, esa noche también me fui.

Y esos abandonos ínfimos, me doy cuenta

ahora, ya iban anunciando la significativa

sintomatología de nuestra barbarie. Eran una

suerte de expediente clínico que en definitiva nos

enfermó: Ipatria y yo fuimos como esos pacientes

hipocondriacos que se temen lo peor a la menor

mejoría.

7

Otra vez fue terrible.

Subimos a la azotea del doceplantas y, de

pronto, Ipatria me apuntó con su pistola

Browning de seguridad personal. 15 tiros de alto

calibre, suficientes para eliminar a un comando

de asalto y después suicidarse (era el slogan

comercial de la Browning). Su uso seguía siendo

obligatorio tras las escaramuzas vandálicas del

año 94. Y ahora Ipatria descargaba toda esa

tensión en la noche y en mí.

Me llamó traidor. Amenazó con reportar mi

caso antes de que fuera yo quien amenazara con

un reporte del suyo. Ipatria actuaba

"estrictamente en defensa propia del colectivo",

6

pronunció con tono de politfiscal. Y sólo

entonces estallaron sus carcajadas.

Reía, reía, reía. Risas de dioses recién

exhumados en un cenotafio obrero llamado

Alamar. Se burlaba: era un juego. Estábamos

locos, por supuesto. Y ser tan teatrales era acaso

nuestra tablilla de salvación.

"¿Cómo pude creerle tan fácilmente?", Ipatria

me increpaba y yo comencé a reír. "¿No

confiábamos irreversiblemente en nosotros desde

el primer encuentro al azar?", seguía disparando

sus preguntas sin bajar nunca el cañón. "¿O es

que no había sido al azar?", y entonces se llevó el

arma a la sien.

Yo todavía reía, reía, reía. Por un instante

quise que se matara tal vez. Los estéreofaros

pasaban a escasos centímetros de nuestras

cabezas y, sin embargo, aún nos sentíamos

impunes en medio de tanta promiscuidad.

Recuerdo que le hablé de una novela ilegal

que ambos habíamos leído hacía poco: Todas las

noches la noche, firmada por una supuesta Silvia

de Nerval. Le pedí que no repitiera literalmente

el desenlace patético del último capítulo. Y

entonces Ipatria bajó la Browning por fin. Y bajó

los brazos. Y los ojos. Y la cabeza. Y se

arrodilló. Y en este punto repitió textualmente un

parlamento de aquel folletín clandestino de la

Resistencia:

—Por favor, pon tus manos –la mirada

minada–. Te lo pido en nombre de la belleza y la

revolución.

8

Pero lo rutinario no eran escenas más o

menos violentas, sino el tedio de una Hanada

insomne al punto de lo criminal. Intuíamos que

nadie dormía a nuestro alrededor, que la vigilia

colectiva crecía como un cáncer monstruoso

detrás de cada puerta, cortinaje y balcón.

Y no es paranoia, por supuesto, ni mucho

menos delirio. Nuestro presente sin resonancias

había simplificado hasta lo raquítico cualquier

concepto más o menos sutil: como paranoia, por

ejemplo, o delirio. De hecho, ni siquiera nos

sentíamos vigilados en nuestro recorrido a

trasnoche de cada noche. Lo terrible es que ya ni

siquiera nos sentíamos. Todo se articulaba como

una secreta premonición. Unas ganas a desgana

de despertar de la pesadilla sin haberla soñado

aún.

Y lo rutinario era darse la vuelta al borde del

mar o tal vez su ausencia, y remontar el camino

de regreso hasta la Zona 666 de Alamar. Ipatria y

yo leíamos cada signo con la resignación, entre

humilde y humillada, de un par de analfabetos al

aire preso de una librería de alta seguridad. Así

hojéabamos a esa hora las páginas

pornográficamente deshabitadas de nuestra

ciudad con hache: letra sin cuerda, pero locuaz.

No volvíamos por el Asfixeatro sino por la

rotonda del Multiestadio Olímpico, tortuga de

varias cuadras a la redonda que no se empleaba

desde los juegos internacionales de una década

atrás. Todavía una pantalla líquida los

promocionaba, obsoleta: Brave New Habana

2091.

Por todas partes nos maravillaba el lujo

luctuoso de tanta imagen y tanta imposibilidad.

Ipatria y yo reptábamos como la sombra de dos

pájaros marinos bajo un satélite demasiado

vertical. Yo le decía y le señalaba:

—Mira, mi amor, mira –el nombre de Ipatria

entre nosotros nunca se pronunció: de hecho, es

muy probable que no exista semejante palabra.

Pero Ipatria nunca me respondía, salvo con

un apretón a la altura del codo o del antebrazo. Y

un toc-toc áspero que se le trababa en la tráquea.

Y yo notaba un desesperante pendular afirmativo

de su cabeza, medio reclinada y medio huyendo

de mí.

Así dejábamos atrás el ultramoderno

cementerio de automóviles y vagones del metro,

con sus esteras, sus megaimanes y sus prensas de

convertir en hilos y láminas hasta a los metales

más duros de la realidad (un arte del desastre).

Así dejábamos atrás el biplanta estilo loft de la

funeraria, con sus servicios más bien siniestros

que, por suerte, ya pocos conservaban la

ancestral costumbre de contratar (eran

demasiados permisos para sólo un par de horas

de velorio en público). Y, al final, cortábamos

camino por la alameda de la Cámara

Amercadual, una especie de lingote de vidrios

velados que, de noche, era más un monolito o un

mausoleo antes que un banco de crédito

continental (operativo las 24 horas, aunque su

inauguración se había pospuesto al infinito desde

que, casi en avalancha, se edificó).

—Mira, mi amor, mira –yo apuntaba con el

índice a los tanques de agua potable que

coronaban la loma de entrada al reparto. Y los de

agua pesada, como una silueta detrás.

—Mira, mi amor, mira –y era un jardín

espinoso de baterías antiáereas, todavía

perfectamente en funciones desde un pedestal del

Museo de la Paz.

—Mira, mi amor, mira –y de pronto resurgía

la luna, rielando sobre las señales lumínicas que

tasajeaban esta o aquella avenida del futuro, a esa

7

hora no tan desiertas como desertadas en off y

online.

Por milésima y única vez, yo sólamente

intentaba mostrarle dentro de cada noche otra

noche mayor. Como si Ipatria no las conociese

mejor que yo. Antes que yo. Como si Ipatria no

hubiera sido desde siempre una de esas

trasnochadas criaturas sobrevivientes de la Zona

666 de Alamar: sobremurientes del

posdesarrollo. Como si Ipatria fuera Ipatria en

definitiva, en lugar de aquella palabra inventada,

donde cada noche cobraba cuerpo la tan íntima

fonía de nuestro desconocido amor.

9

Cuando reaparecía por fin el perfil

hipercúbico de su doceplantas, el abrazo de

Ipatria se hacía un poco más fuerte y frágil. Nos

estremecíamos de sólo pensarlo. Y ninguna

noche perdimos la enfermiza esperanza de que

una de esas noches el edificio ya no estuviera

allí. Un terremoto, un meteorito diamagnético, un

láser polifractal: cualquier trauma social nos

parecía preferible antes que retornar otra vez allí.

Atravesando los sembradíos exuberantes que

rodeaban su monolito de concreto y cristal,

Ipatria y yo comenzábamos entonces a retardar

nuestra llegada a la meta, trazando círculos

concéntricos cada vez más cerrados, como

escualos en una espiral centrífuga que sin

embargo tendía al centro, hasta descubrirnos de

nuevo en el eje muerto de aquella mole

preindustrial.

Entonces Ipatria se robaba una flor de su

jardín colectivo. Altifolias, kimilsungias o

giralunas, para mí el deleite era igual: un delito

peligroso y tierno, contrabando ilegal de pétalos

recurrentemente blancos, señuelo de nieve para

exterminar a los insectos noctámbulos de la

polinización. Incluidos acaso nosotros dos: acoso

imposible de verificar.

Ipatria disimulaba su flor en un bolsillo

interno de mi sobretodo, y yo imitaba un

"gracias" moviendo los labios pero sin usar la

voz. Ahora tornábamos a ser cómplices de aquel

disparate delincuencial. Y esta osadía estúpida,

este hurto en público que podía delatar todo

nuestro ritual, era quizás lo más excitante de cada

una de aquellas noches sin noche. Más excitante

que la inundación de nuestros cuerpos desnudos

primero y, después, más exitosa que la visión

fantasma a la orilla tangente del mar.

En veinticuatro horas mi flor blanca estaría

muerta, por supuesto, hielo sucio derretido en

una gaveta, en simetría de espejo con las flores

eléctricas que cada noche yo le compraba a

Ipatria, jugueticos ridículos y candorosos por

sólo diecinueve américos y cincuentinueve

centavos: el precio estándar de la ilusión.

En veinticuatro horas lo más probable es que

ninguno de los dos reapareciera: ni en la próxima

ni en ninguna otra noche más. De suerte que era

preferible esperar. Y, de ser posible, esperar

olvidando el hecho de que, en veinticuatro horas,

lo más probable es que ninguno de los dos

reapareciera: ni en la próxima ni en ninguna otra

noche más.

Hasta el propio lenguaje se nos ciclaba entre

las manos. Y nos reciclaba a nosotros también.

Laberinto sin paredes ni mapa, ilógica topología

de una ilación: islas dentro de otras islas dentro

de una isla mayor. Lo cierto es que ahora no tiene

caso pretender una continuidad allí donde todo

no era sino fractura fractal: la repentina fricción

de una repetitiva ficción.

10

Y el resto es tan simple que apenas fue.

Diplomáticas frases de adiós en un lobby fósil

de la paleohistoria arquitectónica de este país. O

planeta. Unas noches con el nerviosismo de que

alguna controlinstancia bloqueara nuestra doble

conspiración. Otras, con la certeza de ser

invisibles mientras sólo oyéramos nuestro

incierto concierto de dos. Ipatria, telaraña tupida,

ira voraz de silencio y desmayos. Yo, electrón

tan analógico, girando sin spin ni referencia a las

manecillas de ningún reloj. Retos de una retórica

rota que en definitiva se nos retorció.

El resto era un cortés, casi cortante, apretón

de manos. Y esa era toda nuestra contraseña

antes de yo huir por las escaleras rodantes de la

Zona 666: túnel ciego por donde descender y

tomar de vuelta el último metro Alamar-Habana,

con su recorrido tonto y feliz casi a ras de tierra,

salvo un par de segundos bajo la bahía, hasta

desembocar en la gara subterránea de la Plaza de

la Revolución.

El resto era llegar a mi condomio con la

expresión de quien trabaja heroicamente hasta

muy tarde o recién ha salido de un centro de

urgencia urbana. A veces tosiendo, a veces

cojeando, a veces con ganas de gritar una

obscenidad: de hacer trizas mi vocabulario y ser

detenido por los peritos de Linguapol, acusado de

practicar alguna variante nueva del vocubalario.

Pero nunca intentar nada era nuestra garantía de

volvernos a ver, Ipatria y yo, más allá de toda

anestesia o simulacro de nostalgia y dolor.

8

El resto era entonces disimular los cientos y

cientos de flores cadáveres, con sus miles y miles

de pétalos como hojas de papel en blanco:

material estratégico de la reserva de guerra en

tiempos de paz. Así creíamos exorcizar cualquier

delación espontánea, antes de dormirnos o

pretendernos dormir. Ipatria, catatónica en su

apartamento mínimo y mortecino; yo,

revolviéndome entre palabras con hache en una

habitación de mi hostal.

Y así y así y así, durante meses o siglos o

milenios de una gran noche dentro de ninguna

otra noche mayor: sin transparencia,

superposición, paradoja o contradicción. Y así y

así y así, hasta repetir el ciclo entero veinticuatro

horas después, tras un amorfo día de trabajo en

estas o aquellas oficinas de una cómoda

ministerialidad, a cambio de un salario de alto

nivel que, a Ipatria y a mí, nos permitía incluso el

lucro de cada noche volvernos a ver.

Supongo que no se comprenda ni media

palabra. Aún.

Y es lógico. A estas alturas ya no tiene

sentido contarle a nadie la otra mitad. Incluso

hoy no me explico por qué Ipatria y yo nos

empeñábamos entonces en sospechar,

embistiendo casi de frente a aquella tragedia que

durante noches y noches de reojo nos esquivó.

Nada. Hay historias así: sin histología. Que al

provocar un cortocircuito fulminante con su

propia historia ya no necesitan reinventar lo real.

En fin. Tal vez ésta sea ahora la otra mitad.

 

 

 

 

1

Boring Home.

Orlando Luis Pardo Lazo.

Ediciones Lawtonomar, 2009.

2

 

 

 


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CubaRaw

Luis Trápaga

El artista tiene en venta algunas de sus piezas. Para contactar directamente con él desde La Habana: telf. fijo: (053-7)833 6983
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"De soledad humana"

Los objetos de la vida cotidiana están relacionados con todos los hábitos y las necesidades humanas que definen el comportamiento de la especia.Nosotros dejamos en lo que nos rodea recuerdos, sensaciones o nostalgias, y a nuestra clase le resulta indispensable otorgarles vida, sentido y unidad (más allá de la que ya tienen) precisamente por el grado de identificación personal que logramos con ellos; un mecanismo contra el olvido y en pos de la necesidad de dejar marca en nuestro paso por la vida.La cuestión central es, ¿Cuánto de ellos queda en nosotros? ¿Cuánto de nosotros se va con ellos? (fragmentos de la tesis de grado de Rafael Villares, San Alejandro, enero 19, 2009)

Néstor Arenas

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la mirada indescriptible de los mortalmente heridos